Su pequeña propiedad CAPÍTULO 1 LA DEUDA
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Su pequeña propiedad

Su pequeña propiedad

Por Krista Lage

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CAPÍTULO 1 LA DEUDA

AURORA

El aire en el interior del club La Última Cita apestaba.

Tenía un olor rancio a tabaco y alcohol mezclándose con un tufillo más mundano.

Yo no pertenecía a este lugar; cada fibra de mi ser lo gritaba mientras mis pies descalzos sufrían dentro de unos tacones prestados.

Llevaba un vestido de seda blanca que me quedaba ridículamente grande, una prenda que mi padrastro había rescatado del fondo de un armario y que insistió en que me pusiera para la "ocasión".

El tejido resbalaba de mis hombros, exponiendo demasiada piel pálida, haciéndome sentir como un cordero listo para ser conducido directamente al matadero.

Mis manos, completamente congeladas por el pánico, temblaban de tal manera que apenas podía sostener la pesada bandeja de plata que me obligaban a cargar.

—Sonríe, Aurora —me había susurrado mi padrastro al oído justo antes de empujarme por el pasillo, su aliento rancio a whisky golpeando mi mejilla, mientras sus dedos me apretaban el brazo con fuerza—.

Tu maldita sonrisa es lo único que va a evitar que esos hombres me rompan las piernas esta noche.

O algo mucho peor. Tienes que ser agradable, ¿entiendes? Haz lo que te pida.

El estómago se me revolvió de puro asco.

Mi padrastro había apostado mi futuro entero en una sola mano en una mesa de póker, y había cometido el error fatal de perder contra el hombre más peligroso, implacable y temido de toda la ciudad: Mikhail Volkov.

En los callejones y en el submundo criminal, nadie se atrevía a pronunciar su nombre real; todos lo llamaban "El Segador".

Decían las malas lenguas que no tenía alma, que su inmenso imperio se había construido bloque a bloque sobre los huesos de aquellos que intentaron traicionarlo o jugarle sucio.

Y ahora, por culpa de una deuda que yo no había contraído, yo me había convertido en la moneda de cambio para saldar su maldito juego.

Con las piernas temblando, crucé la pesada cortina de terciopelo rojo que dividía el pasillo del reservado VIP más privado del club.

Al instante, el ruido de la música exterior se apagó por completo, reemplazado por un silencio asfixiante.

La luz allí dentro era escasa, una iluminación carmín y siniestra que teñía las paredes de un tono que recordaba a la sangre fresca.

En el centro exacto de la sala, sentado en un inmenso sillón de cuero negro que por su escala parecía más un trono que un mueble, estaba él.

Mikhail Volkov era una montaña humana de músculos, cicatrices y una autoridad tan aplastante que congelaba el oxígeno de la habitación con su sola presencia.

Llevaba un traje oscuro hecho a medida que apenas lograba contener la brutalidad y la anchura de su cuerpo.

Sus manos eran enormes, cubiertas de venas gruesas y tatuajes oscuros de trazos agresivos que trepaban por sus muñecas hasta perderse bajo el cuello de su camisa.

En ese momento, jugaba con un encendedor de oro, haciendo que la pequeña llama bailara entre sus dedos con una calma que resultaba aterradora.

Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, pero sus ojos...

Dios mío, sus ojos eran dos tormentas de color gris claro, letales y calculadores.

Cuando di el primer paso hacia el interior del reservado, la madera del suelo crujió bajo mi peso. Mikhail levantó la mirada de inmediato.

En el milisegundo exacto en que nuestros ojos se cruzaron, el universo entero pareció detenerse.

El aire se volvió tan denso y eléctrico que dolió respirar.

El encendedor de oro se le resbaló de los dedos, cayendo directamente sobre la mesa de cristal con un golpe seco que resonó en mis oídos, pero él ni siquiera parpadeó.

Toda la postura de Mikhail cambió en un par de latidos.

