Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 12
58%

CAPÍTULO 12

Serafina

Enseguida descubrí que Veda me caía bien. Había algo verdaderamente especial en ella, y entendía por qué Luca estaba tan enamorado. De eso no cabía duda. Incluso en el poco tiempo que los había visto juntos, era evidente que ella era su mundo entero.

Casi me hacía desear quedarme más tiempo, y quizás por primera vez en mi vida sabría lo que era tener una amiga de verdad.

Después de que me asegurara que no había nada entre ella y Enzo, y de que yo insistiera en que no me importaría si lo hubiera, Veda cambió de tema y empezó a hablar de las clases que estaba tomando en la universidad comunitaria.

Lo agradecí, así no tendría que seguir mintiéndole a alguien que de verdad me caía bien.

Estábamos quejándonos de los profesores que insistían en poner solo preguntas de desarrollo en los exámenes cuando entró Enzo.

Mi mirada se dirigió hacia él de inmediato, atraída por algo que no sabía nombrar. Pero supe que algo iba mal.

—Veda, ¿podrías dejarnos, por favor?

Me dedicó una sonrisa mientras se levantaba.

—Te veo en la cena.

—De acuerdo. Gracias por el recorrido y por hacerme compañía.

Enzo la miró brevemente y asintió con respeto mientras pasaba, luego cerró la puerta tras ella y echó el cerrojo. El suave clic sonó obscenamente fuerte en el repentino silencio de la habitación.

El corazón me latía con fuerza en los oídos mientras él se quitaba las gafas de sol y el reloj y los arrojaba sobre una de las mesitas de noche.

Luego se giró y vino directo hacia mí; la pregunta que estaba a punto de hacer murió en mis labios cuando me encontré con sus ojos. Algo iba terriblemente mal.

—¿Qué ha pasado?

No dio señal alguna de haberme oído. Cuando me alcanzó, me levantó en sus fuertes brazos y enredó una mano en mi pelo para echarme la cabeza hacia atrás y acercar mis labios a los suyos.

El beso no se parecía a ninguno de los que habíamos compartido antes. Prácticamente podía saborear la desesperación. La tristeza. La rabia y la confusión. Intenté apartarme, hablar con él, pero me aferró la nuca con más fuerza, manteniéndome prisionera mientras me devoraba la boca.

Le puse las manos en el pecho e intenté empujarlo, pero era como intentar mover una pared. Emitió un sonido desesperado, gutural, que me partió el corazón, y entonces, finalmente, me rendí y le rodeé el cuello con los brazos.

En cuanto sintió mi rendición, me levantó del suelo y me llevó a la cama. Enzo rompió la conexión entre nosotros solo el tiempo justo para desvestirnos a ambos, ignorando mis preguntas cuando intenté de nuevo que hablara conmigo.

Cuando no quedaron más barreras entre nosotros, me tumbó en la cama y se dejó caer sobre mí mientras sus labios volvían a encontrarse con los míos.

Contuve el aliento cuando entró en mí de una sola embestida.

Esperaba que doliera, pero no fue así. En absoluto.

Sentí cómo mi cuerpo se estiraba para acogerlo, pero no hubo dolor.

Solo una feroz punzada de placer mientras se me arqueaba la espalda y abría las piernas de par en par para darle más espacio.

Sentí su cuerpo grande estremecerse sobre el mío.

—Tan húmeda —susurró contra mi boca—. Tan dulce.

Se me clavaron las uñas en sus omóplatos mientras, con un gemido, se retiraba lentamente antes de embestirme de nuevo. Un brazo se deslizó bajo mis caderas para acercarme aún más a él, con el peso apoyado en el otro codo junto a mi cabeza.

Apartó la boca de la mía, hundió el rostro en mi cuello y me tomó con fuerza y rapidez, respirando con dificultad, con el corazón latiéndole contra el mío mientras cada embestida nos desplazaba por el colchón hasta que di con la cabecera.

