18 Sofiya
SOFIYA
—¿Dijiste que íbamos a una clínica? —le pregunté a un silencioso Matteo mientras entraba y salía del tráfico. La radio estaba apagada y no me atreví a encenderla.
—Sí.
No supe si reír o gritar ante su respuesta cortante.
—¿Te cobran por palabra? Porque tenía la impresión de que podrías permitirte algún tipo de plan de conversación ilimitada.
Matteo me miró, con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Eso probablemente te costó otros diez centavos —murmuré.
No sabía por qué estaba siendo tan malcriada, por qué me importaba tanto hablar con este hombre, gustarle.
Podía echarle la culpa al dolor, la evaluación de la silla de ruedas había empujado a mí ya adolorido cuerpo, aunque si era sincera, era la idea de pasar el resto de mi vida en un matrimonio frío y sin amor lo que era demasiado para soportar.
Matteo se aclaró la garganta.
—Anoche, Romeo y yo fuimos a una casa de seguridad albanesa. Allí encontramos a dos mujeres jóvenes, y sospechamos que fueron traficadas. Pero no hablan inglés. Parecía que hablaban ruso, así que me preguntaba si podrías ver si tú las entiendes.
Me quedé observándolo, con los labios entreabiertos.
No solamente había dicho varias frases seguidas, sino que estaba dejando que me metiera en asuntos de la mafia.
No obstante, la parte que más me obsesionaba era el hecho de que la noche anterior había estado en una casa de seguridad, no con una amante.
El monstruo feo y celoso que había estado supurando dentro de mí sacudió el puño en señal de victoria.
—Ese párrafo probablemente me costó un dólar con cincuenta —bromeó Matteo.
—Oh. Dios Mío. —¿Él acababa de hacer una broma? Me quedé mirando a mi esposo con un asombro perplejo, que no hizo más que aumentar cuando su expresión se transformó en una sonrisa burlona. Era casi una sonrisa de verdad.
—Ya llegamos —dijo, entrando en un garaje subterráneo.
—¿Estamos cerca del apartamento?
Asintió.
—A la vuelta de la esquina. La clínica solía estar en mi edificio hasta que la doctora Amato insistió en un espacio más grande.
—¿Las chicas están heridas? ¿Por eso las trajiste aquí?
—Quédate ahí —pidió Matteo, saliendo del coche y acercándose a mi lado. Abrió la puerta del pasajero y se inclinó hacia mí. Su corpulento cuerpo me rodeaba, imponente pero reconfortante.
—Tenían algunas heridas, sí, pero sobre todo necesitábamos un lugar seguro para ellas.
Lo observé fijamente, a ese Don frío y duro que mostraba más bondad de la que jamás hubiera esperado de un hombre de la mafia.
Mis ojos recorrieron su mandíbula fuerte y recta, sus labios que parecían increíblemente suaves, la pequeña cicatriz bajo su ojo que nunca había notado.
Ambos parecíamos absorber al otro, y entonces nuestras miradas se cruzaron.
¿Nos estábamos acercando el uno al otro?
Una pequeña chispa revoloteó en mi estómago y volví a mirar sus labios.
¿Me besaría? Nuestro beso en la ceremonia había sido demasiado breve, y yo quería otro.
Matteo se enderezó bruscamente.
—Voy por tu silla.
Se me encogió el corazón y cerré los ojos un segundo antes de volver a abrirlos. Estaba siendo estúpida.
Salí del coche con cuidado, obligándome a respirar despacio mientras el dolor me atravesaba. Me dolía todo. Ojalá hubiese podido acostarme con una almohadilla térmica y mis medicinas y dormir hasta que el dolor desapareciera, sin embargo, había cosas más importantes que hacer en ese momento.
Además, el dolor nunca desaparecía del todo.
Me senté pesadamente, deseando tener ya mi nueva silla acolchonada. Y entonces me invadió una oleada de resentimiento. Resentimiento por necesitar una silla de ruedas. ¿Por qué no podía ser normal?
Fui a empujar, pero Matteo se me adelantó, agarró las asas de la silla de ruedas y me impulsó hacia adelante.
—Oh, umm, espera —musité, dándome la vuelta—. ¿Puedes no hacer eso?
—¿Hacer qué?
—Empujar mi silla. No me gusta que la gente la toque. —Me preparé para su ira, o al menos su frustración, mas se limitó a soltar las asas.
—Pero estás cansada —objetó.
Ladeé la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
Se cruzó de brazos.
—Lo sé todo. —Sonaba tan malhumorado que no pude evitar sonreír.
—Claro...
—Así que, si estás cansada, ¿por qué no puedo empujarte?
No tenía mucha experiencia con nadie que tocara mi silla cuando estaba en ella, pero la mayor parte de mi experiencia en silla de ruedas era deambular por la pequeña ala privada de Mila y mía en la mansión del Pakhan.
Nunca había tenido que esforzarme tanto como en los últimos días, y mis hombros lo estaban resintiendo.
Me mordí el labio. Por muy frustrada que estuviera por tener una silla de ruedas, era una extensión de mi cuerpo. Tener a otra persona controlando mis movimientos me ponía ansiosa, aunque no era como si Matteo no pudiera dominarme en medio segundo de todos modos, si quisiera.
—Supongo que estaría bien. Si me lo pides primero. —Debía de tener ganas de morir, aun así, disfruté un poco al ver el tic del ojo de Matteo. Aunque fuera lo último que viera.
Resopló y se pasó una mano por el cabello.
