Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Enzo

—Oh, Dios...

Los gritos de pasión de Sera... Me preguntaba si volvería a escucharlos alguna vez.

Sus muslos se cerraron sobre mis hombros y le sujeté las caderas con los brazos para mantenerla quieta mientras el orgasmo la arrasaba.

Antes de que pudiera recuperarse, me subí sobre ella, bajándome los pantalones y los bóxers hasta que mi polla quedó libre.

El líquido preseminal goteaba de la punta y me la agarré con el puño, extendiéndolo sobre ella mientras tanteaba su entrada.

—Enzo. Para. Por favor. Para. PARA.

Apenas oí sus súplicas a través de la neblina de lujuria y el latido de mi pulso en los oídos. Apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula, me quedé inmóvil sobre ella.

—Sera —susurré. A esas alturas, estaba dispuesto a suplicar. Necesitaba estar dentro de ella. Sentirla rodeándome, cálida y viva, gritando mi nombre.

Pero estaba rígida de miedo debajo de mí. Y sus ojos, cuando se encontraron con los míos, brillaban salvajes.

—Lo siento... lo s-siento.

Tenía la voz cargada de lágrimas.

Las lágrimas apagaron el fuego dentro de mí lo suficiente como para poder escucharla. Me mantuve completamente inmóvil sobre ella, con los brazos temblando por el esfuerzo. Al mirar hacia abajo, vi que tenía los ojos cerrados con fuerza y el rostro convertido en una máscara de miedo.

—Oye, oye. Sera. Abre los ojos, cariño. Abre los ojos y mírame.

Parpadeó y abrió los ojos, enfocando gradualmente la mirada en mí.

—Soy solo yo, nena. Estás bien. Soy solo yo.

Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas.

—Lo siento mucho —me dijo.

Le besé las comisuras de los ojos, saboreando la sal de su miedo y su dolor.

—No tienes que disculparte —le dije—. Pero necesito que me digas qué quieres de mí. ¿De verdad quieres que pare?

—No lo sé —susurró.

—¿Hice algo mal?

—No.

Sentí sus dedos clavarse en los hombros y la polla, dolorosamente hinchada, se me sacudió en respuesta. Seguía posicionado en su entrada, con todo el cuerpo temblando por el esfuerzo de mantenerme quieto.

—Lo siento —dijo de nuevo—. Es solo que yo... Yo solo... —miró alrededor de la habitación con los ojos un poco desorbitados—... estaba bien, y luego... dejé de estarlo.

Se le quebró la voz en un sollozo.

No estaba bien cuando me tumbé encima de ella y estaba a punto de follármela.

—De acuerdo —le dije. Rodé, llevándola conmigo hasta que quedó a horcajadas sobre mis caderas, con las manos a cada lado de mi cabeza.

—¿Qué estás haciendo?

—Te estoy dando todo el control, cariño.

Se me apretaron las manos en sus caderas. Ella ajustó la posición y gemí cuando sus pezones me rozaron el pecho.

Me miró fijamente.

—Puedes levantarte cuando quieras —le dije—. Nada te retiene en esta cama. Ni siquiera yo.

Bajó la mirada hacia nuestros cuerpos, tan cerca de unirse.

—Enzo, yo... —se le quebró la voz—. Estoy... sucia —susurró.

¿Sucia?

—¿De qué estás hablando?

—Soy asquerosa.

La miré con incredulidad, con el corazón latiéndome con fuerza, mientras observaba cómo se le desmoronaba el rostro y las lágrimas me caían sobre el pecho.

—Sera...

—No sabes lo que me hicieron, esos hombres.

Sus ojos hermosos y perdidos se alzaron para encontrarse con los míos.

—Todos esos hombres. Tantos que perdí la cuenta. Al principio, no podía recordar. Pero ahora... ahora me vienen fragmentos. Ellos... me hicieron daño. Y yo no hice nada para detenerlos. No pude detenerlos...

Los bastardos. Los malditos putos bastardos.

Estaba cayendo de nuevo en el infierno de sus recuerdos. Podía verlo en su mirada atormentada y en cómo intentaba replegarse sobre sí misma para esconderse en su vergüenza.

No podía permitir que hiciera eso. Lo que le pasó no fue culpa suya. Y no tenía ni una maldita razón para avergonzarse.

—Sera. Cariño, escúchame. ¿Me estás escuchando?

Después de un momento, levantó la cabeza y me miró con los ojos enrojecidos e inyectados en sangre.

—No eres ninguna de esas putas cosas. No eres una víctima. ¿Entiendes? Te pasaron cosas malas. Nos pasa a todos. No puedes cambiarlo. Pero puedes elegir si estas cosas van a definirte o si las vas a dejar en el pasado, donde pertenecen.

¿Y esos hombres que te hicieron daño? Ojalá pudiera matar a cada uno de ellos.

