CAPÍTULO 7 LA TORMENTA
Aurora
Me desperté sobresaltada, con el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas.
Estiré la mano por instinto hacia el otro lado de la inmensa cama, buscando el calor reconfortante del cuerpo de Mikhail, pero solo encontré sábanas de seda rosa completamente frías.
El espacio a mi lado estaba vacío. Un vacío agudo e inexplicable me oprimió el pecho.
Me incorporé despacio, sujetando el camisón blanco contra mi cuerpo; mi piel todavía se sentía extrañamente sensible, marcada por el rastro de sus manos ardientes y la brutal intensidad de nuestro encuentro.
El silencio en la habitación era sepulcral, espeso y opresivo.
Miré hacia el gran ventanal y me di cuenta de que el día se había oscurecido; espesas nubes grises amenazaban con una tormenta y el bosque exterior parecía más amenazante que nunca.
De repente, un sonido metálico y seco resonó por toda la estancia.
Observé con horror cómo unas pesadas persianas de acero blindado descendían lentamente por el exterior de los cristales, bloqueando la luz natural por completo y sumergiéndome en una penumbra artificial.
Me bajé de la cama de un salto, con los pies descalzos helándose contra el suelo de mármol.
Corrí hacia la puerta principal y tiré de la manija de madera tallada con desesperación.
No se movió ni un milímetro. Estaba cerrada con triple cerrojo desde el exterior.
Golpeé la madera con mis puños pálidos, sintiendo las primeras lágrimas de frustración y miedo correr por mis mejillas.
—¡Mikhail! —grité, y mi voz sonó pequeña, rota, apagada por el grosor de las paredes—. ¡Mikhail, déjame salir! ¿Dónde estás?
Nadie respondió. El protocolo de blindaje total del que me había advertido se había activado.
Estaba completamente aislada del mundo, encerrada en el corazón de su fortaleza.
El pánico primitivo regresó, pero esta vez no era miedo a Mikhail; era un presentimiento terrible y desgarrador de que algo espantoso estaba sucediendo afuera y de que él, mi peligroso y obsesivo protector, corría peligro.
El encierro me estaba volviendo loca. Caminé de un lado a otro de la gigantesca habitación, abrazándome a mí misma, con la seda del camisón rozando mis piernas todavía sensibilizadas por la posesión de Mikhail.
Cada rincón del cuarto apestaba a él, a su perfume rudo, a su control.
Me arrojé sobre el suelo junto a la puerta, pegando la oreja a la madera gruesa, desesperada por escuchar cualquier rastro de vida en los pasillos de la mansión.
De pronto, un estático agudo rompió el silencio de la habitación.
Venía del panel de control de la pared, justo al lado del vestidor.
Corrí hacia allí con el corazón en la garganta.
La pantalla táctil parpadeaba en un color rojo intenso, mostrando las palabras: PROTOCOLO ALFA ACTIVO.
Una voz entrecortada por la estática y el pánico brotó del altavoz integrado; era Dimitri, el segundo al mando de Mikhail.
—...perímetro sur comprometido... —decía la voz, ahogada por ruidos que me congelaron la sangre: detonaciones lejanas, estruendos de armas de fuego—.
¡Mantengan la posición en el ala principal!
No dejen que se acerquen a la habitación del jefe.
Los Ivanov están aquí, repito, los Ivanov han entrado...
Me llevé las manos a la boca para ahogar un grito de puro terror.
Los enemigos de Mikhail estaban en la casa.
Mi mente voló de inmediato hacia él. ¿Dónde estaba?
¿Estaba herido? Un dolor agudo y desgarrador me atravesó el pecho al darme cuenta de que si algo le pasaba a ese monstruo posesivo, yo me moriría con él.
Mi cuerpo, que hace apenas unas horas se doblegaba ante su tacto dominante, ahora suplicaba por su regreso, por su protección, por su brutalidad.
Sentí un golpe seco justo al otro lado de mi puerta y los cerrojos empezaron a girar con violencia.
Me eché hacia atrás, tropezando con mis propios pies hasta caer sentada sobre la alfombra.
El pánico me paralizó los músculos. Los cerrojos pesados terminaron de girar con un chasquido metálico que sonó como un disparo en el silencio de la habitación.
La enorme puerta de madera se abrió de golpe, golpeando la pared con violencia.
Cerré los ojos, esperando ver a los hombres del clan rival listos para arrastrarme, pero el olor que inundó la estancia me hizo abrirlos de inmediato: pólvora, sangre y ese perfume rudo a cuero que ya empezaba a conocer demasiado bien.
Era él.
Mikhail estaba de pie en el umbral, jadeando con fuerza, con el pecho subiendo y bajando de manera salvaje.
Su camisa negra estaba rasgada, exponiendo sus pectorales tatuados, y sus nudillos estaban cubiertos de una mezcla de sangre propia y ajena.
Llevaba el arma en la mano, con el cañón todavía humeante.
Sus ojos grises, antes tormentosos, estaban completamente desbocados, inyectados en sangre por la adrenalina de la batalla.
Parecía un demonio salido del mismísimo infierno.
En cuanto sus ojos devoraron mi figura temblorosa en el suelo, el arma se le resbaló de los dedos, cayendo con un golpe seco.
Mikhail cruzó la habitación en dos zancadas feroces y se arrojó de rodillas frente a mí.
Me tomó del rostro con sus manos enormes, ásperas y calientes, obligándome a mirarlo mientras me revisaba el cuerpo con una desesperación que me cortó la respiración.
—Estás bien... estás intacta, mi ángel —gruñó, y su voz ronca se rompió por completo, temblando con una vulnerabilidad aterradora—. Se terminó. Todos se terminó. Nadie va a volver a poner un pie en nuestro mundo. Estás a salvo conmigo, Aurora. Eres mía, maldita sea, eres mía para siempre.
No lo dudé ni un segundo. Me arrojé a su pecho sangriento, enredando mis brazos alrededor de su robusto cuello y escondiendo mi rostro en su hombro.
Lloré de puro alivio mientras su inmenso cuerpo me estrujaba contra sí con una fuerza casi dolorosa, sellando nuestro destino en medio de la destrucción.
La tormenta exterior había terminado; el monstruo había matado por mí, y yo le pertenecía en cuerpo y alma.
—Sí, tuya —logré decir—. Para siempre.