Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 4 Sofiya
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4 Sofiya

SOFIYA

—Sí, acepto.

Eso fue todo. Ya no había vuelta atrás.

Era hora de intercambiar los anillos. Me entró un poco de pánico porque no me habían dado uno para Matteo, sin embargo, él sacó argollas para ambos.

Le dediqué una sonrisa de agradecimiento, y algo en su mandíbula se tensó.

Se me borró la sonrisa y una sensación de malestar me retorció el estómago. ¿Mi esposo ya me odiaba?

El sacerdote bendijo los aros y Matteo me colocó la sencilla alianza de oro en el dedo.

Un breve destello de decepción me recorrió antes de disimularlo.

De niña había pasado horas marcando mis anillos favoritos en los catálogos de joyas que sacaba de la basura cuando mi madre acababa con ellos.

Había soñado con un anillo de estilo art déco con un gran diamante en el centro y piedras más pequeñas a su alrededor.

Desafortunadamente, esta boda no se parecía en nada a la que había imaginado de niña.

Ni el vestido, que había elegido mi madre, a pesar de que haría que moverme en silla de ruedas fuera una pesadilla.

Ni la lista de invitados, compuesta principalmente por viejos y poderosos hombres de la Bratva. Ni el novio.

Para ser justos, no podría haber seleccionado un esposo más atractivo, aunque hubiera tenido elección.

Las fotos que Mila y yo encontramos no le habían hecho justicia.

Matteo era devastadoramente guapo. Tenía el cabello oscuro desordenado, lo que contrastaba con su porte severo y arreglado.

Su traje, no un esmoquin, estaba impecablemente confeccionado y mostraba su cuerpo alto y musculoso.

Aun así, siempre había imaginado casarme con alguien que me quisiera.

O, al menos, que le gustara. Me tragué el nudo que tenía en la garganta mientras deslizaba el sencillo anillo de oro en su anular, con las ásperas yemas de sus dedos rozándome la piel.

Firmé el acta de matrimonio con una mano más firme de lo que sentía.

Me atreví a ver de nuevo a mi nuevo marido, pero me miraba fijamente con la misma expresión impasible que había tenido desde que entré a la iglesia.

Nunca había sido capaz de controlar mi rostro, para inmensa decepción de mi padre.

Según él, yo era demasiado fácil de leer, demasiado vulnerable, demasiado patética.

No sabía si debía sentirme impresionada o aterrorizada por la capacidad de Matteo para disimular sus emociones.

—Ahora los declaro marido y mujer. Puedes besar a tu novia —anunció el sacerdote, dando por concluida la ceremonia.

Me quedé congelada.

«Oh, no, oh, no, oh, no».

Matteo tendría que agacharse para besarme, pero hacer eso sería degradante para un Don de la mafia.

Su expresión permaneció inmutable mientras se inclinaba, tomaba mi barbilla entre el pulgar y el índice y presionaba sus labios contra los míos.

El beso fue suave, apenas un roce, no obstante, su contacto fue eléctrico y me dejó con ganas de más.

Demasiado rápido, se acabó. Mi esposo asintió con la cabeza al sacerdote antes de mirarme a los ojos y levantar la barbilla hacia la salida.

—Es hora de irnos.

Tragué saliva. No teníamos planeada una recepción.

Mi padre nunca querría presumir a su hija defectuosa en público.

Únicamente había invitado a la ceremonia a su círculo íntimo, hombres que conocían mi discapacidad.

Pero aun así pensé que tendría más tiempo para despedirme.

Asentí y giré mi silla para volver a pasar por el pasillo.

Me detuve junto a la banca de mi familia y extendí mi mano hacia Mila, que pasó junto a mis padres con rostro inexpresivo para unírseme.

Matteo se adelantó hasta que se dio cuenta de que yo no estaba a su lado.

