Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 20
94%

CAPÍTULO 20

Serafina

Joder.

Empecé a negar con la cabeza, empujando la silla hacia atrás para levantarme. Para largarme. Pero la mano de Enzo soltó mi brazo y me agarró la nuca como una tenaza de acero, así que no solo no podía levantarme de la mesa, sino que tampoco podía mirarlo.

Reprimí el pánico e intenté pensar. Si Luigi y mi padre eran tan buenos amigos, quizás no aceptaría el trato. No me sorprendería. Alcé la voz:

—Papá, no tienes que hacer esto. Soy una mujer adulta. Puedo cuidarme sola.

Su atención siguió fija en Luca como si yo ni siquiera hubiera hablado, y casi podía ver cómo le daban vueltas los engranajes en la cabeza. Amigo o no, mi padre quería estar del lado ganador. Su lealtad se compraba o se vendía con facilidad. Y sus siguientes palabras me dieron la razón.

—¿Y el resto de la familia aprueba esto? ¿Cuántos tienes de tu lado?

—Suficientes —le dijo Luca—. Pero sería imprudente confiarme demasiado. Y yo nunca soy imprudente. También sé que mi padre no cederá su trono fácilmente, y me gustaría tener claro quién está de mi lado y quién no.

Siempre dado al dramatismo, mi padre fingió meditar la oferta de Luca. Luca le concedió su momento con una paciencia que yo no compartía.

Finalmente, mi padre desvió la mirada hacia mí. Sus ojos recorrieron mi cabello, y pude ver la desaprobación antes de que bajaran a mi cara, luego más abajo, hasta donde Enzo me sujetaba la nuca con un agarre de hierro. Se volvió hacia Luca.

—Necesitaré saber que mi hija no ha sido violada mientras estaba bajo tu cuidado. Su virginidad debe estar intacta, o no vale nada para mí.

Casi me eché a reír al oírle decir esas palabras en voz alta, aunque parpadeaba para contener las lágrimas.

Pero Luca no se inmutó.

—Puedo asegurarte que la hemos tratado con el mayor respeto.

—Me gustaría creerte, Luca, pero también estuvo sola durante semanas antes de que la encontraran. Quién sabe qué pudo haberle pasado.

Volvió a mirarme el pelo.

—Luigi me dijo que estaba trabajando en un club muy parecido a este.

—No estaba haciendo striptease —espeté—. Dios, papá.

Su mano golpeó la mesa y pegué un bote.

—No le hablas así a tu padre.

Aunque había un metro de madera entre nosotros y estaba flanqueada a ambos lados por Luca y Enzo, el miedo me recorrió el cuerpo.

—Lo siento —le dije—. Trabajé en un club. No era un club de striptease.

No le conté que la mayoría de mis clientes eran escorts profesionales y sus acompañantes.

Ciro desestimó mi argumento con un gesto de la mano y se volvió hacia Luca.

—He traído a su médico. La examinará aquí antes de que sigamos hablando de tratos y lealtad.

—No lo hará —le dijo Luca—. Tu hija está igual que cuando llegó a mi casa. Si quieres que te la devuelva, necesito tu palabra de que cuando llegue el momento, tú y tus hombres me respaldaréis.

—Me temo que debo insistir.

Luca estaba a punto de negarse de nuevo cuando caí en la cuenta de que esta era mi forma de liberarme.

En cuanto el médico de mi padre confirmara que ya no era virgen, dejaría de tener valor a sus ojos.

Y Luca tendría que encontrar otra manera de ganarse a mi padre.

La guerra entre él y su padre no era mi puto problema.

—Está bien. El doctor puede examinarme.

—NO.

La respuesta furiosa vino de Enzo, que había permanecido en completo silencio hasta entonces.

—No le harás eso a tu hija, aquí, delante de todos estos hombres.

Ciro observó a Enzo con atención mientras le decía:

—Estos hombres ya han visto el coño de mi hija. Muchas veces. ¿Quién crees que la sujeta mientras el doctor la examina?

Si Enzo no hubiera llevado las gafas de sol, y a juzgar por cómo temblaba de rabia a mi lado, estaba bastante segura de que mi padre habría ardido en llamas sin esa barrera entre ellos.

Mientras estaba distraído, intenté zafarme de su mano, pero solo la apretó más, inmovilizándome en la silla.

Sabía que no tenía sentido buscar ayuda en Luca.

Él sabía tan bien como Enzo que si dejaban que el doctor me examinara, mi padre no tendría motivos para jurarle lealtad.

Así que mantuve la atención en mi padre.

Luca intentó disuadirlo una vez más.

—Ciro, tienes mi palabra de que a tu hija no le pasó nada mientras estuvo bajo mi protección. No hace falta humillarla así.

—¿Así que estás seguro de que mi Fina sigue siendo inocente? —le preguntó mi padre.

—Sí —mintió Luca.

Nadie mencionó lo que me había pasado en México, y lo agradecía. Si mi padre descubría que me había «prostituido»...

Me estremecí. Ni siquiera podía imaginar lo que me haría. Le daría igual que hubiera sido completamente en contra de mi voluntad.

—Bien —respondió mi padre—. Entonces no tienes nada de qué preocuparte cuando el Dr. Ferrari la examine.

Asintió hacia el hombre a su derecha.

—Doctor, por favor.

El doctor se puso de pie. En cuanto lo hizo, Enzo se levantó.

—Esto NO va a pasar —gruñó Enzo.

—Enzo. Retírate.

Luca se levantó de la silla, abotonándose la chaqueta, y sin más opción que arriesgar su propio honor, le dijo a mi padre:

—Si te quedas más tranquilo con que examinen a Serafina, adelante, hazlo.

Con una mirada, ordenó a Enzo que me soltara.

