Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Enzo

—Tengo que decirle a mi padre que ella está aquí, Enzo. Lo siento.

Negué con la cabeza.

—No puedes hacer eso.

—Tengo que hacerlo.

—¿Por qué? —grité antes de poder contenerme.

Luca seguía sentado con calma detrás de su escritorio, impasible ante mi arrebato. Solo sus ojos me seguían mientras caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.

—Conocías el trato cuando fuiste a buscarla. Y lo siento. Si me hubieras hablado de ella antes de que Tristan la encontrara, podría haber…

—¿Qué? —lo interrumpí bruscamente—. ¿Podrías haber qué, Luca?

—Podría haberte dado más tiempo.

—Así que esto es culpa mía.

—No dije eso.

—Entonces, ¿qué demonios estás diciendo? ¿Que debería haberla dejado en la puta México?

—ENZO.

Me detuve en seco, respiré hondo y me volví hacia mi amigo. Su expresión me dijo que había terminado de aguantar mis gilipolleces. Agaché la cabeza.

—Lo siento. No debería pagarlo contigo.

Luca se levantó del escritorio y se plantó frente a mí.

—Sé que sientes cierta obligación hacia esta chica…

Me reí. Obligación. Lo que sentía por Sera estaba muy lejos de cualquier obligación. Era una puta obsesión.

Los ojos azules de Luca se clavaron en mí.

—¿Qué te pasa de verdad, Enz? Háblame.

Pero no podía. Porque ¿cómo iba a explicarle lo que sentía si ni yo mismo lo entendía?

Cómo sus ojos y su voz perseguían cada uno de mis pensamientos y mi cuerpo la ansiaba más que la comida o el agua.

Cómo había pasado los últimos días aprendiendo cada maldito centímetro de su cuerpo.

Joder, aún podía saborearla en mi lengua y sin embargo se me hacía la boca agua por más.

Los gemidos necesitados que emitía eran una orquesta constante en mis oídos.

Incluso ahora, estaba medio empalmado. Vivía en un estado permanente de excitación hasta que pudiera volver a tenerla.

Y más que eso, estaba descubriendo quién era Sera.

Sus deseos. Sus necesidades. Sus sueños.

Lo que le había pasado en aquella casa de México pesaba sobre ella ahora, atenuando parte de su luz, pero seguía ahí bajo la superficie.

De vez en cuando captaba destellos de esa luz, y aligeraba mi propia alma oscura como nada más podía hacerlo.

Ansiaba esa luz, incluso mientras intentaba bloquearla. Era una distracción. Una distracción peligrosa. Pero una a la que no podía renunciar. No estaba preparado para dejarla marchar. Y sin embargo, sabía que tendría que hacerlo.

Pero todavía no.

Luca me observó.

—Hay otra posible solución —dijo— que te permitiría quedártela.

Mis ojos se encontraron con los suyos a través de las gafas de sol, y supe lo que iba a decir antes de que lo dijera. Negué con la cabeza.

—No.

Pero lo dijo de todos modos.

—Podrías casarte con ella. Podríamos ofrecerle una alianza a su padre.

—No.

—Enzo…

—No, Luca. Esa opción no está sobre la mesa.

Pero no cedió.

—Quítate las gafas de sol.

Era una orden directa. Una que no podía desobedecer, aunque me las había dejado puestas precisamente porque sabía que Luca vería demasiado. Esperó con paciencia, y, sabiendo que me las arrancaría de la cara si no obedecía, levanté la mano, me las quité de un tirón y aparté la mirada.

—Mírame, amigo mío.

No estaba jugando limpio. Sin otra opción, obedecí.

Sus ojos azules chocaron con los míos. Solo tardó unos instantes en comprender lo que vio.

—Te importa.

—Me importa follármela.

—No —dijo—. Es más que eso. Mucho más.

—Ha pasado por mucho. Por mi culpa. Porque le ofrecí protección y luego no cumplí. Creo que se ha ganado un respiro antes de que la devuelvan con su padre loco. Eso es todo.

—No me mientas, Enzo.

Apreté los dientes hasta que me dolieron.

—Sé que no la conoces desde hace mucho, pero por experiencia propia sé que eso no siempre importa.

Suspiró y me puso una mano en el hombro.

—¿Sería lo peor del mundo volver a tener esposa?

—Sí.

Lo sería. Me negaba a hacer pasar a Sera por lo mismo que a Alessandra.

—Nuestra vida es demasiado peligrosa. Especialmente ahora, que vas a por el puesto de Luigi en la familia. No sabemos quiénes son nuestros amigos ni quiénes nuestros enemigos.

—Si te casaras con ella, podríamos presionar a su padre para que se ponga de mi lado. Sería familia. No tendría otra opción. Y nos gusten o no sus métodos, está ganando poder en Dallas. Sería un buen aliado.

Hizo una pausa.

—Si no lo haces y la devolvemos sin su virginidad intacta, ¿qué crees que nos hará cuando vaya a por mi padre? ¿Qué crees que le hará a ella?

