Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Con un asentimiento, Tristan se irguió cuan alto era y volvió a su posición, con los ojos oscuros fríos y duros mientras evaluaba a mi padre.

—¡Fina!

El corazón me dio un vuelco en cuanto oí ese odiado apodo.

—¡He estado tan preocupado por ti!

Su falsa muestra de preocupación habría resultado graciosa de no ser por las circunstancias.

Observé cómo mi padre cruzaba el espacio entre nosotros con su andar pesado y bamboleante, pero no hice ademán de levantarme a saludarlo, aunque Enzo no me hubiera puesto la mano en el brazo para retenerme en el asiento.

Cuando llegó a la mesa, Luca se puso de pie.

—Ciro, por fin nos conocemos en persona. Por favor, siéntate.

Aunque su tono era educado, se percibía un hilo de ira en lo cortante de sus palabras y en la ausencia de un apretón de manos.

Mi padre, que era muchas cosas pero estúpido no era una de ellas, evaluó la situación y luego inclinó la cabeza a modo de disculpa.

—Luca. Me perdonarás mis precauciones y mi llegada tardía, por favor. El tráfico me retrasó.

No era una pregunta. Era una orden. Mi idiota de padre le estaba dando una orden al subjefe de la mafia italiana.

Sin duda tenía ganas de morir.

La mirada de Luca no vaciló mientras la temperatura de la sala parecía descender treinta grados.

—Y tú me perdonarás a mí por dar por terminada esta reunión, ya que es bastante obvio que no sabes respetar un acuerdo, verbal o de cualquier tipo, así que no veo razón para seguir perdiendo el tiempo contigo.

Sacó el móvil del bolsillo sin apartar los ojos de mi padre, pulsó la pantalla y se lo llevó al oído.

—Por favor, envía a alguien arriba para escoltar a Ciro y a sus hombres fuera del edificio. Y de paso, saca al resto de sus hombres del club, por la fuerza si es necesario, y diles a las chicas que se queden con las propinas.

Mi padre levantó las manos.

—Para, para. Espera. Por favor —añadió.

Luca enarcó una ceja.

Tragándose visiblemente el orgullo, mi padre inclinó la cabeza.

—Por favor, acepta mis más sinceras disculpas, Luca, por esta falta de respeto. Estaba siendo precavido, ya que la vida de mi hija está en juego. No puedes culparme por eso.

Cuando Luca se limitó a seguir mirándolo fijamente, Ciro chasqueó los dedos hacia su guardia más cercano.

—Tú. Espéranos abajo en el coche.

El hombre asintió e hizo lo que mi padre le ordenó.

Como dije, mi padre no era un hombre estúpido. ¿Pomposo, violento y egoísta? Sin duda. ¿Pero estúpido? No.

Cuando el hombre estuvo en el ascensor, Luca dijo por teléfono:

—Ignora mi última orden. Hay un hombre bajando. Por favor, asegúrate de que él y los demás que hay en el club esperen fuera.

Hizo una pausa.

—Gracias.

Colgó y señaló una silla frente a Enzo y a mí.

—Por favor, Ciro. Siéntate. Y empecemos de nuevo.

Cuando mi padre y sus hombres restantes se sentaron, Luca volvió a ocupar su asiento. —¿Le apetece algo de beber? Puedo pedir que lo suban del bar.

—No, gracias —dijo mi padre. Sus ojos hundidos se posaron en mí—. Fina, ¿estás bien?

—Estoy bien —le dije. La mano de Enzo se cerró con más fuerza sobre mi brazo.

Sin pasar por alto el agarre posesivo de Enzo sobre mí, los ojos color avellana de mi padre se tornaron fríos. —Me alegra que no te hayan... hecho daño.

Aunque las palabras sonaron como las de un padre preocupado, percíbí el trasfondo de verdad.

Se me revolvió el estómago y aparté la mirada para observar más de cerca a sus hombres.

Se me heló la sangre cuando me encontré con los ojos del hombre sentado a su derecha.

No era uno de los soldados de mi padre. Era su médico.

El mismo médico que me había examinado periódicamente durante años para asegurarle a mi padre que mi virginidad seguía intacta.

¿Por qué lo había traído aquí?

—A su hija no le han hecho ningún daño mientras ha estado bajo mi cuidado. Tiene mi palabra. La hemos tratado como a una invitada de honor.

Ciro se reclinó en su silla y entrelazó los dedos sobre el estómago mientras volvía a fijarse ostensiblemente en la mano de Enzo sobre mi brazo.

—Me pregunto, Luca, por qué has tardado tanto en organizar esta reunión cuando, según me contó tu padre, Luigi, Fina fue encontrada y llevada a tu casa hace casi una semana.

Su tono encerraba un desafío, pero Luca se limitó a decir: —He tenido unos días muy ocupados con asuntos de negocios. Estoy seguro de que lo entiendes.

Los ojos azules de Luca centellearon con un desafío propio.

Una oleada de tensión recorrió la mesa, hasta que mi padre sonrió y dijo: —Por supuesto.

Estas cosas pasan. Le agradezco a Luigi que me informara de que mi Fina estaba viva y bien hasta que pudiéramos organizar esta reunión, y si hay algo que pueda hacer para demostrar mi gratitud, solo tienes que pedirlo.

Tenía los nervios a flor de piel mientras terminaban con las formalidades y yo esperaba ver qué tipo de trato le ofrecería Luca a mi padre a cambio de mi libertad.

¿Amenazaría su negocio si no me dejaba ir?

¿Su vida? Miré al hombre que me había criado durante la mayor parte de mi vida y no sentí nada.

Bueno, casi nada. Seguía siendo mi carne y mi sangre, y de verdad esperaba que no derramaran su sangre aquí hoy.

Luca me arrancó bruscamente de mis pensamientos cuando habló. —Quiero tu lealtad, Ciro.

Mi padre separó los dedos entrelazados y abrió las manos. —Y la tienes. Tu padre ha sido amigo mío durante muchos años.

Eso era algo que yo no sabía. Luca me miró, y solo pude devolverle una mirada igual de sorprendida.

—No a mi padre —le dijo Luca—. A mí.

La habitación quedó en completo silencio cuando el verdadero significado de las palabras de Luca quedó claro.

Pero por si quedaba alguna duda, Luca aclaró: —Mi padre ya no está en condiciones de ocupar el puesto que tiene dentro de la familia.

Asumiré ese puesto en cuanto tenga el apoyo total de la familia.

No solo aquí en Austin, sino en los alrededores. ¿Cuento con tu apoyo, Ciro?

Se me fue el color de la cara cuando por fin entendí lo que estaba pasando. Luca iba a devolverme a mi padre. Y a cambio, quería la lealtad jurada de mi padre hacia él y solo hacia él.