Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 78 Julieta
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78 Julieta

JULIETA

La cama se movió y me di la vuelta con un quejido. No sabía qué hora era, solo que era demasiado temprano. Busqué a Romeo, pero mi mano chocó con el aire.

Una risita baja junto a mi oído me relajó.

—Me encanta lo mucho que me deseas incluso mientras duermes. —Sus labios rozaron mi mejilla.

—Vuelve a la cama —me quejé, estirándome detrás de mí para agarrarlo.

—No puedo. Tengo cosas muy importantes de la boda que hacer.

Abrí los ojos bruscamente.

—¿Qué tipo de cosas?

Sus manos rodearon mi cuerpo mientras se inclinaba para besarme.

—Cosas secretas.

Intenté tumbarlo encima de mí, pero no cedió.

—¿Cuándo volverás? —Estaba haciendo pucheros, pero era el día de mi boda, así que se me permitía hacerlo.

—El novio no puede ver a la novia antes de la boda.

Fruncí el ceño.

—Me estás viendo ahora.

Se rio entre dientes, con un sonido grave y delicioso.

—Es demasiado temprano. No cuenta. —Se medio tumbó encima de mí—. No me mires así. Te gustará la sorpresa. Además, te lo compensaré esta noche.

Mis mejillas se sonrojaron y mi centro se apretó, desesperado por lo que me estaba prometiendo.

—Más te vale.

—Demonios, que tierna eres. No puedo esperar a casarme contigo, esposa.

Lo respiré y saboreé el peso de su cuerpo sobre el mío.

—No veo la hora de casarme contigo, esposo.

Me besó suavemente, apartándose con una sonrisa cuando intenté profundizar el beso.

—Sofiya y Sienna llegarán pronto con el desayuno. Diviértete hoy, Ángel. La próxima vez que te vea, estarás caminando hacia el altar.

—Los estilistas y maquilladores deberían estar aquí en unos minutos —notificó Sienna mientras recogía nuestros platos del desayuno.

—¡Lo que significa que es el momento para esto! —exclamó Sofiya, sosteniendo una cajita envuelta en papel plateado.

Sonreí al ver el nombre de Queenie en la etiqueta del regalo.

—Oye, bonita, ven aquí. Papi te compró un regalo. —Queenie bajó de un salto del sofá y se estiró lentamente, mostrando el suéter azul que Romeo le había tejido, parte de una extensa y creciente colección de ropa en miniatura.

—Oohh, ¿qué es? —Sienna se acercó mientras lo abría.

—Oh, Dios mío. No lo hizo. —Era una tiara dorada tamaño gatito con piedras que parecían diamantes.

—Es lo más tierno que he visto en mi vida —soltó Sofiya—. Veámosela puesta a la reina.

Queenie trotó hacia nosotras, la levanté y la senté sobre la encimera.

—No son diamantes de verdad, ¿o sí?

Sofiya resopló.

—No, claro que no. Sería algo completamente absurdo.

Me quejé.

—Diablos, son auténticos, ¿no?

Sienna soltó una carcajada.

—Espera, eso me recuerda algo. ¿Recuerdas ese subsidio que te dieron antes de Navidad?

Asentí, desconfiando de adónde iba esto.

—Falsifiqué esa carta y Romeo envió el dinero.

Me quedé boquiabierta.

—¿Estás bromeando?

—Nop. Quería enviarte medio millón de dólares y se irritó muchísimo cuando le dije que eso era demasiado para ser creíble.

Mis labios se torcieron mientras intentaba no sonreír. Mi hombre ridículo. Lo regañaría por esto más tarde, aunque en este momento iba a disfrutar que me mimaran. Después de todo, era el día de mi boda.

Puse la tiara en la cabeza de Queenie.

—Pareces absolutamente de la realeza. —Me preocupaba que se la quitara de encima, pero se limitó a mirar a su alrededor con aire imponente.

—Oh, sabes que eres la reina, ¿verdad? —Sienna le rascó la barbilla y Queenie ronroneó.

Le quité la tiara.

—Te la volveremos a poner cuando sea tiempo para la boda. —Fui a colocarla de nuevo en la caja de la encimera y me quedé helada cuando vi una caja más grande a su lado.

—El siguiente es el tuyo —señaló Sofiya sonriendo.

