31 Sofiya
SOFIYA
Sonreí cuando la puerta se cerró detrás de Matteo. Mi marido podría fingir ser frío y distante, pero aún seguía sintiendo el efecto de su caricia sobre mi piel. Me hacía desear más… más que amistad. Lo quería todo, y empezaba a pensar que podría ser posible.
Terminé de desayunar y me arreglé. Quería probar un peinado nuevo, una trenza en forma de corona.
Mila y yo solíamos pasar horas haciéndonos peinados la una a la otra para matar el tiempo.
A pesar de que tuve que tomar muchos descansos porque mis hombros me dolían, pensé que la trenza quedó muy linda.
Cambié mi silla de ruedas por el andador y me dirigí de nuevo a la cocina, ojeando algunas recetas que había guardado en mi teléfono.
No podía decidir qué quería hacer, y el silencio del apartamento se sentía demasiado fuerte.
Me acerqué a la puerta principal y eché un vistazo para encontrar a Angelo en su puesto.
—Buenos días, bella. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Solo que… —Dudé. ¿Estaba comportándome como una necesitada y estúpida?
Él levantó sus cejas.
—¿Quieres pasar?
Fue su turno de parecer inseguro. ¿Era porque no quería o porque no debía? Era deprimente pensar que preferiría estar en un vestíbulo vacío durante horas que pasar un rato conmigo.
—Puedes cuidarme más fácilmente desde adentro, ¿no?
Soltó una risa leve.
—Supongo que eso es cierto. Pasaré un rato, si es lo que quieres.
Le sonreí, abriendo más la puerta para que cupiera su enorme cuerpo.
—Iba a hornear algo. ¿Crees que a Matteo le gustarían más los cannoli tradicionales? Probablemente, ¿verdad? Tenía esta idea de hacer cupcakes de cannoli que pensé que serían súper lindos —musité.
Angelo se rio suavemente.
—No estoy seguro de que al Jefe le gusten mucho los postres.
Sonreí para mis adentros. Parecía que mi esposo escondía su amor por los dulces de todos, excepto de mí.
La mañana después de nuestra noche de películas, desperté y encontré el tazón de palomitas vacío.
Al principio pensé que Matteo las debía de haber tirado, pero no estaban en la basura.
Tenía la sospecha de que mi marido se las había comido todas.
—Parece que le gustan las cosas que hago.
—Seguro que sí —dijo Angelo, lanzándome una mirada cómplice.
Comencé a hacer el relleno para los cannoli mientras Angelo elegía algo de música, y eventualmente lo atraje a un juego de “¿Qué prefieres?”.
—¿Por qué demonios preferirías quedarte atrapada en un planeta alienígena en lugar de conocer a Pie Grande? —preguntó Angelo.
—Dije que solo elegiría eso si fueran alienígenas sexys.
—¿Alienígenas sexys?
—Lee un libro, Angelo. Los romances de extraterrestres están muy de moda.
Puso los ojos en blanco y se robó otro cannoli recién hecho del mostrador.
Justo en ese momento, la puerta del apartamento se abrió y escuché el sonido de patitas antes de que un perro asomara la cabeza por la esquina.
Era un hermoso golden retriever con ojos brillantes y una cola que se movía alegremente.
Y tenía puesto un chaleco de perro de servicio.
—Oh, hola —saludé mientras el perro se acercaba y apoyaba la cabeza en mi regazo—. ¿De dónde saliste?
Matteo entró a la cocina.
—Veo que ya conociste a Noodle.
Le dirigí a Matteo una expresión de asombro.
—¿Noodle?
—Dijeron que no podíamos cambiarle el nombre —aclaró, sonando contrariado—. Pero era el mejor que tenían. Pasó todas sus pruebas.
Miré de nuevo el chaleco de perro de servicio de Noodle.
—¿Estás diciendo…? —Me detuve, sin querer decir las palabras en voz alta por si estaba equivocada.
—Este es tu perro de servicio.
Mis labios se entreabrieron.
—Me conseguiste un perro de servicio.
Matteo cruzó los brazos.
—Sí.
Mi esposo lucía tan serio como siempre, y dentro de mi pecho mi corazón se estaba derritiendo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Tener un perro estaba en tu lista, y pensé que sería mejor que tuvieras uno que fuera útil.
