15 Matteo
MATTEO
Giuseppe captó mi atención en cuanto entré en el vestíbulo del Star.
Estaba un poco sin aliento cuando se reunió conmigo en el ascensor privado.
El bajito y fornido gerente de Star llevaba ese día un traje a rayas azules y blancas.
Un atuendo absurdo para un miembro de la mafia, al igual que su alegre sonrisa.
—Buenas noches, Jefe.
Le hice un gesto seco con la cabeza.
—¿Lo de siempre o algo nuevo?
—Sorpréndeme. —Me golpeé la pierna con los dedos, impaciente, mientras esperaba el puto ascensor. Por fin sonó.
—Muy bien. Ahora mismo la hago subir —pronunció Giuseppe—. Y, si me permite, felicitaciones por su nueva esposa.
Apreté la mandíbula, mas las puertas se cerraron, evitándome responder.
Me ajusté las mangas. No estaba haciendo nada malo. Tenía todo el derecho a estar aquí, a hacer lo que quisiera. No obstante, esa extraña sensación de opresión en el estómago no desapareció al entrar en mi suite privada en el penthouse.
Me serví un vaso de whiskey y contemplé mi ciudad. La ciudad por la que había sangrado y matado. Nada podía ser más importante que la Familia. Si bien quizá de joven pensara algo distinto, aquel Matteo había muerto junto a mis padres.
Me di la vuelta cuando se abrió la puerta y entró una mujer. Era alta, su vestido negro resaltaba sus largas piernas, y rubia. Tomé otro trago. Giuseppe solía mandar a mujeres italianas de cabello oscuro. ¿Era una coincidencia o intentaba encontrar a alguien que se pareciera a mi esposa?
Excepto que esta mujer no se parecía en nada a Sofiya. Tenía los labios pintados de rojo y una expresión confiada y sensual mientras se acercaba a mí.
—Me dijeron que eras guapo —Empezó, deteniéndose tan cerca de mí que sus grandes senos me rozaron el pecho—. Pero guapo se queda corto. —Me pasó los dedos por la mandíbula.
Mi anillo de matrimonio me pesaba en el dedo.
Mi padre había sido leal a mi mamma. Siempre decía: «La vida de la Familia gira en torno al Don.
La vida del Don debe girar en torno a su esposa».
No era un secreto que le permitía a Mamma opinar sobre asuntos de la Familia.
Incluso lo convenció de prohibir el comercio de pieles en nuestro territorio, una decisión impopular que hizo perder mucho dinero a algunos capos.
Mi padre también había sido muy duro con los maridos que maltrataban a sus esposas.
Sus acciones provocaron la disconformidad de los hombres que se sentían con derecho a hacer lo que quisieran en sus hogares.
Mi tío aprovechó esa disensión para ganar poder.
La devoción de mi padre por mi mamma los había destruido.
Casi nos destruye a Sienna y a mí.
Sin embargo, en ese minuto, ante la oportunidad de engañar a mi esposa, descubrí que no podía hacerlo.
Mi polla estaba blanda, mi piel se erizaba por la incomodidad.
Mi padre era el hombre que más admiraba en el mundo: firme, fuerte y cariñoso a su manera.
Para un miembro de la mafia era difícil criar a su heredero, porque nunca podría ser padre del todo: siempre sería Don para su primogénito.
Pero mi papà había sido antes que nada un esposo, por encima de todo.
Extendí la mano y agarré la muñeca de la mujer, apartándola de mí.
—Vete. —Mi voz era áspera, mas no me importaba. Su tacto parecía veneno.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Señor?
Le solté la muñeca y retrocedió unos pasos.
—Vete. Lárgate —repetí.
Giró sobre sus talones y salió corriendo de la habitación.
Me temblaban las manos mientras me bebía lo que quedaba del alcohol. ¿Qué carajos me pasaba? ¿Por qué tenía un sentido equivocado de la lealtad hacia una mujer que ni siquiera conocía solo porque había firmado una hoja de papel?
—¡Joder!
Lancé el vaso vacío contra la pared y los trozos de cristal y líquido se hicieron añicos contra el suelo. Necesitaba algo que me distrajera, que me hiciera sentir de nuevo en control, y no lo encontraría en esta habitación.
Tomé el teléfono y marqué.
—Romeo, reúnete conmigo afuera del Star. Nos vamos de cacería.
Estaba oscuro cuando Romeo desvió el auto de la carretera, ocultándolo tras un grupo de árboles.
Apagó el motor, y el silencio de la noche nos rodeó.
—Esta es una de las ideas más estúpidas que has tenido últimamente —comentó.
Saqué otra pistola de debajo del asiento y comprobé que estuviera cargada.
