Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Enzo

Una mujer gritaba en mis sueños, su terror desgarrándome como si fuera el mío.

Salté de la cama como si estuviera en llamas y mi mano fue directa al cajón de la mesita de noche donde había guardado la pistola. Antes de estar completamente despierto, ya tenía una bala en la recámara mientras mis ojos recorrían la habitación en busca de la amenaza.

Pero no había nadie allí salvo Sera y yo. Ella yacía rígida e inmóvil, el rostro contorsionado por el terror mientras gritos ahogados brotaban de su garganta, despertando cosas dentro de mí que preferiría no volver a visitar.

El corazón me empezó a latir con fuerza y las manos a temblarme.

Me cubrí de un sudor frío. Sera luchaba contra las ataduras invisibles que la mantenían en su lugar, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

Con cuidado, puse el seguro y dejé la pistola sobre la mesita de noche.

Tintineó al golpear la madera y la solté de inmediato.

Los recuerdos de Alessandra y Elliot me invadieron, distorsionando mi visión de la realidad.

Me concentré en la respiración y luché contra el ataque de pánico que amenazaba con abrumarme.

Menudo par de traumatizados estábamos hechos.

Sabía cómo calmarla, y usé esas mismas tácticas conmigo.

Sera me necesitaba. No tenía tiempo para gilipolleces de cobarde.

Así que mientras volvía a subirme a la cama, conté tres cosas que podía sentir.

Tres cosas que podía ver. Tres cosas que podía oler.

Y cuando llegué hasta ella, había salido lo suficiente de mi propia mente como para agarrarla por los hombros y sentarla.

—Sera. Cariño, soy yo. Solo soy yo.

La cabeza le cayó hacia un lado y los ojos se le pusieron en blanco mientras intentaba defenderse de mí con débiles golpes de los puños.

Seguí hablándole, repitiendo lo mismo una y otra vez hasta que los gritos murieron en su garganta y abrió los ojos parpadeando.

Levantó la cabeza y parpadeó mientras intentaba enfocarme.

—Soy yo, cariño. Solo soy yo. Estás a salvo. Estás bien.

—¿Enzo? —Su voz estaba ronca de tanto gritar.

—Estás aquí conmigo. No dejaré que te pase nada —le prometí.

Sus ojos recorrieron la habitación y luego volvieron a mí.

—Lo siento —susurró—. Soñaba que estaba de vuelta allí y...

No terminó lo que iba a decir, pero no hacía falta.

—Lo sé.

—¿Puedo tomar un poco de agua?

Su pregunta me pilló desprevenido.

—Sí. Te traigo un poco.

Solo cuando le quité las manos de los hombros y vi las marcas blancas de los dedos en su piel me di cuenta de lo fuerte que la había estado sujetando. Una punzada aguda de culpa me atravesó. Lo último que necesitaba ahora era que la trataran con brusquedad.

—Vuelvo enseguida.

Me bajé rápidamente de la cama y salí a la sala para sacarle una botella de agua de la pequeña nevera.

—Gracias —dijo cuando se la di.

La observé dar un largo trago y luego me senté en el borde de la cama.

—¿Mejor?

Se quedó mirando la botella que tenía en las manos.

—No —me dijo—. ¿Y tú?

—¿Yo?

Asintió.

—Estoy bien. Solo me preocupo por ti.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —No pude evitar que la incredulidad se colara en mi tono.

—Sí.

Hizo una pausa y luego el resto de las palabras le salieron en tropel.

—¿Por qué, Enzo? ¿Por qué te preocupas tanto por una chica que apenas conoces? ¿Por qué arriesgaste tu vida para ayudarme?

Sus ojos se clavaron en los míos, buscando la verdad. Y se la di.

—Porque hicimos un trato, y siempre cumplo mi parte.

Y porque, con trato o sin él, eres mía. Esa verdad me golpeó tan fuerte que casi me hizo caer hacia atrás en la cama. Y tras ella, llegó una oleada de ansiedad. Pero la rechacé. Ella no era mi esposa. No era Alessandra. Podía mantenerla a salvo. De la familia. De su padre.

De mí.

—¿Y si quiero salirme de nuestro acuerdo?

Aunque la pregunta la hizo con curiosidad inocente, el dolor estalló en el centro de mi pecho.

—¿Es eso cierto?

Vaciló, bajó los ojos y frunció el ceño mirando su regazo. El dolor dio paso a la esperanza.

—Sinceramente, ahora mismo no sé nada.

Quería tocarla. Borrar los recuerdos de los otros hombres.

Hombres que habían tomado lo que era mío.

Pero tenía miedo de que, si lo hacía, volviera a entrar en pánico.

Podía ver la tensión en su cuerpo. La forma en que se mantenía tan rígida, tan recta y erguida.

Y sin embargo, sentía que el roce de una pluma la haría añicos.

La ira regresó, irracional y violenta, recorriéndome las venas.

—Tenemos un acuerdo, tú y yo. Y espero que cumplas tu parte.

Me detuve, cerré los ojos y respiré hondo antes de abrirlos de nuevo.

—No ahora mismo. No esta noche. Pero pronto. Hicimos un trato, Sera —repetí.

Incluso mientras escuchaba las palabras salir de mi boca, me sentí como el mayor mezzo di merda —pedazo de mierda— del mundo. Pero no podía evitar hacerle estas exigencias. No podía dejar que saliera de mi vida. No ahora. Todavía no.

