Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Enzo

Sera pasó el día acurrucada en el sofá con las piernas recogidas, viendo la tele mientras yo hacía lo que podía por Luca desde el móvil y el portátil.

Se había duchado después de la visita del médico mientras yo montaba guardia junto a la puerta para asegurarme de que no volviera a restregarse la piel, y parecía contenta de llevar su propia ropa, pero por lo demás estaba bastante callada, así que la dejé tranquila.

Tras revisar su maleta esa mañana y ver lo que llevaba ahora —pantalones de algodón negros y holgados y una camiseta de los Ramones—, descubrí que el estilo de Sera era una mezcla de punk y vintage clásico.

Camisetas viejas de conciertos, pantalones y faldas sueltos con estampados, vaqueros holgados con rotos en sitios estratégicos, cinturones, botas, zapatillas de plataforma, vestidos de cuadros.

Bastante diferente del seductor disfraz que llevaba en el club.

Y sin embargo, igual que su pelo rosa, me gustaba cómo le quedaba.

Como había terminado con el trabajo por el momento, me levanté del escritorio y le eché un vistazo mientras me sentaba a su lado en el sofá. Mantuvo los ojos fijos en el programa, sin mirarme ni siquiera cuando le toqué el pie.

—¿Cómo estás?

Me lanzó una mirada rápida.

—Estoy bien. Gracias.

No me respondió.

—¿Sera?

—¿Tienes hambre? ¿Quieres que pida la cena?

Tras un momento, silenció la tele y dejó el mando en la mesa de centro.

—Enzo, ¿dónde está mi dinero?

No fingí ignorar de qué hablaba. Había encontrado un buen fajo de billetes doblado dentro de una bolsa de lona enrollada sobre su ropa.

No era mucho, pero bastaba para mantenerse en otro sitio durante un mes, quizá dos, sumado al sueldo que había intentado cobrar del club cuando la secuestraron.

Era dinero que había querido usar para dejarme. Para huir.

—Lo guardé en un lugar seguro para ti.

—Me gustaría recuperarlo.

—Está seguro. No lo necesitas cuando estás conmigo.

—Aun así quiero recuperarlo.

—Te dije que está seguro.

Cambió de posición y se giró para mirarme de frente. Respiró hondo.

No.

Supe lo que venía antes de que empezara a hablar.

—Enzo, aprecio todo lo que has hecho por mí. De verdad.

No.

—Pero me gustaría pedirte que me liberes de nuestro acuerdo.

—No.

Debió de esperar mi respuesta, porque ni un ápice de sorpresa cruzó su rostro.

—Enzo, por favor. No creo que esto fuera una buena idea.

Hice una pausa.

—Estoy haciendo todo lo posible por ser paciente.

—Sera, si esto es por lo que te pasó, no voy a presionarte con nada físico. No hasta que estés lista.

—No es eso —dijo—. Quiero decir, no es solo eso.

—¿Entonces qué?

—Es solo que...

Apartó la mirada, reuniendo sus pensamientos antes de que sus hermosos ojos volvieran a mí. Me obligué a quedarme quieto.

—Esto fue un error.

—No, no lo fue.

—Enzo, por favor. Solo quiero salir.

No.

—Quiero irme. Esto fue una mala idea, y fui una estúpida por aceptar. Y lo siento. No quiero tu dinero. No quiero nada. Solo quiero irme. No me siento segura aquí.

—¿No te sientes segura conmigo?

—No.

Un abismo doloroso se abrió en mi pecho mientras el color subía a su rostro, y supe exactamente de qué estaba hablando.

—No sabía que eras virgen, Sera. No puedes culparme por eso.

Pero estaba negando con la cabeza.

—No. No, no es eso.

—¿Entonces qué demonios es?

Me estaba impacientando con esta conversación.

Levantó las manos en el aire.

—Enzo, no sé casi nada de ti, salvo que eres uno de los soldados de Luca, y tu vida es exactamente de lo que intento huir.

—¿Qué quieres saber?

Sus ojos se suavizaron.

—Enzo, es demasiado tarde.

—¿QUÉ quieres saber?

Negó con la cabeza, las puntas de su pelo rosa rozándole los hombros.

Me incliné hacia delante y me pasé las manos por el pelo. Esto no podía estar pasando. Apoyé los codos en las rodillas y contuve el pánico.

—Estoy aquí sentado, ofreciéndome a contarte lo que quieras saber de mí. Lo mínimo que puedes hacer es darme una puta oportunidad. Así que dime qué quieres saber.

Al principio, pensé que no iba a responder. La miré de reojo. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Tenía la mandíbula apretada con terquedad, pero entonces nuestras miradas se cruzaron y vi un destello de incertidumbre en sus ojos.

—Algo —dijo finalmente—. ¡Cualquier cosa!

Un destello de esperanza se encendió en mi interior.

—Solo tienes que preguntarme, Sera.

Cruzó los brazos sobre el pecho y me lanzó una mirada dura.

—De acuerdo. Dime. ¿Cuántos otros acuerdos como este has tenido con mujeres? O con hombres, ya puestos.

Eso era fácil. Le devolví la mirada, esperando que viera la verdad en mis ojos.

—Nunca he hecho esto antes.

Eso pareció desconcertarla. —¿Entonces no sueles hacer esto? ¿Recoger mujeres de la calle y ofrecerles dinero para acostarte con ellas?

Sonreí al notar la sorpresa en su voz. —No. Esto no es lo mío. Prefiero la distancia emocional de las escorts. Además, salen mucho más baratas. Solo tengo que pagarles una noche.

