Su pequeña propiedad EPÍLOGO LA ETERNIDAD CON EL SEGA0OR
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EPÍLOGO LA ETERNIDAD CON EL SEGA0OR

Aurora

Cinco años después...

El sol de la tarde se filtraba suavemente a través de los enormes ventanales del ala oeste de la mansión, iluminando el suelo de madera donde nuestro hijo de tres años, Alexei, jugaba concentrado con unos bloques de madera.

Tenía los mismos ojos grises tormentosos de su padre y ese cabello oscuro indomable que tanto amaba.

Sonreí, acariciando con suavidad mi vientre ligeramente abultado; un nuevo secreto de apenas unas semanas que todavía no le había revelado al hombre que gobernaba mi vida entera.

Cinco años habían pasado desde el día en que crucé la cortina de La Última Cita, pensando que mi vida se terminaba.

Qué equivocada estaba. Mi vida no terminó; simplemente comenzó bajo las reglas y el control absoluto de Mikhail Volkov.

En todo este tiempo, mi mundo no se había ensanchado.

Seguía viviendo en los límites de esta fortaleza dorada, aislada de la hipocresía de la sociedad exterior, pero jamás en mi vida me había sentido tan absurdamente libre, amada y protegida.

El sonido sutil de unos pasos pesados y firmes resonó en el pasillo exterior, haciendo que mi corazón diera un vuelco, exactamente igual que el primer día.

La puerta doble se abrió y la imponente figura de Mikhail llenó el umbral.

Llevaba su habitual traje hecho a medida, pero se estaba aflojando la corbata con una mano tatuada mientras sus ojos grises ignoraban los juguetes y al niño para clavarse de inmediato en mí.

El tiempo no había apaciguado su obsesión; la había vuelto crónica.

Su mirada seguía devorándome con el mismo hambre voraz, turbio y posesivo que me había encadenado a él desde el primer segundo.

Mikhail apenas miró a Alexei, quien soltó una risita al ver a su padre antes de seguir con sus bloques.

Para Mikhail, el universo entero empezaba y terminaba en el lugar exacto donde yo estaba de pie.

Caminó hacia mí con esa zancada felina y dominante que todavía hacía que mis rodillas temblaran de expectación.

Su enorme sombra me envolvió por completo, bloqueando la luz del sol, y antes de que pudiera pronunciar palabra, sus manos gigantescas y tatuadas se apoderaron de mi cintura, levantándome del suelo unos centímetros para pegar mi cuerpo contra el suyo.

—Te he extrañado cada maldito segundo de este día, pequeña —gruñó contra mi oído, y su voz ronca envió una descarga de calor directo entre mis piernas.

Hundió el rostro en mi cuello, inhalando profundamente mi perfume de vainilla como si fuera el aire que necesitaba para seguir respirando.

Sus labios rozaron mi piel sensible con una urgencia que me hizo soltar un jadeo bajo.

Sus manos se deslizaron por mi espalda, apretándome tanto que pude sentir la rigidez familiar de su deseo contra mis muslos.

Pero entonces, algo cambió. Mikhail se tensó por completo de repente.

Se apartó solo lo suficiente para mirarme a los ojos, con sus pupilas dilatadas y una fijeza letal en su mirada gris.

Sus manos bajaron lentamente desde mis caderas hasta posarse sobre mi vientre.

El calor de sus palmas atravesó la tela de mi vestido, y una reverencia salvaje suavizó por un segundo sus facciones de piedra.

El instinto de Mikhail era animal; conocía cada milímetro de mi cuerpo mejor que yo misma, y bastó un leve cambio en mi aroma o en la curva de mi piel para que lo supiera.

—Estás diferente, mi ángel —susurró, y su voz tembló con una mezcla de posesividad brutal y devoción sagrada—. Hay algo aquí dentro. Algo mío.

Una sonrisa trémula curvó mis labios mientras las lágrimas empañaban mi vista. Asentí despacio, rindiéndome por completo ante la infalible intuición de mi captor, de mi salvador, de mi esposo.

—Sí, Mikhail —susurré, enredando mis dedos en su cabello oscuro—. Vamos a tener otro bebé.

Un rugido ronco, una mezcla de triunfo animal y devoción absoluta, escapó de lo más profundo de su pecho.

Mikhail me apretó contra su cuerpo con una fuerza desmedida, casi dolorosa, pero que a mí me hizo sentir el ser más seguro del planeta.

Se arrodilló frente a mí, sin importarle que nuestro hijo lo mirara, y presionó sus labios ardientes contra mi vientre.

Sus manos gigantescas se aferraron a mis muslos con una posesividad que dejaba claro, una vez más, que cada milímetro de mi carne y de la vida que crecía en mi interior le pertenecían exclusivamente a él.

—Otro ángel para nuestro imperio —gruñó, levantando la mirada gris tormenta para fijarla en la mía—. Voy a construir muros más altos, pequeña. Voy a poner más guardias. Nadie, absolutamente nadie, se acercará jamás a lo que es mío.

Se puso de pie con una agilidad pasmosa y me cargó en vilo, caminando directo hacia la gran cama del fondo de la habitación.

Me depositó sobre las sábanas de seda con una mezcla de brutalidad reprimida y adoración sagrada.

Mientras se deshacía de su chaqueta y se cernía sobre mí, cubriéndome por completo con su inmenso cuerpo tatuado, supe que mi destino estaba sellado para siempre.

Mi vida era turbia, mi libertad estaba limitada a sus brazos, pero en los ojos obsesivos de Mikhail Volkov yo había encontrado mi propio paraíso oscuro.