Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 14 Sofiya
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14 Sofiya

SOFIYA

Estaba adolorida y cansada mientras deambulaba por la cocina.

Utilicé el andador para mantener el equilibrio, pero me costaba apoyarme con los brazos ya que me dolían mucho después del entrenamiento del día anterior.

Esperaba que los ejercicios dieran resultado a largo plazo, porque en ese instante el dolor me irritaba.

Aunque me había tomado los analgésicos, sabía que el dolor probablemente duraría todo el día... toda la semana si no tenía suerte.

Nada de lo que intentaba para aliviar mis síntomas parecía ayudar.

Hacía tiempo que Mila se había lanzado a una campaña de “salud”, convencida de que podía curarme si hacíamos las cosas correctas.

Bebíamos extractos de granos de café verde, meditábamos y hacíamos yoga.

La última vez que intenté hacer yoga, mi rodilla se había subluxado y me había caído encima de Mila.

Nos reímos tanto que me oriné encima, lo que nos hizo reír aún más.

Nuestro aislamiento forzado en la mansión del Pakhan durante los últimos años había sido agonizante, pero también había cosas que echaba de menos. Habíamos sido Mila y yo contra el mundo durante mucho tiempo, y en ese momento estaba sola.

Me comí una banana del frutero mientras intentaba averiguar qué hacer con mi día.

La cocina estaba totalmente equipada. Sonreí y decidí hornear y cocinar.

Para pasar el rato, claro. No para impresionar secretamente a mi esposo con la única habilidad que tenía.

Tendría que elegir recetas que no requirieran mucha fuerza en la parte superior del cuerpo.

Unos golpes en la puerta me hicieron levantar la cabeza de la despensa. Me mordí el labio. ¿Tenía que abrir? Todavía estaba nerviosa en este precioso y enorme apartamento, esperando a hacer algo mal y que me gritaran.

La persona de la puerta volvió a tocar. Agarré mi andador y me dirigí lentamente a la entrada. Miré por la mirilla y vi a mi guardaespaldas.

—Buenos días, señora Rossi —saludó Angelo con una amplia sonrisa cuando abrí la puerta.

—Buenos días. Y por favor, llámame Sofiya.

—No sé si al Jefe le gustaría.

Ladeé la cabeza.

—Pero eres mi guardaespaldas, ¿no? Así que no sé... ¿no puedo opinar?

Angelo soltó una risita. Su risa era cálida y profunda, y me tranquilizó al instante.

—El jefe la tiene difícil contigo, ¿verdad? —Me guiñó un ojo—. Muy bien, Sofiya. Como gustes. —Hizo una pequeña reverencia con ademán elegante, haciéndome resoplar.

—¿Quieres pasar?

—No, gracias, bella. Solo necesitaba darte esto. —Me acercó un flamante teléfono de última generación.

Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿De verdad? ¿Para mí?

—Por supuesto. Los números que necesitas ya están programados.

Estamos Enzo y yo, que tiene el turno de noche vigilando el apartamento.

También Romeo, el segundo al mando del Jefe, y Domenico, su ejecutor.

Si alguna vez tienes una emergencia y no puedes ponerte en contacto conmigo o con el Jefe, puedes llamar a cualquiera de ellos.

El móvil se sentía suave y frío en mis manos.

—¿Puedo llamar a otras personas? ¿Como a mi hermana?

—Por supuesto.

—Y... ¿puedo conectarme a internet y esas cosas?

—Mila y yo habíamos tenido un teléfono los dos últimos meses, un modelo antiguo que Nikolai nos entregó en secreto.

Se lo había dejado a Mila con la esperanza de encontrar una forma de comunicarme con ella, mas nunca esperé que me dieran un teléfono así como así.

Frunció el ceño.

—No eres una prisionera aquí, Sofiya. —Su voz era baja y se inclinó para que nuestros ojos quedaran a la misma altura—.

Estás casada con el Don. Eso te da poder, estatus.

¿Lo entiendes? —Observó mi expresión de desconcierto y suspiró—.

Veo que aún no lo entiendes, pero lo harás.

Te acostumbrarás a tu posición y estoy seguro de que desempeñarás tu papel maravillosamente.

—Gracias —susurré. Era una de las cosas más amables que me habían dicho, aunque no había mucha competencia. Aunque fue otro frío recordatorio de que solamente estaba aquí para interpretar un papel.

—¿Necesitas algo más? —cuestionó Angelo.

Negué con la cabeza.

—No, esto es genial, gracias. Voy a hornear un poco.

Sus ojos se iluminaron.

—Ahh, ¿tiramisú?

Una sonrisa se dibujó en mis labios.

—Aún no lo he decidido. —Era emocionante tener rienda suelta a la cocina, un móvil para buscar recetas y gente que quería probar lo que hacía.

—Bueno, estoy deseando averiguarlo —dijo guiñándome un ojo.

