25 Sofiya
SOFIYA
Angelo y yo llegamos al garaje subterráneo del apartamento.
Estaba exhausta, aunque animada después de mi cita con la doctora Amato.
Finalmente, estaba teniendo la oportunidad de aprender sobre SED.
Todas esas piezas sueltas de síntomas que había tenido a lo largo de los años estaban empezando a encajar, y aunque no resolvía nada, me hacía sentir menos fuera de mí.
También había pasado un rato con Kat y Stasya.
Vimos una película y les enseñé algunas palabras en inglés.
Aún tenían esa mirada atormentada; estaban calladas y algo inquietas, pero hubo momentos en los que parecíamos tres chicas simplemente divirtiéndose juntas.
Me hizo sentir que tenía algo que ofrecerles… como si fuera útil de alguna manera.
Era una buena sensación.
Angelo rodeó el auto con mi silla de ruedas y me abrió la puerta.
Mientras me sentaba en ella, otra SUV negra se detuvo a un lado de nosotros.
Mi corazón comenzó a latir más rápido cuando vi a Matteo bajarse.
Su mirada oscura estaba fija en mí mientras se abrochaba la chaqueta del traje y se pasaba el pulgar por el labio inferior.
Algo en mi estómago revoloteó, y deseé que me tomara en sus brazos y me besara.
—¿Dónde has estado? —inquirió, su voz sonaba dura mientras miraba a Angelo. Me mordí el labio. ¿Estaba molesto conmigo?
—¿En la clínica? —respondí, odiando el leve tono de nerviosismo que se coló en mi voz.
Matteo tragó saliva.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Dudó, como si quisiera pedir más información, pero luego se dirigió hacia el hombre que estaba entre él y Romeo.
—Este es Domenico. Mi ejecutor.
Domenico era casi tan alto y musculoso como Matteo, justo como me imaginaba a un ejecutor. Se acercó y tomó mi mano, inclinándose para besarla. Sus nudillos estaban cubiertos de cicatrices.
—Es un placer conocerla, señora Rossi.
—Igualmente —repliqué, aunque la manera en que me miraba me hacía sentir incómoda. Retiré mi mano.
—¿Consiguió alguna información nueva de las chicas en la clínica? —cuestionó.
—Oh, no, pero en realidad no estaba tratando de conseguir, um, información.
Domenico se tronó los nudillos.
—Puede que estén ocultando algo que nos ayude a derribar esta red de tráfico sexual. No hay límite para la depravación de esos albaneses.
—No creo que estén ocultando nada. —No me gustaba esa insinuación. Stasya y Kat eran víctimas en todo esto.
La expresión de Domenico estaba llena de condescendencia.
—Tal vez.
Angelo se movió para colocarse detrás de mí, y sentí fuerza en su apoyo.
—Tenemos trabajo que hacer —informó Matteo, dándose la vuelta y dirigiéndose al ascensor. Romeo me guiñó un ojo antes de que él y Domenico siguieran al Don.
—Joder, como odio a ese pretencioso —murmuró Angelo una vez que las puertas del ascensor se cerraron.
Volteé hacia él y me reí.
—¿Oh, sí?
—Está tratando de que todos lo llamen Il Diavolo. —Puso los ojos en blanco—. El Diablo.
Sonreí.
—Los mafiosos son tan dramáticos con sus apodos.
—Sí, sí. Vamos, te llevare arriba. ¿Tienes hambre?
—Podría comer algo. Matteo me dio una tarjeta de crédito. ¿Podría pedirnos algo? —Me mordí el labio—. ¿Crees que le molestará si la uso?
Angelo soltó una risa mientras subíamos al ascensor.
—Creo que su cuenta bancaria sobrevivirá a un pedido de comida. —Me ayudó a descargar una aplicación para ordenar comida y pedimos hamburguesas, papas fritas y malteadas. Necesitaba algo de comida reconfortante.
Le mandé un mensaje a Mila para ver cómo estaba mientras Angelo bajaba al vestíbulo a recoger nuestra comida.
Sus mensajes habían sido esporádicos, así que no esperaba una respuesta, pero igual me quedé mirando la pantalla, esperando recibir algo.
Me sobresalté cuando el teléfono empezó a sonar.
