Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 2 Sofiya
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2 Sofiya

SOFIYA

Mila se acurrucó más cerca de mí como había hecho tantas veces mientras crecía. Había pasado más noches en mi cama que fuera de ella. Nuestra casa siempre era fría, tanto en temperatura como en emociones, así que aprovechábamos todo el calor que podíamos.

—¿De verdad vas a casarte con él? —susurró, sonando más joven que sus diecinueve años.

Sentía un nudo en la garganta y en el pecho. Mi padre acababa de darme la noticia. Sus palabras exactas fueron:

—Cuando te cases con Matteo Rossi y concretes esta alianza con los italianos, por fin me serás útil. —Mi madre había permanecido en silencio a su lado.

—Supongo que sí —musité.

—¿Sabes algo de él?

—Es el jefe de la Mafia de New York.

Mila resopló mientras me daba un golpe en el brazo.

—Sofiya, hablo en serio.

—Pero eso es todo lo que sé —protesté. Mi labio sobresalió en un puchero mientras me frotaba el brazo.

—Eso ni siquiera dolió —dijo, poniendo los ojos en blanco mientras tomaba nuestro teléfono secreto que compartíamos—.Voy a buscarlo.

Abrí la boca para decirle que no lo hiciera, sin embargo, me contuve. ¿Por qué no iba a averiguar todo lo que pudiera sobre el hombre con el que se suponía que iba a pasar el resto de mi vida?

Mila tecleó en el móvil y luego jadeó.

—Está buenísimo.

Agarré el teléfono, mordiéndome el labio mientras miraba la foto debajo del titular de un artículo que decía: “El multimillonario más sexy de NYC abandona la fiesta de víspera de Año Nuevo temprano”.

Era una foto de Matteo en la puerta de un hotel.

Tenía el ceño fruncido con su esmoquin negro perfectamente hecho a la medida, que se extendía sobre sus anchos hombros.

El cabello oscuro le caía desordenadamente sobre la cara y su mandíbula cuadrada estaba bien marcada.

Sentí un pequeño revoloteo en el estómago.

—Supongo que está... bien.

—Oh, está bien —repitió Mila, sonriendo ampliamente.

Siempre le habían gustado los chicos. No podía contar las veces que la había cubierto mientras se escabullía por la ventana para verse con su novio del mes, mientras que yo había ido a una sola fiesta el año pasado y nunca quise repetir la experiencia.

Me estremecí mientras apartaba el recuerdo y me centraba de nuevo en la foto.

—¿Cuántos años tiene? —indagué. Obviamente era mayor que yo, puesto que ya era el jefe de la mafia.

El hombre de la foto no era todavía un galán pasado de los cuarenta, pero tenía una madurez que me parecía un poco sexy.

Mila tomó el teléfono y frunció el ceño cuando sus búsquedas no arrojaron ninguna información nueva.

Al cabo de treinta minutos, tuvimos que rendirnos.

Era imposible encontrar información personal sobre Matteo Rossi.

Mila dejó el aparato con un resoplido. Se giró para tumbarse de lado, frente a mí.

—Al menos sabemos que tu prometido está guapísimo.

—Me pregunto si es amable —murmuré. Dios, me sentía tan estúpida incluso diciendo las palabras en voz alta.

Nunca había visto un esposo amable o un matrimonio feliz en la Bratva, aun así, me aferraba a la esperanza de que Matteo no fuera tan horrible como mi padre.

Tal vez las cosas eran diferentes con los italianos. Quizá trataban mejor a sus mujeres.

Mila bajó la mirada, con la frente arrugada por la preocupación.

—Más le vale. —Su voz era firme.

Como hermana mayor, siempre había protegido a Mila, cuidándola cuando nuestros padres nos ignoraban y las niñeras se iban a casa. No obstante, a medida que mis problemas de salud se agravaban con los años, era ella quien me protegía a mí.

—¿Qué hay de Dimi? —inquirió. Nuestro hermanastro, Dimitri, llevaba una vida rodeada de secretos.

Nuestro padre lo enviaba constantemente a hacer el trabajo sucio al extranjero, incapaz de soportar la presencia de su hijo durante mucho tiempo.

Dimi le recordaba demasiado a su primera esposa.

Una mujer a la que, según los rumores, había amado de verdad.

Le apreté la mano.

—Seguro que lo sabe. Tal vez venga a la boda. —Pero mis palabras carecían de convicción. La boda era dentro de dos días. Dimi no tenía un número de teléfono estable, por lo que siempre teníamos que esperar a que se pusiera en contacto con nosotras.

—¿Crees que Matteo sabe lo de mi...? —Señalé mi cuerpo con la mano.

Mila entreabrió los labios.

—El Pakhan tuvo que habérselo dicho, ¿verdad? Matteo probablemente obtuvo mucha información sobre ti antes de aceptar. —Hacía años que habíamos dejado de decirle “papá” a nuestro padre. Todo lo que era para nosotras, para cualquiera en su vida, era el Pakhan.

Respiré profundamente, el alivio llenó mi pecho.

—Sí, claro. —Un pequeño hilo de esperanza se unió a mi ansiedad.

Matteo debía de ser un hombre decente si elegía casarse conmigo tal y como era.

Aunque... tal vez una alianza con la Bratva era una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar, aunque eso significara aceptar a una novia como yo.

—Voy a echarte de menos —pronunció Mila.

Parpadeé para evitar que se me salieran las lágrimas. Años en los que mi padre me gritaba que me endureciera no sirvieron para evitar que fuera profundamente sensible.

—Quizá te deje visitarme —señalé.

—Sí, tal vez.

Las lágrimas cayeron por mi rostro mientras estrechaba a mi hermanita entre mis brazos.