CAPÍTULO 3 LA JAULA DE ORO
Aurora
El viaje en el asiento trasero de la lujosa limusina blindada se sintió como un sueño borroso.
Mikhail no me había quitado los ojos de encima ni un solo segundo durante todo el trayecto.
Viajamos en un silencio denso y cargado de una extraña electricidad, rota únicamente por el sonido sutil del motor.
Él se había quitado la chaqueta del traje justo al salir del club y me la había colocado sobre los hombros en cuanto subimos al auto; era enorme, pesada y olía tan intensamente a él que me hacía sentir extrañamente protegida, a pesar de que sabía que el hombre que la poseía me acababa de secuestrar legalmente de mi antigua vida con quien acababa de firmar un contrato matrimonial.
Cuando el vehículo finalmente se detuvo, miré a través del cristal tintado y contuve el aliento.
Frente a mí se alzaba una mansión imponente, una estructura gótica y majestuosa rodeada por enormes muros de piedra negra y rejas de hierro forjado que se elevaban hacia el cielo gris como las garras de un monstruo.
El lugar estaba completamente apartado de la civilización, enclavado en mitad de un bosque espeso, oscuro y silencioso cuyos árboles parecían vigilar el perímetro.
Aquello no era una simple casa de campo; era una fortaleza impenetrable.
Una jaula de oro diseñada minuciosamente para mantener al mundo exterior lo más lejos posible, o tal vez, para mantener algo sumamente valioso encerrado dentro, lejos de cualquier mirada indiscreta.
Sentí un escalofrío y rodeé las manos alrededor de la chaqueta, apretándome el pecho con fuerza.
No tenía miedo. Eso era algo que me había dado cuenta desde el principio.
Sí que me sentía intimidada. La presencia de Mikhail era imponente y en cierta manera aterradora pero a lo largo de mis diecinueve años nunca había sentido una atracción tan abrumadora como la que había experimentado al verlo por primera vez.
—Hemos llegado, pequeña —dijo Mikhail con esa voz profunda que siempre lograba que mi piel se erizara por completo.
Antes de que pudiera siquiera estirar la mano hacia la manija de la puerta, él ya se había bajado y estaba abriendo mi lado del auto.
No me permitió caminar por el sendero pavimentado.
Con una facilidad pasmosa que me dejó sin aire, deslizó sus poderosos brazos debajo de mis muslos y mi espalda, levantándome en vilo contra su pecho macizo.
Solté un pequeño jadeo de sorpresa y, por puro instinto de supervivencia, enredé mis brazos alrededor de su robusto cuello.
Mikhail soltó un sonido ronco, una especie de ronroneo posesivo que vibró directamente contra mi propio pecho.
Me apretó con tanta fuerza contra su cuerpo que pude sentir la rigidez de sus músculos y el calor abrasador que desprendía su piel y la dureza de su deseo latiendo contra mi abdomen a través de las telas.
Sus ojos grises centellearon con un brillo de pura victoria mientras me cargaba hacia el interior de su dominio.
Sabía perfectamente que cruzar el umbral de esa enorme puerta de madera significaba dejar atrás, para siempre, cualquier rastro de mi pasado y de mi libertad.
Sin embargo, al mirar su rostro tallado en piedra y la devoción salvaje que brillaba en sus ojos, me di cuenta con horror de que una parte muy profunda y traicionera de mí no quería regresar jamás
Mikhail subió las escaleras de mármol conmigo en brazos como si mi peso no significara absolutamente nada para él.
Cada paso que daba reforzaba la idea de su fuerza desmedida.
Se detuvo finalmente ante una enorme puerta doble de madera oscura tallada a mano, situada al final del pasillo principal, y la abrió de un suave empujón con la bota.
Al entrar, me depositó con extrema delicadeza sobre mis propios pies, pero no me soltó las caderas de inmediato; mantuvo sus palmas calientes presionándome firmemente contra su cuerpo hasta asegurarse de que mis piernas temblorosas mantuvieran el equilibrio por completo.
Me quedé sin aliento al observar el lugar.
La habitación era gigantesca, el triple del tamaño de mi antiguo apartamento entero.
En el centro dominaba una cama king-size con sábanas de seda de un color rosa pálido y postes de madera oscura.