—Quédate aquí, entonces. —El aire fresco de la noche me despejó la cabeza mientras salía del coche. Esto era lo que necesitaba. Concentración. Control.
Romeo me siguió, murmurando maldiciones mientras amartillaba su arma.
—Sabes, algunos hombres compran autos deportivos cuando están teniendo una crisis de la mediana edad. O un jet privado. No van a emboscar casas de seguridad albanesas solo por la emoción de hacerlo.
—Ya tengo un jet privado. —Me puse en marcha hacia la pequeña casa que teníamos adelante, una luz solitaria en la ventana era lo único que iluminaba el camino.
—Oh, mírenlo, ahora se cree comediante —resopló Romeo.
—Si cualquier otro me hablara así, ya lo habría matado.
—Sí, pero si yo fuera cualquier otra persona, estaría metido en la cama con una mujer sexy sobre mi polla. No aquí en una misión suicida.
Puse los ojos en blanco.
—Es solamente una misión suicida si jodes las cosas.
Nos mantuvimos en las sombras mientras nos acercábamos a la casa, aunque no había nadie afuera ni alarmas visibles.
La información de Franco sugería que esta casa abandonada estaba siendo utilizada por los albaneses, probablemente soldados de bajo rango.
No eran importantes, era poco probable que tuvieran información útil.
Arben podría ser un idiota, sin embargo, ni siquiera él era tan estúpido como para contarles sus planes a los soldados.
Sin embargo, eso no importaba. No estaba aquí por información.
Disparé a la cerradura de la puerta e irrumpí en el interior, con Romeo cubriéndome la espalda.
Había tres hombres sentados en una sala mugrienta, dos en ropa interior y el tercero con una camiseta sucia.
Gritaron intentando agarrar las armas que habían dejado descuidadamente a un lado, pero fui demasiado rápido.
Disparé al primero en la mano; al segundo, en la rodilla y al tercero, en el hombro. El aire se llenó de gritos de dolor.
—¿Para qué demonios necesitaba estar yo aquí si ibas a matarlos a todos tú mismo? —refunfuñó Romeo.
—Ve a despejar el resto de la casa si necesitas algo que hacer. Ustedes tres, al suelo.
Los albaneses se desplomaron en el suelo, sus gritos llenando el aire. Rápidamente les quité las armas. Obviamente eran jóvenes y sin experiencia. No tenían ningún valor para mí.
Aun así disfrutaría jugar con ellos.
—Matteo. —La voz de Romeo llegó desde una de las habitaciones traseras—. Ci sono due ragazze qui. «Hay dos chicas aquí».
Mierda.
Romeo volvió a la sala, con furia en sus ojos.
—Malditas escorias. —Escupió a los soldados y les apuntó con su arma. Sus ojos se dirigieron a los míos—. Habitación trasera a la izquierda.
Me preparé para lo que me iba a encontrar cuando empujé la puerta y vi a dos chicas acurrucadas en un rincón.
Parecían jóvenes, ¿diecisiete?, ¿dieciocho años?
Tenían la ropa rasgada y el cabello largo y sucio les caía sobre la cara.
Tenían los tobillos demasiado delgados sujetos con esposas metálicas.
Lo único que había en la habitación era un colchón sucio.
Únicamente toda una vida de práctica ocultando mis emociones me permitió mantener el rostro inexpresivo mientras una furia al rojo vivo se revolvía en mi estómago.
Si bien mi tío había reactivado el comercio de pieles durante el breve tiempo que estuvo en el poder, yo le había puesto fin cuando ascendí a Don.
Esto era una ofensa directa a mi autoridad.
Me agaché, esperando que eso me hiciera menos intimidante. Las miradas vacías de las chicas se cruzaron con las mías.
—¿Cómo se llaman?
No dijeron nada.
—Las llevaré a un lugar a salvo—murmuré—. ¿Cómo llegaron aquí?
Las chicas se miraron entre sí como si se estuvieran comunicando en silencio antes de dirigirse a mí. Una dijo algo en un susurro ronco, pero no hablaba inglés.
—¿Qué fue eso?
La chica repitió sus palabras, con voz cada vez más fuerte.
Sonaba como si hablara un idioma de Europa del Este, posiblemente ruso.
Por un momento pensé en llamar a Sofiya para ver si ella les entendía, pero descarté la idea.
Tenía que mantenerla apartada de mi vida, de mi trabajo.
Podía parecer dulce e inocente; sin embargo, no podía confiar en ella.
—Ahora vuelvo —les avisé, a pesar de que no podían entenderme, y regresé a la sala.
—Bueno, esto nos aclara un poco por qué la escoria intenta apoderarse de mi ciudad —le comenté a Romeo.
