CAPÍTULO 5 LA LÍNEA DEL DESEO
Aurora
No pude pegar ojo en toda la noche. Las sábanas de seda rosa de la inmensa cama se sentían demasiado suaves contra mi piel desnuda, recordándome a cada segundo que estaba atrapada en el nido de un monstruo.
Pero lo peor no era el encierro; lo peor era el calor insoportable que se había instalado entre mis muslos desde que Mikhail me había besado en el comedor.
Mi propio cuerpo me traicionaba, humedeciéndose de pura expectación, anhelando la brutalidad de sus manos duras y el peso de su enorme cuerpo sobre el mío.
A media mañana, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.
Mikhail entró como un huracán de masculinidad cruda.
No llevaba la chaqueta del traje, solo una camisa negra con los primeros botones abiertos que exponía los tatuajes de su pecho, y las mangas arremangadas, mostrando sus antebrazos gruesos y venosos.
Se detuvo a los pies de la cama, devorándome con una mirada tan cargada de lujuria y posesividad que sentí un vuelco en el vientre.
Yo solo llevaba un camisón de seda blanco y translúcido que apenas me cubría.
—Te ordené que descansaras, pequeña —dijo, y su voz ronca vibró tan bajo que me hizo jadear—. Pero veo que tus ojos delatan que has estado pensando en mí. En lo que te voy a hacer.
Caminó hacia la cama con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
El colchón se hundió bajo su inmenso peso cuando se subió, arrastrándose entre mis piernas abiertas.
Me quedé inmóvil, con el corazón martillando en los oídos, mientras su sombra me cubría por completo.
Su mano gigante y callosa se deslizó por mi tobillo, subiendo lentamente por mi pantorrilla desprotegida, arrastrando el camisón hacia arriba y dejando mi piel expuesta al aire frío de la habitación, desatando una oleada de escalofríos ardientes por todo mi cuerpo.
La palma de su mano era un carbón encendido que devoraba la piel de mis muslos mientras subía sin prisa, arrugando la seda blanca de mi camisón.
Solté un gemido ahogado cuando sus dedos tatuados rozaron la cara interna de mis piernas, obligándome a abrirlas aún más bajo su imponente peso.
Mikhail se encajó entre mis rodillas, y la dureza imponente de su masculinidad presiona con fuerza contra mi intimidad, protegida apenas por una fina capa de tela.
Un espasmo de puro placer y desesperación me recorrió la espina dorsal.
—Mírame, Aurora —rugió bajo, sujetando mis caderas con ambas manos, hundiéndose en mi piel blanda con una fuerza posesiva que me hizo arquear la espalda—. Mírame mientras te marco. Eres mía. Cada centímetro de este cuerpo dulce me pertenece.
Le obedecí, con los ojos nublados por las lágrimas del deseo contenido.
Su mirada gris era un incendio forestal que amenazaba con consumirme viva.
Mikhail bajó la cabeza de golpe y atrapó mis labios en un beso salvaje, hambriento y profundo.
Su lengua reclamó mi boca con una urgencia brutal, mientras una de sus manos abandonaba mi cadera para deslizarse debajo de mi camisón, buscando el contacto directo con mi piel desnuda.
Sus dedos húmedos y calientes rozaron mi centro inflamado, y el primer contacto me hizo soltar un grito que él ahogó aplastando sus labios contra los míos.
Empezó a mover sus dedos con un ritmo exigente y dominante, castigando y mimando mi sensibilidad al mismo tiempo.
El calor en mi vientre se convirtió en una marea abrasadora que me hacía suplicar en silencio por más.
Mis manos se clavaron en sus hombros anchos, tirando de la tela de su camisa negra, desesperada por pegarlo más a mí, por sentir el peso total de su cuerpo aplastando mi inocencia.
El placer era tan agudo, tan prohibido y turbio, que sentí que perdería el conocimiento en cualquier momento bajo el control absoluto de sus manos.
El ritmo de sus dedos se volvió implacable, una tortura deliciosa que me empujaba directo al abismo.
Mikhail no me dejaba apartar la mirada; me obligaba a verlo fijamente mientras me destruía y me reconstruía con su tacto.
Sentía la dureza de su pecho contra el mío, el calor asfixiante de su aliento y la vibración de los gruñidos posesivos que escapaban de su garganta con cada uno de mis espasmos.
Estaba completamente a su merced, una marioneta que solo respondía a los hilos de su obsesión.
—Tómalo, pequeña —siseó contra mis labios, incrementando la presión justo donde mi cuerpo lo suplicaba—. Todo lo que sientes es por mí. Es mío.
La tensión en mi vientre se estiró tanto que dolió, hasta que finalmente el dique se rompió.
Mi cuerpo se arqueó violentamente sobre el colchón mientras una ola salvaje de placer puro me recorría de pies a cabeza.
Solté un grito agudo, enterrando mis uñas en la carne firme de sus hombros.
Las contracciones de mi orgasmo envolvieron sus dedos húmedos, y Mikhail soltó un rugido de triunfo animal, hundiéndose una última vez contra mí con una fuerza que me dejó sin aire, reclamando cada gota de mi rendición.
Cuando el temblor de mi cuerpo finalmente cesó, me dejó caer con suavidad sobre las sábanas de seda.
Mikhail se retiró lentamente, pero no se alejó.
Se acostó a mi lado, arrastrándome de inmediato hacia su pecho macizo y envolviéndome en sus brazos gigantescos como si fuera un tesoro sagrado.
Yo estaba completamente exhausta, con el corazón latiendo a mil por hora y la piel encendida.
Mientras él besaba la coronilla de mi cabeza con una ternura abrumadora, me di cuenta de la aterradora verdad: ya no era su prisionera por obligación.
Mi propio cuerpo y mi alma ahora estaban encadenados a su oscuridad.