Su pequeña propiedad CAPÍTULO 2 EL RECLAMO
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CAPÍTULO 2 EL RECLAMO

Mikhail

Había pasado treinta y cinco años de mi vida caminando en la absoluta oscuridad, construyendo un imperio de cemento, sangre y poder con mis propias manos.

Había enterrado a mis enemigos sin parpadear y había tomado decisiones de vida o muerte con la frialdad de alguien que ha perdido toda humanidad.

Creía, con la arrogancia propia de un hombre que ha visto lo peor de la humanidad, que nada en este maldito mundo podrido podía sorprenderme ya, conmoverme o hacerme perder el control.

Hasta que ella cruzó la cortina de terciopelo de mi reservado.

En el maldito segundo en que mis ojos grises se clavaron en su figura menuda, el mundo exterior simplemente dejó de existir.

Las luces parpadeantes del club, el murmullo de la música baja, los hombres que me rodeaban...

todo se desvaneció en una neblina insignificante.

El encendedor de oro se me resbaló de los dedos, golpeando la mesa de cristal con un ruido seco, pero ni siquiera me importó.

Todo mi cuerpo se tensó con una violencia salvaje y primitiva que nunca antes había experimentado.

Todo mi cuerpo se tensó con una violencia salvaje.

Mis hombros se ensancharon, mis pupilas se dilataron y un rugido primitivo arañó mi garganta, exigiendo salir.

Llevaba ese vestido blanco que le quedaba ridículamente grande, haciéndola lucir aún más pequeña, más indefensa...

más jodidamente perfecta. Parecía un ángel caído directamente en mi propio infierno privado.

No era un simple capricho o atracción. Fue una posesividad instantánea, violenta y destructiva que me golpeó el pecho como un tren de carga.

Esa chica era mía.

No me importaba de dónde venía, quién era o cómo se llamaba.

Mi mente, siempre calculadora y fría, se apagó para dejar paso al instinto animal: reclamar su cuerpo, marcar su piel para que nadie más se atreviera a mirarla, protegerla del resto del mundo y destruir sin piedad a cualquiera que osara interponerse entre nosotros.

Desde ese primer cruce de miradas, su existencia quedó ligada a la mía para siempre.

La vi temblar de pies a cabeza cuando dio los primeros pasos hacia la mesa de cristal.

Sus manos pálidas y delicadas no podían controlar el tintineo nervioso de los vasos sobre la bandeja de plata, un sonido que delataba su pánico pero que a mí me encendió la sangre de una forma abrasadora.

Al agacharse con timidez para dejar la bandeja, el escote suelto de su vestido cedió un poco, exponiendo la delicada curva de su clavícula y la forma incipiente de sus pechos, una franja de piel tan blanca que parecía brillar en la penumbra del reservado.

Mi mandíbula se apretó tanto que dolió. Un gruñido animal vibró en mi pecho mientras mis manos destrozaban prácticamente los brazos de cuero del sillón donde estaba sentado.

Quería cubrirla de inmediato. Quería arrancarle ese vestido espantoso que no le pertenecía y envolverla en mi propia chaqueta para que nadie más pudiera contemplar lo que, desde ese maldito instante, me pertenecía de forma exclusiva y eterna.

Me puse de pie con deliberada lentitud, sabiendo perfectamente que mi descomunal tamaño y mi presencia física la intimidarían, pero me resultó físicamente imposible quedarme quieto.

Necesitaba estar cerca de ella. Necesitaba respirar el mismo aire que salía de sus labios entreabiertos.

Cuando di el primer paso al frente, acortando la distancia que nos separaba, su aroma me golpeó directamente en el rostro: una mezcla dulce de vainilla, inocencia pura y el sutil olor a miedo que me alteró por completo el pulso.

Estaba tan jodidamente cerca que mi pecho casi rozaba su rostro asustado.

Miré sus labios trémulos, su respiración agitada y superficial que hacía subir y bajar su pecho, y supe que estaba jodido para siempre.

Ya no había vuelta atrás ni redención posible; Aurora se había convertido, en menos de un minuto, en mi única, absoluta y más oscura religión.

Mantuve mi mano firme en su delicada barbilla, devorando con la mirada cada facción de su rostro angelical.

Aurora era demasiado perfecta para este mundo podrido.

Sentir sus pequeñas manos apoyadas en mi pecho, buscando equilibrio, casi me hace perder la cabeza por completo.

Su pulso acelerado bajo mis dedos me decía que estaba aterrorizada, pero la forma en que se inclinaba hacia mi cuerpo delataba que su inocencia respondía a mi oscuridad.

—Espera aquí, pequeña —le susurré al oído, permitiéndome rozar su piel con mis labios una última vez antes de obligarme a retroceder.

Me costó una cantidad de fuerza de voluntad sobrehumana apartarme de ella, despegar mis manos de su cuerpo y dar un paso atrás, pero tenía asuntos urgentes que resolver para asegurar que nadie volviera a reclamar lo que ya era mío.

Caminé hacia la salida del reservado y aparté la cortina de terciopelo.

Mis guardias, al ver la expresión asesina de mi rostro, dieron un paso atrás de inmediato.

Sabían perfectamente que cuando "El Segador" tenía esa mirada, alguien iba a terminar bajo tierra.