Se detuvo y se giró hacia mí. Me mordí el labio, no quería enfadarlo, pero no podía irme sin despedirme de mi hermana.

—Supongo que nos vamos ahora mismo —dije, agarrando su mano.

Ella asintió, con la barbilla temblorosa. Apreté su mano con más fuerza para evitar que se me salieran las lágrimas. Ella se inclinó y me rodeó con los brazos.

—No dejes que te manipule, Sofiya. Eres demasiado dulce para tu propio bien —susurró.

—Está bien —le susurré de vuelta. Siempre se me había dado bien defender a Mila, mas nunca había sido capaz de hacerlo por mí misma. Supuse que era hora de aprender.

Encontré la mirada de Matteo por encima del hombro de Mila. Bajó la vista hacia su reloj, y lo tomé como la señal de que se me había acabado el tiempo.

—Te quiero mucho. —Apreté con fuerza a mi hermana antes de soltarla desganadamente.

Miré a mi madre, pero ella tenía la mirada perdida. Estar casada con mi padre la había ido apagando poco a poco hasta convertirla en un cascaron sobremedicado. Respiré profundamente y avancé por el pasillo hacia mi nuevo esposo y mi nueva vida.

Me dolían los brazos, cada empujón de la silla de ruedas me forzaba las muñecas y los hombros. Por suerte, la fachada de la iglesia tenía una rampa, así que la rodeé hasta la calle, donde me esperaban tres BMW negros.

—Este es el nuestro —indicó Matteo, señalando el vehículo del medio. Sus ojos se desviaron hacia mi silla.

Mila y yo habíamos pasado horas viendo vídeos sobre cómo pasar de mi silla de ruedas al coche, y luego nos habíamos escapado a altas horas de la noche para practicar en el garaje.

Por supuesto, Matteo utilizaba camionetas todoterreno enormes, como mi padre.

Eso hacía que la transferencia fuera aún más difícil, ya que tenía que subirme al asiento con mi enorme vestido, sin embargo, no iba a mostrar ninguna debilidad delante de aquellos hombres, que habían formado un círculo alrededor de Matteo y de mí.

Esto era tan increíblemente vergonzoso.

Uno de los soldados se puso frente a mí.

Mis ojos se abrieron de par en par al verlo.

Probablemente era el tipo más grande que había visto en mi vida: al menos un metro noventa, quizá más, y ridículamente musculoso.

El corazón me dio un vuelco de ansiedad hasta que me fijé en su cara ligeramente de niño, su sonrisa amable, y en su peinado, usaba un moño masculino.

—Hola, señora Rossi, soy Angelo. Puedo ayudarla a entrar si me dice qué hacer.

Por un segundo, no supe con quién estaba hablando, pero claro, ahora yo era la señora Rossi. Me costaría acostumbrarme.

—Puedo hacerlo si me abres la puerta. —Asintió e hizo lo que le pedí.

Me acerqué al vehículo en ángulo y pisé el freno.

Deseé poder pedirles a todos que me dieran la espalda porque ese día me sentía especialmente débil y ya sabía que sería complicado.

Me desplacé hasta el borde de mi silla y luego me trasladé al estribo del coche.

Ahora solamente tenía que subirme al asiento.

Agarré la manilla por encima de la ventanilla y la utilicé para hacer palanca, apretando los dientes contra el dolor en mis hombros.

—Impresionante, bella —halagó Angelo, ayudándome a meter la falda del vestido en el coche—. Pondré su silla en la parte de atrás.

Le dediqué una pequeña sonrisa, y Matteo emitió un sonido casi como un gruñido. Tenía la mandíbula apretada y sus ojos parecían arder de ira antes de cerrar la puerta tras de mí.

Cerré los ojos, negándome a llorar. Después de crecer en una casa tan fría, había soñado con casarme y formar una familia. Sin embargo, en ese momento, me preguntaba si firmar aquel papel había sellado mi destino de vivir en otro hogar sin amor.