Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 5 Matteo
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MATTEO

En cuanto entré en el coche, saqué mi teléfono y me puse a revisar mensajes sin pensar para distraerme de la nueva mujer que tenía a mi lado.

No tenía idea de lo que me había pasado cuando le sonrió a Angelo.

Lo único que sabía era que lo odiaba. Lo había asignado como la escolta de Sofiya, pero ya estaba cuestionando mi elección.

Aunque ella había hecho un buen trabajo subiéndose sola al vehículo, me picaban los dedos de ganas de cargarla. Apreté el puño. No podía dejar que se metiera en mi cabeza. No dejaría que fuera una distracción. Mi lealtad estaba con la mafia, mis hombres y Sienna. Eso era todo.

—Tengo una llamada de trabajo que tengo que atender en el avión —le informé, cortando el silencio mientras seguía mirando mi teléfono.

—Oh, está bien —pronunció Sofiya, con voz suave.

No pude evitar echarle un vistazo. Sus manos se retorcían en la falda blanca de su vestido.

Parecía tan joven, tan jodidamente inocente.

No era lo que yo esperaría de alguien que se hubiera criado en la Bratva.

Las palabras de Romeo sobre Rustik resguardando a sus hijas volvieron a mí. ¿Sabía algo de mi mundo?

—Así que asegúrate de no molestarme —añadí, con la mandíbula apretada.

Sofiya tragó saliva, con los ojos muy abiertos, y asintió con la cabeza antes de apartar rápidamente la mirada.

Sentí una extraña punzada en el pecho.

Cada músculo de mi cuerpo estuvo tenso durante el resto del interminable trayecto hasta el aeropuerto. En cuanto nos detuvimos frente a mi avión privado, salí por la puerta, con la necesidad de crear la mayor distancia posible entre Sofiya y yo.

Me abroché la chaqueta y giré hacia el avión, observando las escaleras metálicas que conducían a la puerta.

Mientras Angelo levantaba la silla de ruedas de Sofiya de la parte trasera del coche, se me ocurrió: ¿cómo subía la gente en silla de ruedas a los aviones?

Nunca lo había pensado hasta ese momento.

Le hice una señal a Enzo, uno de mis mejores guardaespaldas.

—Habla con el personal de la aerolínea para ver cómo subirla al avión —ordené en voz baja.

Me pasé la mano por el cabello mientras Romeo se unía a mí.

—¿Qué estás pensando? —inquirió.

—Rustik guardó algunos secretos.

—¿Habría cambiado tu decisión?

Sabía lo que estaba preguntando, ¿habría rechazado a esta candidata si hubiera sabido que estaba en una silla de ruedas?

Como Don, sabía que cualquier signo de debilidad sería explotado.

Tener una esposa ya me hacía vulnerable, mis enemigos intentarían utilizarla para llegar a mí, pero ¿tener una tan visiblemente defectuosa?

Hice una mueca. Sofiya rodeó el coche y se detuvo cuando estuvo a mi lado.

Ladeó la cabeza para encontrarse con mi mirada y sus carnosos labios rojos me hipnotizaron. En silla de ruedas o no, era perfecta.

Nos quedamos viendo en silencio, con un ligero rubor oscureciéndose en sus mejillas a medida que pasaban los segundos.

Enzo volvió a unirse a nosotros.

—Jefe —dijo, mirando a Sofiya—. La tripulación dice que hay una rampa para sillas de ruedas, pero como no les avisamos, podría pasar hasta una hora antes de que esté disponible.

—Eso es inaceptable. Diles que la traigan más rápido.

Enzo hizo una mueca.

—Lo intenté, Jefe.

Cerré los ojos, respirando con rabia. Por eso no me gustaba irme de New York. Todo el mundo en la ciudad sabía quién era y con quién estaban tratando, lo que no siempre ocurría en otros lugares.

—¿Cómo sueles subir a los aviones? —le pregunté a Sofiya.

Parecía sorprendida.

—Nunca he subido a un avión. Pero supongo que podría trepar por la escalera.

La fulminé con la mirada, totalmente confundido por lo que había sido su vida. ¿Cómo es que nunca había viajado?

—No tengo tiempo para esto. Te cargaré por la escalera y luego podremos largarnos de aquí.

Sofiya volvió a juguetear con la falda de su vestido.

—Oh, bueno, no es muy seguro que me carguen... —Se interrumpió al ver mi expresión.

—No voy a dejarte caer —siseé entre dientes—. Vamos.

Caminé hacia las escaleras del avión, sin mirar atrás para ver si me seguía. Lo haría si supiera lo que le conviene.

Romeo me siguió el ritmo. Llegamos al final de la escalera y nos volteamos. Sofiya se dirigía hacia mí, cada empujón de la silla de ruedas era lento y torpe. Angelo caminaba a su lado, inclinándose ligeramente para hablar. Ella se rio de lo que él dijo, y yo apreté la mandíbula.

—Aún así te casaste con ella. —Había algo en la expresión de Romeo, una sonrisa perspicaz, que me puso nervioso.

