Su pequeña propiedad CAPÍTULO 8 EL IMPERIO DE DOS
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CAPÍTULO 8 EL IMPERIO DE DOS

Mikhail

La ciudad volvía a ser mía, limpia de ratas y traidores.

Había exterminado al clan Ivanov y me había asegurado personalmente de que el padrastro de Aurora nunca más volviera a respirar el mismo aire que mi ángel.

Mi ropa apestaba a pólvora y la sangre ajena se secaba sobre mis nudillos, pero nada de eso importaba mientras sostenía el cuerpo tembloroso de mi pequeña contra mi pecho en el suelo de nuestra habitación.

Sentir sus brazos enredados en mi cuello y sus lágrimas mojando mi piel era la única redención que necesitaba.

—Shh, ya pasó, pequeña. Ya pasó —le rugí muy bajo al oído, pasando mis manos enormes por su espalda, acariciando la seda de su camisón húmedo—. Nadie va a volver a tocar los muros de esta casa. He borrado a cada bastardo que pretendía ponerte un dedo encima.

Me puse de pie con ella en brazos con la misma facilidad de siempre.

Aurora no intentó alejarse; al contrario, se pegó aún más a mí, buscando el calor salvaje que desprendía mi cuerpo cargado de adrenalina.

La deposité con extrema lentitud en el centro de la cama king-size y me alejé solo lo necesario para quitarme la camisa rota y los restos de la batalla.

Cuando me giré de nuevo hacia ella, completamente desnudo de la cintura para arriba, vi la chispa de una sumisión absoluta y ardiente brillando en el fondo de sus hermosos ojos.

Mi obsesión, lejos de calmarse con la victoria, se encendió con una fuerza destructiva.

Quería borrar el miedo de su mente de la única forma que sabía: reclamando su cuerpo hasta que no pudiera pensar en nada más que en mí.

Caminé hacia el borde del colchón, sintiendo cómo mis músculos se tensaban y la rigidez de mi deseo presionaba con fuerza, exigiendo una entrega total y definitiva.

Esta noche no habría barreras; Aurora iba a comprender el verdadero peso de pertenecerle al Segador.

Me subí a la cama con una lentitud que rozaba la tortura, abriendo sus piernas con mis rodillas hasta encajarme en el centro de su universo.

El camisón blanco se había deslizado por completo, dejando al descubierto su figura pálida, temblorosa y perfecta.

Aurora jadeó al sentir mi piel desnuda contra la suya, un contraste violento entre mi cuerpo enorme, cubierto de cicatrices y tatuajes, y su suavidad angelical.

Un gruñido salvaje escapó de mi pecho cuando mis manos atraparon sus muñecas, fijándolas contra el colchón por encima de su cabeza.

—Mírame bien, mi ángel —siseé, inclinándome hasta que mis labios rozaron los suyos, que ya estaban entreabiertos y húmedos—. Esta noche borramos el pasado. Esta noche te grabas mi nombre en la piel para el resto de tus malditos días.

Sus ojos, nublados por un deseo ciego y sumiso, se clavaron en los míos sin un ápice de duda.

—Hazme tuya, Mikhail —susurró con una voz rota que terminó de demoler mi escaso autocontrol.

No esperé más. Bajé la cabeza y la devoré con un beso bruto, profundo y posesivo que silenció sus gemidos mientras mi mano libre bajaba en línea recta por su vientre plano, hundiéndose directamente en su humedad ardiente.

Estaba empapada, lista para mí, suplicando por la invasión.

Presioné mis dedos con fuerza, imponiendo un ritmo rápido y dominante que la hizo arquear la espalda con desesperación.

Cada contracción de su cuerpo alrededor de mis dedos era un recordatorio de que me pertenecía en cuerpo y alma.

La tensión en la habitación se volvió asfixiante, un incendio de pura lujuria y posesividad donde ella se entregaba por completo al monstruo que la había salvado.

El cuerpo de Aurora vibraba bajo el mío, completamente rendido a la exigencia de mis manos.

Sus gemidos eran música celestial en medio del silencio que ahora reinaba en mi imperio.

Incrementé el ritmo de mis dedos, sintiendo cómo se tensaba, al borde del abismo.

No la dejé apartarse; mantuve mis ojos fijos en los suyos, devorando la hermosa sumisión que nublaba su mirada mientras su centro ardiente se contraía con violencia, alcanzando un clímax salvaje que la hizo temblar de pies a cabeza.

Soltó mi nombre en un grito ahogado que ahogué de inmediato estrellando mis labios contra los suyos.

Me hundí contra su cuerpo con toda mi fuerza, sintiendo la deliciosa fricción de su piel sudorosa contra la mía.

Un rugido de triunfo absoluto arañó mi garganta.

La batalla de afuera no había sido nada comparada con la victoria de tenerla aquí, completamente mía, grabada a fuego con mi toque.

Cuando la tormenta de placer finalmente se calmó, me acomodé a su lado, envolviéndola con mis brazos gigantescos.

Aurora escondió su rostro en mi pecho, buscando los latidos desbocados de mi corazón, totalmente exhausta pero segura.

Pasé mis dedos por su espalda desnuda, delineando su silueta con una ternura que solo ella evocaría en mí.

La guerra había terminado. Los enemigos estaban bajo tierra.

Y mi pequeño ángel estaba exactamente donde pertenecía: encerrada para siempre en los brazos de su protector.