CAPÍTULO 4 EL CONTROL
Mikhail
Cerré la puerta de su habitación y me apoyé contra la madera tallada, cerrando los ojos por un instante.
Mi pecho subía y bajaba con fuerza, mis pulmones intentaban recuperar el aire y mis manos aún temblaban sutilmente por la descarga de adrenalina.
Había controlado imperios, había lidiado con traidores sin parpadear, pero esa pequeña e inocente mujer me tenía al borde del abismo con solo respirar cerca de mí.
Su perfume a vainilla se había quedado impregnado en mi ropa, en mis manos, en mi propia piel.
Caminé por el pasillo hacia mi despacho con paso pesado.
Sentía una tensión insoportable acumulada en la ingle, una pulsación dura y exigente que no iba a desaparecer fácilmente.
Aurora era demasiado pura, demasiado perfecta.
Besar esos labios dulces y escuchar su pequeño gemido ahogado casi había destrozado el escaso autocontrol que me obligué a mantener.
Quería arrastrarla a mi cama en ese mismo instante, marcar cada centímetro de su piel pálida con mis dientes y hacerla mía hasta que olvidara su propio nombre.
Pero tenía que contenerme. No quería romperla.
Ella me miraba como si fuera un monstruo —y lo era—, pero también había buscado mi calor.
Había visto la chispa de sumisión en sus hermosos ojos cuando la acorralé contra el vestidor.
Ella me pertenecía, su cuerpo lo sabía, y mi única maldita misión en la vida a partir de ahora era asegurarme de que lo entendiera por completo.
Entré a mi despacho y me serví un vaso de whisky puro, tragándolo de un solo golpe para intentar apagar el fuego que me quemaba por dentro.
Me senté detrás del escritorio de roble y encendí los monitores de seguridad.
Mi mirada se dirigió de inmediato a la cámara que apuntaba al pasillo de su habitación.
Nadie, absolutamente ningún empleado o guardia, tenía permitido acercarse a esa ala de la casa.
Aurora era mi secreto más oscuro, mi tesoro más preciado, y destruiría a cualquiera que osara mirar en su dirección.
Me quedé de pie junto a la cabecera de la mesa del comedor, esperando.
El reloj de pared marcaba las ocho en punto cuando la puerta doble se abrió.
Contuve el aliento. Aurora entró vistiendo un vestido de seda color rosa pálido que yo mismo había seleccionado para ella.
El corte se ajustaba a su pequeña cintura y caía suavemente sobre sus caderas, exponiendo la delicada piel de sus hombros.
Lucía tan jodidamente hermosa e inocente que un dolor agudo me atravesó el pecho.
Caminó hacia mí con pasos tímidos, manteniendo la mirada baja.
El tintineo de sus joyas baratas había desaparecido; ahora solo llevaba el oro fino que yo le había proporcionado.
Con cada paso que daba, mi obsesión echaba raíces más profundas en mi pecho.
Me acerqué a ella, bloqueando su camino antes de que llegara a su silla.
Su cabeza se inclinó hacia atrás y esos enormes ojos me miraron con una mezcla de sumisión y temor que me encendió la sangre.
—Estás perfecta, mi ángel —dije, y mi voz sonó como un rugido ronco en el silencioso comedor.
Le aparté la silla con cuidado, pero antes de que se sentara, deslicé mis manos por sus hombros descubiertos.
Su piel estaba suave y ligeramente fría.
Sentí cómo se tensaba bajo mi tacto, soltando un pequeño suspiro que golpeó el aire.
Me incliné hacia su oído, aspirando el aroma a vainilla que emanaba de su cuello, y apreté mis dedos firmemente sobre su piel, reclamándola una vez más.
—Espero que tengas apetito —le susurré, rozando su lóbulo con mis labios—. Porque a partir de hoy, yo me encargaré de alimentar cada una de tus necesidades. Tú solo tienes que preocuparte por complacerme a mí.
Me senté en la cabecera de la mesa, a escasos centímetros de ella, ignorando por completo la enorme distancia del comedor principal.
Quería tenerla cerca. Quería vigilar cada bocado que daba, cada movimiento de sus labios, cada parpadeo de sus ojos.
Aurora apenas tocó la comida fina que mis chefs habían preparado; mantenía las manos sobre el regazo, jugando nerviosamente con la tela de su vestido rosa.
—Come, pequeña —ordené con suavidad, pero manteniendo un tono firme e inquebrantable—. Necesitas recuperar fuerzas. Tu antigua vida de privaciones se terminó. Aquí vas a tener todo lo que desees, pero necesito que estés fuerte para mí.
Ella levantó la mirada, sus ojos conectando con los míos con una chispa de timidez y confusión.
Tomó el tenedor con dedos temblorosos y dio un pequeño bocado.
Verla obedecer mis mandatos me provocó una oleada de satisfacción tan intensa que tensó mis músculos.
Era una criatura sumisa por naturaleza, un ángel que solo necesitaba la guía y el control de un hombre lo suficientemente fuerte como para poseerla por completo.
Cuando la cena terminó, me puse de pie y caminé hacia ella.
Aurora se encogió sutilmente en su silla, pero no apartó la mirada.
Me incliné, apoyando ambas manos en los brazos de su asiento, acorralándola por completo contra el respaldo.
Mi rostro quedó a milímetros del suyo. Podía sentir el calor de su aliento y el latido desbocado de su pulso.
—Mañana empezará tu nueva rutina —le advertí, pasando la yema de mi pulgar por su labio inferior húmedo—.
No hay teléfonos, no hay internet, no hay contacto con el exterior.
Tu mundo entero empieza y termina en los límites de esta propiedad.
Y por las noches... por las noches me pertenecerás por completo, Aurora.
Ve a tu habitación y descansa. El juego apenas está comenzando.