Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 10
48%

CAPÍTULO 10

Serafina

Después de dos días completos en la habitación del hotel de Enzo, era hora de irnos, y me sorprendió descubrir que en realidad no quería marcharme.

Empezaba a sentirme cómoda aquí, y podía ser yo misma estando a solas con Enzo mientras intentaba adaptarme de nuevo a una vida normal.

Él nunca me hacía sentir como una víctima o un bicho raro.

Me abrazaba cuando me despertaba de una pesadilla que me paralizaba de miedo.

Hablaba conmigo cuando necesitaba distraerme.

Y me dejaba sola cuando solo quería desconectar y ver cualquier tontería en la televisión para olvidarme de mis problemas un rato.

Lo único que no me dejaba hacer era estar sin él.

Poco a poco, estaba aprendiendo a lidiar con las cosas que me habían pasado. Pero todavía me quedaba un largo camino por recorrer. Y a veces me preguntaba si esta mujer asustada, con sus emociones en constante vaivén, era simplemente en quien me había convertido.

Pero ¿lo que de verdad me llegó? Dejaba cosas tiradas por la habitación para que yo las robara cuando la ansiedad me superaba.

Al principio, no me di cuenta de lo que estaba haciendo. Pensé que simplemente había decidido no ponerse el reloj un día y lo había dejado en la mesita de noche. O que se había vaciado los bolsillos en el baño, dejando dinero en la encimera, y se había olvidado de guardarlo en la cartera.

Pero cuanto más lo observaba, más entendía que Enzo no hacía nada por descuido.

Todo en esta suite estaba ordenado y en su lugar.

Nada escapaba a su atención. Así que podía deducir que sabía perfectamente lo que hacía al dejar esas cosas tiradas.

Y nunca decía nada cuando yo devolvía lo que había cogido a donde lo había encontrado.

Simplemente recogía el reloj y se lo ponía en la muñeca.

Le pregunté de nuevo por mi dinero, y esta vez me mostró una caja fuerte donde lo había guardado bajo llave.

La abrió para que pudiera ver la bolsa de lona.

La saqué y miré dentro; me inundó el alivio al ver el dinero que tanto me había costado ahorrar.

Enzo esperó pacientemente hasta que lo volví a meter en la caja fuerte, y luego cerró la puerta con llave y se enderezó, clavando esos intensos ojos marrones en mí.

—No tengo ninguna necesidad de tu dinero, Sera.

—Lo sé —le dije—. No era eso lo que me preocupaba.

Ladeó la cabeza y esperó a que me explicara.

Bien. ¿Quería honestidad? Le daría honestidad.

—No me extrañaría que me lo quitaras para que no pudiera irme.

—Y tendrías razón. Por eso mismo lo cogí —me dijo sin una pizca de vergüenza—. Pero no pienso quedármelo. Puedes recuperarlo cuando llegue el momento.

—¿Y cuándo será eso? —le pregunté.

—No puedo decírtelo. Tendremos que esperar a ver.

Estaba aprendiendo bastante rápido que, ante todo, Enzo era directo conmigo.

No se andaba con rodeos. Y no me endulzaba las cosas con palabras bonitas.

Así que le creí cuando me dijo que recuperaría mis ahorros cuando llegara el momento.

No era lo que quería, pero era lo mejor que iba a conseguir.

Y tendría que aprender a vivir con ello o irme sin un duro.

—¿Estás lista?

Eché un último vistazo al dormitorio para comprobar que no me dejaba nada. Aunque me habría sorprendido olvidar algo, ya que nunca había deshecho la maleta; simplemente metía lo que me ponía en el compartimento de la ropa sucia.

—Sí.

Con su ropa de trabajo de nuevo, Enzo estuvo callado durante el trayecto a casa de Luca, lo cual no era raro en él, pero notaba una tensión en el ambiente que normalmente no estaba, y eso no ayudaba a mis nervios.

Estaba a punto de conocer al famoso subjefe que gobernaba esta ciudad con mano de hierro y sin dar segundas oportunidades.

Se rumoreaba que estaba a punto de desbancar a su padre y hacerse con el mando.

Había oído a mi padre y a sus compinches hablar de ello antes de venir aquí.

También les había oído decir que la principal competencia de Luca, su hermano Mario, había desaparecido misteriosamente durante el verano.

Aparté la vista del paisaje que pasaba por mi ventanilla mientras salíamos de la ciudad en dirección a los lagos.

—Entonces, ¿cómo es él?

Con las gafas de sol puestas, Enzo no apartaba los ojos de la carretera salvo para mirar los espejos de vez en cuando.

—¿Quién? ¿Luca?

—Sí.

—Es un subjefe, Sera —me dijo, como si no fuera necesaria ninguna otra explicación—. Pero también es alguien a quien conozco desde casi toda mi vida. No tienes nada que temer.

—¿Nada?

Sabía a qué me refería, y no respondió.

—Dime otra vez por qué tengo que ir allí.

—Porque es donde necesito estar, y estarás más segura allí. Conmigo.

—Pero pensé que habías dicho que mataste al imbécil que me metió en su maletero.

—Lo hice.

—Entonces, ¿de quién me estoy escondiendo? Mi padre no sabe que estoy aquí.

