18 Sofiya #2
—Es un placer conocerlas. —Empecé—. ¿Son hermanas?
Las dos asintieron.
—Yo soy Katya y ella es Stasya —dijo la chica de cabello castaño. Su hermana se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro. Se me apretó el pecho al pensar en Mila y en mí haciendo lo mismo.
—¿Alguien te lastimó? —inquirió Stasya, hablando por primera vez.
Ladeé la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Señaló mi silla de ruedas.
—Oh, no. Nací con... —Me interrumpí, dándome cuenta de que no sabía cómo traducir Ehlers-Danlos—. Bueno, una enfermedad que a veces me dificulta caminar.
Ella asintió, sus hombros se relajaron ligeramente ante mi respuesta.
—¿Conoces a los hombres que nos trajeron aquí? —inquirió en ruso.
Asentí con la cabeza.
—Uno de ellos es mi esposo, Matteo. —Decir esposo en voz alta lo hizo sentir más real.
—Nos dio golosinas porque le dije que me gustaba el chocolate —reveló en voz baja. Sacó una gran bolsa de papel de detrás de ella y la inclinó para enseñármela. Estaba repleta de chocolates—. ¿Quieres uno?
Estaba a punto de negarme, pero me rugió el estómago. Parecía que hacía siglos que había desayunado.
—Me encantaría uno, gracias. —Me desplacé con la silla hacia adelante para poder tomar mi favorito de chocolate y caramelo.
Tarareé mientras le daba un mordisco.
—¿Cuántos años tienen ustedes dos?
—Tengo diecinueve —respondió Katya—. Stasya tiene diecisiete.
Tragué saliva y me pellizqué el muslo para no llorar.
—¿Podrían contarme qué les pasó? —Como las dos guardaron silencio, añadí—: Por favor, solo quiero ayudar.
Katya acarició el cabello de su hermana. Estaba segura de que se negarían a hablar conmigo. Era una extraña. No tenían motivos para confiar en mí. Pero entonces Katya empezó a hablar.
—Había un hombre en mi pueblo. —Parpadeó rápidamente y Stasya apretó su mano con fuerza—. Dijo que podía conseguirnos trabajo en Estados Unidos. Nuestros padres murieron hace unos años y no teníamos muchas oportunidades en nuestro pueblo. Así que dijimos que sí. Nos trajo a Boston.
Ladeé la cabeza. Su ruso sonaba acentuado.
—No son de Rusia, ¿verdad?
Katya negó con la cabeza.
—De Ucrania.
Sonreí y cambié de idioma.
—Mi abuela materna era ucraniana. —Mi baba había vivido con nosotros cuando yo era pequeña. Murió antes de que yo cumpliera seis años, pero solo tenía buenos recuerdos de ella.
Las chicas se relajaron al escuchar su lengua materna, e incluso obtuve una pequeña sonrisa de Stasya.
—¿Qué pasó cuando llegaron a Boston? —indagué.
—Nos metieron en un apartamento abarrotado con otras tres mujeres, y nos quitaron todos nuestros documentos.
Trabajábamos limpiando casas por la noche.
No estoy segura de cuánto tiempo estuvimos allí...
¿unas semanas? ¿Un mes? Y una noche, cuando nos preparábamos para irnos a nuestro trabajo de limpieza, un grupo de hombres enmascarados entró en el apartamento.
Nos metieron en la parte de atrás de una furgoneta.
Pasamos unos días yendo a diferentes almacenes y casas hasta que...
hasta que tres hombres nos llevaron a una casa.
No pude evitar que se me salieran las lágrimas mientras me contaba lo que habían sufrido en aquella casa durante dos días antes de que Matteo las encontrara.
Las tres estábamos llorando, no obstante, las lágrimas se sentían bien. ¿De qué otra forma podríamos expresar el sufrimiento por el que habían pasado?
—Lo siento. Lo siento muchísimo. —Mis palabras no fueron suficientes, pero bueno, nunca nada sería suficiente.
Las tres nos sentamos en silencio durante un rato.
—¿Quieren regresar a Ucrania? —Finalmente pregunté—. ¿O podríamos intentar buscarles otro lugar donde quedarse?
