26 Sofiya
SOFIYA
Observé el paquete de gomitas de marihuana sobre la mesa de centro frente a mí. Angelo se había ido hacía unas horas, cambiando turnos con Enzo, quien estaba en su puesto, afuera de la puerta principal. La noche caía, y yo estaba aburrida y adolorida.
La doctora Amato me había dado las gomitas, diciendo que podrían ayudarme con el dolor, aunque no estaba segura de tomarlas. ¿Y si tenía alguna reacción extraña?
Agarré el teléfono y llamé a Mila. No había respondido a mi mensaje, así que no esperaba que contestara, pero mi corazón dio un salto al escuchar su voz al otro lado de la línea.
—Mila, ¿dónde has estado? ¿Estás bien?
—Perdón —dijo en un susurro—. Me están vigilando de cerca, así que no he podido usar el teléfono. Lo estaba dejando cargar antes de llamarte.
Mi corazón se encogió al escuchar el miedo en su voz.
—¿Qué está pasando?
—No estoy segura —respondió—. El Pakhan ha estado fuera casi todos los días, en reuniones secretas. Y me sigue enviando a almuerzos y eventos con las esposas de la Bratva. Siento que está tramando algo.
—Siempre está tramando algo —aseguré, apretando la mandíbula mientras mis dedos tamborileaban contra la encimera de la cocina—. ¿Y Mama?
—Escondida en su habitación. No la he visto en días.
—Típico —murmuré. Supuse que era mucho pedir que la mujer que nos dio a luz se interesara en el bienestar de su hija—. Pero ¿tú estás bien? El Pakhan no te ha… lastimado, ¿verdad?
Hubo un momento de silencio antes de que Mila contestara.
—No, nada de eso. ¿Por qué lo preguntas?
Mierda, ¿había dicho demasiado? No quería que Mila supiera sobre los abusos de nuestro padre hacia mí.
En parte porque no quería que gastara más energía preocupándose por mí de la que ya gastaba, y también porque me avergonzaba.
En el fondo, sentía que debía haber algo mal conmigo para haberlo causado.
Aunque no fuera cierto, aun así se sentía como una mancha negra en mi alma.
—Solo he estado preocupada —argumenté.
—Bueno, yo me he estado preocupando por ti. ¿Estás bien?
—Sí, las cosas están… ¿bien?
Mila soltó un ruido emocionado.
—Oh, por Dios, cuéntame todo —susurró emocionada.
—Lo haré, pero primero, Dimi me llamó.
—Oh, qué bueno. Se puso en contacto con Nikolai y consiguió tu número, pero no tuve oportunidad de hablar con él porque estaba en una cena de beneficencia estúpida. ¿Él está bien?
—Quién sabe —resoplé—. No me dijo nada. Pero al menos sigue vivo. —Pensé en decirle a Mila sobre la amenaza de trata de personas, no obstante, decidí esperar. No quería estresarla, y nada de eso debería afectarla allá en Chicago.
—Creo que le gusta ser un hombre misterioso —comentó Mila—. Ahora, cuéntame tus novedades.
—Bueno, conocí a la hermana de Matteo, Sienna. Ella te encantaría. Me llevó a comprar ropa.
—Ahh, mándame fotos —pidió—. Deberías ver el vestido que Mama escogió para mí para el almuerzo de ayer.
—¿Naranja neón?
—Chartreuse. «Verde amarillento».
—Mi segunda opción —me burlé en tono seco. Y entonces las dos empezamos a reírnos. Habíamos aprendido hacía mucho tiempo que solo podíamos reírnos del gusto de la moda de nuestra mama.
—Bueno, deja de hacerte la tonta y cuéntame sobre tu esposo sexy.
Mis mejillas se sonrojaron. Estaba acostumbrada a contarle a Mila casi todo, sin embargo, por alguna razón no quería compartir cómo Matteo me había cuidado la noche anterior. Había algo tan dedicado y tierno sobre eso.
