6 Sofiya
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SOFIYA
Mila y yo pasamos incontables horas soñando con todo lo que queríamos hacer en el mundo exterior, los destinos a los que queríamos viajar y lo que haríamos cuando llegáramos allí. La habíamos llamado nuestra Lista de Sueños, y yo ya podía tachar el primer elemento: volar en avión.
Por supuesto, nunca esperé estar en un avión privado con asientos anchos y suaves y una azafata que nos traía aperitivos y champagne.
Le dediqué una rápida sonrisa mientras tomaba un paquete de galletas de chocolate calientes.
Ella era preciosa, su vestido resaltaba sus curvas, y sentí un destello de celos, sobre todo cuando vi cómo su mirada se detenía en Matteo.
Intenté concentrarme en lo emocionante que era estar por encima de las nubes, ver cómo la puesta de sol pintaba el cielo de naranjas y rosas mientras nos desplazábamos hacia nuestro destino, sin embargo, tenía un nudo gigante en la garganta.
Mi nuevo esposo había dejado claro que nunca cumpliría varios de los deseos de mi lista: ser amada, y crear un hogar feliz para mis hijos.
Había sido tan infantil siquiera incluirlos en ella.
¿Qué mujer de mi mundo conseguía la felicidad?
Aprendimos a vivir sin ella. Las desafortunadas acababan como mi madre, vacías, destruidas por maridos crueles.
Las afortunadas con maridos ausentes se pasaban el día cuidando niños, de compras y quejándose con las amigas.
Matteo era brusco y serio, pero aún no había indicios de que fuera cruel.
No había hecho ningún comentario sobre mi silla de ruedas, no me había llamado “desperdicio de espacio” como había hecho mi padre cuando me vio usarla esta mañana.
Matteo incluso me había cargado hasta el avión, con suavidad, en lugar de obligarme a subir las escaleras arrastrando mi trasero.
Ojalá hubiera conocido a mi esposo en un día de mejor salud, no obstante, esta mañana me había despertado, como demasiadas mañanas últimamente, con las rodillas y la cadera a punto de fallar en cualquier momento.
¿Habría estado Matteo interesado en un matrimonio de verdad conmigo si yo fuera más guapa o más delgada o estuviera menos dañada?
—¿Qué opinas de volar? —preguntó Angelo, sacándome de mis pensamientos melancólicos.
Me dirigí a él con una sonrisa.
—Es increíble.
—¿Nunca habías viajado?
—Nunca había salido de Chicago. —La verdad era que apenas había salido del ala este de mi casa. Cuando Mila y yo éramos más jóvenes, antes de que mi estado empeorara, a veces asistíamos a fiestas o salíamos de excursión con nuestra niñera. Pero de eso hace ya toda una vida.
—New York es una gran ciudad. Creo que te gustará —me dijo.
—¿Has vivido allí toda tu vida?
—Sí. Nací y crecí allí pobre, lo que me trajo a todo esto. —Señaló con la mano hacia nuestro lujoso entorno—. Cuando era más joven. El Jefe ha sido bueno conmigo.
Lo estudié fijamente para ver si mentía. Mila siempre decía que yo era demasiado confiada, pero prefería creer que la gente era esencialmente buena a pasarme la vida esperando que me mintieran o me hicieran daño. Quizás había nacido en el mundo equivocado.
—¿Puedes contarme más sobre él? —susurré.
Matteo se había dirigido a la parte trasera del avión hacía un rato, pero Romeo estaba al otro lado del pasillo, y había más guardaespaldas sentados en los sofás, sí, malditos sofás, lo cual no podía ser normal, y no quería que me escucharan.
Angelo me dedicó una sonrisa amable.
—Habrás adivinado que no es muy expresivo. No obstante, es un Don justo. Recompensa a la gente que le es leal.
Las palabras no dichas flotaban en el aire, lo que les ocurría a los que no eran leales.
—¿Tiene familia? —pregunté.
—Tiene una hermana. Vive en el mismo edificio que él. Aunque creo que eso es todo. ¿Sabes que sus padres fueron asesinados?
Fruncí el ceño y negué con la cabeza. No lo sabía. No sabía prácticamente nada de mi marido, salvo que se veía muy bien con traje.
—Por su tío —comunicó Angelo, con voz grave—. El Jefe tardó dos años en derrocar al traidor y recuperar New York.
—¿Cuándo fue eso? ¿Cuánto hace que es Don?
—Eso fue hace trece años.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿Cuántos años tiene?
Romeo soltó una risita desde el otro lado del pasillo y me di cuenta de que había hablado demasiado alto. Me ruboricé y me acurruqué sobre mí misma. Mi padre no soportaba que le hiciera preguntas.
—No te preocupes —mencionó Romeo con un guiño—. El Jefe huyó, así que ahora tiene que atenerse a las consecuencias.