No tuve tiempo de darle demasiadas vueltas.

De tener miedo. Lo único que podía hacer era sentir la misma urgencia mientras me apretaba con el brazo, arqueándome el cuerpo por completo fuera del colchón.

La tensión se acumulaba en mi bajo vientre con cada embestida, su pelvis golpeándome el clítoris cada vez más rápido, sus labios susurrando contra mi piel palabras demasiado quedas para entenderlas.

Justo cuando estaba al borde del precipicio, un gruñido grave retumbó contra mi garganta y sus dientes se hundieron en el músculo entre el cuello y el hombro.

El dolor mezclado con el placer me arrojó al abismo en un orgasmo violento justo cuando Enzo se tensó sobre mí, dejándome sin aliento mientras gritaba y se hundía aún más profundo dentro de mí.

Pero no había terminado.

Apenas estaba empezando.

Nos quedamos en la cama durante horas mientras me follaba de todas las formas posibles, hasta que los músculos se me quedaron tan flojos que no tenía ni idea de cómo iba a bajar a cenar.

Pero no fueron los orgasmos ni la forma en que dominó mi cuerpo lo que me dejó tan exhausta, sino la emoción que brotaba de él.

La necesidad que me arrancaba. No con palabras, sino con cada caricia.

Cada beso. Cada vez que intentaba hablar con él, empezaba a besarme.

O me separaba las piernas y me ponía la boca encima hasta que no podía formar un pensamiento coherente.

Y sus ojos... sus ojos me quemaban de dentro afuera, se adentraban en mi alma y me arrastraban a su infierno personal.

Después de esa primera vez, dejó de esconderse de mí y me ordenó que abriera los ojos.

Que lo mirara. Que observara. Hasta que fue demasiado.

Hasta que estaba casi sollozando por la intensidad.

Solo entonces me liberó, recorrió mi cuerpo con la mirada, abrasando cada centímetro hasta que me sorprendió ver que mi piel seguía intacta cuando me miré.

Y cuando por fin se agotó y estábamos tumbados en una maraña de extremidades sudorosas sobre el edredón, alcé el rostro hacia él.

—Enzo, dime qué pasa.

La luz enloquecida de sus ojos se había atenuado, pero ante mis palabras volvió a encenderse cuando se encontraron con los míos, y al principio pensé que seguiría sin decirme nada. Pero entonces me apartó un mechón de pelo de la frente y dijo:

—Solo tenemos unos días hasta que tu padre venga a buscarte. Si Luca consigue darnos ese tiempo cuando hable con Luigi.

No parecía confiar en las habilidades de su jefe.

—Dijo que pensaría en alguna excusa para retenerte aquí todo lo posible.

La sangre, que solo unos minutos antes me corría por las venas como lava, se me heló.

—No.

—Sera, no tenemos más remedio que decirle que estás aquí.

Lo aparté de un empujón, me incorporé y le di la espalda al hermoso hombre desparramado en la cama mientras me deslizaba hacia el lado opuesto.

—Tú no tienes opción. Pero yo sí que la tengo, joder. Y no pienso quedarme aquí sentada esperando a que venga a buscarme y me encierre de nuevo en mi habitación.

O algo peor. Pero no expresé ese miedo en voz alta.

Enzo se incorporó e intentó agarrarme la muñeca, pero la aparté de su alcance y me bajé del colchón.

—Sera. No tienes adónde ir.

De repente caí en algo y me giré hacia él con la camiseta delante de mí. —¿Por eso me trajiste aquí? ¿Para que no pudiera escapar?

Frunció el ceño. —¿Qué? No...

—Mentira.

Presa del pánico, me puse la camiseta de un tirón sin molestarme en buscar el sujetador y recorrí el suelo con la mirada buscando mis pantalones. Al encontrarlos debajo de la chaqueta del traje de Enzo, la aparté de una patada y empecé a ponérmelos.

