16 Sofiya
SOFIYA
Me había costado dormir toda la noche, por eso estaba segura de que mi esposo no había vuelto a casa.
Lo esperé con la cena. Estaba acostumbrada a comer alrededor de las siete, pero sabía que los italianos comían tarde, así que tenía esperanzas de que llegara.
Cuando se acercaban las once de la noche, me rendí y comí sentada en el suelo de la cocina, con la música a todo volumen.
Si iba a vivir esencialmente sola, más valía romper todas las reglas de etiqueta que me habían inculcado.
El dolor de cadera me hacía dar vueltas en la cama, desesperada por encontrar una postura tolerable.
Eso, en combinación con la soledad y la falta de sueño, me había puesto de mal humor.
Me levanté de la cama de madrugada, necesitando algo para distraerme.
Utilicé la lujosa máquina de café espresso italiana para hacerme un latte y luego exploré el resto del apartamento, haciendo lo posible por moverme con mi voluminosa silla de ruedas.
El apartamento tenía un aire de abandono, como si nadie viviera aquí, aunque era precioso, la combinación perfecta de arquitectura histórica y toques modernos.
Los grandes ventanales dejaban entrar la luz del sol naciente, que reverberaba en las paredes blancas y las molduras de madera oscura.
No se parecía en nada a la fría opulencia de la casa del Pakhan, que pretendía intimidar a todo el que entraba con su extravagancia y riqueza.
Había cuatro habitaciones, no me había atrevido a entrar en la de Matteo, aun así, el resto estaban decoradas con sencillez y buen gusto, cinco baños, un comedor formal, una sala y el gimnasio, pero mi habitación favorita sin duda era la biblioteca.
Allí decidí acurrucarme en el gran sofá de piel de la biblioteca con mi segunda taza de café mientras observaba el amanecer.
Los estantes del suelo al techo estaban repletos de libros, hermosos y antiguos tomos que parecían preciosos, pero que daban cero ganas de leer.
De hecho, no parecía haber nada remotamente entretenido de leer en toda la casa.
Me lo imaginaba. Supuse que el Don no tenía mucho tiempo libre.
Bueno, excepto por las noches. Parecía que tenía mucho tiempo para actividades extracurriculares a esas horas.
Imágenes de Matteo con otras mujeres habían revoloteado dentro y fuera de mis sueños hasta que estuve a punto de gritar.
Recosté la cabeza en el sofá con un quejido. No servía de nada pensar en las decepciones de la vida.
Intentaba reunir fuerzas para levantarme y preparar el desayuno cuando tocaron a la puerta. Al principio no estaba segura de haber oído bien, pero ahí estaba de nuevo. Por un momento, el corazón me dio un vuelco al pensar que Matteo había vuelto, mas luego me di cuenta de que él no habría tocado.
Me senté en mi silla, respirando agitadamente por el dolor que me recorría las articulaciones, y abandoné la biblioteca.
—¡Adelante! —exclamé al llegar a la sala.
La puerta se abrió lentamente, dejando ver a un sonriente Angelo.
—Buenos días, bella. Me preocupaba haberte despertado.
Sonreí. Me alegré de verlo, pero no pude evitar que me doliera el corazón por la ausencia de mi marido.
—Llevo un rato despierta. —Hice una mueca al darme cuenta de que seguía en pijama, un pijama de seda rosa con flamencos, cortesía de mi madre.
—Que bonitos —dijo Angelo.
Negué con la cabeza y me desplacé hacía la cocina.
—¿Puedo traerte algo? ¿Un café? Estaba intentando decidir qué preparar para desayunar.
—No diría no a un poco de café. ¿Qué terminaste haciendo anoche?
—Galletas con chispas de chocolate y risotto de champiñones. —A Angelo se le iluminó la cara y lo miré divertida—. ¿Hay sobras si quieres?
—Me encantaría. —Se frotó las manos.
Me reí.
—¿A las ocho de la mañana? Un desayuno bastante raro. —A pesar de que el risotto estuvo delicioso, comer sola no era lo mismo.
Empecé a maniobrar hacia el refrigerador, no obstante, Angelo me detuvo rápidamente.
—Déjame a mí —pidió, mirando mi silla de ruedas con preocupación.
—Puedo moverme por la cocina, Angelo.
—Pero ¿por qué hacer eso cuando estoy aquí, señora Rossi?
Arrugué la nariz. No estaba segura de cuánto tardaría en acostumbrarme a que me llamaran señora.
Tomé una barrita de granola mientras Angelo sacaba un recipiente con las sobras de risotto del refrigerador.
—Entonces, ¿viniste solamente a asaltar el refrigerador?
Angelo sonrió ante mi tono irritable mientras metía el recipiente en el microondas.
—Nah, eso es solo un extra. Vine a recogerte. El Jefe programó una cita para ti.
—Oh —dije, sentándome más erguida—. ¿Va a volver?
La expresión de Angelo decayó ligeramente, y se ocupó de las sobras.
—No, está ocupado.
Se me hizo un nudo en la garganta y me sentí estúpida.
¿Por qué iba a molestarme que mi esposo pasara la noche fuera, obviamente en compañía de mujeres más interesantes?
Había dejado claro que no éramos nada el uno para el otro.
Simplemente pensé que esperaría al menos una semana después de nuestra boda para buscarse una amante.
Me había permitido tener demasiadas esperanzas, creer en cuentos de hadas románticos.