—Matteo organizó una cita para que me tomaran medidas para una silla de ruedas personalizada. Y acabo de salir de una cita con una doctora para mi SED.
—Bieeen —dijo Mila—. Esperaba una actualización más jugosa, pero Sofiya, eso es increíble. Está cuidándote.
Una sonrisa se dibujó en mis labios.
—Sí, lo está haciendo.
—Te lo mereces —expresó suavemente.
—Gracias. ¿Y Nikolai te está tratando bien?
—Está siendo un perfecto caballero.
Me cubrí la boca para evitar reírme al escuchar lo disgustada que sonaba.
Nikolai había sido nuestro guardaespaldas durante cuatro años, y Mila había estado enamorada de él desde el primer día.
Lo negaba, pero yo pensaba que la razón por la que se escapaba para ver a otros chicos era para poner celoso a Nikolai.
—Ni empieces. —Me frenó Mila—. ¿Qué te dijo la doctora?
—Más que nada cosas que ya sabía: usar mis aparatos de movilidad, vendarme las articulaciones y descansar. Me recetó mis medicamentos y… también me dio gomitas de marihuana. Dijo que podrían ayudar con el dolor.
—No puede ser. —Jadeó—. ¿Ya las probaste?
—Estoy nerviosa ¿Y si pasa algo malo?
—¿Qué podría pasar? ¡Hazlo! Te mereces disfrutar un poco. Puedes tacharlo de tu Lista de Sueños.
—Consumir drogas no estaba en mi Lista de Sueños.
—Bueno, debería estar. Está en la mía.
—Muy bien, entonces cuando vengas de visita, puedes probar una de mis gomitas.
—¿Crees que podré visitarte?
Tragué con dificultad.
—Eso espero. Te extraño mucho.
—Yo también te extraño. Demonios, tengo que irme —me avisó apresuradamente—. Comete la gomita, disfruta de tu subidón y te llamare pronto. Te quiero.
—Te quie…
La llamada se cortó. Me quedé mirando el teléfono, con una tristeza tan profunda que sentía náuseas. Agarré una de las gomitas moradas y me la metí en la boca antes de dudar de mí misma. Tal vez aliviaría algo del dolor físico y emocional que sentía.
Me puse uno de los conjuntos de pantalones deportivos de alta costura que Sienna había insistido en que comprara, sin duda, las prendas más cómodas que había usado, y me dejé caer en el sofá.
Empecé a cambiar entre los pocos canales que había.
Aparentemente, los Don de la mafia no tienen suscripciones de streaming.
Probablemente estaban demasiado ocupados siendo intimidantes y letales.
Pasé los canales de deportes y noticias, pero me detuve cuando me topé con El Padrino. Solté una carcajada. La película apenas estaba comenzando. Nunca la había visto, pero ¿qué mejor manera de familiarizarme con mi nueva vida en la Mafia Italiana?
A los veinte minutos de la película, comencé a tener hambre.
Agarré mi andador y me dirigí a la cocina.
De repente, cualquier cosa que tuviera a la vista parecía deliciosa.
Revisé la despensa y mis ojos se posaron en una bolsa de maíz en grano gourmet para palomitas, y me vino la inspiración.
Tomé los ingredientes y comencé a preparar palomitas acarameladas en la estufa, mientras me comía un trozo de queso esperando a que estuvieran listas.
Me reí mientras vertía las palomitas de maíz en un tazón extra grande, equilibrándolo sobre mi andador mientras volvía a la sala justo a tiempo para ver una cabeza de caballo decapitada en la pantalla.
—Eww —solté, metiéndome un puñado de palomitas acarameladas en la boca. La habitación daba vueltas ligeramente, y caí contra los cojines. Mi cuerpo se sentía relajado y pesado, y pasé mi mano por una suave manta que estaba en el respaldo del sofá.
No sé cuánto tiempo había pasado cuando Matteo entró por la puerta principal.