Este regalo tenía mi nombre en la etiqueta.

Me temblaron los dedos cuando desenvolví el papel plateado y abrí la caja de terciopelo negro que había debajo, revelando otra tiara.

Solo que esta era de tamaño humano y aún más hermosa.

Estaba compuesta por pequeñas ramas de oro que se unían para formar una punta en la parte superior.

Había pequeños diamantes incrustados en las puntas de las ramas, que añadían brillo sin opacar el diseño orgánico.

Era lo más bonito que había visto en mi vida, aparte de mi anillo de compromiso.

Miré a Sofiya y Sienna con la boca abierta.

—Me regaló una tiara.

—Te quedará increíble —agregó Sofiya, aplaudiendo.

Quería discutir y decir que era excesivo, incluso extravagante para una chica que había vivido en hogares de acogida, pero estaba demasiado ocupada mirándola como para discutir.

Cuando tocaron la puerta, los maquilladores y estilistas llegaron y el apartamento se llenó de ajetreo.

Dos mujeres me llevaron a una silla y empezaron a trabajar en mí.

Durante todo el tiempo, agarré con fuerza la tiara, intentando mantenerme presente y centrada.

Era mi día, mi vida. Me merecía disfrutarlo.

Una vez que mi cabello quedó con ondas sueltas, con las puntas rosas recién teñidas ante la insistencia de Romeo, la estilista colocó la tiara en mi cabeza.

Respiré profundamente mientras me hacía girar hacia el espejo.

La tiara encajaba a la perfección con mi peinado, y mi maquillaje era suave y natural, al tiempo que resaltaba mis mejores rasgos.

Una semilla de alegría floreció en mi estómago.

Parecía una princesa. Así me vería cuando me casara con el hombre de mis sueños.

La vida era increíblemente maravillosa.

—Wow —suspiré—. Nunca me había visto así.

—Te ves espectacular —elogió Sofiya mientras hacía rebotar a Clementine en su regazo. Matteo la había subido hace un rato para que la amamantara.

Sienna me rodeó suavemente los hombros con los brazos.

—No puedo creer lo extraordinariamente hermosísima que es mi nueva hermana. Romeo se volverá loco.

Abaniqué mis manos frente a mi cara.

—No me hagas llorar.

—¡No se permite llorar! —exclamó Sofiya.

—Nunca lo haría —me burlé.

—No te preocupes, estaré aquí hasta la ceremonia para retoques si es necesario —aseguró la estilista guiñándome un ojo.

Un grito en la puerta principal me hizo salir de la habitación.

—No se preocupen. ¡La diversión ha llegado! —Leona entró al apartamento en un torbellino de energía, con su cabello rojo en una explosión de rizos a su alrededor—. Traje lo esencial para el día, un regalo de noche de bodas, champagne y ¡a tus suegras! —Se hizo a un lado, dejando ver a dos mujeres.

Reconocí a Allegra De Luca por una foto que Romeo me había enseñado de su infancia con sus padres.

Las líneas de expresión de su rostro reflejaban el paso del tiempo, aunque seguía siendo una mujer deslumbrante de piel aceitunada y una melena corta negra.

Una mujer con un corte tipo pixie plateado sostenía su mano.

—Hola, Julieta —saludó mi suegra, sonando casi tímida.

Las dos nos quedamos inmóviles durante un momento incómodo, sin saber qué hacer, y luego nos abrazamos. Éramos más o menos de la misma estatura y sus brazos eran cálidos y fuertes.

—Te ves encantadora. Es fácil ver por qué mi hijo está tan enamorado de ti.

—Es un placer conocerla. Muchas gracias por venir —pronuncié cuando nos separamos. Allegra se secó una lágrima que tenía en el rabillo del ojo. Voltee hacia la mujer con la que estaba—. Ambas.

—Soy Francesca —dijo antes de abrazarme—. Es un honor estar aquí.

—¿Qué tal su viaje? —pregunté.

—Oh, todo estuvo muy bien —contestó Allegra.

—Romeo nos compró boletos de primera clase, así que nos consintieron mucho —agregó Francesca.

—Qué bien. —Jugueteé con mi bata, sin saber qué más decir—. Siento que no hayamos hablado antes.

—Tendremos mucho tiempo para conocernos en el futuro —expresó Allegra—. Si eso es lo que quieres.