Era un número desconocido, y dudé un momento antes de contestar. ¿Acaso Mila había cambiado de número?
—¿Hola?
—¿Sofiya?
—Dimi. —Suspiré de alivio, y la voz de mi hermano me hizo llorar. Cargaba con la preocupación por él todos los días—. ¿Dónde has estado?
Hubo un breve silencio antes de que Dimitri respondiera.
—Sabes que no puedo decírtelo. Llamé tan pronto como pude. Maldita sea, Sofiya. ¿Matteo Rossi?
—Sí, lo sé. Todo es parte del brillante plan del Pakhan. Rutas de comercio y todo eso.
—No sé qué se trae entre manos —murmuró—. ¿Rossi te ha hecho daño?
Esperaba que nadie estuviera escuchando esta llamada.
—No, no lo ha hecho. —Me mordí el labio, dudando sobre mi siguiente pregunta—. ¿Qué sabes de él? —A pesar de que de alguna manera, se sentía como una traición a mi esposo pedir información, necesitaba toda la ayuda posible para entenderlo.
Dimi suspiró, y me lo imaginé caminando de un lado a otro. Nunca podía quedarse quieto.
—No lo conozco, y quién sabe cuánto de lo que se dice de él es cierto.
Su tío mató a sus padres y tomó el control como Don.
Aunque Rossi solo tenía veintitrés años cuando los asesinaron, logró reunir suficientes hombres que lo apoyaran y mató a su tío para recuperar su ciudad. Su apodo es el “Ángel de la Muerte”.
Quise poner los ojos en blanco ante otro apodo dramático.
—¿Sabes algo de su vida personal? Quiero decir… ¿crees que será un buen esposo?
Hubo un largo silencio.
—No sé si alguno de nosotros podría ser un buen esposo. Pero si te hace daño, lo acabaré, te lo prometo.
Tragué saliva.
—Te extraño —susurré.
Dimi suspiró.
—Yo también te extraño. Solo… ten cuidado, ¿sí? Estoy siguiendo algunas pistas sobre el tráfico sexual. La trata de personas no es algo nuevo, sin embargo, esto está enfocado en el noreste. Ha habido rumores de que los italianos están involucrados.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—No, eso no es cierto. Son los albaneses.
—Esto es más que solo los albaneses —señaló Dimitri—. Pero Rossi ha estado tradicionalmente en contra de la trata de personas en New York, así que podrías tener razón. Necesito investigar a Finnegan —murmulló eso último—. Pase lo que pase, debes mantenerte alerta.
Angelo regresó, con dos grandes bolsas de papel en las manos.
—Lo haré. —Mis mejillas se sonrojaron bajo la mirada de mi guardaespaldas, como si me hubieran atrapado haciendo algo malo—. ¿Puedo mantenerme en contacto contigo en este número?
—No —contestó Dimi—. Pero me comunicaré contigo cuando pueda. Cuídate. —Y luego la línea se cortó.
—¿Quién era? —preguntó Angelo, dejando la comida sobre el mostrador.
—Mi hermano. —No había nada de malo en que hablara con Dimi, aunque después de escuchar su desconfianza hacia mi nueva familia, me sentí ansiosa al respecto, como si estuviera ocultando algún secreto.
Angelo sacó la comida de la bolsa, observándome atentamente.
—¿Todo bien, principessa?
Puse una sonrisa en mi rostro.
—Sí, todo está bien. Solo extraño a mis hermanos.
Quise interrogar a Angelo sobre la trata, pero algo me detuvo.
Nunca me habían permitido hacer preguntas sobre los negocios de la familia, y no quería que Matteo dirigiera su ira hacia Dimitri.
Me negaba a creer que Matteo estuviera participando en el tráfico de personas, él había salvado a Kat y a Stasya, estaba haciendo todo lo posible por descubrir quién era responsable, pero obviamente algo grande estaba sucediendo.
Lo último que quería era que mi nuevo esposo pensara que estaba intentando meterme en asuntos que no me correspondían.
—Todo está bien —afirmé, tomando una de las bolsas de su mano—. Comamos.
Angelo inclinó la cabeza, su mirada suave, mas no insistió, y yo dejé de pensar en la conversación.