CAPÍTULO 6 EL PRECIO DEL TESORO
Mikhail
Tenerla entre mis brazos, exhausta y completamente marcada por mis manos, fue la experiencia más adictiva de mi maldita existencia.
Aurora dormía profundamente contra mi pecho desnudado, con su respiración suave golpeando mi piel tatuada.
Sentir su pequeño cuerpo moldeado perfectamente al mío, impregnado con el rastro de mi posesión, calmó a la bestia en mi interior solo por un instante.
Pero la tregua duró poco. Mi mente ya estaba maquinando cómo repetir ese momento una y otra vez, cómo aislarla aún más para que nadie pudiera poner en peligro lo que tanto me había costado reclamar.
Con un cuidado extremo que odiaba admitir que poseía, deslicé mi brazo por debajo de su cabeza y me levanté de la cama sin despertarla.
Le subí las sábanas de seda rosa hasta los hombros, besando su frente con una devoción que rayaba en la locura.
Salí de la habitación cerrando la puerta con pestillo.
Al instante, mi rostro volvió a transformarse en la máscara de hielo que todo el mundo temía.
El eco de su placer todavía vibraba en mis dedos, pero el deber del submundo criminal me llamaba abajo.
Al llegar a mi despacho, encontré a mi segundo al mando, Dimitri, esperándome de pie junto al ventanal.
Su rostro estaba inusualmente tenso, lo que encendió todas mis alarmas de inmediato.
No me senté detrás del escritorio; me quedé en el centro de la habitación, con los puños cerrados y los hombros tensos, listo para romperle el cuello a cualquiera que interrumpiera la paz de mi nuevo hogar.
—¿Qué pasa, Dimitri? —pregunté, y mi voz arrastró una fría promesa de violencia.
—El padrastro de Aurora no se ha ido de la ciudad, jefe —respondió Dimitri en un susurro apresurado, mirando de reojo hacia la puerta—.
Ha estado hablando con el clan rival de los Ivanov.
Les está ofreciendo información sobre las debilidades de tu seguridad a cambio de protección.
Y les dijo... les dijo que tienes un punto débil escondido en esta mansión.
Un silencio sepulcral cayó sobre el despacho.
Las palabras de Dimitri flotaron en el aire antes de transformarse en una furia líquida y ardiente que me inundó las venas.
La mandíbula se me apretó tanto que escuché el crujido de mis propios dientes.
¿Mi punto débil? El miserable infeliz se atrevía a llamar a mi ángel una debilidad.
Aurora no era una debilidad; era mi maldita razón para respirar, el centro de mi universo entero.
Y la simple idea de que el clan Ivanov supiera de su existencia hacía que el monstruo en mi interior arañara las paredes de mi cordura, exigiendo sangre.
—Reúne a los hombres —ordené. Mi voz no fue un grito; fue un susurro siseante, más letal que el filo de una navaja—. Quiero a todo el escuadrón armado y listo en cinco minutos. No vamos a esperar a que jueguen su carta. Vamos a ir a su propio territorio y los borraremos del mapa.
—¿Y el padrastro, jefe? —preguntó Dimitri, tragando saliva con dificultad ante la fría brutalidad de mis ojos.
—Al padrastro me lo dejas a mí —respondí, caminando hacia la caja fuerte empotrada en la pared de roble.
La abrí y saqué mi arma reglamentaria, sintiendo el frío reconfortante del metal contra mi palma tatuada—.
Le perdoné la vida una vez por respeto al rostro de mi pequeña.
Pero ha cometido el peor error de su miserable existencia: intentar usarla como carnada otra vez.
Esta noche me aseguraré personalmente de que no quede ni un trozo de él para enterrar.
Antes de salir del despacho, eché un último vistazo al monitor de seguridad que apuntaba a la cama de Aurora.
Seguía allí, un ángel durmiente envuelto en sábanas rosas, completamente ajena a la tormenta de sangre que estaba a punto de desatarse en la ciudad para mantenerla a salvo.
Una posesividad salvaje me oprimió el pecho.
Nadie iba a tocarla. Nadie iba a mirarla.
Destruiría el mundo entero antes de permitir que un solo cabello de su cabeza fuera dañado.
Caminé de regreso al ala residencial con pasos rápidos que resonaban como tambores de guerra en los pasillos vacíos.
Al entrar a nuestra habitación, el aroma a vainilla y a nuestro reciente encuentro me golpeó el pecho, calmando momentáneamente el instinto asesino que me dominaba.
Aurora se movió entre las sábanas de seda, soltando un pequeño suspiro, pero no se despertó.
Lucía tan indefensa, tan malditamente mía.
Me acerqué al borde de la cama y me arrodillé, permitiéndome un último segundo de debilidad.
Deslicé mis dedos tatuados por la seda de su cabello, apartándolo de su rostro pálido.
Me incliné y presioné mis labios contra su frente en un beso casto pero cargado de una promesa implacable.
Iba a teñir las calles de rojo solo para asegurarme de que ella pudiera seguir durmiendo en esta paz.
—Dimitri —hablé por el intercomunicador de mi oído mientras me ponía de pie y me ajustaba el arma en la funda de la axila—. Activa el protocolo de blindaje Alfa en la mansión. Nadie entra, nadie sale. Si una sola mosca se acerca al perímetro de su habitación, vuela la propiedad entera. ¿Entendido?
—Entendido, jefe. El perímetro está sellado —respondió la voz metálica de mi segundo.
Eché una última mirada a mi hermoso ángel atrapado en mi jaula de oro.
Mi obsesión por ella no tenía límites, y esta noche el mundo entero aprendería lo que sucede cuando intentan arrebatarle el tesoro al Segador.
Di media vuelta, salí del cuarto y pasé el triple cerrojo.
Que vinieran los Ivanov. Que viniera su padrastro.
Yo era el monstruo más grande de esta ciudad, y estaba a punto de demostrarlo.