—Por eso mismo no puedes devolverla.

Me miró fijamente, y pude ver cómo luchaba por entender mi razonamiento.

—¿Preferirías iniciar una guerra antes que casarte con la chica?

—No te veo corriendo a casarte con Veda.

—Veda no está en la misma posición que Sera. No es una princesa de la mafia. Y, para tu información, me casaría con ella mañana mismo si me aceptara, joder. No creas que no he intentado convencerla.

Eso me sorprendió.

—¿Le propusiste matrimonio? ¿Y se negó?

—Así es —dijo, y me permitió desviar la conversación por un momento.

Se cruzó de brazos, lo que tensó su chaqueta negra de Armani sobre los hombros—.

Tiene sus razones, y no puedo culparla. No es de nuestro mundo, y aunque sé que me quiere, lo de hacerlo oficial...

bueno, necesita un poco más de tiempo para adaptarse.

—Sera quiere escapar de este mundo. Igual que Alessandra.

Sus ojos se clavaron en los míos y vi que comprendía.

—Sera no es Alessandra. Si acaso, está mejor preparada para esta vida que tu primera esposa o Veda. Creció en ella. Sabe cómo funciona esto.

—Todo eso es cierto. Y precisamente por eso odia esta vida aún más, Luca. Está aquí en Austin porque huyó de su padre. Huyó en cuanto tuvo la oportunidad. Era poco más que una prisionera y tuvo que quedarse aquí para ganar algo de dinero y empezar de nuevo en otro lugar.

—Y aun así la arrastraste de vuelta a esto.

—Temporalmente —insistí, aunque la verdad me arañaba la espalda como un escalofrío—. Y no sabía quién era cuando nos conocimos.

—¿Qué le ofreciste? —preguntó.

No tenía sentido ocultárselo. Lo descubriría tarde o temprano de una forma u otra.

—Dinero. Suficiente para empezar una vida completamente nueva. Un nombre nuevo. Documentación nueva. Y todo lo que pudiera necesitar.

Enarcó una ceja.

—¿Todo eso por una chica con la que solo quieres acostarte unas cuantas veces?

Intenté quitarle importancia.

—Los italianos somos gente apasionada que va a por lo que quiere. Cueste lo que cueste. ¿No?

Entrecerró los ojos al captar la referencia al secuestro de Veda.

—Cierto —dijo al fin.

Se pasó la mano por el pelo y se alejó de mí mientras yo esperaba con paciencia a que me dijera qué iba a hacer. No tuve que esperar mucho.

—Lo siento, Enzo, pero dadas las circunstancias, si no estás dispuesto a casarte con la chica, no sé cómo evitar informar a mi padre de que está aquí. Y tarde o temprano volverá con su padre.

Clavé la mirada en el suelo con la mente a mil. Pero tenía razón. No había nada más que pudiéramos ofrecerle a Ciro Cordaro que le importara. Excepto...

—Espera.

Luca me prestó atención.

—¿Qué?

—Dijiste que Ciro ha estado causando problemas en su ciudad, ¿verdad?

—Eso me han dicho mis contactos.

—Y quieres tenerlo de tu lado para que nuestra relación siga siendo sólida.

Ladeó la cabeza.

—¿Qué estás pensando?

Levanté la mano para pedirle paciencia.

—Podríamos usar a su hija como moneda de cambio. Retenerla aquí como prisionera. Usarla para que haga lo que queramos.

Pero Luca negó con la cabeza de inmediato.

—Eso no funcionará.

—¿Por qué no?

—Porque para Ciro, su hija no es más que mercancía virgen para vender al mejor postor.

No dará nada por ella. Y si amenazamos su seguridad, pensará que ha perdido valor.

Pero aun así podría montar algo para salvar las apariencias.

Para demostrar lo duro y fuerte que es. Y no puedo permitirme verme envuelto en una guerra ahora mismo.

No con todo lo que está pasando con mi padre y después de lo mucho que nos ha costado llegar hasta donde estamos.

Maldita sea. Tenía razón. Sabía que tenía razón.

—Lo siento, Enzo, pero no tenemos otra opción que decirle a Luigi que está aquí. Pero quizás pueda convencerlo de esperar unos días antes de avisarle a Ciro.

La sangre me rugía por las venas, aunque sabía que tenía razón. No teníamos otra opción. Al menos, no una que yo estuviera dispuesto a aceptar.

—¿Qué le dirás?

—No lo sé —me dedicó una leve sonrisa—. Ya se me ocurrirá algo —hizo una pausa—. Le diré que quiero retenerla aquí para interrogarla sobre su padre.

Asentí con la cabeza, luego caminé hacia la mesa del rincón y me serví un vaso de whisky hasta arriba. Me lo bebí de un trago.

—Todavía puedes cambiar de opinión —dijo en voz baja. Antes de que pudiera responder, levantó la mano—. Solo piénsatelo. Tienes algo de tiempo.