CAPÍTULO 6 #2
Me bebí un vaso de un trago y estaba sirviéndome otro cuando ella me siguió a la otra habitación. —¿Qué estás haciendo?
—Emborracharme.
No dijo nada, pero podía sentir su mirada sobre mí. Suspiré. —Vuelve a la cama, Sera.
Pero permaneció donde estaba. —Tal vez debería quedarme en otro lugar.
Me di la vuelta y la encontré de pie justo dentro de la habitación, retorciéndose las manos con nerviosismo. —No. Te quedarás aquí.
—Enzo...
—Dije que te quedarás aquí. Puedo controlarme, Sera. —Y podía. Lo haría. Aunque me matara. Por ella.
La mirada que me lanzó dejó claro que no sabía si creerme o no. —Solo pensé que podría ser más fácil para ti.
—¿Para mí? ¿O para ti? —Tomé un largo trago, deseando que el alcohol hiciera efecto de una vez y me adormeciera para escapar de lo que sentía por ella.
Sus ojos bajaron a mi sexo y volvieron a subir a mi rostro. Se le sonrojaron el cuello y las mejillas. Solo llevaba los bóxers y mi erección era evidente.
—¿Adónde irías? —le pregunté para dejar de pensar en cómo me había mirado la polla.
Frunció el ceño y se encogió de hombros. —No lo sé. Podría conseguir otra habitación.
Me aferré a lo único que podía. —Eso no era parte de nuestro trato, Sera.
Abrió la boca y esperaba que me dijera que quería dejarlo. Una petición que le negaría. Pero volvió a cerrarla. Sin decir otra palabra, volvió al dormitorio.
—Joder. —No estaba seguro de a quién estaba maldiciendo. A Sera o a mí mismo. Me serví otro whisky y me lo bebí de un trago.
¿Qué demonios era esta atracción que ejercía sobre mí? No lo entendía. Y no me gustaba. Pero había dejado de intentar mentirme al respecto. Apenas la conocía y, sin embargo, estaba dispuesto a arriesgar mi vida por ella. A matar por ella. A negarme a mí mismo... por ELLA.
Me serví otro whisky. Caminé hacia el sofá, me senté con la copa y me quedé mirando las luces de la ciudad.
También había estado obsesionado con Alessandra cuando la conocí.
Era mi naturaleza. Pero no de esta manera.
Entonces era joven, con toda la fogosidad de la juventud.
Joder, andaba empalmado casi todo el tiempo, estuviera ella en la habitación conmigo o no.
Fue mi primer amor, y lo que tuve que hacerle me carcomió las entrañas durante años.
Aún me las carcomía. Pero ella no me dejó otra opción. Era ella o los dos.
Y sin embargo, a veces me preguntaba cómo sería mi vida ahora si la hubiera elegido a ella y de alguna manera hubiera logrado sobrevivir.
¿Dónde estaríamos viviendo? ¿Habríamos tenido más hijos?
¿Seríamos felices? ¿O nos habríamos acabado distanciando y yo habría abandonado a la única familia que había conocido para nada?
Alessandra seguiría viva, pero ¿qué sería yo? ¿Quién sería yo?
No podía imaginar que mi vida fuera otra cosa. Pertenecer a la mafia era todo lo que había conocido, y no era tan difícil como la gente pensaba. Teníamos reglas por las que nos regíamos. Reglas claras, tajantes. Reglas que nunca se rompían sin consecuencias.
A veces esta vida era sangrienta y violenta, pero solo lo era para proteger a los que amábamos.
Para proteger las reglas que nos mantenían vivos y fuera de la cárcel.
Mi vida era ordenada. Conocía mi lugar como uno de los soldados de Luca.
Y después de Alessandra, no me permití preocuparme por nadie más que por él y por Tristan.
Las dos personas que habían estado conmigo en todo, y en quienes podía confiar para que siempre estuvieran ahí porque nos protegíamos mutuamente y seguíamos las reglas.
Si necesitaba una mujer, llamaba a Jade.
Sabía qué esperar con ella, y así me gustaba.
No había sentimientos de por medio. Ningún deseo incontrolable.
Era guapa y sabía comportarse en cualquier situación.
Ella no me destrozaba por dentro hasta el punto de no poder pensar con claridad. Hasta el punto de que el miedo a perderla me hiciera un nudo en las tripas. Ninguna mujer me había hecho eso jamás. Ni siquiera mi esposa.
Hasta que Sera llamó a mi puerta y puso mi mundo patas arriba.
Me sentía desequilibrado. Distraído. Y eso no era bueno para mí ni para las personas que había jurado proteger.
Debería hacer que Luca llamara a su padre y dejar que viniera a llevársela.
Lo sabía. Sería lo inteligente. Lo correcto.
Porque ¿qué vida tendría conmigo? ¿Acabaría dos metros bajo tierra como Alessandra?
¿Intentaría huir de mí constantemente? Ella estaba intentando escapar del mundo de la mafia, no enredarse más en él.
Y si la obligaba a quedarse, acabaría odiándome.
Con estos pensamientos dándome vueltas en la cabeza, inspiré hondo y el olor a lejía me quemó los pulmones. Por la mañana, le revisaría la piel para asegurarme de que no se hubiera hecho ningún daño grave.
Me levanté y caminé en silencio hacia el dormitorio.
Sera estaba acurrucada bajo el edredón, pero sabía por su respiración que aún no se había dormido.
Aun así, me moví sin hacer ruido mientras cruzaba la habitación hacia donde había dejado mi ropa y recogí los objetos que me había dado antes.
Un anillo, un reloj y una pinza para billetes. Luego cogí el móvil.
Los llevé de vuelta a la sala y los coloqué sobre la mesa de centro, estudiándolos mientras bebía. Averiguaría a quién pertenecían.
Y los mataría.
Por ella.