19 Matteo
MATTEO
Sienna irrumpió en el apartamento en un remolino vibrante de energía.
—¿Dónde está? ¡Ya no puedes esconderla más! —Me pasé la mano por la cara. Eran solo las ocho de la mañana y ya estaba agotado.
—No la he visto esta mañana —aclaré, encogiéndome de hombros.
—¿Cómo que no la has visto? ¿Se fue a algún lado?
—¿Qué? No.
—Entonces, ¿no despertaste junto a ella?
«Maldición».
Si íbamos a convencer a la gente de que este era un matrimonio real, necesitaba ser más cuidadoso. Pero esta era mi hermana, y seguramente terminaría enterándose. Tomé un sorbo de mi café. Era negro y amargo, y me hizo desear algo dulce.
—Matteo —siseó, su voz llena de reproche—. ¿Qué está pasando?
—Este matrimonio es por la alianza. Ya lo sabes.
—Pero… —Sienna estaba, por primera vez, sin palabras—. La estás tratando bien, ¿verdad?
—¿Qué se supone que significa eso? —reviré bruscamente.
Un ruido en el pasillo la detuvo antes de que pudiera responder. Sofiya entró a la cocina usando su andador.
—Oh, Dios mío, es un placer conocerte, Sofiya —saludó Sienna efusivamente—. Mi hermano te ha estado manteniendo solo para él.
Sofiya parpadeó y frunció el ceño mientras miraba entre mi hermana y yo, como tratando de entender cómo podríamos estar relacionados.
Sienna y yo compartíamos el mismo cabello oscuro, ojos oscuros y piel bronceada, pero el parecido terminaba ahí.
Sienna era amigable y extrovertida, todo lo que yo no era.
La voz de Sofiya se suavizó mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Es un placer conocerte.
—Ven, siéntate. ¿Quieres café? —preguntó mi hermana.
—Estaría genial, gracias. —Aunque Sofiya se sentó en uno de los taburetes de la cocina, sus movimientos eran rígidos, bruscos. Había sombras oscuras bajo sus ojos. ¿Estaba adolorida?
Sienna le sirvió una taza grande de café.
—¿Crema? ¿Azúcar?
—Ambos, por favor.
—Estoy tan molesta por haberme perdido la boda —suspiró Sienna—. Matteo no creyó que fuera seguro para que yo asistiera. ¡Cuéntamelo todo! Espera, tengo que ver tu anillo.
Estiró la mano y tomó la de Sofiya, pero su sonrisa se desvaneció al ver el simple anillo de oro. Su mirada de desaprobación cayó sobre mí.
—¿Dónde está el anillo de compromiso?
—No estuvimos comprometidos —recalqué, terminando mi café.
Era cierto, aun así, cuando Sofiya retiró suavemente su mano del agarre de mi hermana, su sonrisa se desvaneció y una incomodidad se asentó en mi pecho.
Miré hacia mi sencillo anillo de oro. No había pensado en los anillos.
Romeo fue quien me recordó que necesitaba conseguirlos en primer lugar.
—Me gusta —aseguró Sofiya suavemente.
Sienna me miró de nuevo con desdén antes de dirigirse hacia mi esposa.
—Vine para ver si querías ir de compras.
—Tengo trabajo que hacer —solté con rudeza.
Sienna simplemente puso los ojos en blanco.
—No te estaba invitando a ti, hermano. Como si alguna vez hubieras ido de compras en tu vida. Quiero ir con mi nueva cuñada.
Sofiya se sonrojó y me miró como pidiendo permiso. Sentí el impulso repentino de pasar mi pulgar por su labio inferior, de sentir la suavidad de su piel rosada. Rompí el contacto visual y me aferré al mostrador.
—Llevarás guardaespaldas y estarán de vuelta para el almuerzo —ordené, dándoles la espalda a las dos mujeres.
—¡Volveremos para la cena! —gritó Sienna detrás de mí. Apreté la mandíbula, pero seguí caminando y abrí la puerta de un tirón.
Angelo se enderezo en el pasillo.
—Irán de compras —gruñí—. Si algo les pasa, es tu responsabilidad.
—Sí, Jefe.
Resoplé mientras me dirigía a la oficina, sin saber por qué me sentía tan inquieto.