Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Serafina

Enzo nunca apareció a cenar y a Luca lo llamaron por un asunto urgente a los diez minutos de empezar a comer, así que nos quedamos Veda y yo solas.

Intentó convencer a Lisa, quien había preparado la deliciosa comida, de que se sentara a comer con nosotras, pero se negó, alegando que quería aprovechar la ausencia de los hombres para ordenar el despacho de Luca antes de limpiar la cocina y terminar por esa noche.

Veda estuvo callada durante la comida, igual que yo. Tenía el estómago hecho un nudo y no hacía más que mover la comida de un lado a otro del plato, incapaz de dar más que unos pocos bocados.

—Sé lo que estás pensando.

Levanté la vista sorprendida y me encontré con los ojos de Veda fijos en mí.

—¿Perdona?

Me dedicó una leve sonrisa.

—Sé lo que estás planeando, Sera. Y te lo digo desde ya: no va a funcionar.

No insulté su inteligencia fingiendo no saber a qué se refería.

—Tiene que funcionar. No puedo quedarme aquí esperando a que los hombres de mi padre vengan a llevarme a casa.

—¿Qué te hace pensar que Enzo permitirá que hagan eso? ¿Dijo algo?

Negué con la cabeza.

—No. Me dijo que él y Luca encontrarían una solución.

—Bueno, ahí lo tienes. No tienes nada de qué preocuparte.

Dejé el tenedor y me recosté en la silla, renunciando a seguir fingiendo que comía.

—Entonces, ¿por qué se despidió de mí esta tarde?

La sonrisa desapareció del rostro de Veda.

—¿Dijo eso? —preguntó en voz baja.

—No. No con palabras.

Me miró fijamente, sin entender al principio, antes de decir:

—Oh.

—Intenté convencerlo de que me dejara ir. Pero Luigi sabe que estoy aquí. No hay forma de que pueda hacer eso sin pagar las consecuencias. Y lo entiendo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas de frustración y tuve que pararme un momento para recomponerme.

—Pero no puedo volver allí, Veda.

—¿Puedo preguntarte por qué no? ¿Qué tiene de malo tu casa?

Su tono denotaba auténtica curiosidad, pero no debería haberme sorprendido. En el poco tiempo que llevaba conociéndola, siempre me había parecido una persona con los pies en la tierra y cariñosa. Así que decidí ser directa con ella.

—A mi padre solo le importo por el precio que le pagarán por mi cuerpo inocente.

Me miró durante un momento.

—¿Pero lo eres? ¿Inocente?

—No —le dije—. Ya no. Y ahí está el problema. Porque cuando mi padre me lleve de vuelta a casa, hará que su médico me examine. Y cuando descubra que ya no soy virgen, ya no tendré ningún valor para él.

Y la verdad es que no tenía ni idea de cómo reaccionaría ante eso.

—¿Con qué frecuencia comprueba eso?

—Siempre que cree que el pene de alguien ha podido acercarse demasiado a mí.

Me encogí de hombros.

—Así que durante un tiempo fue algo de cada día. Era el precio que tenía que pagar para poder ir al colegio.

—¡Dios mío, Sera! Lo siento mucho.

Alargó la mano por encima de la mesa y me tocó el brazo.

—Tu maldito padre tiene algo que no funciona bien.

La miré directamente a los ojos y me reí.

—Hay algo que no funciona bien en todos los hombres de la mafia. ¿Aún no te has dado cuenta? No me imagino que Luca sea precisamente un dechado de virtudes.

Me lanzó una mirada que me daba la razón.

—No, desde luego que no. Pero creo que de verdad me quiere. A su manera.

Al instante me sentí mal por mi tono cortante.

—Yo también lo creo —le dije con suavidad, y lo decía en serio. Saltaba a la vista lo obsesionado que estaba ese hombre con ella.

Una sonrisa iluminó su bonito rostro y le devolví la sonrisa. Pero entonces mis propios problemas volvieron a abrumarme. Puse mi mano libre sobre la suya y se la apreté, incapaz de contener mi desesperación por mucho que lo intentara.

—¿Me ayudarás, Veda? ¿Por favor?

Ya estaba negando con la cabeza antes de que terminara de preguntar.

—No puedo, Sera. Lo siento mucho. No podría traicionar así la confianza de Luca. Además —añadió—, tampoco sé si podría hacer algo.

—No te estoy pidiendo que traiciones a nadie —insistí—. Solo...

No sabía qué estaba pidiendo exactamente.