Volví a la cocina y me tomé unos minutos para configurarlo. Quizá podría comprarle una funda. Había visto algunas muy bonitas en Internet.

Una vez configurado, marqué el número de Mila. Teníamos el teléfono en silencio para evitar que alguien lo encontrara y nos castigara, así que cerré los ojos, rezando para que contestara.

—¿Hola? —Mila sonaba ligeramente sin aliento. Al escuchar su voz se me salieron las lágrimas.

—Mila. —Me atraganté.

—¡Oh, Dios mío, Sofiya! He estado esperando y deseando que llamaras. ¿Estás bien? Te echo tanto de menos.

—Yo también te extraño —admití, moqueando. Saqué una toalla de papel de debajo del fregadero y me sequé las lágrimas.

—¿Qué pasa? —Su voz era firme y podía imaginarme su expresión, cómo aparecía esa pequeña línea entre sus cejas cuando estaba estresada.

—Solo estoy feliz de escuchar tu voz. Estoy totalmente bien, lo prometo. Tengo un teléfono nuevo, así que podemos hablar cuando queramos.

—Maldita sea, he estado volviendo loco a Nikolai preocupándome por ti. ¿Cómo es tu esposo? ¿Te trata bien? ¿Ustedes, ya sabes... lo hicieron?

Mis mejillas se calentaron.

—Matteo es... no sé, ¿confuso? —dije, esquivando su pregunta—.

No es que tenga mucha experiencia con los hombres, pero es realmente difícil de leer.

No creo que yo le guste mucho. —Saqué una bolsa de chispas de chocolate de la despensa.

Todo el personal de mi padre alababa mis galletas de chocolate, así que me pareció algo seguro con qué empezar.

Además, en la cocina había una batidora eléctrica, por lo que no tendría que forzar la muñeca al mezclar la masa.

Hubo un momento de silencio antes de que Mila respondiera.

—¿Por qué dices eso? ¿Te ha lastimado?

—No, en absoluto. No obstante, dijo que solamente quiere que vivamos como compañeros de apartamento.

Está fuera la mayor parte del tiempo y tenemos habitaciones separadas.

—No estaba dispuesta a hablarle de mi estúpido malentendido, de cómo me había acobardado en mi habitación durante un día entero por miedo al castigo. Era patético.

Tampoco iba a contarle cómo las manos de Matteo se habían quedado en mi piel en el gimnasio... ni nuestra conversación en el techo a media noche.

Prácticamente podía escuchar los pensamientos caóticos de Mila.

—¿Tú quieres que solamente sean compañeros de apartamento?

Saqué huevos y mantequilla del refrigerador.

—En realidad no tengo elección. Tal vez esta no sea la vida que hubiera elegido, pero no está mal. Matteo ha sido... amable. —Me estremecí, apretando la cara entre las manos.

—¿Amable? ¿El líder de la Mafia Italiana es amable?

—De acuerdo, es una mala palabra para describirlo.

Sin embargo, no ha dicho nada cruel. —Miré hacia la isla de la cocina, recordando cómo Matteo se había preocupado de que me cayera si me soltaba mientras me sentaba en la encimera.

Por un segundo, incluso había imaginado algún tipo de chispa entre nosotros.

—¿Qué es lo que no me estás contando? —preguntó Mila, con suspicacia.

—Nada —repliqué demasiado rápido—. No hay nada que contar.

—Uh huh... Así que, ¿qué estás haciendo ahora?

Suspiré aliviada de que no me estuviera presionando.

—Pensé en hacer unas galletas. Y luego tal vez algo italiano para la cena.

—Cena y postre. Suena como si trataras de impresionar a tu esposo.

Me quedé en silencio mientras mis mejillas ardían.

—¡Sofiya! —Mila jadeó—. Lo estás haciendo. Lo sabía. —La emoción era palpable en su voz y me recordó que apenas tenía diecinueve años—. Apuesto a que es más que amable contigo. Está demasiado bueno como para ser tu compañero de apartamento.

Resoplé.

—No está interesado en mí de esa manera.

—No puedes pensar que me creería eso.

—Bueno, no sé qué decirte. Ha sido muy claro. —Excepto cuando no lo era. Como cuando me llevaba en brazos, o parecía enfadado al escuchar cómo me había tratado mi padre, o se sentó conmigo en el techo.

Antes de que Mila pudiera decir algo más y aumentar la confusión que ya sentía, cambié de tema.

—¿Sabes algo de Dimi?

Mila suspiró, dándose cuenta de mi intento de cambio de tema, aunque respondió de todos modos.

—No.

—¿Crees que está bien?

—Sabe cuidarse solo —dijo, pero nuestra ansiedad compartida pesaba en la línea. Dimi era el único miembro de nuestra familia que realmente nos quería a Mila y a mí, y lo extrañaba.

—¿Crees que sigue en el extranjero? —inquirí.

—Supongo que sí. Tal vez podría preguntarle al Pakhan...