—Y yo que pensaba que eras tan dócil y tranquila. Un Don no pide permiso, Sofiya.
Giré la silla para mirarlo.
—No sabía que hubiera un manual para los Don. ¿Hay un ejemplar en tu biblioteca?
En ese momento, un coche se estacionó a nuestro lado y Angelo se bajó. Lo miré fijamente.
—¿Sabías que los Don tienen un manual?
Sonrió.
—¿Cómo? —Angelo indagó confundido.
—Sofiya ha decidido ser una molestia —aclaró Matteo, pero no había mordacidad en su voz.
—Como debe ser —replicó Angelo. Su expresión se tornó sobria de inmediato cuando Matteo lo fulminó con la mirada.
Puse los ojos en blanco.
—Oh, vamos, no da tanto miedo.
Matteo se limitó a lanzarme una mirada exasperada.
—Te avisaré antes de tocar tu silla. Es lo mejor que puedo hacer. —Luego se dirigió a mi guardaespaldas—. No debes empujarla en su silla de ruedas sin pedirle permiso.
Angelo me miró y asintió con seriedad. Una cálida sensación me llenó el pecho.
—Vamos, maldita sea. Voy a empujarte ahora.
Resoplé, pero me senté mientras mi esposo me llevaba al ascensor. Tenerlo a mi espalda era extrañamente reconfortante.
El ascensor nos subió dos pisos y se abrió a un gran vestíbulo. Esperaba que fuera blanco y estéril, con luces fluorescentes; sin embargo, en su lugar había cálidos suelos de madera y lámparas suaves y brillantes.
Una hermosa mujer de unos cuarenta años, cabello castaño oscuro, piel aceitunada y expresión severa salió rápidamente a nuestro encuentro.
—Ya era hora, Jefe —saludó cruzándose de brazos. Luego me miró—. Soy la doctora Aria Amato y tú debes de ser Sofiya. Eres demasiado encantadora para estar pegada a este.
—Creía que tenías prisa —gruñó Matteo.
Levanté las cejas, mirando entre los dos con una sonrisa.
—Ustedes dos parecen hermanos.
—Lo conozco de toda la vida. Aún no he podido deshacerme de él —se quejó la doctora Amato, pero una sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Te compro toda una puta clínica y luego tengo que escuchar esto?
—Así es —respondió ella. Sus ojos eran cálidos cuando me miró—.
Te agradezco que hayas venido, Sofiya. No estoy del todo segura de que las chicas hablen ruso.
Si bien he intentado usar una aplicación de traducción, no han respondido.
Aunque eso podría deberse al trauma. He deducido que sus nombres son Anastasia y Kateryna.
Las examiné cuando llegaron. Tenían algunas cortadas y moretones, pero lo peor era el trauma sexual.
El corazón me dio un vuelco y parpadeé rápidamente para no llorar. Me sentía tan incompetente. ¿Qué podía hacer para ayudar a estas chicas? Pero no se trataba de mí ni de mi tristeza. Se merecían que alguien las escuchara, así que haría lo que pudiera.
—Es evidente que tienen miedo y desconfían de todos —continuó—. Así que espero de verdad que puedas entenderlas y que hablen contigo. Si tienen un hogar al que volver, las llevaremos allí. Si no, las llevaremos a un lugar seguro.
—Y conseguiremos información sobre quién se las llevó y qué vieron —añadió Matteo con brusquedad.
La doctora Amato le dirigió una mirada de desaprobación antes de girarse hacia mí.
—Iré a ver si les parece bien verte.
Esperé en la puerta mientras la doctora Amato entraba.
Matteo se acercó a mi lado.
—¿Estás bien para hacer esto? —me preguntó.
Lo miré con el ceño fruncido.
—Sí, estoy bien. ¿Tú estás bien?
Se burló.
—Siempre estoy bien.
Me limité a tararear. Parecía tenso, pero no tenía ni idea de por qué.
La doctora Amato salió de la habitación.
—Creo que han entendido lo suficiente como para aceptar que hables con ellas. ¿Por qué no lo intentamos?
Le dediqué una sonrisa mientras me abría la puerta.
La habitación tenía una gran ventana y dos camas, pero las dos chicas estaban acurrucadas en una de ellas.
Parecían tener edades cercanas a la mía y a la de Mila, y al igual que nosotras dos, una era rubia y la otra tenía el cabello castaño.
Se me quedaron viendo con ojos muy abiertos y atormentados.
—Hola, me llamo Sofiya. —Me presenté suavemente en ruso—. ¿Me entienden?
Las chicas se abrazaron, mas no dijeron nada.
—Estoy segura de que no lo parece, pero les prometo que aquí están a salvo. Me aseguraré de que así sea. —En realidad no estaba en mi poder hacer esa promesa, aun así, confiaba en la doctora Amato.
Miré torpemente la habitación, sin saber qué hacer. Me acerqué a un pequeño estante y tomé un libro de romance que reconocí.
—Este es muy bueno —pronuncié, sintiéndome estúpida mientras se los mostraba—.
No sé si existe una traducción rusa, pero puedo buscarla si quieren.
Es decir, si les gusta leer novelas de romance.
A mi hermana y a mí nos enganchó bastante.
—Volví a dejar el libro en el estante—. ¿O quizás el ruso no es el idioma adecuado?
—Te entendemos —susurró la chica de cabello castaño. Se aclaró la garganta y luego lo repitió, esta vez con voz más fuerte.
Se me aceleró el corazón.