Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Enzo

No podía sacarme de la cabeza la cara de Sera mientras bajaba las escaleras antes de la cena para ver si Luca había conseguido algo con su padre. El dolor que apagó la luz de sus ojos. La ira. La traición.

Las cosas no tenían que ser así. Maldita sea.

Quería subir corriendo, sacarla de la ducha y llevarla de vuelta a la cama. Quería esconderme del resto de este jodido mundo que intentaba separarnos.

Quería detener el tiempo.

Pero por mucho que lo deseara, no iba a suceder. No podía esconderme y esperar que todo desapareciera sin más. Porque tarde o temprano, lo que intentaba separarnos nos encontraría, y necesitaba estar preparado.

Al llegar al pie de las escaleras, saqué las gafas de sol del bolsillo interior de la chaqueta y me ajusté la corbata. Era negra, igual que la camisa y los pantalones. Mi atuendo habitual cuando estaba de servicio.

Cuando llegué al despacho de Luca, él y Tristan ya estaban allí esperándome, charlando en voz baja en la pequeña zona de estar frente al escritorio. Los saludé con la cabeza y ocupé mi lugar junto a Tristan.

Luca fue directo al grano.

—Hablé con mi padre y conseguí que nos diera hasta el final de la semana antes de notificar a Ciro que tenemos a su hija. Le dije que necesitaba tiempo para sacarle información sobre su padre y lo que está haciendo en Dallas, cosa que pienso hacer.

Me lanzó una mirada significativa y contuve la negativa que tenía en la punta de la lengua. Tenía razón. Ella era una fuente de información y teníamos que aprovecharla. Cuando vio que no iba a protestar, continuó.

—Tenemos hasta el viernes.

—Eso son solo cuatro días —gruñí.

—Lo sé —me dijo—. Y lo siento, amigo. Fue lo mejor que pude conseguir.

La voz serena de Tristan rompió el tenso silencio que se había instalado entre nosotros.

—No deberías haberte liado con ella, Enzo. Para empezar.

No había juicio en su tono. Lo dijo como quien constata un hecho, nada más.

Le sostuve la mirada serena y, tras un destello inicial de rabia que se disipó enseguida, cerré los ojos y respiré hondo.

—Tienes razón —admití. Me volví hacia Luca—. Debería habértela traído en cuanto supe quién era. No debería habértela ocultado. Y te pido perdón por no confiar en ti. Estaba pensando con la polla en vez de con la cabeza.

—Las mujeres tienen ese efecto a veces.

Una leve sonrisa asomó en la comisura de los labios de Luca.

Antes de que Veda apareciera en su vida, no habría sido tan comprensivo con todo esto.

Pero jamás diría que ella lo había ablandado.

Si acaso, tenerla le daba más que proteger.

Más por lo que vivir. Y lo hacía mucho menos piadoso con quienes amenazaran lo que ahora tenía.

Inquieto, me levanté del sofá y fui hasta la ventana. La mente me daba vueltas mientras buscaba alguna forma de cambiar el rumbo de mis actos. El corazón empezó a latirme desbocado y sentía los pulmones oprimidos. Cerré los ojos, luchando contra el pánico.

—No hay manera de sacarla de esto, ¿verdad? —pregunté al cabo de un momento.

—Hay una —dijo Luca, y me tensé anticipando lo que venía—. Si hicieras una oferta por ella...

—Mi respuesta sigue siendo no —espeté.

—Si quieres quedártela, es la única solución sensata —coincidió Tristan.

—¿Y quién coño ha dicho que quiero quedármela?

—¿Por qué si no ibas a actuar así? —replicó.

—¿Y cómo es eso?

—Como un stronzo posesivo de cojones.

Quería negarlo, pero una vez más, Tris tenía razón. Aun así...

—El matrimonio es un compromiso de por vida. No es algo que le pediría a alguien a quien conozco desde hace apenas unas semanas.

Se encogió de hombros.

—Pues divórciate cuando te canses. O métela en un apartamento bonito en el centro y haced vidas separadas, como la mayoría de los hombres de la familia.

—No me imagino cansándome nunca de Sera.

No había sido mi intención decirlo en voz alta, pero ya era tarde para retractarme.

—Entonces cásate con ella, Enzo —insistió Luca—.

Y no voy a mentirte sobre por qué te presiono tanto.

Quiero que seas feliz, sí, pero también nos daría la oportunidad perfecta de tener acceso a Ciro.

