Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 1 Matteo
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Su Tesoro (Imperio de Realeza 1)

Su Tesoro (Imperio de Realeza 1)

Por Emilia Rossi

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1 Matteo

MATTEO

El alcohol me quemaba la garganta mientras bebía otro sorbo.

Había sido un día de mierda, una semana de mierda y un mes de mierda.

Otro de nuestros almacenes al norte del estado había sido atacado. El hombre muerto en el sótano, veinte pisos más abajo, había confirmado por fin lo que yo sospechaba desde hacía tiempo: los albaneses estaban intentando invadir mi territorio.

Apreté la mano alrededor del vaso.

Llevaba trece años al frente de las Cinco Familias, ampliando nuestro alcance al norte y al oeste del Estado.

Muchos habían intentado infiltrarse en mi territorio, la mayoría con el deseo de traer el tráfico de pieles, o como todos lo conocían: la trata de personas, a New York.

Los albaneses llevaban cinco años presionando en nuestras fronteras, pero sus ataques se habían intensificado con la muerte de su último jefe.

Al idiota de su hijo, Arben, se le había metido en la cabeza que podía desafiarme.

La puerta de mi despacho se abrió y entró mi segundo al mando, mi hermano prácticamente de todo menos de sangre: Romeo. Se sentó frente a mí y arrojó una carpeta sobre mi escritorio.

La miré y bebí otro trago.

—¿Es lo que creo que es?

—Sí. —La habitual expresión despreocupada de Romeo estaba ausente. Nada era divertido esta noche después de perder a dos de nuestros hombres en el incendio del almacén.

Me pasé la mano por la cara y me obligué a abrir la carpeta. Me quedé mirando la foto que había adentro.

—Al menos es bonita —dijo.

Bonita era poco. Unos penetrantes ojos azules me observaban, enmarcados por rizos rubios dorados.

Labios rojos y carnosos. Cejas oscuras. Nariz pequeña y recta.

Mejillas rosadas. Sofiya Ivanova era la mujer más despampanante que jamás había visto.

Cuanto más la estudiaba, más se me agitaba el pecho.

Aparté la vista.

—¿Cuántos años tiene?

—Acaba de cumplir veintiún años.

—Carajo. —Dejé el vaso—. Es prácticamente una niña.

—No tienes muchas opciones, Fratello. Si queremos a los rusos de nuestro lado, necesitamos esta alianza con Rustik.

Rustik Ivanov era el jefe de la Bratva en Chicago.

La tensión había ido creciendo entre nosotros hasta que la guerra parecía inminente.

Entonces se había acercado con la oferta de una tregua.

Quería acceso a nuestras rutas comerciales del este para traficar con armas y drogas, y a cambio, los rusos nos apoyarían contra los albaneses.

—¿De verdad crees que deberíamos hacer esto? —pregunté.

Romeo vaciló y yo arqueé una ceja. No era de los que ocultan su opinión.

—Creo que estamos demasiado aislados aquí —agregó finalmente—. Los rusos al oeste, los irlandeses al este y ahora los albaneses. Tenemos una fortaleza aquí en la ciudad, pero necesitamos aliados. Esto podría ser un comienzo.

—No sé por qué tiene que empezar conmigo casándome —me quejé, volviendo a ver la foto de Sofiya. Los capos llevaban años cuchicheando sobre su Don aún soltero. Si bien necesitaba herederos para asegurar mi imperio, una esposa e hijos me harían vulnerable.

Romeo se reclinó en su silla y me miró atentamente.

—Sé que es el aniversario. Sienna intentó encontrarte hoy temprano.

Miré por la ventana.

—No empieces. —No necesitaba su reproche, su juicio sobre lo cobarde que era escondiéndome. Señalé el expediente—. ¿Qué sabemos de ella?

Un músculo de la mandíbula de Romeo se tensó, mas no insistió.

—No mucho. Rustik es protector con sus dos hijas. Terminaron la escuela en casa y rara vez se les ve. La siguiente página es la información que envió sobre ella.

Moví la foto y encontré una página casi en blanco. En ella figuraban la edad, la estatura y los pasatiempos de Sofiya: cocinar, hornear y leer.

—Seguro que puedes insistir en conocerla antes de la boda.

Cerré la carpeta para no distraerme con la foto de Sofiya.

—No importa —respondí—. No es que vayamos a ser marido y mujer de verdad.

—¿Oh?

—Viviremos juntos, pero no seremos más que compañeros de casa. —Había tenido mi buena ración de mujeres a lo largo de los años, sin embargo, una noche era todo lo que conseguían de mí. Hacía tiempo que había decidido que nunca dejaría que una mujer me debilitara.

Romeo arqueó una ceja.

—¿Y qué hay de herederos?

Hice un gesto con la mano.

—Tenemos años para pensar en algo. Lo importante ahora es detener a los albaneses. —La creciente tensión con la Bratva había exigido demasiado de nuestros hombres, distrayéndonos de la amenaza de Arben.

Romeo se recostó en el sillón de piel del despacho, observándome atentamente. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro mientras se cruzaba de brazos.

—¿Qué? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Simplemente estoy interesado en ver cómo acaba esto. El imperturbable Matteo Rossi viviendo con su guapa compañera de casa.

Mi irritación crecía cuanto más sonreía.

—Vete a la mierda. Es una decisión de negocios, nada más.

—Lo que tú digas. —Se levantó—. Les avisaré que podemos fijar la fecha.

—Una boda pequeña —pedí—. Hagámoslo rápido.

Romeo asintió y luego tomó el expediente.

—Déjalo —le ordené.

Se limitó a tararear mientras salía de mi despacho.