CAPÍTULO 8 #2
Era cierto. Pero yo no era su padre. Mi prisión sería mucho más placentera. —Solo dame una oportunidad —le dije—. Es lo único que te pido.
Sus ojos recorrieron mi rostro. Cuando se detuvieron en mi boca y asomó la punta de la lengua para humedecerse los labios, el corazón me empezó a latir con fuerza.
Con cuidado, me incliné y rocé sus labios con los míos.
Apenas fue un roce, pero la oí contener el aliento y la sentí estremecerse en mis brazos, como si la misma descarga eléctrica que me había atravesado también la hubiera alcanzado a ella.
No me aparté, pero tampoco la presioné. Si la asustaba ahora, quizá no volvería a tenerla.
Así que me limité a saborear sus dulces labios con suavidad, provocándola hasta que empezó a responder.
Me devolvió el beso con roces tímidos, dejándome poco a poco más acceso a su boca mientras mis manos le acariciaban la espalda, tranquilizándola aunque mi sangre empezaba a arder.
No pude contener un gemido cuando sentí su lengua adentrarse con cautela en mi boca.
Sabía dulce. Como la miel del té que había tomado después del almuerzo.
Quería tumbarla boca arriba, arrancarle los pantalones y echarme sus piernas sobre los hombros, pero deseché el pensamiento y la dejé marcar el ritmo.
Cuando interrumpió el beso, recorrí su mandíbula con los labios hasta llegar al delicado lóbulo de su oreja. Se estremeció y se le puso la piel de gallina a lo largo de la columna cuando me lo llevé a la boca y jugueteé con el pendiente de diamante con la lengua.
—Déjame enseñarte, cariño —le susurré al oído.
Echó la cabeza hacia atrás mientras yo descendía por su garganta. Cuando llegué al punto sensible entre el cuello y el hombro, movió las caderas y restregó el trasero contra mi erección. Su cuerpo sabía instintivamente qué hacer a pesar de su inexperiencia.
Gruñí desde lo más hondo y le clavé los dientes en el músculo, lo bastante fuerte como para que le doliera un poco.
Me estaba consumiendo, muriéndome por estar dentro de ella.
Me levanté llevándola conmigo, con un único pensamiento en la cabeza: llevarla al dormitorio antes de perder el control.
Me quedé inmóvil y le escudriñé el rostro en busca de cualquier señal de miedo.
—Déjame llevarte a la cama. Te juro que no haré nada que no quieras. En cualquier momento, si quieres que pare, paro.
La sangre me latía con fuerza a cada latido del corazón mientras esperaba su respuesta.
—Déjame ayudarte a olvidar, Sera.
Tras un largo momento, asintió.
—De acuerdo. Pero...
Negué con la cabeza.
—No tienes que decir nada. Si quieres parar, paramos.
Me escudriñó el rostro con la mirada. Luego se inclinó para besarme de nuevo y me rodeó el cuello con los brazos.
No perdí más tiempo. La llevé al dormitorio, interrumpí el beso mientras subía a la cama y la tumbé debajo de mí.
—¿Estás herida? ¿Te duele algo?
La doctora solo me había dicho que no tenía nada que no fuera a curarse, pero no me dio detalles.
Negó con la cabeza.
—No creo. La doctora dijo que no había problema si me sentía con ánimos.
—No quiero hacerte daño.
Me incliné sobre ella, le aparté el pelo rosa de la cara y extendí los suaves mechones sobre mi almohada.
—Tienes que decirme si te hago daño. Prométemelo.
—Te lo prometo —susurró.
Levanté una mano por encima de la cabeza, me quité la camiseta y la tiré al suelo.
Luego me acomodé encima de ella. Separó los muslos para hacerme sitio y me puso las manos en los hombros mientras yo empezaba a besarle el cuello.
Le agarré el borde de la camiseta y se la subí hasta dejar al descubierto la suave piel del vientre.
Le recorrí las costillas con la lengua hasta llegar a la parte inferior de los pechos.
Despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo precioso, le subí más la camiseta, igual que había hecho antes, hasta que sus pezones color malva oscuro quedaron expuestos.
Iba siguiendo con la boca cada centímetro de piel que revelaba.
—Quítatela —ordené.
Sera se incorporó lo suficiente para que pudiera quitarle la camiseta y tirarla al suelo junto a la mía. Luego, tras echarle un vistazo rápido a la cara para asegurarme de que no se estaba asustando, añadí los pantalones a la pila.
Cuando la tuve desnuda y tendida ante mí, su expresión se ensombreció y no parecía saber dónde mirar.
Las manos se le fueron automáticamente a cubrirse.
Con suavidad, se las tomé entre las mías.
Todavía tenía la piel enrojecida donde se la había restregado con el limpiador.
Y seguía un poco delgada. Pero para mí era la perfección.
—Joder, qué hermosa eres —murmuré.
—Sera...
Pronuncié su nombre con un suspiro reverente.
—...eres tan jodidamente hermosa.
Sus ojos se clavaron en mi rostro y, a diferencia de ella, yo no aparté la mirada.
—Tu belleza me deja sin palabras —le dije—. Me quitas el puto aliento.
Entreabrió los labios ante mis palabras y los brazos se le relajaron a los costados.
Le solté una mano y apoyé la palma en su vientre, justo encima de los suaves rizos entre los muslos. Sin prisa, la deslicé hacia arriba entre sus pechos hasta sentirle el corazón desbocado.
—Hubo momentos, esta última semana, en los que me pregunté si alguna vez volvería a tocarte así —admití.
—Yo también —susurró.
Alcé la vista de sus pechos hasta encontrarme con su mirada.
—Me aterrorizó.
Nuestras miradas se cruzaron y algo tácito pasó entre nosotros.
Bajé las caderas entre sus piernas y atrapé un pezón erecto entre los dientes. Lo hice rodar con la lengua hasta que gimió y se retorció debajo de mí. Luego lo solté e hice lo mismo con el otro antes de ir besándole el vientre. Necesitaba su sabor en la lengua.
—Enzo...
Le temblaba la voz. Insegura.
Ahora no. Joder, nena. No me digas que pare ahora.
Le eché las piernas sobre los hombros y le recorrí los pliegues húmedos con la lengua hasta encontrar el punto exacto que le hizo arquear las caderas.
—¡Enzo!