Su rechazo (Trilogía su posesión nº 2) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Era mía. Todo era culpa mía. Debería haberte escuchado. Debería haberme quedado en el coche en el club hasta que el guardia de seguridad saliera a acompañarme dentro. No debería haber dejado el móvil en el bolso. Había tantas razones para culparme, y ninguna para culparlo a él.

—No volverá a pasar —dijo con voz ronca.

—De acuerdo —le dije.

Nos quedamos un rato en silencio, mirándonos, diciéndonos sin palabras cosas que ninguno de los dos estaba preparado para decir en voz alta, hasta que él rompió el silencio.

—Come la sopa y el pan. Has perdido demasiado peso.

Demasiado cansada para discutir con él, cogí mi recipiente. Cuando se aseguró de que estaba comiendo, Enzo hizo lo mismo.

—Entonces, ¿qué va a pasar ahora? —le pregunté cuando no pude comer ni un bocado más.

—Podemos quedarnos aquí unos días. Para que tengas tiempo de adaptarte.

El lunes tengo que volver a casa de Luca y vendrás conmigo.

Tiene una casa grande. Es donde me quedo cuando no estoy aquí.

Y ahora que sabe de ti, quiero tenerte allí conmigo, donde pueda protegerte y estar cerca si necesitas algo.

—Hizo una pausa, como si esperara que le discutiera.

Y la Sera que conocía antes probablemente lo habría hecho.

Pero esta Sera no quería quedarse sola. Tampoco quería volver a casa de Jade e intentar explicar todo lo que había pasado.

Por lo que ella sabía, yo había desaparecido hacía mucho tiempo.

Y era más seguro para ella seguir creyendo eso.

Al ver que no ponía objeciones, continuó—: Cuando lleguemos a casa de Luca, hablaremos de qué vamos a hacer con tu padre.

—¿Tendré algo que decir al respecto?

Hizo una pausa—. No mucho, no.

Casi me eché a reír. Debería haber sabido que ni valía la pena preguntar. No era así como funcionaban las cosas en el mundo de la mafia. Un mundo gobernado por hombres y sus caprichos, con muy pocas excepciones.

Pero debió de leerme el pensamiento en la cara—. Haré lo que pueda, Sera. Pero es todo lo que puedo prometerte.

—Lo entiendo —le dije—. Pero sabes que es una mierda. No soy una niña, y es mi vida. Debería poder opinar.

Se levantó del sofá y recogió nuestros recipientes de sopa vacíos. Los metió de nuevo en la bolsa de plástico en la que habían venido y los dejó fuera, en el pasillo, para que el personal del hotel los recogiera. No discutió conmigo. No intentó defender a los hombres con los que trabajaba.

Y hacía bien en callarse. No había nada que discutir. El mundo de la mafia era como era. Y mis quejas no iban a cambiarlo.

Se puso delante de mí y metió las manos en los bolsillos de los vaqueros—. Es tarde, deberías dormir un poco.

De nuevo, tenía razón. Estaba agotada. Sin embargo, la idea de dormir no me resultaba reconfortante.

—Puedo dormir aquí, en el sofá —dijo.

Sentí el peso de su mirada mientras lo pensaba. ¿Quería que durmiera aquí y me dejara sola en el dormitorio? No. No creía que quisiera eso—. No, no tienes que hacer eso.

—No pasa nada. Y no será la primera vez que duermo en este sofá.

Pero negué con la cabeza—. No quiero estar sola —confesé.

Me observó durante un largo rato—. De acuerdo —dijo al fin—. Entonces vamos a la cama.

Me levanté y me sequé las palmas sudorosas en los pantalones—. Enzo… —No sabía cómo decirle lo que necesitaba decirle.

Pero él solo dijo—: Lo sé. No pasa nada.

Solté el aire que, sin darme cuenta, había estado conteniendo, mientras el alivio me invadía. No quería estar sola, pero tampoco me sentía preparada para lo que él querría de mí.

—No pasa nada —repitió con suavidad—. Vamos a dormir. Ya hablaremos más por la mañana.

Fui hacia el dormitorio con él detrás. A pesar de sus palabras tranquilizadoras, estaba nerviosa—. ¿Tienes un cepillo de dientes de sobra?

—Hay uno nuevo en mi neceser, debajo del lavabo.

Cerré la puerta tras de mí, encontré el cepillo de dientes y me lavé los dientes. Todavía tenía el pelo húmedo, así que usé el peine de Enzo para desenredármelo. El baño olía a lejía, igual que yo. La piel de los brazos la tenía de un rojo intenso.

Dejé el peine y me levanté la camiseta. El estómago y los pechos también los tenía rojos. Todo me seguía ardiendo.

Quizá quemaría unas cuantas capas de piel para no tener que cargar con su tacto a todas partes.

Me bajé la camiseta, terminé y salí de la seguridad del baño.

Enzo estaba sentado en el borde de la cama, esperando. Cuando salí, se levantó y vino hacia mí. Tomó un mechón de mi pelo entre los dedos y lo frotó—. Tan suave —murmuró. Se inclinó y me dio un beso suave en la coronilla. Luego me soltó el pelo y entró en el baño, cerrando la puerta tras él.

Me metí en la cama, todavía completamente vestida.

Respiré hondo y solté el aire en una exhalación pesada; parte de la tensión abandonó por fin mi cuerpo mientras me hundía en el suave colchón.

Las sábanas blancas y el edredón gris olían a limpio y eran suaves sobre mi piel en carne viva.

Me los subí hasta el cuello, intentando entrar en calor.

Enzo salió unos minutos después. Lo observé rodear la cama para dormir más cerca de la puerta.

Se quitó los vaqueros y la camiseta y los dejó en la silla junto a la ventana, quedándose solo con los bóxers; luego se metió en la cama y apagó la lámpara de la mesilla.

Se dio la vuelta, me rodeó con el brazo y me atrajo hacia la curva de su cuerpo.

El corazón se me aceleró y me puse rígida al sentir algo largo y duro contra el trasero—. Enzo…

—Shhh… Solo quiero abrazarte, nada más.

Me apretó con fuerza contra él, con el brazo pesado sobre las costillas y la mano abierta sobre el pecho, por encima de los senos, los dedos en la clavícula. Estaba segura de que podía sentir cómo me latía el corazón desbocado.

Me quedé así durante mucho tiempo, con el cuerpo en tensión, notando cómo su pecho firme subía y bajaba contra mi espalda con cada respiración acompasada, hasta que poco a poco empecé a relajarme y los ojos se me fueron cerrando.

No estaba segura de si estaba despierta o soñando cuando lo oí decir—: No vuelvas a dejarme nunca, Sera.

Con un suspiro, me hundí en el sueño hasta que los gritos volvieron a brotar dentro de mí.