8 Matteo
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MATTEO
Esta mañana me costó tres intentos hacerme el nudo de la corbata. Y definitivamente no fue porque mis pensamientos estaban consumidos por mi nueva esposa.
Era demasiado joven.
Y hermosa. Joder.
Después de mi reunión con el traficante de armas, me quedé en mi oficina, bebiendo solo hasta las tres de la mañana. Cuando volví a mi apartamento, la puerta de la habitación de invitados estaba cerrada y las luces apagadas. Incluso en la quietud, juré que podía sentir su presencia.
Podía ser que fuera un bastardo por dejarla sola en cuanto llegamos, pero en realidad ella no era nada para mí. Solo una extraña. Una compañera de apartamento.
Aun así, eso no explicaba la urgencia que sentía por salir de mi habitación y encontrarla.
Mirando en el espejo mi corbata aún torcida, puse los ojos en blanco mientras me pasaba la mano por el cabello. Yo era el puto Matteo Rossi. El jefe de la mafia. Una chica de veintiún años no iba a perturbar mi vida.
Salí de mi habitación mientras me ajustaba las mancuernillas, y me detuve bruscamente al ver a Sofiya parada junto a la isla de la cocina.
De pie, maldita sea.
¿Se trataba de una clase de broma? El cerebro me daba vueltas mientras intentaba entender por qué había mentido diciendo que estaba en silla de ruedas. ¿Era para obtener algún tipo de ventaja sobre mí? ¿Fue idea suya o de su familia?
La luz de la mañana entraba por la ventana, haciendo brillar su cabello mientras se colocaba un mechón detrás de la oreja. Estaba escribiendo algo en un papel, completamente ajena a mí. Eso tampoco me gustó. ¿Por qué no era más consciente de lo que la rodeaba?
Entré en la cocina, con la rabia impulsándome a cada paso.
—¡¿A qué carajos crees que estás jugando?! —reviré.
Sofiya se sobresaltó y sus ojos volaron hacia los míos.
—¡Oh! Perdón, no te había visto. —Sus redondas mejillas se sonrojaron mientras la observaba fijamente, sin pestañear—. Ummm, ¿buenos días? —Sus palabras salieron como una pregunta.
No, me negué a dejarme llevar por su actuación tan inocente.
—No respondiste a mi pregunta —solté entre dientes.
Se mordió el labio y sus mejillas enrojecieron.
—No la escuché. Lo siento.
¿Por qué se hacía la tonta? Di la vuelta a la isla de la cocina y entonces lo vi. El andador frente a ella. Cómo apoyaba todo su peso sobre el mostrador.
«Mierda».
Mi insistencia en que no necesitaba saber nada de mi novia antes de casarnos me parecía una idiotez en ese instante. Tenía que comprobar con Romeo si ya había recibido su historial médico.
—¿Pasa algo? —inquirió Sofiya. Tuvo que levantar la cabeza para mirarme.
—¡Estás estorbando! —espeté, y mi enfado con ella se transformó rápidamente en una vergonzosa irritación hacia mí mismo—. Puede que ahora vivas aquí, pero eso no significa que sea tu casa para hacer lo que te plazca.
Sus labios se entreabrieron y rápidamente miró alrededor del enorme penthouse, como si tratara de averiguar en cómo es que estorbaba.
—¿Quieres...? ¿Debería...? —Su voz era un susurro mientras tropezaba con las palabras.
—Escúpelo. —No quería tener que seguir viendo sus grandes y tristes ojos azules.
—¿Quieres que me quede en mi habitación? —dijo finalmente.
—Sí, bien —respondí, necesitando que esta conversación terminara.
Desvió la mirada y me hizo un pequeño gesto con la cabeza antes de poner las manos en su andador.
Tenía en la punta de la lengua preguntarle por su discapacidad, sin embargo, eso significaría permanecer en su presencia.
Y cada segundo que pasaba con mi mujercita, más me atraía.
Había cometido el error de confiar en la gente en el pasado, y me había costado todo. No volvería a hacerlo.
Sofiya regresó lentamente a su habitación, apoyándose en el andador.
Al pasar junto a mí, percibí su aroma, algo dulce y floral.
Vi el papel en el que había estado escribiendo.
En la parte superior de la página decía “Los famosos roles de canela de Sofiya” y parecía que había estado marcando los ingredientes que necesitaba.
Algo se agitó en mi pecho. Un dolor agudo que parecía casi... arrepentimiento. Me ajusté las mangas y aparté la sensación. Tenía que ir a la oficina. Me encontré esperando que los albaneses causaran alguna mierda ese día. Ensuciarme las manos me distraería de mi esposa.
Salí del apartamento, señalando con la cabeza a Angelo.
—Asegúrate de que no salga.
Asintió, manteniendo su posición junto a la puerta.