Se tensó por completo, sus hombros ya de por sí gigantescos se ensancharon aún más y sus pupilas se dilataron con una violencia salvaje hasta devorar casi por completo el gris de sus ojos.

No me miró como un hombre mira a una camarera bonita, ni como un criminal analiza a un rehén.

Me miró como si acabara de encontrar la única cosa valiosa que le pertenecía en todo el maldito mundo y que le hubiera sido robada al nacer.

Un terror primitivo me oprimió el pecho, pero al mismo tiempo, una corriente de calor abrasador, una pulsación pesada y desconocida, me recorrió la espina dorsal desatando un escalofrío que me encendió la piel.

Su mirada gris me desnudaba, me marcaba y me reclamaba sin necesidad de articular una sola palabra.

Mi respiración se volvió errática, superficial.

Mis rodillas flaquearon bajo el peso absoluto de su atención.

Él no quería los tragos de la bandeja. Él me quería a mí, mi cuerpo, mi vida.

Y en ese instante supe con una certeza aterradora que a partir de esa noche nunca más volvería a ser libre.

Mikhail no se movió de inmediato, pero el silencio que se apoderó del reservado fue mucho más ensordecedor que cualquier grito o detonación.

Era un vacío absoluto que parecía succionar todo el aire de la estancia.

Los dos guardias armados, un par de hombres corpulentos y con rostros de piedra que custodiaban la entrada principal, notaron al instante el sutil pero violento cambio en la atmósfera.

Los vi tensarse por el rabillo del ojo, enderezando la espalda y llevando las manos instintivamente hacia sus chaquetas, mirando a su jefe con una mezcla de desconcierto y temor reverencial, como si esperaran una orden de ejecución inmediata.

Pero la atención de Mikhail no estaba en ellos; su mirada gris tormenta seguía grabada a fuego fija en mí, devorándome centímetro a centímetro.

Mis manos temblaron tanto que los vasos de cristal fino sobre la bandeja de plata empezaron a chocar entre sí, produciendo un tintineo agudo y rítmico.

El sonido parecía un eco ridículo, casi infantil, en medio de tanta tensión acumulada.

Quise dar un paso atrás, darme la vuelta, romper la pesada cortina de terciopelo y salir corriendo con todas mis fuerzas para perderme en las calles oscuras de la ciudad.

Sin embargo, mis piernas se sentían como si fueran de plomo, soldadas al suelo de madera.

La forma en que ese hombre me miraba ejercía una fuerza de gravedad de la que no podía escapar.

No había lujuria casual ni un escaneo superficial en sus ojos; era una devoción salvaje mezclada con una posesividad violenta y madura.

Había un hambre antigua en su mirada, algo destructivo que me decía que él ya había tomado una decisión sobre mi destino.

—Déjanos —dijo Mikhail. Su voz era ronca y profunda, una vibración ruda que pareció colarse directamente bajo mi piel, encendiendo un calor desconocido en mi vientre.

No se lo decía a sus guardias. Me lo decía a mí. El tono no admitía réplicas.

Con los dedos completamente entumecidos por el pánico y la extraña excitación que me recorría, me acerqué un poco más a la mesa baja de cristal para apoyar la bandeja antes de que se me cayera.

Al agacharme, el corte flojo del vestido blanco cedió y se deslizó hacia un lado, exponiendo la línea de mi clavícula y la piel pálida de la parte superior de mi pecho.

Escuché un gruñido bajo, casi animal, proveniente de la sombra donde él estaba sentado.

Levanté la mirada de golpe y vi que sus nudillos se habían vuelto blancos al aferrarse a los brazos del sillón.

Sus ojos estaban fijos en mi piel expuesta, y una vena gruesa latía con fuerza en su cuello tatuado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Las palabras salieron arrastradas, ásperas, como si le costara respirar.

—Au... Aurora —mi voz fue un hilo, apenas un suspiro.