—¿Qué se suponía que tenía que hacer? Tú fuiste quien dijo que necesitábamos esta alianza.

—Sí la necesitamos. —Romeo se encogió de hombros.

Observamos a Sofiya y Angelo acercarse en silencio. ¿Tenía que caminar tan cerca de ella? ¿Y qué demonios podía ser tan gracioso para hacerla sonreír tanto?

—Puedo cargarla para subir al avión. —Se ofreció Romeo.

Me giré hacia él, con algo ardiente dentro de mí.

Se rio y me agarró del hombro antes de subir por la escalera.

—Hablaré con el piloto para asegurarme de que estamos listos para despegar.

—Por fin —comenté cuando Sofiya se detuvo delante de mí.

La miré, tratando de encontrar la mejor manera de levantarla—.

Pon tu brazo alrededor de mi cuello. —Conseguí pasarle un brazo por la espalda y el otro por debajo de las piernas.

Angelo tuvo que ayudar cuando las muchas capas de su vestido se interpusieron, pero entonces ella estaba en mis brazos con un pequeño chillido.

Su vestido hacía que sostenerla fuera un poco incómodo; sin embargo, algo en la sensación de sostenerla aflojó el nudo de tensión que tenía en el pecho.

Se aferró con fuerza a mi cuello y a mi hombro mientras subía los escalones.

El calor de su piel me rozaba y el viento me pasaba su cabello por la cara.

—No es la forma tradicional de llevar a la novia por el umbral —bromeó Sofiya cuando entramos al avión.

La acomodé en un asiento y la miré con expresión severa.

—Este matrimonio es una alianza entre nuestras familias. Nada más. No eres mi novia. Espero que te comportes como corresponde a tu posición, pero no esperes de mí un verdadero matrimonio. ¿Entendido?

La cara de Sofiya brilló de dolor, sus expresivos ojos delataban todo lo que sentía. Volví a dudar de cómo podría sobrevivir a esta vida. El bajo mundo criminal la masticaría y la escupiría.

—De acuerdo. —Aceptó en voz baja—. Vamos... quiero decir... ¿Vamos a vivir juntos?

Me aclaré la garganta y me ajusté las mancuernillas.

—Por supuesto. Presentaremos un matrimonio unido al mundo exterior. En privado, tendremos vidas separadas. —Me obligué a darme la vuelta y tomé asiento frente a ella.

Romeo se desparramó en el asiento de al lado, todavía con una sonrisa astuta que estremeció mis nervios, y Angelo se sentó junto a Sofiya, apretujándola contra la ventanilla.

—¿Está nerviosa? —Lo escuché preguntar.

—Un poco —confesó Sofiya—. Es seguro, ¿verdad? —Se cubrió las mejillas con las manos—. Lo siento, es una pregunta estúpida.

—Es perfectamente seguro, bella. El vuelo dura poco más de dos horas, así que no es muy largo.

Resoplé y volví a sacar mi teléfono, desplazándome al azar por mis mensajes.

—¿Está todo preparado para esta reunión? —le inquirí a Romeo.

—¿Esta reunión increíblemente no urgente con un proveedor de armas a la que podría ir sin ti, o que podríamos reprogramar? Sí, creo que está todo preparado —ironizó secamente.

Fruncí el ceño.

—Ahora no es el momento de sentarse y relajarse. Los albaneses están presionando. Tenemos que estar alerta.

—Como tú digas —replicó Romeo, echándose hacia atrás en su asiento y cerrando los ojos.

Resistí las ganas de dispararle. Estaba siendo demasiado engreído, y ni siquiera estaba seguro de por qué. Pero no me gustaba.

La azafata volvió para informarnos que estábamos listos para despegar.

Su vestido rojo era escotado, mostrando sus grandes pechos, y la indecente falda dejaba a la vista sus largas y bronceadas piernas.

La follé en el dormitorio de la parte trasera del avión el mes pasado, y la forma hambrienta en que me observaba me decía que quería repetir la experiencia.

No obstante, en ese momento no recordaba qué me había parecido atractivo de ella.

El avión empezó a moverse y tuve que forzar la vista para mantenerla fija en mi teléfono en lugar de dejar que se desviara hacia mi nueva esposa.

—Saca todos sus historiales médicos, todo lo que puedas encontrar sobre ella —le ordené en voz baja a Romeo—. Quiero saberlo todo sobre ella y esta maldita familia. Puede que Rustik haya propuesto esta alianza, pero darnos esta hija fue un desliz. Quiere tener ventaja y no voy a dejar que la tenga.

Asintió, sacando su teléfono. Por mucho que Romeo me molestara, no había nadie en quien confiara más.

Cuando el avión despegó, Sofiya soltó un pequeño grito ahogado. No pude evitar contemplarla. Se agarró a los reposabrazos mientras miraba por la ventanilla con los labios entreabiertos. La luz del atardecer se reflejaba en la ventana, rebotando en su cabello dorado y haciéndola parecer un ángel.

Si ella era un ángel, yo era el diablo. Y nunca seríamos el uno para el otro.

Una vez en el aire, me dirigí a la parte trasera para hacer algunas llamadas de trabajo.