Levanté las cejas, sorprendida por la forma en que hablaba de su Don. Si alguien hablaba así del Pakhan, incluso su mano derecha, sería castigado.
—Matteo tiene treinta y ocho años —continuó Romeo—. Un viejo cabrón.
Angelo resopló.
—¿Y cuántos años tienes tú?
Romeo le hizo una seña obscena con el dedo medio.
—Treinta y siete —contestó a regañadientes, y no pude evitar reírme. Romeo volvió a guiñarme un ojo.
No podía creer lo joven que había sido Matteo cuando se convirtió en Don, y sentí una ráfaga de simpatía por mi nuevo esposo.
No me extrañaba que fuera tan serio. Había sido responsable de todo New York durante tanto tiempo.
Me mordí el labio, pensando en los diecisiete años que había entre nosotros.
A pesar de que la diferencia de edad no me molestaba, probablemente era otra de las razones por las que Matteo no estaba interesado en mí.
Yo era joven e ingenua... ¿por qué querría pasar tiempo conmigo?
—Háblanos de ti, Sofiya —pidió Romeo.
Me encogí de hombros.
—No hay mucho que contar. No soy muy interesante.
—Al contrario, espero que estés a punto de traer un sinfín de cosas emocionantes a nuestras vidas —expresó, reclinándose en su asiento.
Le dediqué una sonrisa titubeante al sociable segundo al mando.
—Me gusta hornear y leer. Aburrida, como dije.
—¿Eres buena horneando? —Curioseó Angelo, frotándose el estómago.
—No estoy segura. —Me encogí de hombros—.
A mi hermana y a nuestro guardaespaldas parecían gustarles bastante mis creaciones.
—Mis padres nunca pisaban la cocina, así que había sido un lugar seguro para que Mila y yo pasáramos el tiempo, rodeadas de personal compasivo.
Lamentablemente, mi salud me había robado incluso eso a medida que me resultaba más difícil subir y bajar las escaleras. ¿Tendría escaleras mi nuevo hogar?
—En realidad no sé cuáles son los postres tradicionales rusos —expresó Romeo.
—Hago algunos postres rusos, como piroshki, que son pequeñas tartas hechas a mano, y blini, que son como las crepes. Pero aprendí sobre todo viendo programas de repostería americanos y británicos, así que hago muchas galletas y pastelitos, cosas así —expliqué.
—¿Algún postre italiano? —indagó Angelo, con una chispa de interés en sus ojos—. Mi favorito es el tiramisú.
—Nunca lo he hecho, aunque me encantaría intentarlo —respondí. Tenía un cuaderno con todas mis recetas favoritas y una lista de las que aún quería hacer. Mi lista había crecido mucho el año pasado, ya que había pasado meses enteros metida en la cama.
—Mi favorito es el cannoli —mencionó Romeo—. Y yo soy mucho más importante que este tipo, así que definitivamente deberías hacer mi postre primero.
Angelo resopló y se cruzó de brazos. Sus bromas juguetonas me hicieron sentir calidez por dentro.
Tal vez no tendría un esposo cariñoso, sin embargo, ya había más gentileza en estas pequeñas interacciones de la que jamás había tenido en casa.
Mila y yo habíamos hecho todo lo posible por crear nuestro propio mundo en nuestra ala de la casa, y nuestro guardaespaldas, Nikolai, había participado en nuestras travesuras.
Pero con la rara excepción de cuando Dimitri nos visitaba, habíamos sido una isla en medio de hombres fríos y duros.
—Tendré que hacer las dos cosas —concluí—. ¿Cuál es el favorito de Matteo?
Romeo frunció el ceño.
—Sabes, no estoy seguro de que lo haya visto alguna vez comer un postre.
Justo entonces, apareció el hombre en persona. No lo había escuchado llegar, y di un pequeño respingo.
—Ahh, el momento perfecto, Matteo. —Empezó Romeo—. ¿Cuál es tu postre favorito?
La expresión gélida de Matteo se fijó en mí como si supiera que yo era el motivo de la pregunta. Rápidamente apartó la mirada, ignorándome, y mi corazón se rompió un poco.
—Te necesito atrás —replicó, moviendo la cabeza. Romeo dio un suspiro exagerado antes de levantarse y seguir al Don.
Angelo debió de darse cuenta de mi expresión melancólica, porque me dio una palmadita en la mano.
—El Jefe ha estado lidiando con muchas cosas en su territorio. Lo mantiene muy ocupado.
Asentí y me giré hacia la ventana. Había caído la noche y las luces parpadeantes sobre las alas del avión se unían a las estrellas para iluminar el cielo. Mi padre no creía que las mujeres debían saber nada de los asuntos de la Bratva, y supuse que lo mismo ocurriría en mi nuevo hogar.
Nos quedaba una hora más de vuelo y decidí que me dejaría llevar por la autocompasión hasta que aterrizáramos. Luego estaría preparada para afrontar mi nueva vida y sacar lo mejor de ella.