Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Aunque no se movió de donde estaba ni me apretó las manos, sentí cómo todo su cuerpo se tensaba.

—¿Quién te lavó?

—El tipo que llevaba la casa. El que te dije. Solo...

Pensé en aquel último día, intentando ver entre la niebla de mis recuerdos.

—Me mangueó fuera.

Enzo me miró como si no pudiera creer lo que oía.

—¿Te mangueó? ¿Como a un puto perro?

Recordé el agua helada golpeándome la piel desnuda como mil agujas. Pero aun así:

—Me sentó bien sentirme limpia —le dije.

Apretó la mandíbula; estaba claro que no le gustaba lo que eso implicaba. Lo miré. Estaba enfadado. ¿Porque le importaba? ¿O porque me consideraba de su propiedad y alguien había tocado algo suyo sin su permiso?

Tras un largo momento, me apartó el pelo con los dedos y se levantó con un movimiento suave y elegante.

—Deberíamos comer antes de que se enfríe el desayuno.

Giró mi silla de nuevo, me dio un beso en la sien y fue a servirse. Mientras se echaba huevos en el plato, dijo como quien no quiere la cosa:

—Si necesitas hablar con alguien sobre lo que te pasó, Veda tiene una terapeuta muy buena. Seguro que te haría un hueco.

Cogí el tenedor mientras él se sentaba frente a mí. Me rugió el estómago al ver la montaña de comida que me había puesto.

—¿Quién es Veda?

—La mujer de mi jefe. Luca.

Luca, el subjefe.

—Ah.

—¿Quieres que pida cita? No tienes que preocuparte por el coste.

—No —le dije de inmediato—. Pero gracias —añadí al darme cuenta de lo brusca que había sonado. Ya había tenido suficientes terapeutas para tres vidas. Y después de que la última me acusara de robar cosas porque quería llamar la atención de mi padre, me conformaba con no volver a ver a ninguna.

—Sera, podría ayudarte —dijo.

Dejé el tenedor.

—¿Cómo voy a hablar de algo que ni siquiera recuerdo?

Eso no era del todo cierto. Sí recordaba algo.

Momentos en que no me daban la siguiente dosis a tiempo y el estupor empezaba a disiparse.

O cuando el dolor se abría paso. Pero aun así, ¿qué iba a decir?

Pasó. Y ya había terminado, gracias al hombre que tenía sentado enfrente.

Solo quería olvidarlo todo y seguir con mi vida.

—Quizá puedas hablar conmigo —dijo—. Si quieres.

Lo miré fijamente desde el otro lado de la mesa. Aquel hombre duro que se esforzaba tanto por tener paciencia conmigo. Casi podía ver cómo vibraba por el esfuerzo que le costaba.

—Quiero saberlo todo sobre ti, Sera. Lo bueno y lo malo.

Sus palabras removieron algo dentro de mí. Bajé la vista hacia mi plato, corté un trozo de tortita con el tenedor y me lo llevé a la boca.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Qué pasa con esa cara?

El sirope era empalagoso en la lengua, pero era difícil disfrutarlo con él ahí sentado, taladrándome con la mirada.

—Sera. Maldita sea. Háblame.

Vaya con la paciencia. Suspiré y dejé el tenedor. —No puedo. No quiero. Solo quiero olvidar que pasó.

—No es tan fácil, Sera.

—¿Por qué no? Solo quiero que todo vuelva a la normalidad.

¿Por qué no puedes dejarlo pasar? —Me ardían los ojos de lágrimas.

No quería pensar en lo que me había pasado.

No quería hablar de ello. Solo quería comerme aquella comida que me sabía tan jodidamente bien, darme otra ducha y quizá desconectar con algún programa estúpido en Netflix.

Se echó hacia atrás en la silla. —Porque debería haberte impedido irte. Debería haberte encontrado antes. Debería haberte protegido, Sera. Y no lo hice.

—Soy una mujer adulta, Enzo. Una que a veces toma decisiones muy malas. Y no siempre vas a estar ahí para protegerme. —Nos quedamos mirándonos desde cada lado de la mesa. No le gustó esa respuesta. Pero era verdad—. Además…

—Ni se te ocurra soltarme esa mierda de «apenas nos conocemos» —espetó.

—Pero es verdad —le dije con suavidad.

Negó con la cabeza, pero no dijo nada más. Señaló mi plato con la barbilla y dijo: —Deja de discutir conmigo y cómete el desayuno. La doctora llegará pronto.

