Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 79 Julieta
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79 Julieta

JULIETA

El cielo se tiñó de rosa cuando el sol empezó a ocultarse, y Matteo y yo estábamos al pie de las escaleras que conducían a la azotea, esperando a que la música de la ceremonia nos diera la señal.

Nunca había soñado con una boda lujosa y me habría conformado con que Romeo y yo firmáramos un acta de matrimonio y lo diéramos por terminado, pero en este instante, que tenía puesto el vestido y nuestros amigos nos esperaban, comprendí por qué había insistido tanto en esto.

Nuestra relación era lo más grande que jamás había vivido y merecía ser celebrada.

Mi estómago se llenó de mariposas.

—¿Estabas nervioso antes de tu boda?

Matteo arqueó una ceja.

—No.

Ah, bueno.

—Pero lo habría estado si hubiera sabido que me casaría con la mujer más perfecta del mundo.

Sonreí. Hace un par de semanas, Matteo y yo habíamos estado practicando defensa personal, y él se había ofrecido torpemente a llevarme al altar. Cuando le dije que sí, juro que se ruborizó.

Casarme con Romeo no me unía solamente al hombre de mis sueños, sino que me convertía oficialmente en parte de esta familia.

La música comenzó, y Matteo me regaló una sonrisa poco frecuente.

—¿Lista?

Tomé el brazo que me ofrecía.

—Lista.

Subimos los escalones y salimos al techo, que había sido completamente transformado.

Sofiya y Sienna me habían prohibido verlo antes, y mi cerebro apenas podía comprender lo que estaba viendo.

El suelo de cemento había sido cubierto con lo que parecía césped y una explosión de flores primaverales de colores.

Sobre nosotros brillaban suavemente unas tiras de luces mientras el cuarteto de cuerdas tocaba una de mis canciones favoritas.

Lo único en lo que Romeo había insistido para la ceremonia era en que tuviéramos flores rosas. Rosa, dijo, por el color de mi cabello y la alegría que traía a su vida.

Allí estaba él, de pie bajo un arco de flores.

Mi Romeo.

Matteo se rio entre dientes cuando caminé más deprisa.

Nuestro entorno, la decoración, los rostros sonrientes de nuestros invitados, todo se difuminó hasta que él fue todo lo que pude ver.

Su esmoquin negro se ajustaba a sus hombros anchos y estaba adornado con una flor en el ojal de color rosa claro.

Quería pasar mis dedos por su cabello perfectamente despeinado.

Mas fue su sonrisa la que me dejó sin aliento y casi me hizo llorar de felicidad.

Cuando Matteo y yo llegamos al frente del altar, Romeo no perdió tiempo en agarrarme por la cintura y estrecharme contra su pecho. Lo abracé y mi ansiedad desapareció al instante.

—Carajo, nena —expresó, con sus labios rozándome la oreja—. Creí haberte dicho que eligieras un vestido que no me obligara a arrancarle los ojos a todos nuestros invitados.

Resoplé.

—Nada de arrancar ojos, por favor.

Arturo se aclaró la garganta ruidosamente, y yo me aparté sonrojándome. Abracé a Matteo antes de que se sentara, y luego mis manos volvieron a estar entre las de Romeo.

—Hoy estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio de Julieta Leka y Romeo De Luca —recitó Arturo—. Este es un día muy especial para Romeo, que sabe que ni en un millón de años podría merecer a Julieta y que, si alguna vez la lastima, su muerte será lenta y dolorosa.

—¡Arturo! —grité, pero Romeo simplemente se rio.

—Tiene razón, señor. Nunca olvidaré lo afortunado que soy.

—Procura que así sea —advirtió Arturo con severidad antes de guiñarme un ojo. Puse los ojos en blanco, pero en secreto me encantó que le importara tanto.

El resto de la breve ceremonia transcurrió de manera borrosa. Las manos de Romeo sujetaban las mías con fuerza, manteniéndome centrada mientras recitábamos nuestros votos. Cuando llegó el momento de intercambiar los anillos, Arturo los bendijo y nos los ofreció.

Fue justo en ese momento, cuando me preparaba para deslizar el anillo de oro de Romeo en su dedo, cuando lo vi.

—¿Qué hiciste? —solté, olvidando que estábamos a mitad de nuestra ceremonia de boda.

Romeo sonrió satisfecho.

—Me preguntaba cuánto tardarías en darte cuenta.

Levanté su mano entre las mías, boquiabierta, porque ahora estaba cubierta de tatuajes. En sus dedos había letras que formaban la palabra ángel y una gran rosa que se extendía por su mano y su muñeca.

—Tengo uno más, pero tendré que enseñártelo más tarde —pronunció guiñándome un ojo.

—No puedo creer que hayas hecho esto. —Se me hizo un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaron con estropearme el maquillaje.

Unas manos ásperas sujetaron mi cara.

—Somos tú y yo para siempre, Ángel. Mi stellina, mi dulzura. Te amo.

Después de años y años de no ser elegida por las familias de acogida, de estar aislada y sola, Romeo se había marcado permanentemente para mí. Me había elegido a mí.

—Yo también te amo. —Mis palabras eran carrasposas y llenas de emoción.

Romeo me dio un beso en la frente antes de apretarme la mano.

—Ahora ponme ese anillo, esposa.

Mis labios se curvaron en una sonrisa.

—Lo que tú digas, esposo.

Se lo puse con cuidado en el dedo, sin querer irritar el tatuaje reciente. No perdió el tiempo y me puso el anillo.

—Ya está bien de tanta cursilería —refunfuñó Arturo—. Ahora que han sellado sus votos con el intercambio de anillos, los declaro marido y mujer. Romeo, puedes besar a tu novia.

Mi esposo me acercó a su cuerpo con un brazo alrededor de mi cintura y el otro acariciándome la cara. Sus labios se encontraron con los míos, suaves e insistentes.

Besarlo era como volver a casa.

Las ovaciones de nuestros invitados me devolvieron a la realidad. Allegra, Sienna y Sofiya se limpiaban los ojos. Angelo soltó un grito de júbilo, y Queenie agitó su colita mientras se sentaba en los brazos de Matteo, luciendo como una reina con su corona.

Romeo tomó mi mano y caminamos por el pasillo. Pegué un chillido cuando nuestros invitados empezaron a lanzar pétalos de flores. En el remolino de flores y risas, el mundo parecía absolutamente perfecto.