Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Serafina

Llegó el día de nuestra reunión con mi padre.

No estaba preparada.

Enzo llamó a la puerta del baño.

—¿Sera? ¿Estás bien?

—No —respondí. Estaba aterrorizada—. La verdad es que no. Pero saldré en un minuto.

—Estaré abajo con Luca. Ven a su despacho cuando bajes. Tenemos que irnos en veinte minutos. ¿Sera?

Me giré hacia la puerta.

—¿Sí?

Se quedó tan callado que al principio pensé que había cambiado de opinión sobre lo que iba a decirme. Y entonces, en voz baja, dijo:

—Todo saldrá bien, nena.

Escuché sus pasos cruzando la habitación y luego la puerta del dormitorio cerrándose suavemente. Cuando se fue, me senté en el borde de la bañera y hundí la cabeza entre las manos.

Esto era una locura. Enzo no me había contado qué había pasado en el despacho de Luca después de que me fuera, y me había dado demasiado miedo preguntar. Pero… pero tenían que tener un plan para liberarme de mi padre. ¿Verdad? Si no, ¿por qué me diría que todo iba a salir bien?

¿Verdad?

Pero mientras mi mente repasaba las posibilidades, el pequeño destello de esperanza que había prendido en mi pecho se apagó antes de convertirse en llama. Mi padre jamás aceptaría dejarme ir. Daba igual con qué lo amenazara Luca.

¿Pero y si lo hacía?, preguntó una vocecita dentro de mí.

El corazón me dio un vuelco ante la idea de ser libre.

¿Qué haría? ¿Me iría? ¿O me quedaría aquí con Enzo?

¿Me obligaría a quedarme? No sabía si estaba preparada para eso tampoco.

Pero tenía que admitir que era mucho mejor que la alternativa.

Al menos así sentía que tenía algo de elección.

Quiero decir, acepté ser básicamente su amante durante un tiempo indeterminado por mi propia voluntad.

Y si tenía que estar bajo la protección de un hombre, prefería mil veces estar con uno que ya conocía —bastante íntimamente, debo añadir— que casarme con alguien que mi padre eligiera para mí.

Un hombre que podría tener edad para ser mi abuelo.

Un hombre que podría pegarme y prestarme a sus amigos. O algo peor.

Respiré hondo en un esfuerzo inútil por calmar los nervios, me levanté y fui al lavabo para echarme agua fría en la cara y secármela con una toallita.

Luego me miré en el espejo. Estaba pálida, con ojeras bajo los ojos por no haber dormido en toda la noche.

Saqué el neceser de maquillaje e hice lo que pude para parecer presentable.

En deferencia a mi padre y con la esperanza de ganarme su favor, llevaba el vestido que Enzo me había comprado aquella primera noche que aparecí en su puerta.

Por suerte, la lluvia no lo había arruinado.

Alisé el encaje color crema, aunque no había ni una arruga a la vista, y me revisé el pelo una última vez.

Me lo había recogido en un moño elegante en la nuca, dejando algunos mechones ondulados para enmarcarme la cara.

A mi padre le horrorizaría el color, pero ya no había mucho que pudiera hacer. Había pensado en volver a cambiármelo, pero me gustaba así. Y a Enzo también.

Armándome de valor, salí del santuario del baño, cogí el abrigo del armario y bajé las escaleras con los zapatos en la mano. Me los pondría justo antes de irnos para no tener que caminar con tacones más tiempo del estrictamente necesario.

Encontré a Enzo en el pasillo, fuera del despacho de Luca. Estaba de espaldas a mí, con el móvil pegado a la oreja. No me oyó acercarme, así que me detuve y esperé a que terminara la conversación. Tenía la postura rígida y el puño cerrado a un costado.

—Sí —le oí decir en un tono cuidadosamente controlado—. Entiendo.

Unos segundos después, colgó. Pero en lugar de guardarse el móvil en el bolsillo de la chaqueta y volver al despacho de Luca, se quedó allí plantado en el pasillo, con los brazos colgando a los lados.

Podía ver la tensión en su espalda y cómo agarraba el teléfono como si luchara contra el impulso de estrellarlo contra la pared.

—¿Enzo? ¿Va todo bien?

Al oír mi voz, se giró bruscamente hacia mí.

—Hola —dijo. Luego bajó la mirada un momento. Cuando volvió a levantarla, había recuperado su frialdad y calma habituales—. Disculpa mi grosería. No me di cuenta de que estabas esperando ahí.

Le escudriñé la cara buscando alguna pista de lo que acababa de pasar, pero llevaba las gafas de sol puestas y no podía descifrar su expresión.

—No, perdona. No pretendía pillarte desprevenido. Es que no quería interrumpir.

Me dedicó una sonrisa tensa.

—No pasa nada —se abrió la chaqueta negra y se guardó el móvil en el bolsillo interior—. Estás preciosa.

—Gracias —intenté sonreír, pero no lo conseguí—. Estoy cagada de miedo.

Si esperaba que me abrazara y me dijera de nuevo que todo iba a salir bien, estaba muy equivocada. En cambio, mantuvo las distancias. Y sentí el primer hormigueo de inquietud recorriéndome la columna.

—No tienes por qué estarlo —me dijo.

Algo en su tono me heló la sangre.