Enzo saltó de la cama en un instante y se plantó frente a mí. Me agarró de los brazos, obligándome a abandonar los pantalones. Los dejé colgando por debajo de las caderas y clavé la mirada más allá de su brazo izquierdo con expresión rebelde mientras él intentaba que lo mirara.

Cuando me negué, finalmente dijo: —¿De verdad crees que te haría algo así?

—Sí —respondí sin pensarlo—. Claro que lo harías. Tu lealtad no es hacia mí. Es hacia Luca. Hacia tu familia mafiosa. Lo entiendo. Y la verdad, ni siquiera estoy enfadada por eso.

Eso era quedarse corta, pero no quería que esto se convirtiera en una pelea de enamorados. Solo quería irme. —¿Dónde está mi dinero?

Se quedó callado un momento, luego me soltó los brazos y dio un paso atrás. Aparté la mirada de su cuerpo desnudo mientras terminaba de ponerme los pantalones. —¿Dónde está? —volví a preguntar.

—Está a salvo.

—Lo quiero de vuelta. Ahora.

No se movió. No me respondió.

Empecé a temblar. Si no me devolvía el dinero, no podría sobrevivir aunque me dejara ir. —Maldita sea, Enzo. Ese dinero es mío. No te pido nada más. Solo quiero mi ropa, mi dinero y mi coche para largarme de aquí.

Nada más decirlo, recordé que mi coche seguía en su hotel. —No. ¿Sabes qué? Me da igual el coche. Llamaré a un Uber.

Se quedó quieto y en silencio hasta que me armé de valor para enfrentar su ira y lo miré.

Pero no era ira lo que encontré en su expresión, sino pérdida. Devastación absoluta. Solo un segundo, antes de que recompusiera el gesto y desviara la mirada. —No vas a ir a ninguna parte —me dijo en voz baja—. Todavía no.

Pasó por mi lado, se dirigió al baño y cerró la puerta tras de sí. Unos segundos después, oí correr el agua de la ducha.

Me quedé allí, junto a la cama donde acababa de entregarle a este hombre mi maldita alma, ¿y él creía que podía tomar decisiones sobre mi vida sin más y largarse?

Ni de coña.

Abrí la puerta de golpe y entré en el vestidor que había que atravesar para llegar al baño. Empecé a buscar una caja fuerte o cualquier sitio donde pudiera estar escondiendo mi dinero. El vestidor estaba vacío salvo por nuestras dos maletas, así que enseguida vi que allí no había nada.

Puse la maleta de Enzo en el suelo, la abrí y empecé a tirar su ropa de cualquier manera buscando mi bolsa de lona.

Tampoco estaba allí. Me senté sobre los talones e intenté pensar.

Quizá la había dejado en el hotel. No habíamos hecho el check-out al irnos, aunque podría haberlo hecho por internet o algo así.

—¿Qué estás haciendo?

Enzo estaba en la entrada del vestidor con solo una toalla a la cadera y una expresión deliberadamente neutra.

—Estoy buscando mi dinero, ¿qué demonios crees que hago?

—No está aquí, Sera.

Cerré los ojos e intenté respirar. Poco a poco, me puse de pie. —Entonces, ¿dónde demonios está?

Se cruzó de brazos y me dirigió una mirada firme, extrañamente vacía de emoción. —Te dije que lo recuperarás cuando llegue el momento.

—¿Y cuándo será ese momento, Enzo? ¿Eh? ¿Cuando se lo entregues a mi puto padre? No es su dinero.

—No. Eso no lo haría.

Mientras nos mirábamos fijamente, de repente toda la lucha me abandonó y me desplomé en el suelo.

Un entumecimiento frío me recorrió los huesos y la realidad me golpeó en la cara.

No había nada que pudiera hacer. Iba a volver con mi padre.

Aunque encontrara el dinero, este lugar estaba tan bien vigilado que no habría forma de escabullirme sin que alguien me viera.

