CAPÍTULO 7
Serafina
Desperté lentamente, poco a poco, emergiendo de las profundidades de mis sueños solo para ser arrastrada de nuevo hacia abajo, hasta que finalmente salí del todo a la superficie y me quedé suspendida allí.
Lo primero que percibí fueron los olores.
Sobre todo, el de ropa de cama limpia de la suave almohada bajo mi cabeza y el grueso edredón que me cubría hasta la cara.
Al bajar la manta, me llegó el delicioso aroma a beicon y café.
Impregnaba toda la habitación. Aparté las sábanas y me senté, orientándome.
Enzo.
Lo oí moverse en la otra habitación y me levanté rápidamente para ir al baño y cepillarme los dientes.
Cuando terminé, me eché un poco de agua en la cara y me pasé el peine de Enzo por el pelo, deseando tener algo con lo que recogérmelo y apartarlo de la cara.
Al final, simplemente me lo coloqué detrás de las orejas.
La cama estaba hecha cuando salí, y mi maleta estaba abierta encima del edredón. La que había dejado en el maletero del coche. Mi bolso de hombro estaba junto a ella, con el móvil encima.
La bolsa plegable que contenía todo el dinero que había ahorrado no aparecía por ninguna parte.
La voz de Enzo llegó desde la puerta, y levanté la vista para encontrarlo apoyado en el marco, con el pelo todavía húmedo de una ducha que no había oído.
Vestía unos pantalones de chándal negros, caídos en las caderas, y nada más, con los brazos cruzados sobre su poderoso pecho y una expresión cuidadosamente neutra mientras me estudiaba.
Excepto por sus ojos. Sus ojos eran tan expresivos como siempre.
Y en ese momento, la forma en que me miraba me hacía sentir como una presa.
—Hice que remolcaran tu coche desde el club hasta aquí. ¿Dónde está el cargador del móvil?
Tuve que pensar un segundo.
—Eh, puede que me lo dejara en casa de Jade. ¿Revisaste mis cosas?
No pregunté cómo había entrado en el coche sin las llaves. Podía imaginármelo.
Ignoró mi pregunta.
—Haré que el conserje te consiga otro cargador. ¿Tienes hambre? Pedí que subieran el desayuno de la cocina.
Me costaba seguir el hilo de mis pensamientos. ¿Sería un efecto secundario de las drogas?
—Sí. Sí. Me muero de hambre.
—Bien.
Sonó aliviado, como si la comida fuera a resolverlo todo. Y la verdad es que, para los italianos, casi siempre lo hace.
Pero en lugar de volver a la otra habitación, se acercó a la cama y se sentó.
—Antes de comer, ven aquí, por favor.
Dudé, pero solo un segundo, antes de acercarme a él.
No era porque le tuviera miedo. Era solo...
no sabía qué era. Una reacción a despertar y no terminar de creerme que estaba aquí.
Me tomó la mano y me atrajo hacia él hasta que quedé de pie entre sus piernas.
En un vuelco total de emociones, tuve el impulso repentino de arrojarme a sus brazos y abrazarlo con fuerza, pero me contuve.
Respiré hondo y me obligué a quedarme quieta.
—Solo quiero revisarte la piel para asegurarme de que la irritación de la lejía se está calmando.
Todavía no me sentía limpia, pero ahora que tenía la cabeza más despejada, probablemente podría resistir el impulso de ducharme con lejía otra vez.
Cuando me miró con intención, extendí los brazos desnudos. La piel todavía estaba un poco irritada, pero no tan roja como anoche.
—Creo que está bien.
Pero, por supuesto, no estaría satisfecho hasta comprobarlo él mismo.
—Déjame ver.
Extendí los brazos de nuevo y él tomó cada uno, girándolos de un lado a otro mientras buscaba cualquier daño grave.
—¿Cómo tienes la muñeca?
La moví.
—Dolorida, pero mejor.
—Bien. ¿Dónde más te lavaste?
Por su tono, supe que discutir con él sería inútil. Me levanté la camiseta y le mostré el estómago.
Lo miró, pero no me dijo que podía bajármela. En cambio, observé cómo levantaba lentamente la mano y deslizaba las yemas de los dedos a lo largo de la cintura de mis pantalones de yoga, rozándome con suavidad la piel irritada.
—Todavía tan hermosa —murmuró.
El corazón me dio un vuelco, y cuando retomó su ritmo, comenzó a acelerarse. Cerré los ojos mientras me inclinaba hacia él, y los labios se me entreabrieron con un jadeo de sorpresa al descubrir que su contacto todavía podía excitarme.
Una de sus manos cubrió la mía donde sostenía el borde de la camiseta, y la levantó más, dejando al descubierto la parte inferior de mis pechos. Se inclinó hasta quedar a apenas un centímetro de mi piel sensible, y sus fosas nasales se ensancharon mientras me aspiraba el aroma antes de retirarse.
Me sorprendió la oleada de decepción que me invadió. Pero entonces se me cortó la respiración cuando sentí sus dedos recorrer las costillas y subir, subir hasta la curva inferior de mi pecho izquierdo.
Lentamente, me subió la camiseta más, hasta que quedé completamente expuesta al aire frío hasta la clavícula. Los pezones se me endurecieron con el frío, y vi y oí su brusca inhalación. Sus dedos trazaron un círculo lento alrededor de uno, y luego del otro.