—Allí no hay nada para nosotras —susurró Stasya—. Pero aquí tampoco hay nada para nosotras.
Me incliné hacia delante y agarré cada una de sus manos.
—Encontraremos un lugar al que pertenezcan, lo prometo. Mientras tanto, pueden quedarse aquí. Y yo vendré a visitarlas.
Volvimos a quedarnos en silencio. Katya me ofreció otra barra de chocolate y la tomé.
Comimos en silencio, sumidas en nuestros propios pensamientos.
Las chicas parecían agotadas, así que, al cabo de unos minutos, me metí los envoltorios vacíos en el bolsillo, me despedí y salí al pasillo.
Matteo, Angelo y la doctora Amato estaban esperando.
Para mi horror, se me escapó un sollozo.
La doctora me puso una mano en el hombro.
—Vamos a mi oficina a hablar. —Una vez situados en su enorme oficina, me entregó una caja de pañuelos y les conté lo que había averiguado.
—¿No vieron quién se las llevó del apartamento de Boston? —preguntó Matteo.
Negué con la cabeza.
—Solo dijeron hombres enmascarados. No vieron las caras de nadie hasta que estuvieron en la casa donde las encontraron. Y esos hombres... —Me interrumpí con un sollozo—. Lo siento, lo siento —murmuré, secándome las lágrimas.
—Hiciste un trabajo maravilloso, Sofiya —elogió amablemente la doctora Amato—. Y encontraremos un lugar seguro para ellas. No te preocupes.
Solté un suspiro y le dediqué una sonrisa temblorosa. Le eché un vistazo a Matteo, preguntándome si estaría enfadado porque estaba llorando. Mas su expresión era ilegible.
—Tenemos que encontrar a quien se las llevó —soltó Matteo.
—Sé lo que estás pensando —respondió la doctora Amato—. Pero no saques conclusiones precipitadas todavía.
No sabía a qué se refería, pero él se limitó a gruñir.
Volvió su mirada hacia mí.
—Matteo me comentó que hace mucho tiempo que no ves a un médico por tu SED. ¿Por qué no vienes mañana? Puedo examinarte y puedes volver a hablar con las chicas si quieres.
—Mañana no puede ser —intervino Matteo—. Sienna insistió en ir a visitarnos.
—Pasado mañana, entonces. Me aseguraré de tener un montón de historias embarazosas preparadas —provocó ella con un guiño.
—Ningún puto respeto —masculló Matteo.
Angelo me acercó un pequeño bote de basura para que tirara mis pañuelos usados.
Guardé unos cuantos limpios para las lágrimas que aún pudieran brotar.
Me sentía muy frágil. Ver a Katya y Stasya abrazadas hizo que me doliera el corazón por Mila.
Le había enviado mensajes a lo largo del día, pero no me había contestado.
—Anda, vámonos a casa —indicó Matteo, con una voz inusualmente suave—. Y yo te empujaré.
Estaba demasiado cansada para discutir. Me senté tensa en la silla mientras volvíamos al coche, cada hueso y músculo de mi cuerpo gritando de dolor, y mi corazón con él.
—¿A qué se refería la doctora Amato cuando dijo que sabía lo que pensabas? —Curioseé cuando volvimos al apartamento.
Matteo apretó la mandíbula y miró por la ventana de la sala.
—Los irlandeses están en Boston.
No sabía mucho de la mafia irlandesa. De vez en cuando los mencionaban en alguna cena de la Bratva, aunque no a menudo.
—¿Crees que están involucrados en el tráfico sexual?
Matteo suspiró y se pasó la mano por la cara.
—No lo sé. Su jefe, Ronan Finnegan, y yo siempre hemos tenido una especie de acuerdo no verbal. Pero si se está aliando con los albaneses... —se interrumpió—. Tengo que ir a la oficina. Deberías descansar.
—De acuerdo —murmuré.
Se dirigió a la puerta, sin embargo, se dio la vuelta antes de salir.
—Hoy lo hiciste muy bien, Sofiya. Gracias.
Una sonrisa se dibujó en mis labios cuando cerró la puerta tras de sí. Respiré profundamente y se me deshizo el nudo que tenía en el estómago.