Francesca pasó su brazo alrededor del hombro de Allegra. Había algo vulnerable en esta mujer que reconocí.

—Me encantaría —opiné—. En realidad, no tengo familia, así que… —Me aclaré la garganta mientras me interrumpía con incomodidad.

—Siempre quise tener una hija. —confesó Allegra, con la voz tensa. Sacó una cajita de su bolso—. Te traje esto.

Dentro de la caja de terciopelo negro había un par de unos delicados aretes de oro que parecían pequeñas estrellas de sol.

—Son preciosos —comenté.

—Claro que no tienes que ponértelos hoy, pero quería que los tuvieras. Eran de mi madre.

¿Por qué todo me hacía llorar hoy? Parpadeé para alejar las lágrimas, conmovida por el hecho de que ella quisiera que yo tuviera una reliquia familiar. Nunca pensé que tendría eso.

—Me encantan y será un honor lucirlos hoy. Hacen juego con mi anillo. ¿Pero estás segura de que quieres que los tenga?

—Sí, por supuesto.

Me volteé hacia el espejo de la sala y, mientras me los ponía, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez entró Arturo, con un elegante traje verde y un corbatín a juego.

Esbocé una enorme sonrisa. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que vi al dueño de la librería y lo había echado de menos.

—Julieta. Te ves hermosa. —Me estrechó en un fuerte abrazo y bajó la voz—. ¿Estás segura de que quieres hacer esto? Traje mi coche por si quieres escaparte.

Arturo se había criado en la mafia; sabía exactamente lo mucho que arriesgaba con su oferta, pero no me cabía duda de que era sincero.

Mis labios se torcieron.

—Sí, estoy muy segura.

Parecía un poco disgustado y le di un golpecito en el brazo.

—Anímate. Será estupendo. Gracias por aceptar casarnos.

Cuando le dije a Arturo que iba a casarme, me regañó por haberle ocultado quién era mi novio, según sus palabras.

¿Y cuando se enteró de quién era mi prometido?

Me soltó un sermón aún más largo sobre los peligros de los hombres en la mafia y sobre cómo había podido ser tan estúpida y que Romeo De Luca era un donjuán muy conocido en el que no se podía confiar.

Al día siguiente, me llamó para decirme que había solicitado una licencia de oficiante de bodas en caso de que yo quisiera que él nos casara.

Claro que le dije que sí.

—Esta es la señora De Luca, mi casi suegra —le presenté a Arturo.

—Oh no, Julieta. Por favor, llámame Allegra —pidió ella—. Encantada de conocerlo. —Arturo le besó las mejillas e hizo lo mismo con Francesca.

—Trabajo en la librería de Arturo desde hace un par de años. De hecho, allí conocí a Romeo.

Me dolía el corazón al pensar en la librería.

Aunque estaba progresando en la terapia, no me sentía lista para volver a trabajar.

Una parte de mí temía no estarlo nunca. Arturo había sido totalmente comprensivo y yo le había ayudado a contratar a un nuevo gerente, sin embargo, me seguía doliendo.

Sienna y Sofiya no dejaban de animarme a abrir una cuenta de libros en las redes sociales para poder compartir lo que leía, y lo estaba considerando.

—Julieta es prácticamente mi nieta —habló Arturo con firmeza.

«No llores. No puedes arruinar tu maquillaje».

Sienna nos llevó a todos a una mesa enorme que habían preparado para un almuerzo tardío. Romeo no paraba de mandarme mensajes, diciendo que el tiempo pasaba muy despacio y que por qué habíamos decidido celebrar la ceremonia al atardecer.

Cuando finalmente llegó el momento de vestirnos, Sienna y yo nos dirigimos a mi habitación para que me subiera la cremallera.

—¿Qué te parece? —me preguntó, apoyando su barbilla en mi hombro mientras se colocaba detrás de mí.

—Me encanta.

Sonrió.

—Bien, porque te ves tan jodidamente ardiente, y Romeo no sabrá cómo lidiar con eso.

Salí de la habitación, donde mis invitados jadeaban y lloraban. Incluso Arturo se quedó atragantado. Mientras todos se preocupaban por mí y me decían lo hermosa que me veía, finalmente me di cuenta de algo… ahora tenía una familia.