Me sentía ebria. Con los ojos entornados, le miraba la boca.
Nunca había visto unos labios tan perfectos en un hombre.
Ni demasiado carnosos. Ni demasiado finos.
Y deseaba más que nada que se inclinara de nuevo y me atrapara el pezón entre los dientes.
Sentía una fuerte presión en el vientre y un torrente de humedad entre las piernas mientras imaginaba lo que sentiría.
Si daba un paso adelante, solo un poco, y él inclinaba la cabeza, podría hacer que sucediera. Pero simplemente... no podía.
—Hermosa —dijo de nuevo. No tenía ni idea de cuánto deseaba que me tocara. Y de lo completamente aterrorizada que estaba de que realmente lo hiciera.
Me mordí el labio para contener un gemido de decepción cuando me bajó la camiseta con cuidado.
—¿En algún otro lugar? —preguntó. Tenía la voz ronca de deseo.
Negué con la cabeza, sin fiarme de mi propia voz.
De repente se levantó de la cama, obligándome a dar un paso atrás. Se me fueron los ojos a su pecho, toda esa piel tatuada y esos músculos, y tragué saliva con dificultad.
—¿Sera?
Mi nombre sonó suave en sus labios, mitad pregunta y mitad súplica, y alcé los ojos para encontrarme con los suyos. Los suyos estaban... hambrientos. Era la única forma de describirlo. Aguanté solo unos segundos más y luego retrocedí, alejándome de él.
—¿La comida todavía está caliente?
Sentí sus ojos clavados en mi rostro, pero no podía mirarlo.
—Debería —me dijo tras un momento—. Si no, la mando de vuelta a la cocina y pido más.
Luego esperó a que yo saliera primero de la habitación.
Me aparté de él, intentando comprender qué sentía.
Ahora reconocía un apego hacia Enzo que no existía antes de que aquel imbécil del club me metiera en su maletero.
¿Era solo porque me había rescatado? ¿O porque era la única persona que tenía ahora mismo?
Mi única otra amiga era Jade, y ella me daba por desaparecida.
Y por su propia seguridad, quería que siguiera creyéndolo.
—He pedido un poco de todo —dijo cuando solté una exclamación de sorpresa al ver cuánto había pedido—. No sabía qué te gustaba.
—Gracias —le dije. Multitud de bandejas se alineaban en el salón. Incluso habían traído una mesita cuadrada con dos sillas y la habían colocado junto a la ventana. En el centro había un jarrón con dos rosas rojas, ambas en idéntica floración. En cada puesto había una taza de café y un vaso.
Cogí mi plato para servirme, pero Enzo me lo quitó negando con la cabeza.
—Siéntate. Yo te sirvo.
Aún alterada por lo que acababa de pasar en el dormitorio, me senté a la mesa.
Le dejé el asiento con la espalda contra la pared, sabiendo que me cambiaría de sitio si necesitaba sentarse donde pudiera ver toda la habitación.
Los soldados eran así. Lo llevaban grabado desde pequeños, cuando los adiestraban para convertirse en los asesinos que eran.
—¿Café? ¿O zumo?
Parpadeé, saliendo de mis pensamientos.
—Los dos, por favor. Con leche y azúcar.
—He llamado a un médico para que te vea en una hora más o menos —me informó mientras llenaba mi plato.
No me gustaban los médicos. Había visto demasiados en mi vida. Mi padre hacía que comprobaran mi virginidad cada semana.
—¿Por qué? ¿Qué tipo de médico?
Dejando el plato lleno frente a mí, me miró brevemente a los ojos antes de coger mi taza para llenarla de café.
—Quiero asegurarme de que estés bien físicamente, Sera.
Me devolvió la taza y dejó la leche y el azúcar en la mesa, cerca de mí.
Noté cómo me ardía la cara mientras una oleada de vergüenza me invadía, y agaché la cabeza. Si ahora tenía algo malo, no quería que nadie lo viera. El médico sabría lo que me había pasado. Sabría cómo me habían usado...
—Eh.
Enzo me levantó la cara sujetándome la barbilla con la mano.
—No hagas eso. No tienes de qué avergonzarte. Nada de esto fue culpa tuya.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, aunque sabía que tenía razón.
Al verlas, se puso en cuclillas frente a mí, giró mi silla hasta que quedé de cara a él y me cogió las manos.
—No puedes dejar que ganen, pequeña —me dijo, y aunque habló con suavidad, había un filo de acero en su voz grave—. No dejes que ganen, joder.
Contuve las lágrimas y asentí. Siempre me había considerado una persona fuerte. Tenía que serlo, habiéndome criado con mi padre. Pero que me vendieran para prostituirme no era algo que jamás hubiera imaginado que me pasaría.
—Haremos que el médico te examine, para asegurarnos de que no hay daños, sobre todo porque te drogaron y puede que no estuvieras consciente o no recuerdes lo que pasaba.
Hizo una pausa; sus ojos oscuros me consumían mientras escudriñaban mi rostro.
—¿Hay alguna posibilidad de que estés embarazada?
Aunque yo había pensado lo mismo, que él lo preguntara me pilló desprevenida.
—No creo. Creo que me vino la regla justo antes de que aparecieras. Por eso me lavó.
La única otra explicación para la sangre seca en mis muslos era algo en lo que no quería pensar.