Al principio, pensé que iba a desobedecer la orden de Luca. Pero entonces la presión de sus dedos abandonó mi nuca y la silla de Enzo arañó el suelo cuando la echó hacia atrás y pasó por detrás de mí para unirse a Luca y Tristan.

Detrás de Luca, Enzo se quedó con los puños apretados a los costados y los ojos clavados en mi padre, pero no dijo nada más.

Vi cómo le palpitaba un músculo en la mandíbula, y no entendía por qué estaba tan furioso.

Sí, con esto se arruinaría el plan original de Luca para ganarse a mi padre, pero a él se le compraba fácilmente.

Ya surgiría otra oportunidad. Y así podríamos estar juntos.

A menos que no me quisiera.

Mi padre, al notar su reacción, sonrió.

—Chicos, poned a Fina sobre la mesa y sujetadla bien.

Me puse de pie.

—Eso no es necesario, papi.

Con la cabeza en alto, caminé hasta el extremo de la mesa donde esperaba el Dr. Ferrari. Me subí a la mesa y me tumbé.

En cuanto lo hice, dos de los hombres de mi padre se acercaron a cada lado y me sujetaron los hombros.

No luché contra ellos. No tenía sentido.

Me subieron la falda del vestido hasta las caderas y me bajaron y quitaron las bragas.

Clavé la mirada en el techo, deseando que aquel calvario terminara de una vez.

Con el rugido en los oídos, oí al doctor decirles a los hombres de mi padre que me abrieran más, y dos manos me agarraron por la cara interna de las rodillas y me separaron las piernas.

El aire frío acarició mi vagina expuesta y luego me metieron dos dedos bruscamente.

Apreté los dientes por el dolor de que me invadiera el cuerpo estando tensa y seca. Noté que se detenía, y luego los empujó más adentro, palpando hasta que pensé que pronto tendría el puño entero dentro de mí.

Sacó los dedos y me soltaron. Me bajé el vestido, me senté en la mesa y me deslicé hasta el borde. Encontré las bragas y, de espaldas a todos los presentes, me las puse rápidamente antes de colocarme bien la falda.

Mortificada, me quedé donde estaba y me abracé a mí misma.

—¿Y bien? —oí preguntar a mi padre.

—Su hija ya no es virgen.

El maldito doctor, si es que realmente lo era, parecía extrañamente complacido con aquel hecho.

Los ojos enloquecidos de Ciro se volvieron hacia Enzo.

—Fuiste tú. Tú hiciste esto. Arruinaste a mi hija.

Golpeó la mesa con el puño carnoso.

Enzo permaneció inmóvil como una estatua junto a Luca y no dijo absolutamente nada.

—Ciro.

El tono de Luca exigía que le hiciera caso mientras intentaba desviar la atención de mi padre de Enzo y volver al asunto que los ocupaba.

A regañadientes, mi padre apartó la mirada de Enzo.

—Violó a mi hija.

Un dedo gordo apuntó hacia Enzo.

—La violó y la arruinó para cualquier otro hombre.

Olvidada ya mi propia vergüenza, alcé los brazos al aire.

—¡Por el amor de Dios, papi! ¡Nadie me violó!

Unos ojos furiosos se volvieron hacia mí.

—¿Entonces le permitiste hacer esto? ¿Te prostituiste con él igual que tu madre? ¿Quién más de los que están aquí te ha follado?

Negué con la cabeza, incapaz de ocultar el desprecio en mi voz al preguntar:

—¿Qué importa?

Se volvió hacia Luca.

—Exijo que te cases con ella. Es tu hombre. Exijo que restaures el honor de mi hija y el respeto de la familia convirtiéndola en una mujer honrada.

Dios mío. Una risa maníaca brotó dentro de mí, y tuve que apretar los labios para contenerla. Así que este era su juego.

Pero Luca ni siquiera esbozó una sonrisa.

—No puedo casarme con tu hija, Ciro.

—Puede que tu padre no opine lo mismo cuando lo llame para contarle lo que le pasó a mi hija mientras estaba bajo tu protección.

—Mi padre no dirige mi vida —respondió Luca.

No mencionó a Veda, y no lo culpé. Si mi padre se enteraba de su existencia, la usaría en su propio beneficio.

Esperaba que lo presionara más, pero algo en la expresión de Luca debió de indicarle que sería inútil.

—Bien —dijo—. Entonces exijo que él se case con ella.

Señaló a Enzo con un movimiento de barbilla y se cruzó de brazos sobre el amplio pecho en un gesto de terquedad que conocía bien.

El corazón se me aceleró hasta latir tan rápido que tuve que agarrarme al respaldo de una silla.

—Con quién se case o deje de casarse Enzo depende enteramente de él —le dijo Luca.

Mi padre se volvió hacia Enzo.

—Bueno, ¿cuál es tu respuesta?

Enzo no se había movido ni había dicho una palabra desde que me examinaron delante de todos.

Pero ahora me miró desde el otro extremo de la mesa.

Aunque en un principio no había querido más que mi libertad, no pude contener la oleada de esperanza que me invadió el pecho ante la posibilidad de que aceptara.

Una esperanza que me sorprendió tanto a mí como a él cuando la vio reflejada en mi rostro.

Mientras lo observaba, algo cambió en él. Algo que hizo que se me cayera el alma a los pies. Tan sutil que dudaba que nadie más lo hubiera notado. Pero yo sí.

Se volvió hacia mi padre.

—No —le dijo—. No lo haré.

El rostro de mi padre se puso rojo sangre y los ojos se le salieron de las órbitas bajo las cejas pobladas. Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, se acercó al hombre que tenía al lado, le arrancó el arma de la funda y apuntó a Enzo.

—Te casarás con mi hija o te pego un tiro aquí mismo.