Mi vida había terminado antes de haber tenido siquiera la oportunidad de vivirla.

—¿Por qué no te duchas y te cambias antes de cenar?

No era una sugerencia. La temperatura de la habitación parecía haber bajado veinte grados. Levanté la mirada con esfuerzo hacia el rostro inexpresivo de Enzo. El hombre que tenía delante no se parecía en nada al que acababa de follarme como si fuera la última vez que iba a verme.

Y entonces lo entendí. Había actuado así porque era verdad. No iba a luchar por mí. Me estaba dejando ir. Eso, o en el fondo sabía que no podría impedirlo. —Entonces, ¿eso es todo? —le pregunté.

Ladeó la cabeza ligeramente, interrogante.

—¿Ya has terminado conmigo?

Busqué en su rostro alguna señal de arrepentimiento, de ira... algo. Pero no había nada. Y eso me enfureció más que cualquier cosa que pudiera haber dicho.

—¿Y las cosas que me prometiste? ¿El dinero? ¿La documentación? Toda la mierda que necesitaría para empezar una nueva vida. Hicimos un trato, y creo que he cumplido mi parte con creces.

—No lo he olvidado —dijo—. Solo necesito tiempo para encontrar... para que Luca y yo encontremos... la manera de conseguirte esas cosas sin provocar una guerra entre las familias. Una guerra que no podemos permitirnos ahora mismo por muchas razones.

Solté un bufido ante su excusa. Aunque fuera cierto y lo dijera de corazón, él sabía perfectamente que no había forma de que pudieran ganar tiempo para mí. No ahora. No cuando tanto Luigi como mi padre sabían que estaba aquí.

Se estaba despidiendo. De eso había ido toda esa orgía. Se estaba despidiendo.

Sus palabras no me decían nada.

Con un suspiro, se puso en cuclillas frente a mí. Lo bastante cerca como para tocarlo si quisiera. No quería.

—Sera —dijo en voz baja—. Hablaba en serio cuando prometí ayudarte a escapar. Pero tienes que entender que estoy en una situación muy difícil ahora mismo, y lo único que te pido es que me des unos días para encontrar la manera de sacarte de aquí sin provocar a tu padre. ¿Lo harás por mí?

Me estaba pidiendo que le confiara lo imposible. Pero ¿cómo iba a confiar en un hombre al que apenas conocía? ¿Un hombre que me mentía con sus palabras mientras sus ojos me decían la verdad?

Pero quedarme ahí sentada discutiendo con él no me llevaba a ninguna parte, así que le seguiría el juego. Por ahora.

—Bien —le dije.

—Gracias —dijo, y pude oír el alivio en su voz. Con cautela, me apartó el pelo de la cara, y casi me echo a llorar por lo familiar que me resultaba ese gesto—. Te prometo que encontraremos una solución.

Asentí, sin fiarme de mi propia voz. Porque no, no la encontraríamos.

Conocía a mi padre. Lo que Enzo pedía era imposible.

No había forma de que escapara. Nunca debí dejar que me trajera aquí.

No sé en qué estaba pensando, salvo que no había querido quedarme sola en la habitación del hotel ni pedirle que la pagara para poder hacerlo.

Y no tenía ningún otro sitio adonde ir sin poner a otras personas en peligro.

Con un hondo suspiro, recogió la ropa que había doblado con tanto cuidado en su maleta y empezó a colgarla.

Mientras tanto, saqué un sujetador, unas bragas, unos vaqueros y una vieja camiseta de Cure de mi maleta y me fui a la ducha.

Ni siquiera podía mirarlo en ese momento.

Y si quería tener alguna posibilidad de salir de esta situación, necesitaba recomponerme y seguir actuando como la pobre e indefensa mujer que esperaba mientras los hombres decidían qué hacer con ella.

Ya. Y una mierda.

Saldría de esta yo sola.

De alguna manera.

Porque no pensaba volver con mi padre sin dar guerra.