Un destello de lo que solo podía describir como esperanza brilló en sus ojos.

—Con gusto les arrancaría la piel del cuerpo y les retorcería las pollas con estas manos. Luego se las metería por la garganta hasta que se ahogaran con ellas.

La necesidad de venganza me pulsaba en la sangre, alimentando la lujuria que ya residía allí. Levanté las caderas, deslizando el sexo endurecido a través de sus pliegues húmedos.

—Haré todo eso y más con los que pueda encontrar. Incluso te dejaré ayudar si quieres. ¿Te gustaría?

Su respuesta fue inmediata, con la mirada endurecida.

—Sí.

Le sonreí. Mi dulce chica.

—¿Vas a dejar que ganen, Sera? ¿Todos esos bastardos sin polla?

Negó con la cabeza, y suaves ondas de cabello rosa le cayeron sobre los hombros desnudos.

—No —dijo entre dientes.

—No —repetí—. Nadie te folla más sin tu permiso. Tú eliges a quién vas a follarte. Solo tú.

De nuevo, bajó la mirada hacia nuestros cuerpos.

—Quiero follarte —dijo en voz baja—. Pero no sé qué hacer.

—Sí, lo sabes. Y yo te ayudaré —alcé las caderas ligeramente, deslizando mi polla a lo largo de su sexo, y su respiración se entrecortó mientras sus uñas se clavaban en mis hombros.

—Oh, Dios mío.

Apretando los dientes, eché la cabeza hacia atrás contra el colchón.

Tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no darle la vuelta y hundirme en ella hasta el fondo, pero no volvería a hacerle eso.

Tenía que dejarla ir a su ritmo, porque la forma en que me miraba ahora mismo...

me deseaba, pero tenía miedo. Y eso me destrozaba por dentro.

—Levántate un poco.

Le mostré con las manos lo que quería decir, y ella obedeció. Con una mano, me coloqué en su entrada y la bajé lo justo para deslizarme un poco dentro de ella.

—¿Me sientes?

—Sí —susurró.

—¿Está bien?

—Sí.

Cerré los ojos y respiré hondo varias veces antes de volver a abrirlos.

—Déjame entrar, cariño. Solo siéntate sobre mí.

Bajó las caderas y me deslicé otro par de centímetros dentro de ella. Gemí cuando se detuvo, y sus ojos volaron hacia los míos. Su expresión reflejaba cierto pánico.

—¿Te está doliendo? —le pregunté.

Negó con la cabeza.

—No.

Asentí.

—Bien. Lo estás haciendo muy bien. Sigue, nena.

Me tomó un poco más profundo, y tuve que soltar sus caderas y agarrar el edredón.

—¡Ah! Dios... Estás tan jodidamente apretada. Qué bien se siente...

Seguí diciéndole lo jodidamente bien que se sentía envuelta alrededor de mi polla mientras me tomaba con cuidado hasta el fondo. Cuando estuvo completamente sentada sobre mis caderas, se quedó quieta, con la cabeza colgando hacia adelante y todo ese precioso cabello rosa ocultándome el rostro.

Pero sentí cómo se estremecía y escuché el sollozo contenido en su pecho.

—¿Sera? Cariño, mírame. Mírame —le dije, llevando ambas manos a su rostro y levantándole la cabeza.

Tenía los ojos fuertemente cerrados y los labios apretados en una línea tensa.

Mierda. La estaba perdiendo.

—Serafina, mírame —ordené con voz dura.

Respondió a mi tono, abriéndolos y buscando mi rostro.

—No pienses en eso —le dije—. No pienses en ellos. No hay nadie aquí más que tú y yo. ¿Entiendes?

Después de unos segundos, asintió.

—Solo tú y yo, nena. Solo nosotros. Mírame —dije cuando empezó a apartar la vista—. Aquí mismo —me señalé los ojos con dos dedos—. No apartes la mirada, ¿entendido? Mantén los ojos en mí.

—De acuerdo —susurró.

—De acuerdo —dije. Le solté las manos del agarre mortal que tenía en mi pecho, entrelacé mis dedos con los suyos y la empujé hasta que quedó sentada completamente erguida. Joder, estaba tan profundo dentro de ella, y estaba tan preciosa sentada así sobre mí.

—Si algo te duele, me lo dices.

Asintió.

Doblé las rodillas y empujé hacia arriba con las caderas, hablándole para mantener su atención en lo que estaba sucediendo aquí y ahora.

Sus ojos nunca se apartaron de los míos mientras empezaba a moverse sobre mí, subiendo y bajando con movimientos tímidos al principio, hasta que fue ganando confianza poco a poco.

Y entonces, mientras me miraba fijamente, su expresión empezó a cambiar.

Sus ojos se endurecieron y su labio superior se curvó en una expresión de odio. Sentí el cambio en todo su cuerpo y observé la transición con algo parecido a la fascinación. Pero sabía que no iba dirigido a mí. No personalmente.