Agradecida de dejar de hablar, volví a atacar las tortitas. Sentía como si no hubiera comido en… bueno… una semana.

Acabábamos de terminar cuando llamaron a la puerta.

—Yo abro. —Enzo fue primero al dormitorio y se puso una camiseta negra mientras caminaba hacia la puerta.

La doctora que Enzo había llamado era una mujer baja y regordeta que aparentaba unos cincuenta años, con ojos amables y modales profesionales. Me llevó al dormitorio y echó a Enzo cuando intentó seguirnos; luego le cerró la puerta en las narices tras decirle que saldríamos en breve.

Casi sonreí al ver la expresión de sorpresa en el rostro de Enzo justo antes de quedarse fuera.

—Bien, vamos a ver —dijo la doctora después de que yo entrara al baño y me pusiera una bata.

Mientras esperábamos, me había dado cuenta de que no sería mala idea hacerme un examen.

Aunque me sentía bien, Enzo tenía razón.

Podría tener algún tipo de daño interno.

O peor, podría estar embarazada. La doctora me indicó que me tumbara en el borde de la cama, donde había cubierto el colchón con una sábana estéril—.

Disculpa la falta de un entorno profesional.

Túmbate aquí como lo harías en una camilla de exploración y deslízate hasta el borde, con los talones apoyados en la cama.

Enzo me ha dicho que has pasado por momentos difíciles esta última semana.

Le entregué el vaso de plástico transparente en el que acababa de orinar. —Se podría decir así —le dije mientras me colocaba en posición.

—Intentaré hacerlo lo más rápido posible —me dijo.

Se sentó en la silla que había acercado a la cama y me dijo que relajara las piernas.

Lo hice, y dejé que las rodillas cayeran abiertas.

Tenía una luz potente junto a la cama. Me pregunté de dónde habría salido.

—¿Con qué frecuencia hace visitas a domicilio como esta?

—le pregunté para distraerme de lo que estaba haciendo.

—Oh, te sorprenderías —dijo—. Llevo bastantes años trabajando para la familia. Tengo una consulta, pero rara vez la uso. Aunque no me importa. Me hace salir de casa.

Me quedé mirando al techo e intenté relajarme.

—¿Recuerdas haber tenido algún dolor, Sera?

—Algunos calambres. Pensé que era la regla.

—¿Y cuándo empezó eso?

—No recuerdo exactamente. Normalmente solo dura tres días. A veces cuatro. Tomo la píldora, pero no me la tomé esta última semana.

Hizo un sonido de comprensión. —¿Te tocaba la regla?

Intenté recordar. —Sinceramente, no lo recuerdo. Pero las tengo en el bolso. Podría comprobarlo.

—Vale. Está bien. —Retiró el instrumento y me bajó la bata sobre las rodillas.

Bajé las piernas y me incorporé.

—No vi nada que no vaya a curarse bastante rápido —me dijo con voz comprensiva—. Pero si tienes algún dolor o cualquier otra preocupación, llámame enseguida.

—De acuerdo.

—No sé todo lo que te pasó, pero si te sientes con ánimos, puedes volver a tener relaciones sexuales sin problema. O esperar. Depende de ti y de con qué te sientas cómoda, Sera. Pero físicamente, deberías estar bien. Y puedes volver a tomar la píldora.

Asentí para que supiera que lo entendía. —¿Puedo ir a cambiarme?

Sonrió. —Sí. He terminado.

—Gracias —le dije—. Por venir aquí y hacer todo esto.

—No hace falta que me des las gracias —dijo—. El Sr. Delligatti me pagó muy bien por hacer una visita a domicilio.

Después de vestirme, me reuní con ella y con Enzo en la otra habitación.

La doctora le estaba dando a Enzo un informe completo y sonrió de nuevo cuando me vio.

—Las pruebas preliminares de embarazo y ETS han salido negativas, pero las enviaré al laboratorio para asegurarme, así que tomad precauciones hasta que tengáis noticias mías.

Asentí, casi abrumada por el alivio. —Gracias.

Me entregó una tarjeta. —Llámame en cualquier momento si necesitas algo.

La tomé y volví a darle las gracias.

—Gracias, doctora —le dijo Enzo mientras se estrechaban las manos.

Con sentimientos encontrados, observé a Enzo mientras acompañaba a la doctora hasta el pasillo. Ahora no había nada que le impidiera exigirme que cumpliera mi parte del trato.

El problema era que, mientras estaba allí tumbada, había decidido que quería salirme.