Tragué saliva antes de hablar y me alegré de lo firme que sonaba mi voz.
—¿Qué tipo de cita?
—Una evaluación para una silla de ruedas hecha a la medida.
Mis labios se entreabrieron y lo único que pude hacer fue parpadear mientras Angelo sacaba el risotto del microondas y daba un mordisco con aprecio.
—Esto está muy bueno —halagó—. Ni siquiera me gustan los champiñones.
—Gracias. Pero ¿cómo que una cita para una silla de ruedas si ya tengo una?
—El Jefe dijo que no sirve —respondió Angelo encogiéndose de hombros—. Insistió mucho en que te mereces lo mejor.
Mis ojos estaban desenfocados mientras intentaba dar sentido al enigma de mi esposo, frío, duro y ausente en un momento y aparentemente cariñoso en el siguiente.
—Es un hombre complicado —concluí finalmente.
—Ni la mitad de complicado que las mujeres —replicó Angelo.
Puse los ojos en blanco y me acerqué para arrebatarle el envase de galletas de la mano.
—Los sexistas no reciben galletas.
—No, bella, por favor, no seas así. —Su labio sobresalió en un puchero. Era una expresión tan ridícula en aquel hombre enorme y musculoso que no pude contener la risa.
Me arrebató la caja de la mano y se metió una galleta en la boca antes de que pudiera decir algo.
—Eres ridículo —le dije—. Tengo que arreglarme. No te comas todas las galletas.
Jugueteé con la radio del coche, poniéndola en una estación de música pop. Mila y yo habíamos pasado horas matando el tiempo escuchando la radio cuando éramos pequeñas, antes de que metiéramos a escondidas una televisión a nuestra ala de la casa.
—Así que, Angelo, cuéntame más sobre ti.
Estábamos atrapados en el tráfico matutino de Manhattan.
—Uhh, ¿qué quieres saber?
—No lo sé. Cualquier cosa. ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?
El semáforo cambió y avanzamos de nuevo.
—No tengo muchos pasatiempos... Asisto a una noche de póquer semanal, si eso cuenta.
—Qué bien. Nunca he jugado. Mila y yo teníamos unas barajas, pero no conocíamos ningún juego, así que inventábamos cosas. ¿Eres bueno?
Una sonrisa se dibujó en los labios de Angelo.
—Soy decente.
—¿Puedes enseñarme? Tal vez pueda asistir a la noche de póquer si me vuelvo buena.
Me lanzó una mirada incrédula.
—¿Una mujer en la noche de póquer? —Sin embargo, ante mi ceño fruncido, se aclaró la garganta y añadió rápidamente—. Ya era hora. —Me crucé de brazos—. No me quites las galletas —suplicó.
—Quizás te perdone si me enseñas a jugar. —Sabía que Angelo solamente estaba aquí conmigo porque así se lo había ordenado el Jefe, pero yo estaba desesperada por tener un amigo—. ¡Oh! —exclamé—. ¿Tienen un campo de tiro que usen para practicar?
Angelo giró a la derecha y se estacionó en paralelo en una calle muy transitada de Midtown.
—¿Por qué?
—Pensé que quizá podríamos ir alguna vez. Necesito mantener mis habilidades en forma.
Mi guardaespaldas resopló.
—¿Tus habilidades?
—¿Qué, no me crees? Mi hermano me enseñó a disparar cuando era más joven.
Dimitri nos había enseñado tanto a Mila como a mí, decidido a que necesitábamos saber protegernos.
Cada vez que nos visitaba, nos escapábamos todos juntos al campo de tiro para practicar.
Mila no había tenido éxito, pero Dimi decía que yo tenía talento natural.
La última vez que me visitó, seis meses atrás, practicamos disparando desde mi silla.
—No estoy seguro de que el Jefe acepte —comentó Angelo antes de salir del coche. Esperé a que sacara mi silla del maletero. Hice una mueca al salir, me dolía la cadera. Tendría que usar una compresa caliente cuando volviéramos.
Angelo abrió de un tirón una gran puerta de cristal con el letrero “Centro de Movilidad”, y me impulse en la silla dentro de un enorme espacio repleto de todo tipo de sillas de ruedas.
—Usted debe de ser la señora Rossi. —Una mujer de mediana edad con bonitos ojos y una cola castaña salió de detrás del mostrador de la recepción para recibirnos—.
Soy Sandra. Soy la fisioterapeuta que le hará su evaluación hoy.
—Me estrechó la mano y luego la de Angelo antes de presentarnos a dos hombres que trabajaban con ella, Ted y DiMarco.
—Haremos varias evaluaciones hoy para asegurarnos de que tenemos todo lo que necesitamos para conseguirle su silla personalizada, lo cual es bueno porque ya veo que esa no es la adecuada para usted —señaló Sandra con expresión analítica—.
El examen incluirá muchas preguntas sobre su movilidad y cuáles son sus objetivos, y también haremos algunas evaluaciones físicas. ¿Alguna pregunta antes de empezar?
Sacudí la cabeza, todavía un poco aturdida por lo que estaba ocurriendo. Me desorientaba estar rodeada de gente que quería que me sintiera cómoda en una silla de ruedas después de haber tenido que ocultar la gravedad de mi discapacidad durante tanto tiempo.
Y el hecho de que mi esposo hubiera programado la cita lo hacía aún más dulce.