—¿Crees que es algo más que las dos chicas?
—Sí. —Había sospechado que Arben traficaba con pieles en Boston, aun así, me había mantenido al margen, eso era territorio irlandés. Pero ya no solo intentaba tomar el control de mi ciudad, sino que se disponía a traer el comercio de pieles.
Mis ojos se desviaron hacia los tres patéticos hombres acurrucados en el suelo frente a nosotros.
—Felicidades, los tres acaban de volverse mucho más útiles para mí. —Me acerqué un paso más, saboreando sus quejidos de dolor mientras sus heridas derramaban sangre sobre la alfombra gris.
—¿Quién eres? —escupió el hombre al que le había disparado en la rodilla.
Me agaché frente a él.
—Soy al que le suplicarás que te mate antes del final.
Su rostro se retorció de rabia antes de arremeter con un grito. Un destello de acero se dirigió hacia mí. Me aparté de un salto, mas no fui lo bastante rápido para evitar que su cuchillo me hiciera un corte superficial en el costado. Apenas lo sentí mientras la sangre goteaba por mi piel.
Con un movimiento rápido, le di una patada en la rodilla herida, lo volteé boca abajo y lo inmovilicé en el suelo clavándole el cuchillo en la mano. Me sacudí la chaqueta mientras me levantaba y observaba a los otros dos soldados.
—¿Alguno de ustedes se siente valiente? Ahora es su oportunidad de atacar.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras negaban con la cabeza, lanzando miradas disimuladas a su compañero que se lamentaba.
—Buena elección. ¿Dónde está la llave de las esposas?
Un soldado señaló al hombre al que había apuñalado. Metí la mano en su bolsillo y saqué la llave, asegurándome de golpearle la rodilla contra el suelo.
Me dirigí a Romeo.
—Llama a Domenico y Stefano para que saquen la basura.
Volví a la habitación de atrás, agachándome de nuevo mientras me acercaba a las chicas. La más joven de las dos tenía las mejillas manchadas de lágrimas, aunque ambas permanecían en silencio.
Les mostré la llave y señalé a las esposas.
—Voy a quitárselas. —Parecieron entender lo que quería decir y se quedaron quietas mientras se las retiraba. Maldecí en voz alta al ver las marcas rojas y sangrientas dejadas por el metal, lo que hizo que ambas se sobresaltaran.
Busqué en mi interior la voz suave que solía usar con Sienna cuando era más pequeña, cuando me despertaba a mitad de la noche y la encontraba acurrucada en el suelo junto a mi cama después de haber tenido una pesadilla. Antes de que mi corazón se volviera frío.
—No voy a hacerles daño. —Extendí una mano hacia ellas, pero se apartaron asustadas—. No pasa nada. No las tocaré. ¿Pueden caminar?
Me levanté despacio y di unos pasos hacia la puerta, haciéndoles un gesto a las chicas para que me siguieran. Se levantaron con movimientos rígidos. Se agarraron de las manos y cojearon hacia la puerta.
—Ya vienen —informó Romeo cuando los tres entramos a la sala. Había atado a los soldados albaneses en el suelo y vendado sus heridas de bala para evitar que se desangraran. Los quería vivos durante mucho tiempo—. ¿A dónde quieres llevar a las chicas?
Me pasé la mano por el cabello e hice un gesto a las dos chicas para que se sentaran en la mesa torcida de la cocina. Les conseguí agua y encontré paquetes de galletas saladas en una de las alacenas.
—Le preguntaré a Aria si pueden quedarse en una habitación de la clínica hasta que resolvamos esto.
Aria era mi prima por parte de mi madre. Le habían permitido ir a la facultad de medicina, algo raro para las hijas de la Familia incluso en estos tiempos, y dirigía nuestra clínica privada.
Las chicas se bebieron de golpe el agua, con los ojos fijos en sus tres captores.
Me apoyé en la encimera de la cocina, preguntándome qué estaría haciendo Sofiya.
Sentí el extraño impulso de ir a ver cómo estaba, pero era tarde.
Probablemente estaría dormida y, de todos modos, Enzo estaba de guardia en el apartamento.
Romeo sacó su teléfono y me hizo un gesto con la cabeza.
—Ya están aquí.
Hice un gesto a las chicas para que me siguieran.
Romeo salió primero por delante y me hizo una señal cuando todo estuvo despejado.
Stefano y Domenico se cruzaron con nosotros de camino al coche y les hice un gesto con la barbilla.
Me reuniría con ellos en el sótano después de llevar a las chicas a la clínica.
Los albaneses podían esperar. Al final desearían que me hubiera mantenido alejado.