—Entonces no entiendo por qué lo haces ahora. Conmigo.

—¿Qué hay que entender? Te deseaba, Sera. Y después de que intentaras huir de mí, esta era la única forma de tenerte.

—Podrías haberme invitado a cenar, sin más. Como un tío normal.

Pero eso le habría dado más oportunidades de rechazarme. —No soy normal. Ni mi vida tampoco.

—¿Entonces nunca has amado a nadie? ¿Nunca has tenido una relación?

—No he dicho eso. —Esperó a que dijera más. No quería hacerlo—. No es importante.

Pero le había picado la curiosidad. —Me gustaría oírlo de todos modos.

Me froté la cara, notando la barba incipiente en la mandíbula.

No me gustaba hablar de mi esposa y mi hijo.

Aquella era otra época. Otro yo. Bueno, quizás no tan diferente.

Pero por la mirada de sus ojos gris azulados, supe que no iba a dejarlo pasar.

—Estuve casado. Una vez. Cuando era joven. Y tuvimos un hijo.

—¿Dónde están ahora?

—Ya no están.

Vi cómo intentaba ocultar su sorpresa. —¿Qué les pasó?

—Están muertos —dije con voz neutra, conteniendo el dolor que amenazaba con brotar desde lo más hondo de mi ser, donde lo mantenía enterrado en mi propio infierno personal—.

Y fue culpa mía. —No había pronunciado esas palabras desde el funeral de mi esposa, pero sentí el peso de aquella afirmación aplastándome hasta que me costaba respirar.

Era la verdad, y no había forma de escapar de ella.

Se llevó las manos a la boca. —Oh, Dios mío. Enzo, lo siento mucho...

—No —le dije, cortándola.

—¿Que no haga qué?

—No me mires así. No sientas lástima por mí.

Bajó las manos al regazo. Tenía los ojos llenos de lágrimas. ¿Por mí? ¿O por la mujer inocente y el niño a los que había matado? Bueno, técnicamente, yo no había matado a mi hijo. Pero estaba muerto por mi culpa, por ser quien soy. —¿Cómo se llamaban?

—Sera, no quiero hablar de esto.

Un destello de dolor cruzó sus ojos, que intentó ocultar enseguida. Se mordió el labio inferior y apartó la mirada.

Suspiré hondo. —Mi esposa se llamaba Alessandra. Y mi hijo, Elliot. Tenía tres años cuando lo alcanzó una bala perdida que iba dirigida a mí. Murió en mis brazos. Mi esposa enloqueció después de aquello y murió unos meses más tarde. Y no quiero volver a hablar de esto nunca más.

Sera me miró fijamente, inmóvil, con los ojos muy abiertos y vidriosos por las lágrimas contenidas.

No volvió a decirme que lo sentía, ni ninguna de esas cosas que dice la gente cuando no sabe qué decir ante tu dolor.

Y se lo agradecí. Esas palabras me daban ganas de golpear a quien las pronunciaba.

Era imposible que entendieran lo que había pasado. Lo que seguía pasando cada puto día.

Poco a poco, se levantó de su lado del sofá y vino hacia mí.

No fui consciente de lo tenso que estaba hasta que intentó moverme.

Me cogió la mano, me apartó el brazo del cuerpo y se sentó de lado en mi regazo, obligándome a incorporarme para hacerle sitio.

Su aroma floral a coco me envolvió; cerré los ojos y la aspiré, notando que parte de la opresión del pecho se aliviaba.

Entonces me di cuenta de que no recordaba a qué olía Alessandra. Ni cómo se sentía entre mis brazos.

El corazón me empezó a latir con fuerza y de repente sentí frío. ¿Cómo era posible que no recordara a mi propia esposa?

Sera me rodeó el cuello con los brazos y se recostó contra mí, apretando la suavidad de sus curvas contra mi pecho y hundiendo el rostro entre mi cuello y mi hombro. No dijo nada. Solo me abrazó.

Poco a poco, sentí que la rigidez me abandonaba los músculos y me recosté contra el cojín del sofá, llevándola conmigo y apretándola fuerte contra mi cuerpo.

Descubrí que el dolor era soportable mientras ella me mantuviera entero, y temía que si me soltaba, la culpa y la rabia estallarían dentro de mí, y no sabía qué sería capaz de hacer.

Permanecimos así mucho rato mientras yo luchaba en silencio contra mis demonios. No me preguntó nada más; solo me ofreció su contacto para ayudarme a superarlo.

Si tan solo supiera que el hombre al que intentaba consolar era quien había apretado el gatillo.

Mis manos manchadas de sangre recorrieron su espalda de arriba abajo, y cuando no protestó, las deslicé bajo el dobladillo de su camiseta hasta sentir su piel cálida y suave.

No tenía derecho a tocarla. Seguía siendo tan inocente.

Sin pecado. Y yo era un monstruo. Pero necesitaba esto. La necesitaba a ella.

Gemí al darme cuenta de que no llevaba nada debajo; la sangre me bajó a la polla hasta que se me hinchó contra su cadera.

—Sera. —Recorrí con los labios el costado de su garganta—.

Quédate conmigo. —Su pulso palpitó contra mis labios cuando inspiró temblorosa—.

Quédate conmigo y déjame mostrarte lo bien que podríamos estar juntos. Déjame hacerte feliz.

Se apartó lo suficiente para mirarme. —¿Cómo vas a conseguirlo si representas exactamente aquello de lo que intento escapar?