—¿Podrías decirme cómo apagar las cámaras? ¿O sabes algo del horario de los soldados que vigilan la casa? Solo pido una oportunidad —supliqué al ver que seguía negando con la cabeza.

Sus ojos escudriñaron mi rostro.

—¿Y Enzo?

La pregunta me dio de lleno en el pecho.

—¿Qué pasa con él?

La preocupación por su amigo le nubló el semblante.

—Le importas.

—Me está devolviendo a mi padre —repliqué.

Retiró la mano de mi brazo y se recostó en la silla.

—No me lo creo, Sera. No puedo creerlo. He visto cómo te mira. Y piensa en todo lo que hizo para sacarte de México.

Apoyé los codos en la mesa, me froté la cara con las manos y me eché el pelo hacia atrás.

—Te digo que no hay nada que pueda hacer, aunque quisiera.

—Tienes unos días —insistió—. Él y Luca pensarán en algo.

Esta vez me tocó a mí negar con la cabeza.

—No, Veda. No lo entiendes. No eres de este mundo. Luca hará lo que su padre le ordene. Y Enzo hará lo que Luca le diga. Así es como sobreviven.

—Tiene que haber algo...

—No lo hay.

Bajó la mirada hacia sus manos, con los dedos entrelazados sobre la mesa frente a su plato vacío.

—Simplemente no puedo creer que no vaya a luchar por ti.

—Creo que lo intentó —le dije.

Luego solté una risa suave mientras apartaba la mirada.

—O al menos me gusta pensar eso.

Sus palabras de ese día me vinieron a la mente.

—Pero creo que está en una situación difícil.

La miré a los ojos.

—Deberías entender algo sobre este mundo en el que vives, Veda.

—¿El qué?

—Estos hombres —mis ojos recorrieron la habitación, abarcando toda la casa y a todos los que estaban dentro—, su lealtad mutua y hacia la familia va primero.

Antes que cualquier otra cosa. Antes que cualquier otra persona.

Luca te quiere. De verdad —le aseguré—. Pero si tuviera que elegir entre ti y su familia mafiosa, ¿cuál crees que elegiría?

—No —susurró—. Estás equivocada.

—Lo siento —le susurré—. Pero es verdad.

Frunció el ceño.

—No —insistió—. No creo que Luca te hiciera eso. Y no creo que Enzo vaya a hacértelo. Le importas de verdad. Lo veo.

—Pregúntale qué le pasó a la primera esposa de Enzo —le dije—. O pregúntaselo a Luca si no quieres oírlo de primera mano. Luego vuelve y dime otra vez que Luca te elegiría a ti.

—¿Enzo estuvo casado?

Asentí.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sabe todo el mundo —le dije—. Es parte de la razón por la que se ganó una reputación que llegó hasta Dallas.

Y más allá.

—¿Qué dice la gente de él?

Casi se lo dije. Casi pronuncié las palabras en voz alta. Pero luego me eché atrás. Puede que a mí no me creyera, pero les creería a Luca o a Enzo si se lo contaban ellos.

—Solo pregunta —le dije—. Y luego piensa en tu decisión de no ayudarme. De cualquier manera, no pienso seguir aquí mañana.

Me invadió la tristeza al perder a esta persona que, estaba convencida, se habría convertido en una de las mejores amigas que había tenido jamás.

—Pero entiendo tu postura, y no te culparé por ello. Así que lo único que te pido es que no me delates.

No respondió, pero su mirada me dijo que no lo haría.

Me levanté y llevé nuestros platos al fregadero, dejando mi comida intacta a un lado.

—¿Hay alcohol en esta cocina?

—En la despensa de allí —dijo distraída—. Hay vino. Sírvete.

Abrí la puerta y encontré unas cuantas botellas de algún tipo de pinot. No era experta en vinos, pero, sinceramente, me daba igual lo que fuera.

Cogí una de las botellas, sin pararme a buscar una copa, y me detuve al llegar junto a Veda.

—Gracias por ser tan amable conmigo. Me caes muy bien y ojalá no tuviera que irme.

Apartó la silla y se levantó para abrazarme.

—No tienes por qué hacerlo —insistió—. Por favor. Quédate y dame la oportunidad de hablar con Luca y averiguar qué está pasando.

La abracé tan fuerte como pude con la botella de vino colgando de una mano y luego la solté.

—No tengo tiempo de esperar. Y si voy a salir de aquí, esta noche es probablemente la única oportunidad que tendré.

Los chicos estarán fuera un rato y seguro que Luca se ha llevado a algunos de sus soldados.