Un nudo se formó en mi garganta. Solo conocía a Matteo desde hacía unas semanas y ya había mostrado más interés en mis necesidades y en hacer mi vida más fácil que cualquier persona en el mundo, aparte de mi hermana.
—Ayúdame a levantarme —pedí, extendiéndole los brazos.
—¿Qué?
—Ayúdame a levantarme —repetí.
—¿Por qué? —gruñó, aunque hizo lo que pedí, levantándome de mi silla de ruedas. Mis pies apenas rozaron el suelo y estaba firmemente pegada a su cuerpo.
—Porque quería darte las gracias —murmuré. Pasé mis dedos por su cabello, disfrutando de lo suave que era. Su mandíbula estaba tensa, y si no hubiera estado observando a mi marido tan de cerca estos últimos días, habría pensado que estaba enojado conmigo.
Sin embargo, ya lo entendía mejor.
Pasé mis manos por su rostro antes de tomar su mandíbula y acercarlo más. Antes de dudar de mí misma, mis labios estaban contra los suyos. Al principio, él no se movió, como una estatua congelada mientras lo besaba. Un hilo de inseguridad se enredó en mi pecho. No quería besarme. No me deseaba.
Iba a apartarme, pero luego él gruñó y me presionó contra la pared.
Sus labios eran suaves y firmes al mismo tiempo, su lengua exigiendo entrar en mi boca.
Solté un gemido ante su sabor, a la sensación de su control y dominio.
Su rodilla se deslizó entre mis piernas, presionando contra mi sexo, e inhalé bruscamente.
Un hocico frío y húmedo me dio un leve empujón en la pierna, haciendo que interrumpiera el beso con una risa.
—Creo que Noodle está celoso.
Matteo gruñó, pero sus ojos tenían un cierto brillo.
Miré alrededor y me di cuenta de que Angelo debía de haberse escabullido en algún momento.
Matteo me llevó al sofá y me sentó con gentileza, no obstante, él permaneció de pie.
Llamé a Noodle y le di una palmadita al cojín junto a mí.
No perdió tiempo en subirse a mi lado y acurrucarse.
—¿Se supone que debe estar en el sofá? —preguntó Matteo, frunciendo el ceño.
—¿Vas a decirle que no a esta carita? —Apreté las mejillas de Noodle entre mis manos y ambos miramos a Matteo con grandes ojos tristes.
—Carajo —musitó, pasándose una mano por el cabello.
Presioné mi sonrisa contra el suave pelaje de Noodle.
—¿Para qué está entrenado?
—Los de la compañía de perros vendrán mañana para trabajar con ambos —explicó—.
Aun así, puede traerte cosas como tu bolso de medicamentos, abrir puertas, ayudarte a mantener el equilibrio y buscar ayuda si la necesitas.
Indagué sobre entrenamiento de ataque, pero dijeron que no tenía ninguno. Tendremos que rectificar eso.
Jadeé.
—Ni se te ocurra entrenar a Noodle para atacar personas —exigí, contemplando al perro que movía su colita, con la lengua de fuera mientras miraba entre nosotros dos.
Matteo se pasó la mano por el rostro.
—No puedo con ese maldito nombre.
Sonreí.
—Noodle es perfecto tal y como es. —Le pasé la mano por su suave pelaje, y se inclinó hacia mi tacto con una expresión de felicidad—. ¿Verdad que eres el mejor perrito? Mi dulce bebito.
—No es tu bebé —corrigió Matteo, cruzando los brazos—. Es un empleado.
Solté una risita mientras Noodle apoyaba su cabeza en mi regazo.
—Creo que alguien está celoso —susurré en tono de conspiración mientras acariciaba su pelaje.
—No estoy celoso de un perro.
Extendí mi mano hacia mi esposo. Él frunció el ceño, confundido, pero la tomó, y lo atraje hacia mí en el sofá.
Se sentó con un resoplido, desabrochándose la chaqueta.
Contuve la respiración al apoyar mi cabeza en su hombro, lista para que se apartara en cualquier momento.
Mas no lo hizo. Solo se acomodó contra el cojín y puso su brazo a mi alrededor.
Cerré mis ojos y pensé que podría acostumbrarme a esto… a ser abrazada y acurrucada. Después de años de solo tener contacto con Mila, estaba hambrienta de afecto, deseosa de absorber cualquier sensación reconfortante que pudiera obtener.