—No —objeté—. No hagas eso. No te lo dirá de todos modos.

—Me entró un pánico tan visceral que tuve que sentarme en mi andador.

Respiré a pesar del mareo. Nuestro padre nunca le había pegado a Mila, y ella no sabía que me había golpeado a mí.

Pero ya que estaba fuera de casa, me aterrorizaba que volviera su ira contra ella.

—Bueno —resopló Mila—. No lo haré.

—Solo... solo asegúrate de mantenerte fuera de su camino, ¿de acuerdo? Y si Dimi llama, ¿le compartirías mi nuevo número y le dirías que me llame?

—Por supuesto.

Mila me puso al corriente de su vida. Nuestro padre le permitía salir de casa más a menudo dado que yo no estaba. Me sentía culpable de que hubiera estado atrapada en aquella casa por mi culpa, por la vergüenza que mi cuerpo causaba a mi familia en público.

—¿Cómo te ha ido con los dolores? —indagó.

—Todo bien —mentí. Medí la harina y el bicarbonato.

—Sofiya. —La voz de Mila era de regaño.

—Bueno, ha estado un poco mal. Pero mis rodillas están más fuertes que el día de mi boda. Estoy usando mi andador por todo el apartamento.

—Necesitas que el Don te lleve al médico. Seguro que hay mejores medicamentos o algo que te ayude. No confío en ninguno de los médicos del Pakhan.

—No te preocupes por mí, Mila. Soy la mayor. Es mi responsabilidad protegerte a ti.

Mila emitió un sonido irritado en el fondo de su garganta.

—Siempre me preocuparé por ti porque te quiero, Sofiya. Desearía... desearía que pudieras dejar que otras personas te quisieran. Estás tan convencida de que tienes que hacerlo todo por todos, y la gente que te quiere de verdad no necesita que hagas o seas nada para nosotros.

Las lágrimas me picaron en los ojos.

—No estoy segura de que sea una larga lista de personas.

—Me parecería molesto si no supiera que realmente lo crees. Eres la persona más hermosa que he visto jamás. Eres amable, tienes talento y esa energía que atrae a todo el mundo a tu órbita. Creo que esa es una de las razones por las que él te escondió. Nos opacas a todos.

Solté una carcajada.

—¿De qué estás hablando? Nuestro querido padre únicamente ha sentido desprecio hacia mí.

—Puede ser. —Concedió Mila—. No obstante, creo que hay algo más en su odio.

Apoyé la mejilla en la fría encimera de mármol mientras las dos permanecíamos sentadas en silencio.

—Te echo de menos —dije finalmente.

—Yo también te echo de menos. —La voz de Mila era tensa, como si estuviera llorando, e hizo que una lágrima corriera por mi mejilla. Mi hermana casi nunca lloraba. Solía decir que yo tenía suficientes lágrimas para las dos.

—Suenas más relajada —susurró.

Me sequé las lágrimas.

—Me siento más relajada. Hay todo un mundo fuera del ala este.

—Puedes empezar a tachar cosas de la lista.

Sonreí.

—Ya taché la primera cosa. Volamos de vuelta a New York en un jet privado. Fue genial.

Seguimos hablando y soñando con nuestra lista hasta que Mila dijo que tenía que irse. El Pakhan la estaba haciendo asistir a un almuerzo con las esposas de la Bratva. Temía que ya estuviera pensando en casarla. Nada me hacía sentir tan impotente como no poder proteger a Mila de todo lo malo.

—Será mejor que me mandes mensajes y me llames todo el tiempo, Sofiya. Quiero actualizaciones.

—Te lo prometo. Tú también, ¿de acuerdo?

—Sí. —Escuché un golpe en la puerta de su lado—. Mierda, Nikolai está aquí y aún no me he vestido. Tendré que enviarte una foto del vestido que mamá me está obligando a ponerme. Es horrendo.

Nuestra madre tenía el peor sentido de la moda que había conocido. No sabíamos si sus extravagantes atuendos eran una especie de declaración, una pequeña rebelión contra el Pakhan, o si realmente pensaba que le quedaban bien.

—Te quiero. Cuídate. —Me despedí.

—Yo también te quiero.

El silencio en la cocina me pesó después de colgar.

Busqué una aplicación de música y elegí una lista de reproducción pop al azar.

Por el altavoz empezaron a sonar notas alegres.

Mila y yo siempre habíamos procurado no hacer mucho ruido.

Era más seguro no hacer ruido y pasar desapercibidas.

A pesar de que la canción sonaba suavemente, sentí un estremecimiento de miedo y emoción al hacer ruido, al ocupar espacio.

El reloj del horno sonó, saqué la primera tanda de galletas y les espolvoreé sal de mar por encima. Introduje la siguiente tanda y abrí el navegador de mi teléfono para buscar recetas italianas. Estaba decidida a que la cena fuera un éxito.