—Te lo dije, Luigi lo sabe. Luca se lo dijo antes de saber de nosotros.

—Pero todavía no se lo ha dicho a mi padre, ¿verdad? —Sabía que estaba actuando como una niña, pero no podía evitarlo.

Me miró de reojo y luego me cogió la mano mientras volvía a fijar la vista en la carretera.

—No sé qué habrá hecho Luigi a estas alturas. Pero si lo ha hecho, estarás a salvo en casa de Luca. Su casa está apartada de la carretera principal y rodeada de guardias. Nadie puede entrar ni salir sin que él lo sepa. Ni siquiera los hombres de tu padre. Todo irá bien.

Sentí sus ojos en mí.

—Oye. Mírame.

Me había estado retorciendo las manos en el regazo, nerviosa, mirando fijamente al frente a través del parabrisas sin ver nada mientras él hablaba. Tenía el impulso casi incontrolable de saltar del coche y echar a correr. Pero ante su orden, respiré hondo para calmarme y me volví para mirarlo.

—Nadie te llevará a ningún lugar donde no quieras ir.

Asentí, sin confiar en mi voz por la burbuja de miedo que me subía por la garganta.

Enzo me tomó la mano, se la llevó a los labios y me besó el dorso. No la soltó en todo el trayecto.

Unos minutos después, llegamos a casa de Luca. Enzo me había contado que ni siquiera su propia familia conocía la ubicación de su hogar, y que no me vendara los ojos decía más que mil palabras.

Los guardias nos recibieron en la verja y la abrieron en cuanto vieron que era Enzo.

Recorrimos un largo camino flanqueado de árboles, pero entre los huecos de las ramas pude ver hombres armados patrullando los terrenos.

Seguimos adelante hasta llegar a la casa, una gran mansión de piedra de dos plantas que fácilmente duplicaba el tamaño de la de mi padre.

En el centro del camino circular había una gran fuente rodeada de plantas autóctonas de Texas que añadía grandeza al lugar.

Enzo detuvo el todoterreno frente a la casa.

Antes de que pudiéramos siquiera bajar, la puerta principal se abrió y salió a recibirnos un hombre de pelo corto y oscuro, bigote y barba bien recortados, y ojos marrones sin vida.

Lo reconocí vagamente como el hombre que había acompañado a Enzo cuando vino a rescatarme de la casa en México.

En aquel momento estaba demasiado aturdida para fijarme mucho en él.

Pero ahora me daba cuenta de que debería haberle prestado mucha más atención.

Porque me asustaba hasta la médula.

—Este es Tristan —me dijo Enzo mientras me ayudaba a bajar del vehículo—. Tris, ella es Sera.

No me ofreció la mano, y se lo agradecí.

—Lo recuerdo —me dijo.

Le dediqué una sonrisa tímida. Él asintió, fue a la parte trasera del coche y ayudó a Enzo con las maletas.

—Me encargaré de tus cosas —le dijo—. Luca está en la cocina con Veda. Te están esperando.

—Gracias —le dijo Enzo.

Me tomó de la mano y me condujo al interior de la casa.

Se me abrieron los ojos de par en par al entrar en el vestíbulo.

Daba a una gran sala con techos que llegaban hasta el segundo piso, rematados con molduras.

Justo enfrente, una pared de cristal daba al lago.

Delante de ella había una pequeña zona de estar con varias sillas que parecían cómodas.

A la derecha se alzaba una escalera de baldosas con una preciosa barandilla de hierro forjado que continuaba a lo largo del corredor del segundo piso, el cual recorría todo el perímetro de la sala a modo de galería.

Cuatro grandes columnas redondeadas lo sostenían y conferían a la estancia un aire majestuoso.

A mi izquierda había una barra del mismo mármol que el suelo, y justo detrás, otra zona de estar más amplia con un sofá, varias sillas y una chimenea.

Estaba tan fascinada que la voz de Enzo me sobresaltó cuando habló.

—Hay una piscina climatizada que puedes usar todo el año, una sala de cine y un gimnasio en la planta baja. Te lo enseñaré todo en cuanto saludemos a Luca.

Me di cuenta de que tenía la boca abierta y la cerré de golpe.

—Esta casa es preciosa.

Miró alrededor como si nunca lo hubiera notado.

—Sí. Lo es. Normalmente paso aquí las noches, vigilando a los guardias del exterior y las cámaras de seguridad. Es parte de mi trabajo.

Al instante me invadió una sensación de pérdida al saber que no estaría acostado a mi lado mientras dormía.

—Oh.

—Junto con mis otras obligaciones —añadió.

—¿Cuándo duermes?

—Cuando tengo la oportunidad.

Tiró de mi mano.

—Ven. Vamos a saludar a nuestros anfitriones.

Me condujo al otro lado de la sala hasta un par de puertas.

Una daba a una gran cocina decorada en cálidos tonos tierra.

Un hombre y una mujer estaban sentados a la mesa hablando en voz baja, ambos de pelo claro: el de ella rubio cenizo y el de él más oscuro, con algunas canas en las sienes.

Sus penetrantes ojos azules se clavaron en los míos en cuanto aparecimos, y si Enzo no me hubiera tenido cogida de la mano, mi reacción instintiva habría sido retroceder unos pasos.