Mikhail repitió mi nombre en un susurro que sonó como una promesa y una condena al mismo tiempo.

Se puso de pie con una lentitud escalofriante, y su imponente estatura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo.

Era gigantesco. Su sombra me envolvió por completo, bloqueando la poca luz roja de la habitación.

El aroma de su perfume y un toque de tabaco dulce, inundó mis sentidos, mareándome.

Dio un solo paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su pecho quedó a escasos centímetros de mi rostro.

Podía sentir el calor irradiando de su cuerpo.

El instinto me gritaba que huyera del monstruo, pero mi cuerpo, traicionero y alterado por una descarga de adrenalina pura, se inclinó sutilmente hacia él, buscando ese calor.

Mikhail lo notó. Una sonrisa oscura y peligrosa curvó la comisura de sus labios mientras levantaba una de sus enormes manos tatuadas hacia mi rostro.

El roce de sus dedos contra mi piel se sintió como una descarga eléctrica.

Mikhail me tomó de la barbilla con una delicadeza extrema que contrastaba salvajemente con el tamaño de su mano y la brutalidad que emanaba de su cuerpo.

Obligó a mi rostro a inclinarse hacia arriba, exponiendo mi cuello por completo ante su mirada hambrienta.

El pulgar de su mano libre delineó la línea de mi mandíbula y luego bajó, rozando la piel sensible de mi garganta, justo donde mi pulso latía desbocado como el de un pájaro atrapado.

—Estás temblando, pequeña Aurora —susurró, inclinándose tanto que su aliento cálido golpeó mis labios, haciéndome jadear—. ¿Te provoco miedo? ¿O es otra cosa?

No pude responder. El calor que se había instalado en mi vientre se intensificó, convirtiéndose en una pulsación constante y pesada que me nublaba el juicio.

Mis manos, de forma inconsciente, se apoyaron en la firmeza de su pecho para no caer.

La tela de su traje era cara, pero debajo solo había puro músculo.

Sentir los latidos salvajes y acelerados de su corazón contra mis palmas me dio una revelación impactante: este hombre poderoso y temido estaba tan alterado por mí como yo por él.

Mikhail soltó un bufido ronco, una mezcla de frustración y deseo reprimido, al sentir el contacto de mis manos.

Con un movimiento rápido y posesivo, me tomó de la cintura con un solo brazo, pegando mi cuerpo al suyo por completo.

Sentí la dureza de sus muslos y la presión inequívoca de su deseo contra mi abdomen.

El aire abandonó mis pulmones. Estaba atrapada en su abrazo, una prisionera voluntaria de un hombre que acababa de conocer hace apenas cinco minutos.

—Tu maldito padrastro cometió el error de creer que eres una simple mercancía, una moneda de cambio barata para salvar su miserable y patética existencia —dijo Mikhail, y su voz se transformó en un témpano de hielo puro al mencionar a mi familia, aunque sus ojos grises seguían quemándome la piel—.

Pero se equivoca por completo. No eres un pago de juego, Aurora.

Eres mía. Desde el momento en que cruzaste esa puerta dejaste de pertenecerle a él, a tu pasado o a cualquier otra persona en este mundo. Te quedas conmigo. Para siempre.

La posesividad cruda en sus palabras me hizo temblar, pero no quise apartarme.

Al contrario, me pegué más a su pecho, buscando la protección implícita en su peligrosa obsesión.

Mikhail bajó la cabeza y hundió su rostro en la curva de mi cuello, inhalando profundamente, como si estuviera memorizando mi aroma.

Sus labios rozaron la piel sensible justo debajo de mi oreja, arrancándome un gemido bajo que él ahogó de inmediato presionando su boca contra la mía en un beso casto pero cargado de una promesa posesiva y dominante.

Cuando se separó, me miró fijamente a los ojos, con una posesividad absoluta.

La deuda estaba saldada, pero mi nueva vida al lado de mi captor acababa de empezar.