Eso significa que hay menos hombres patrullando la propiedad y menos posibilidades de que me pillen. O me disparen.

Intenté quitarle hierro, pero el chiste no tuvo gracia.

Veda me miró con seriedad, y pensé que volvería a intentar disuadirme, pero al final solo dijo en voz baja:

—Ten cuidado. Y buena suerte. Voy a estar un rato en la biblioteca trabajando en un proyecto del instituto y luego estaré en mi habitación. La puerta estará cerrada y estaré viendo algo en la tele.

—Gracias —le dije—. Por todo.

La dejé en la cocina y crucé el gran salón hacia las escaleras.

No me apresuré. De hecho, me esforcé por parecer tan nerviosa como lo estaría cualquiera siendo la nueva invitada del subjefe de la mafia y quedándose sola.

Sabía que había cámaras por toda la casa.

Luca sería idiota si no tuviera vigilancia tanto fuera como dentro de su hogar, y desde luego ese hombre no era idiota.

Sin embargo, estaban bien escondidas. Solo había conseguido localizar unas pocas: una en la cocina mientras Veda y yo comíamos, una en el pasillo fuera de mi habitación y una cerca de la puerta principal.

Que yo supiera, no había ninguna en los dormitorios ni en los baños. Así que al menos eso jugaba a mi favor.

Lo que no sabía era cómo iba a arreglármelas para escabullirme con una maleta. La respuesta era bastante simple. No lo haría.

Tampoco tenía dinero. Pero lo que sí tenía era el reloj de Enzo, que había escondido debajo de mi almohada durante nuestra tarde de sexo.

No era experta en relojes, pero era un Rolex, así que algo tenía que valer.

Y a juzgar por las etiquetas de sus trajes y la calidad de todo lo que llevaba, tenía que valer bastante dinero.

Suficiente para sacarme de aquí. Ya me preocuparía por todo lo demás una vez que estuviera libre de la amenaza de mi padre.

Seis horas después, estaba sentada en el borde de la cama del dormitorio.

Me había puesto un forro polar grueso de manga larga sobre la camiseta y unas zapatillas deportivas.

El reloj de Enzo estaba en mi muñeca y mi abrigo junto a mí en el colchón.

No me llevaba nada más. Si me pillaban intentando salir de la propiedad, tenía más posibilidades de convencer a los guardias de que tenía insomnio y me había aburrido de estar sola en la casa si no llevaba una bolsa de ropa.

Me creerían. Al fin y al cabo, solo era una mujer.

Y todos los hombres sabían que las mujeres éramos tan ridículas como para salir a pasear solas de noche sin pensar que podíamos estar en peligro.

O, mejor aún, podría decirles que estaba buscando a Enzo. Que habíamos discutido o algo así. Unas cuantas lágrimas y seguro que todos los hombres se sentirían demasiado incómodos para seguir haciéndome preguntas.

Además, no quería llevar nada encima que pudiera identificarme como la hija fugitiva de Ciro Cordaro.

Mi carné de conducir se quedaría aquí, junto con cualquier otra cosa que revelara quién soy.

Cuando llegara a mi destino, me inventaría un nombre y una historia, y solo aceptaría trabajos que me pagaran en negro.

Funcionaría.

Entonces, ¿por qué seguía sentada aquí?

Veda había subido hacía horas. Había oído cerrarse la puerta de su habitación. La casa estaba en silencio. No tenía ni idea de cuándo volverían Enzo, Luca y Tristan, ni cuántos guardias quedaban fuera, pero daba igual. Si tenía mucho cuidado, podría escabullirme sin que me vieran.

Respiré hondo, me levanté y me puse el abrigo.

Tenía una capucha que usaría para tapar mi pelo llamativo en cuanto saliera.

Eché un último vistazo a la habitación, parpadeando para contener las lágrimas que se me agolpaban en los ojos.

Estúpidas lágrimas traidoras que soñaban con cosas imposibles.

Me las sequé con el dorso de las manos, fui al baño una última vez y luego crucé la habitación y abrí la puerta del dormitorio.

Bajé las escaleras con el mayor sigilo posible y salí por la puerta del patio. Un viento frío y brumoso se levantó a mi alrededor, como si la noche misma intentara decirme que volviera atrás. Pero no podía. No ahora.

La piscina estaba iluminada con luces tenues que alumbraban mi camino por la terraza. A la derecha, un tramo de escaleras se perdía en la oscuridad. Avancé con cuidado a medida que dejaba atrás la luz de la piscina y me adentré en las sombras.