Si pierde la cabeza y decide meterse en nuestro territorio, o si necesitamos aliarnos con él de algún modo, tendríamos mucho más poder de negociación si su hija forma parte de nuestra familia.

Una forma de evitar la violencia inevitable que nos espera con él si las cosas siguen así.

—¿Y si le importa una mierda su hija?

Luca frunció el ceño.

—Es padre. Puede que no sea buen padre, pero padre al fin y al cabo.

Volví al sofá y me senté.

—Es un padre que usa a su hija como moneda de cambio para escalar posiciones.

—Como la mayoría de los hombres de la mafia. Entonces, ¿por qué no aprovecharlo? Ya le has quitado lo único que la hacía valiosa.

—Y eso no le va a hacer ninguna gracia.

—Cásate con ella y dará igual. Estará protegida.

Aparté la mirada de Luca, notando el peso de sus ojos y los de Tristan mientras me quitaba las gafas de sol y me frotaba el puente de la nariz. Con la vista clavada en el suelo, les dije:

—No puedo casarme con ella. No le haré eso. Se merece algo mejor.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Luca en voz baja.

Me puse las gafas de sol de nuevo y le dije:

—Ya sabes a qué me refiero.

—Enzo, lo que pasó con Alessandra...

—Es exactamente lo que pasará con Sera si me caso con ella.

—Eso no lo sabes.

—Sí, Luca. Lo sé.

La habitación quedó en silencio hasta que Luca dijo:

—Entonces no hay nada que hacer. Cuando pasen los cuatro días, ella vuelve con su padre.

Sentí su mirada clavada en mí.

—¿Vas a poder vivir con eso, amigo?

No. Pero iba a tener que hacerlo.

—Sí.

La mentira me dejó un sabor amargo en la boca. Un amargor que me resultaba cada vez más familiar.

—Muy bien, entonces —dijo Luca tras un momento—. Organizaré la reunión con su padre dentro de cuatro días. Te sugiero que te centres en lo que importa antes de eso.

Asentí con la cabeza.

—¿Necesitas algo más de mí?

—No —dijo en voz baja—. Nos vemos en la cena dentro de una hora. Mañana por la mañana trae a Sera aquí abajo y empezaremos a interrogarla.

Me sentí extrañamente entumecido mientras me levantaba del sofá y caminaba hacia la puerta sin prisa.

El entumecimiento continuó en el pasillo, fuera de su despacho, y no desapareció hasta que llegué al gimnasio.

Apenas recordaba haber llegado, pero ahora estaba de pie frente al saco de boxeo, sin guantes, vestido solo con unos pantalones cortos.

La sangre me corría por los puños en riachuelos y goteaba sobre la colchoneta donde estaba descalzo.

El sudor me escocía en los ojos y me bajaba por la espalda.

Eché el brazo derecho hacia atrás y concentré toda la rabia que me hervía en la sangre en el puñetazo que lancé, golpeando el saco tan fuerte y rápido que apenas rebotó.

Después un gancho de izquierda. Luego la derecha otra vez.

Hasta que estuve golpeando el saco una y otra vez con toda mi fuerza.

Cuando los nudillos no eran más que carne ensangrentada y destrozada, empecé a lanzar rodillazos y patadas.

El pie me resbaló en la sangre y perdí el equilibrio.

Caí hacia delante y me abracé al saco de boxeo para no caerme.

Me aferré a él con los brazos y las piernas temblándome de fatiga mientras luchaba por recuperar el equilibrio.

Cuando lo conseguí, aparté el saco de un empujón violento y le hundí el puño cuando volvió hacia mí.

La saliva me salía disparada de la boca con cada exhalación ardiente.

Aunque físicamente había llegado al límite, por dentro seguía gritando. Y no tenía a nadie a quien culpar más que a mí mismo.

No llegué a la cena.

Y nadie vino a buscarme.

Me duché en el pequeño vestuario del gimnasio, con los nudillos ensangrentados ardiéndome como un hijo de puta en el agua jabonosa.

Pero aguanté el dolor porque me lo merecía por ser un stronzo.

Un imbécil. Porque eso era lo que era. Debería haberla dejado irse aquella noche que vino a mi puerta.

Debería haberle dicho a Jade que la avisara después de que Luca me enseñara su foto y me dijera quién era.

A estas alturas, ella estaría muy lejos.

Y sería libre.

No volví a ver a Sera hasta la mañana siguiente, cuando la pillé intentando escabullirse de la propiedad antes del amanecer.