—¿Enzo? ¿Qué pasa?

Entonces sí vino hacia mí. Me estrechó entre sus brazos —abrigo, zapatos y todo— y me abrazó fuerte un momento antes de darme un beso en la coronilla.

—No pasa nada —dijo—. Tenemos que irnos. Déjame ver si Luca está listo.

Me dejó sola en el pasillo, pero no cerró la puerta tras él, así que pude oír lo que decían cuando entró.

Como yo, Luca supo de inmediato que algo iba mal.

Enzo murmuró una respuesta que no alcancé a distinguir, pero pareció aplacar a Luca, porque no le preguntó nada más.

Los tres hombres salieron del despacho de Luca y se reunieron conmigo en el pasillo.

Tristan me saludó con un gesto respetuoso de cabeza y se fue a traer el todoterreno a la entrada de la casa. Me estremecí cuando pasó cerca de mí.

—Hola, Sera —dijo Luca—. Estás preciosa.

—Gracias —le dije, pero las palabras me salieron de forma automática. Estaba demasiado preocupada y distraída para asimilar el cumplido.

—¿Estáis los dos listos?

Enzo me miró.

—Estamos listos. Vamos.

Me puso la mano en la parte baja de la espalda y me acompañó hasta la puerta principal, donde se detuvo solo lo justo para que me calzara los tacones y me pusiera el abrigo negro antes de salir.

El trayecto hasta nuestra reunión con Ciro fue silencioso, la tensión dentro del vehículo tan densa que me costaba respirar.

O quizás era solo yo, presa del pánico. Enzo y yo compartíamos el asiento trasero, pero cada vez que lo miraba, él tenía la vista clavada en la ventana.

Me dije a mí misma que solo estaba alerta, como siempre, observando el área a nuestro alrededor en busca de cualquier señal de peligro para él o su jefe.

Pero de alguna manera, esta vez, sentí que era más que eso, lo que solo me preocupaba más.

Alargué la mano por el asiento de cuero, tomé la suya y la apreté con fuerza.

Él me apretó los dedos sin mirarme, y no me soltó cuando intenté retirar la mano.

Pareció una eternidad, y a la vez nada de tiempo, llegar al club de Luca, donde la reunión se celebraría en una sala privada del piso de arriba.

Cuando entramos, vi a chicas ganándose las propinas en el escenario, en distintos grados de desnudez.

Ninguno de los clientes que las observaban nos prestó la menor atención, con los ojos clavados en los pechos desnudos y los culos contoneándose que, si dejaban suficiente propina, podrían llevarse a un reservado donde tendrían una experiencia mucho más cercana y personal.

Al menos, eso fue lo que Jade me contó una vez mientras charlábamos en la mesa de la cocina, cuando le dije que nunca había estado en un club de striptease.

Mientras miraba alrededor, reconocí tres... no, cuatro... de las caras apiñadas alrededor del escenario. Le cogí la mano a Enzo y tiré de ella para llamar su atención.

—Mi padre tiene cuatro hombres infiltrados en el club, que yo pueda ver.

Recorrió la sala con la mirada.

—¿Dónde?

Le di la descripción y la ubicación de cada uno. Cuando llegamos al ascensor, transmitió la información a Luca.

—Así que tu padre no es un completo idiota —respondió—. Gracias, Sera.

—Le informarán de cuántos sois.

Sabía que él ya lo sabría, pero no podía evitar preocuparme de que estuviéramos metiéndonos en una trampa.

Pero Luca me sonrió.

—Este es mi club. Ha sido inteligente por parte de tu padre tener hombres aquí listos para actuar. Sin embargo, como he dicho, este es mi club. Y estaba preparado para esto. No hay de qué preocuparse.

Más fácil decirlo que hacerlo, pero tendría que fiarme de su palabra.

Las puertas del ascensor se abrieron a una sala enorme, de al menos la mitad del tamaño de toda la planta baja.

A cada lado de la entrada había dos sillas, vacías sin los guardias que normalmente las ocuparían, y en el extremo más alejado se encontraba una larga mesa de madera con capacidad para doce personas, rodeada de cómodas sillas de cuero negro. Aparte de eso, la sala estaba vacía.

La música retumbaba desde el suelo mientras Luca nos guiaba hacia la mesa y se sentaba en un extremo, aunque no era tan fuerte como para impedir la conversación.

Tristan se colocó detrás de él y ligeramente a su derecha, interponiéndose entre Luca y las puertas del ascensor, mientras Enzo me apartaba una silla a su izquierda.

Una vez sentada, él se sentó a mi otro lado.

En cuanto todos estuvimos acomodados, las puertas del ascensor se abrieron y dos de los guardias de Luca ocuparon sus posiciones a cada lado.

Y entonces esperamos.

Cinco minutos después de la hora prevista para el inicio de la reunión, mi padre entró. Y no estaba solo. Cinco de sus hombres de mayor confianza lo acompañaban. Uno más del número acordado. Luca tenía cuatro hombres. Mi padre también debería tener cuatro.

Era una cuestión de honor y una completa falta de respeto hacia el subjefe. Tristan se inclinó hacia el oído de Luca, y lo oí preguntar:

—¿Qué quieres hacer?

—Déjalo pasar —respondió—. Por ahora. Veremos qué hace.