O quizá sí, qué coño. Sinceramente, ¿en ese momento? Me importaba una mierda.

Soltó mis manos y me agarró las muñecas, estampándolas contra la cama a ambos lados de mi cabeza. Empezó a moverse más rápido. Más fuerte. Me follaba hasta que apreté los dientes con el esfuerzo de no correrme. Y en todo momento, mantuvo los ojos fijos en los míos.

Sera estaba recuperando el control.

No me gustaba que me sujetaran, y podría haber invertido nuestras posiciones con bastante facilidad. Pero se lo permití, sabiendo que necesitaba esto más que cualquier cosa que pudiera decirle o lo bien que pudiera hacerla sentir.

Se incorporó bruscamente, echó la cabeza hacia atrás y tomó su placer de mí, con una mano en el pecho y la otra deslizándose entre sus piernas, donde sus largos y esbeltos dedos encontraron el clítoris. Observé cómo se tocaba, usándome como si no fuera más que un maldito vibrador.

Y fue una de las cosas más jodidamente eróticas que había visto en mi vida.

No porque ninguna mujer hubiera hecho esto delante de mí antes, sino porque era Sera. Mi inocente Sera. Mis manos encontraron sus caderas, sus pechos, sus muslos. Necesitaba tocarla por todas partes.

Respiraba rápido y fuerte mientras me cabalgaba, con mi pulso latiendo en los oídos y mi polla hinchada hasta el punto del dolor mientras respondía a cada embestida suya.

Sonidos furiosos escapaban de su garganta.

Apartó la mano del pecho y se inclinó hacia atrás para clavarme las uñas en el muslo.

Estaba tan jodidamente profundo dentro de ella.

Nunca había sentido nada tan jodidamente bueno.

—Fóllame, nena. Sí. ¡Ah! Joder. Justo así.

No sé si me escuchó o si estaba tan perdida en su propia cabeza que nada le llegaba.

Pero unos segundos después, sus dedos empezaron a moverse más rápido sobre el clítoris y sus caderas se balancearon casi violentamente sobre las mías justo antes de que se pusiera rígida y gritara, dejándose caer hacia adelante sobre mí mientras su coño pulsaba alrededor de mi polla.

—¡Sera! —el orgasmo me atravesó con tanta fuerza que grité y hundí los dedos en su suave carne mientras mi cuerpo se sacudía y se contraía. La abracé contra mí mientras me corría, con el rostro enterrado en el hueco de su cuello para ahogar mis propios gritos de liberación.

Nos quedamos así durante mucho tiempo, intentando recuperar el aliento mientras le acariciaba la espalda, las caderas, el trasero, los muslos, y vuelta a empezar.

—¿Estás bien? —le pregunté cuando pude hablar.

Y estalló en lágrimas. Sollozos fuertes y profundos que me desgarraron el pecho y me arrancaron el corazón.

No intenté detenerla. Necesitaba sacar toda esa mierda. Y si necesitaba desahogarse conmigo, me parecía bien. Así que la dejé llorar, haciéndole saber que estaba ahí con mis caricias, hasta que sus sollozos se convirtieron en un suspiro tembloroso y algún que otro hipido.

—Lo siento —me dijo, con la voz todavía ronca por las lágrimas.

—Shhh... estás bien. Te tengo.

—No sé qué demonios fue eso —admitió.

—Fue tu forma de procesar todo lo que has pasado.

—No estoy enfadada contigo.

—Lo sé, cariño.

—No debería haber...

Enredé mi mano en su cabello y le eché la cabeza hacia atrás hasta que me miró con confusión.

—Deja de disculparte de una puta vez —le dije—. ¿Necesitas golpear a alguien? Golpéame. ¿Necesitas maldecir y gritarle a alguien? Grítame a mí. ¿Necesitas follar con alguien? Fóllame a mí. Ya soy mayorcito, Sera. Puedo aguantarlo.

Y lo entendía.

—Haz lo que necesites, nena. Pero lo que no voy a permitir es que me dejes fuera. No voy a dejar que huyas.

—Haces que suene como si no me estuvieras dando opción.

Sostuve su mirada.

—Quizás no te la estoy dando.

Después de un momento, se acurrucó contra mí y pude oír la incertidumbre en su voz cuando dijo:

—De todas formas, ahora mismo no sabría adónde ir.

Por primera vez desde que la conocí, sentí que la tensión abandonaba completamente mi cuerpo, como si pudiera volver a respirar. Con ella.

Pasado mañana, tendríamos que ir a casa de Luca. Y entonces comenzaría la verdadera batalla para conservarla. Pero era una batalla que iba a ganar.

Nunca más me vería obligado a elegir entre mi familia y una mujer a la que no podía renunciar.