Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 3 Matteo
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3 Matteo

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MATTEO

Romeo y yo nos sentamos en la parte trasera del coche en el trayecto del aeropuerto a la iglesia.

Dos vehículos todoterreno llenos de mis hombres nos rodeaban en la carretera.

Sienna se había enfurecido porque no le permití asistir a mi boda, pero no confiaba en los rusos lo suficiente como para arriesgar la seguridad de mi hermana.

Miré el reloj. Esta tarde tenía una reunión en la ciudad para inspeccionar un nuevo cargamento de armas con Domenico, mi ejecutor, así que la ceremonia debía ser breve.

—Quizá quieras practicar tu sonrisa —me aconsejó Romeo. Respondí a su mirada con un ceño fruncido—. No, no, lo opuesto a eso.

—Vete a la mierda. ¿Por qué tengo que sonreír?

—Para causarle una buena impresión a tu novia.

Romeo se rio ante mi fulminante mirada de respuesta. Maldito. Era el único, aparte de mi hermana, que interactuaba conmigo sin siquiera una pizca de miedo.

—No dudaré en dispararte —advertí, viendo por la ventana. Se limitó a resoplar.

No necesitaba tranquilizar a esta mujer.

Viviría en mi apartamento y me acompañaría a eventos cuando necesitáramos mantener la apariencia de un matrimonio unido.

Yo no era cruel: ella tendría acceso al dinero y a cualquier otra cosa que necesitara, pero eso era todo.

Me negaba a alterar mi vida por ella. Me rehusaba a hacer cualquier cosa que le ayudara a obtener una ventaja sobre mí.

Llegamos a la iglesia, en el norte de la ciudad.

Tradicionalmente, las bodas familiares se celebraban cerca de mi apartamento en Manhattan, sin embargo, Rustik dijo que si la boda iba a ser católica por nuestra insistencia, tendría lugar en Chicago, en la suya.

Era un inconveniente para mí, y ya estaba temiendo las dos horas de avión de vuelta con mi nueva esposa.

Aunque Rustik Ivanov podía ser mi nuevo aliado, yo seguía despreciándolo. Había derramado mucha sangre italiana a lo largo de los años, y nosotros nos habíamos vengado de la misma manera. Me costaría acostumbrarme a esta alianza.

Angelo, nuestro conductor y uno de mis soldados de mayor confianza, me indicó que nuestros hombres estaban en posición.

Salí del vehículo blindado y me abroché la chaqueta.

Me había puesto mi traje negro habitual para la boda.

Traje de negocios para un evento de negocios.

Mi Glock se apoyaba cómodamente en mi espalda.

Volví a mirar el reloj cuando entramos en la iglesia. Faltaban dos minutos para la ceremonia.

—Apenas llegamos a tiempo —agregó Romeo.

—No hace falta demorarse —respondí.

Una anciana que trabajaba en la iglesia nos condujo a la entrada, donde esperaba el sacerdote.

La mitad de mis hombres se colocaron en los bancos vacíos del lado del novio, mientras los demás se situaban alrededor del perímetro.

Los bancos de mi derecha estaban escasamente ocupados por los invitados de la novia.

Me sorprendió la poca gente que había después de la insistencia de Rustik en celebrar la boda en su ciudad.

El Pakhan estaba sentado en el primer banco e inclinó la cabeza hacia mí.

No le devolví el gesto. Creí que llevaría a su hija al altar, pero probablemente los rusos lo hacían de otra manera.

La esposa de Rustik se sentó a su lado. Era delgada y tenía la vista perdida, aunque su vestido me hizo parpadear dos veces.

Llamativo era la única palabra para describirlo, naranja brillante con vuelos alrededor del cuello.

A su lado había una chica guapa de cabello castaño oscuro, la hermana de Sofiya, supuse.

Me vio y me sostuvo la mirada sin inmutarse.

Interesante.

Comenzó la música y se abrieron las puertas traseras de la iglesia. El sol brillaba a través de la ventana de vitral, creando un halo de luz alrededor de una joven sentada en una silla de ruedas.

Mantuve el rostro inexpresivo, negándome a mirar a Rustik, que claramente había ocultado esta información sobre su hija.

¿Qué más ocultaba el bastardo? ¿Creía que habría rechazado la propuesta de matrimonio de haberlo sabido?

Sentí la presencia de Romeo a mi lado, y casi pude escucharlo decir: «Tal vez por esto deberías haberla conocido de antemano».

Sofiya se desplazó por el pasillo con el velo de encaje a la espalda y una expresión tensa en su rostro.

Era hermosa en la foto, mas en persona era impresionante.

Su cabello dorado enmarcaba sus delicadas facciones y no pude evitar que mis ojos se posaran en sus labios carnosos.

Cuando sus ojos azules se cruzaron con los míos, sentí una extraña descarga de electricidad tan fuerte que casi atravesó mi máscara inexpresiva.

El vestido de Sofiya se abultaba sobre su regazo, dificultándole las maniobras con la silla de ruedas. Sentí una extraña incomodidad en el pecho al verla avanzar con dificultad sola por el pasillo. Me dije que era porque ahora era una reina de la mafia y necesitaba parecer fuerte ante mis hombres.

Sofiya llegó por fin a la primera fila y le hice espacio a mi lado. Me dirigió una tímida mirada antes de observar al sacerdote, y sentí el extraño impulso de exigirle que me devolviera su atención.

Le habían dicho al clérigo que la ceremonia fuera lo más breve posible, así que no tardamos en pronunciar los votos. Se aclaró la garganta y me dirigió una mirada ansiosa antes de ver el papel.

—Matteo Rossi y Sofiya Ivanova, ¿han venido aquí para contraer matrimonio sin presión, libremente y de todo corazón?

—Sí —repliqué.

—Sí —contestó Sofiya. Su voz era suave y dulce, y sentí una extraña punzada en el pecho.

—¿Están dispuestos, a seguir el camino del matrimonio, a amarse y honrarse el uno al otro mientras ambos vivan? —continuó el sacerdote.

—Lo estoy —afirmé, y Sofiya hizo eco de mi respuesta.

—¿Y están preparados para aceptar de Dios los hijos amorosamente y educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?

Cuando ascendí como Don trece años atrás, sabía que producir herederos era parte de mi responsabilidad. No obstante, la perspectiva de tener hijos nunca me había parecido tan real como ahora, con mi pequeña y hermosa novia a mi lado.

Sofiya y yo respondimos afirmativamente.

Luego vinieron los votos. Cuando el sacerdote le preguntó a Sofiya si juraba “amarme, honrarme y obedecerme”, apretó la mandíbula. Sus ojos miraron a su padre y luego a mí. Pude ver la rebelión en sus ojos, tan expresivos que prácticamente podía escuchar sus pensamientos.

El cura se aclaró la garganta y ella soltó un resoplido de fastidio antes de decir:

—Sí, acepto.

Joder, eso fue... lindo.

Casi me hizo sonreír.