7 Matteo
MATTEO
El suave tintineo del ascensor sonó antes de que se abrieran las puertas.
Le hice un gesto a Sofiya para que subiera primero, seguida de Romeo y de mí.
Las puertas se cerraron, dejando a Angelo esperando al siguiente con las dos maletas de Sofiya y la caja grande que había traído.
Me las había arreglado para mantenerme alejado de ella durante todo el viaje, pero en ese momento estaba atrapado en este pequeño espacio. Incapaz de escapar de ella.
El ascensor subió desde el garaje subterráneo hasta el piso veintidós, donde me esperaba mi penthouse.
Había comprado este edificio histórico en el lado oeste de Central Park después de convertirme en Don.
Sienna y yo no soportábamos estar en la casa en la que habíamos crecido, las paredes repletas de recuerdos de nuestros padres, los suelos manchados con su sangre.
Los pisos inferiores del edificio incluían viviendas para Sienna y mi círculo íntimo, junto con oficinas para mis negocios legítimos e ilegítimos.
La propiedad estaba rodeada por un gran patio y un jardín.
Sienna almorzaba allí cuando el clima era agradable.
Era uno de los pocos lugares al aire libre donde podía estar sin un convoy de guardaespaldas.
Pero únicamente yo tenía acceso a la azotea.
Algunas noches, me sentaba allí a solas con una copa, con los débiles sonidos de la ciudad que llegaban desde la calle de abajo.
En esos momentos, me sentía el rey de la ciudad.
La puerta del ascensor se abrió, dejando ver la gran entrada y la puerta principal. Sofiya parecía agotada cuando salimos del ascensor.
—Para entrar hay que introducir una huella digital —le informé—. Romeo, Angelo, Enzo, mi hermana y yo somos los únicos con acceso.
Asintió mientras se mordía el labio inferior. Me dieron ganas de regañarla y decirle que dejara de hacerlo. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Era mi hogar el que estaba a punto de ser invadido.
Para cuando añadí su huella a la cerradura, dándole a regañadientes acceso a mi espacio privado, las puertas del ascensor se habían abierto de nuevo para dejar ver a Angelo y las maletas. Le sonrió a Sofiya.
—Soy el jefe de su equipo de seguridad y seré su guardaespaldas personal. Estoy seguro de que el Jefe le dirá cómo ponerse en contacto conmigo, pero estaré vigilando afuera del apartamento durante el día por si necesita algo, y la llevaré en coche si tiene que ir a algún sitio.
—Gracias —respondió mi nueva esposa.
—Fue un placer conocerte, Sofiya —dijo Romeo—.
Me despido ahora. Los dejo para que se conozcan.
—Me miró arqueando una ceja antes de volver al ascensor con una risita.
Vivía un par de pisos más abajo y me entraron ganas de exigirle que se quedara.
¿Qué se suponía que debía hacer a solas con esta chica?
Angelo colocó las dos maletas de Sofiya dentro del apartamento antes de hacerme un gesto con la cabeza y dirigirse de nuevo a la entrada. Le hice un gesto a Sofiya para que entrara y la seguí, cerrando la puerta con un ruido sordo.
Si bien el apartamento era bastante grande, nunca me había parecido tan pequeño como en aquel momento. Sofiya podía ser una chica diminuta, mas su presencia llenaba el espacio.
—Es muy bonito —opinó, mirándome.
Yo solo gruñí. Sienna se había lanzado a diseñar todos los apartamentos del edificio. Yo me había mantenido al margen, aparte de vetar algunas de sus ideas más descabelladas.
Recogí las maletas de Sofiya, preguntándome dónde estaría el resto de sus cosas. Esperaba que sus pertenencias ocuparan varios coches, pero tal vez sus padres planeaban enviarlo todo más adelante.
Levanté la barbilla hacia el lado izquierdo del apartamento, donde había un pasillo que salía de la sala.
—Tu dormitorio está por allí. —El más alejado de mi habitación.
Sofiya atravesó la sala moviendo su silla de ruedas y me siguió por el pasillo.
Abrí la puerta de la recámara de invitados y coloqué sus maletas junto a la cama.
Nadie se había alojado nunca en esta habitación, no era como si tuviera invitados, no obstante, le había pedido a Gianna que se asegurara de que estuviera lista para mi nueva esposa.
Sofiya observó el dormitorio, como si estuviera a punto de decir algo.
—Iré a buscar el resto —gruñí, saliendo antes de que pudiera.
Algo sonó en la caja de cartón mientras la llevaba por el apartamento, y sentí la tentación de mirar adentro. Aunque estaba decidido a mostrar el menor interés posible por mi nueva esposa, así que mantuve la boca cerrada y la dejé a los pies de la cama.
—Gracias —pronunció.
—Gianna Pesci es mi ama de llaves y cocinera.
Ella y su hija vienen un par de veces a la semana a ocuparse de las cosas, pero se ausentarán durante el próximo mes por una boda.
—El hijo de Gianna se iba a casar, así que estaría de vacaciones, algo que rara vez hacía.
Yo siempre le decía que debería tomarse más, aun así, insistía en que yo no podría sobrevivir sin ella, lo que probablemente era cierto.
Sin embargo, tenía que admitir que me sentía aliviado de que no estuviera aquí.
Era una mujer testaruda y no tenía ningún reparo en insultarme.
No necesitaba sus comentarios para complicar la situación.
—¿Tienes más personal? —Sofiya preguntó.
—No que vengan al apartamento.
Asintió con la cabeza, parecía tan jodidamente pequeña en su silla de ruedas.
—Tengo que ir a una reunión —le avisé bruscamente.
—Oh. —Volvió a morderse su labio carnoso—. ¿Te irás?
Apreté la mandíbula al ver la tristeza en su expresión. ¿Por qué no podía ocultar lo que sentía?
—Te dije que esto no iba a ser un matrimonio de verdad —siseé.
Parpadeó lentamente antes de asentir.
—Por supuesto. Lo siento.
Tenía mil respuestas irritantes en la punta de la lengua, no obstante, me las tragué, giré sobre mis talones y salí del apartamento.
Cuando pasé junto a Angelo y volví a tomar el ascensor tuve una extraña e inquieta sensación en el pecho.
Me lo froté distraídamente mientras las puertas se abrían hacia el piso inferior, donde estaba mi oficina.