Había un enorme ventanal que daba hacia los jardines traseros y el bosque, pero lo que realmente me dejó paralizada fue el gigantesco vestidor con puertas de cristal que ocupaba toda una pared.
Me acerqué lentamente, con pasos tímidos y descalzos, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies antes de estirar los dedos hacia una de las manijas de oro.
Al abrir la puerta de cristal, me llevé una mano a la boca para ahogar un gemido de puro asombro.
El vestidor estaba repleto, de extremo a extremo, con ropa de los diseñadores más exclusivos del mundo: vestidos de seda, abrigos de piel, zapatos de tacón alto perfectamente alineados y docenas de conjuntos de lencería de encaje y seda fina.
Lo más aterrador y fascinante de todo era que cada prenda que tomaba para revisar la etiqueta tenía grabada mi talla exacta.
Pasé los dedos por las telas suaves, completamente abrumada y mareada ante semejante despliegue de riqueza.
¿Cómo era posible que este hombre tuviera todo esto listo para mí si nos habíamos cruzado por primera vez hacía apenas un par de horas en su club nocturno?
Una punzada de temor mezclada con una extraña excitación me recorrió el pecho al comprender el verdadero nivel de su obsesión.
Y lo peor de todo es que me sentía complacida y excitada por ello. ¿Tal vez después de todo mi padrastro había tenido razón todos estos años y sí que había algo enfermo en mi cabeza?
—Pedí que lo prepararan todo en cuanto supe que tu padrastro pretendía usarte como garantía en mi mesa —dijo Mikhail, apareciendo a mi espalda de repente.
Su enorme sombra me envolvió por completo, y sentí sus manos posesivas apoyarse con firmeza en mis caderas, atrayendo mi espalda contra la rigidez de su pecho.
Su calor me traspasó el vestido blanco en un segundo, haciéndome jadear.
—. Sabía que serías mía antes de que pusieras un pie en mi club, Aurora.
Todo lo que ves en este lugar, cada tela, cada hilo, cada joya, fue comprado pensando exclusivamente en ti.
En cómo se vería el rosa sobre tu piel pálida.
En cómo te pertenecería cada maldito detalle de este espacio, porque tú, mi pequeño ángel, ahora eres completamente mía.
Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar su confesión.
Me giré despacio dentro del círculo de sus brazos, quedando cara a cara con él.
Mikhail no bromeaba; la intensidad en su mirada gris era tan pesada que casi me impedía respirar.
Estaba atrapada por un hombre que había planeado tenerlo todo listo para mí incluso antes de saber qué sonido tenía mi voz.
—Eres un monstruo —susurré, aunque mis palabras carecían de fuerza. Mi propio cuerpo me traicionaba, vibrando de expectación mientras mi espalda se apoyaba contra el borde de madera del vestidor.
—Soy tu monstruo, pequeña —corrigió él con una sonrisa lúgubre que no llegó a sus ojos—. El único que va a mantenerte a salvo del resto del mundo. A partir de hoy, este es tu nido. Tu palacio. No te faltará nada, pero nunca saldrás de aquí sin mi permiso.
Mikhail acortó los centímetros que nos separaban y presionó su cuerpo macizo contra el mío.
Con una lentitud exasperante, deslizó sus manos por mis muslos, subiendo por los costados de mi cuerpo hasta enterrar sus dedos en mi cabello, echando mi cabeza hacia atrás.
Su mirada bajó a mis labios y soltó un bufido caliente.
Cuando su boca atrapó la mía, no hubo delicadeza.
Fue un beso profundo, posesivo y dominante que reclamó hasta el último rincón de mi boca.
Gemí contra sus labios, abrumada por la oleada de calor que estalló en mi vientre.
Mis manos se aferraron a sus hombros anchos mientras él me devoraba, demostrándome con la fuerza de su cuerpo quién mandaba ahora.
Cuando finalmente se separó, me dejó sin aliento, con los labios encendidos y el corazón martillando desbocado.
Mikhail limpió un rastro de saliva de mi labio inferior con su pulgar, me miró con absoluta devoción y caminó hacia la puerta.
—Cámbiate y ponte algo cómodo, mi ángel —dijo antes de salir, dejándome sola en la inmensidad de la habitación—. La cena estará lista en una hora. Y no me hagas esperar