—Traigan al bastardo —ordené con una voz que heló el pasillo.

Menos de un minuto después, los guardias empujaron al interior del reservado a un hombre sudoroso, pálido y tembloroso: el padrastro de Aurora.

En cuanto el miserable infeliz cruzó la entrada, sus ojos cargados de codicia buscaron instintivamente la figura de la chica en la penumbra.

Una furia posesiva me cegó. Me interpuse de inmediato, bloqueando por completo su visión con mi enorme cuerpo.

Nadie volvía a ponerle los ojos encima a lo que era mío.

—¿Y bien, señor Volkov? —tartamudeó el hombre, frotándose las manos con una sonrisa patética y servil—.

¿La chica... la chica ha sido de su agrado?

Con esto... con esto asumimos que mi deuda de juego queda completamente saldada, ¿verdad?

Podré volver a mis negocios en la ciudad sin que sus cobradores me sigan...

Una furia ciega, ardiente y homicida me recorrió las venas.

El solo hecho de pensar que este desperdicio de hombre consideraba a mi ángel como una simple mercancía barata para salvar su pellejo me daba ganas de arrancarle la cabeza con mis propias manos.

Di un paso al frente, atrapando su cuello con los dedos de mi mano derecha y levantándolo del suelo sin el menor esfuerzo.

Su sonrisa desapareció, reemplazada por un chillido ahogado de puro terror mientras sus piernas pataleaban en el aire.

Los ojos del miserable infeliz se desorbitaron por completo mientras sus dedos, débiles y temblorosos, arañaban inútilmente la piel dura de mi antebrazo.

La presión que estaba ejerciendo en su tráquea era letal, lo suficientemente fuerte como para aplastarla en un par de segundos, pero no iba a matarlo aquí dentro.

No frente a ella. Mi pequeño y delicado ángel no tenía por qué presenciar cómo extinguía la patética vida del hombre que se suponía debía protegerla.

No quería que sus hermosos ojos se mancharan con la fealdad de mi mundo.

—Escúchame bien, escoria —siseé, acercando mi rostro al suyo para que pudiera ver la promesa de muerte en mis ojos grises—.

La deuda de juego está saldada. Pero si vuelvo a verte en este sector, si te acercas a menos de un kilómetro de ella, o si tan solo pronuncias su nombre otra vez... te despellejaré vivo. ¿Te queda claro?

El hombre asintió frenéticamente con la cabeza, con el rostro ya teñido de un color morado alarmante por la falta total de oxígeno en sus pulmones.

Lo arrojé con desprecio contra el suelo de madera como si fuera una bolsa de basura usada.

Se encogió sobre la alfombra, tosiendo, jadeando desesperadamente y aferrándose al cuello con ambas manos mientras intentaba recuperar el aire.

Miré de reojo a mis hombres armados, quienes aguardaban completamente inmóviles junto a la entrada del reservado, esperando mis órdenes.

—Sáquenlo de mi vista de inmediato —ordené con una voz fría que no admitía réplicas, mientras me limpiaba las palmas de las manos con un pañuelo de seda negra—.

Y asegúrense de que firme cada uno de los papeles del acuerdo matrimonial y la cesión de derechos antes de que ponga un pie fuera de este edificio.

A partir de este momento, Aurora no tiene familia.

No tiene pasado. No tiene a nadie más que a mí. Su vida entera me pertenece.

—Por supuesto, señor.

—Fuera. Ahora.

Los guardias lo arrastraron por el pasillo fuera del reservado mientras el hombre sollozaba de puro alivio por conservar la vida.

En cuanto la pesada cortina de terciopelo se cerró de nuevo, el silencio regresó a la estancia y la furia asesina que me dominaba se evaporó por completo.

Fue reemplazada por esa obsesión sofocante y ardiente que me empujaba hacia ella.

Me giré despacio hacia la esquina oscura donde mi pequeña aguardaba inmóvil.

Estaba pálida, con sus hermosos ojos abiertos de par en par, intentando procesar la magnitud de mis palabras.

Caminé hacia ella con pasos felinos y me arrodillé directamente frente a su silla para quedar a su altura, tomándole las manos frías y temblorosas entre mis enormes palmas calientes.

Me las llevé lentamente a los labios, besando cada uno de sus nudillos pálidos con una ternura que jamás en la vida creí poseer.

Me miraba como si fuera un monstruo —y lo era, el peor de todos—, pero no intentaba apartar sus manos de las mías.

Sabía perfectamente que me temía, pero su cuerpo también respondía al calor de mi protección; entendía que, a partir de ahora, yo era el único escudo humano entre ella y la crueldad de este maldito mundo.

—Yo… —musitó, parpadeando sorprendida como si le hubiera sobresaltado escuchar su propia voz.

—Ya se ha ido, pequeña —le prometí, acariciando su mejilla con mi pulgar mientras mis ojos devoraban los suyos—.

Nadie en este mundo volverá a usarte como mercancía, ni a tocarte, ni a hacerte derramar una sola lágrima.

Estás completamente a salvo. Eres mía ahora, Aurora —aseguré, bajando el dedo por su piel, despacio, hasta alcanzar la comisura de sus labios, frescos, carnosos y completamente míos—.

Mi pequeña, dulce y hermosa prisionera. Y nunca, no dejes que te quede la menor duda, te dejaré ir.