Me miró fijamente con los ojos llenos de lágrimas y no dijo una palabra.

—¿Quieres volver con tu padre? Porque puedo hacer que eso pase. Puedo coger el teléfono ahora mismo y sus hombres estarán aquí para llevarte de vuelta a Dallas en cuestión de horas. ¿Es eso lo que quieres? —la presioné.

—No —susurró.

Dios, era un puto monstruo. Porque lo único que quería hacer en ese momento era tumbarla de nuevo en la cama y hundirme tan dentro de ella que no existiera nada ni nadie más que yo. Sin recuerdos. Sin la amenaza de su padre. Sin mafia. Nada. Solo ella y yo hasta que se rindiera ante mí.

—Sera.

La necesidad en bruto teñía mi voz cuando pronuncié su nombre.

Al oírlo, contuvo el aliento y sus ojos se clavaron en los míos.

Quería decirle cómo había muerto por dentro al enterarme de que había desaparecido.

Que lo único que me impidió volverme completamente loco fue que teníamos el vídeo y sabíamos quién se la había llevado.

Ojalá hubiera conservado su corazón para presentárselo ahora como una ofrenda sangrienta que demostrara mi lealtad.

Pero no dije nada de eso. No podía. Las palabras se me atascaron en la garganta. Sin embargo, lo que vio en mis ojos —el dolor, la angustia, la locura— la atrajo hacia mí como si yo fuera una llama al rojo vivo. Se inclinó hacia mí hasta que levanté la mano y le acuné el rostro. —Sera —susurré.

El roce de sus labios sobre los míos fue algo que nunca pensé que volvería a sentir mientras esperaba la llamada de Rene para decirme que no podía encontrarla.

O que si había encontrado algo, era su cadáver.

El miedo que me negué a sentir entonces surgió ahora dentro de mí, y me volvió desesperado por sentirla, cálida y viva, debajo de mí.

Por oler su aroma. Por escuchar su voz pronunciar mi nombre.

Por sentir el dolor de sus uñas clavadas en mi piel y el calor húmedo de su coño envolviendo mi polla.

—Sera —gemí su nombre contra sus labios. Una súplica para que me dejara darle placer. No dolor. No otra vez. Nunca más—. Quiero tocarte. —Le mordí suavemente el labio inferior.

Sentí que se ponía rígida y se alejaba ligeramente, pero aún le sostenía la mejilla con la mano y levanté la otra para que no pudiera huir. Sus ojos, muy abiertos, se clavaron en los míos.

—No te haré daño —le dije—. Te juro que no te haré daño. Solo quiero hacerte sentir bien. Por favor, permíteme hacerlo. Déjame hacer esto por ti. Déjame mostrarte lo bien que puedo hacerte sentir.

—Ya lo has hecho. Antes.

Una nueva oleada de culpa me atravesó al recordar lo violentamente que le había arrebatado la inocencia.

E incluso después de que sucediera, después de ver sus lágrimas y sentir su dolor, no pude apartarme de ella y la tomé de nuevo en la bañera.

Intenté que fuera mejor para ella esa vez, pero sé que aún tuvo que dolerle.

Y a los hombres que la habían tenido en esa maldita casa —el estómago se me contrajo hasta querer vomitar solo de pensarlo— les había importado una mierda la mujer que estaban usando.

Apoyé la frente contra la suya, con las manos suaves en su rostro aunque los músculos me temblaban por el esfuerzo de mantenerme quieto. —No —le dije—. No lo hice. Fui demasiado brusco. Y te hice daño. Y por eso, Sera, lo siento mucho.

—No lo sabías —susurró.

Me alejé lo suficiente para verle el rostro.

—Necesito tocarte. —Pero no hice ningún movimiento, porque sabía instintivamente que si la forzaba ahora, nunca la recuperaría.

Físicamente, podía tomar su cuerpo y hacer lo que quisiera con él.

Pero eso no me haría mejor que ellos. No, no podía tomarla como quería hasta conseguir su rendición completa.

Y eso llevaría tiempo y confianza. Así que, por ahora, necesitaba esperar su permiso. Aunque me matara.

El corazón se me detuvo cuando sus ojos bajaron a mi pecho y su mano se alzó, lenta y temblorosa, para tocarme.

Contuve la respiración mientras esperaba, tan conectado con ella que sentí el calor de sus dedos justo antes de que rozaran mi piel desnuda.

Con una caricia que apenas lo era, las yemas de sus dedos se deslizaron sobre mi piel, trazando el círculo del tatuaje que me cubría el pectoral.

Cerré los ojos y apreté los dientes mientras mi cuerpo reaccionaba a su caricia y se endurecía hasta el punto del dolor. La respiración me entraba y salía en jadeos cortos.

Apartó la mano y giró la cabeza, luego tragó con dificultad. —Lo siento, Enzo. No puedo.

El monstruo dentro de mí se alzó con un gruñido de impaciencia.

Quería tranquilizarla y hacerle saber que no pasaba nada.

Que entendía que iba a llevar tiempo. Que algunas personas lidiaban con el trauma mejor que otras.

Pero no podía confiar en mí mismo para hablar.

No estaba acostumbrado a que me dijeran que no.

Nadie me decía que no. La dejé sola en la cama y me dirigí al whisky.

Lo único que iba a salvarla ahora era que me emborrachara hasta perder el sentido. E incluso entonces, era cuestionable.