77 Julieta
JULIETA
Sofiya
¡Es el día del vestido de novia, ahhh!
Sienna
¡Ojalá Sofiya estuviera emocionada!
Sofiya
Oye, no pude elegir mi vestido de novia. Estoy viviendo la experiencia a través de Julieta
La encargada de la tienda de novias llegará en una hora. ¿Quieres que se instale en el penthouse o en tu apartamento? Cualquiera de las dos opciones nos parece bien
Como siempre, Sienna y Sofiya se adaptaron a mí sin hacerme sentir culpable. Llamaron a Romeo y tuvo que irse a primera hora de la mañana, pero Queenie y yo estuvimos practicando cómo usar el ascensor solas.
Julieta
Iré para allá.
Estaba a punto de dejar mi teléfono cuando volvió a vibrar.
Romeo
Estoy pensando en ti, Ángel. Me muero de ganas de que seas mi esposa.
Julieta
Pronto subiré a probarme vestidos de novia. ¿Alguna petición?
Romeo
Algo peligrosamente sexy.
Espera, no. No quiero tener que dejar ciegos a nuestros invitados.
Algo que te cubra completamente
Debería ser blanco.
Julieta
Vaya. Eso fue útil.
Romeo
Malcriada. Te amo.
Julieta
Te amo. Cuídate.
Romeo
¿Cómo podría no hacerlo cuando tengo que volver a ti?
Sonreí a mi teléfono como una tonta. En realidad, estaba un poco nerviosa por probarme vestidos.
Había mirado vestidos en Internet y enseguida había quedado claro que los diseñadores hacían vestidos para un tipo de cuerpo específico.
Sin embargo, Sienna y Sofiya habían insistido en que ellas se encargarían de todo y que encontraría algo perfecto.
Me preparé un latte, tomé un bagel y salí al pequeño balcón con vistas al parque.
Aún no me sentía cómoda saliendo del apartamento, pero ya podía salir al balcón y a la azotea sin ansiedad.
Los primeros árboles de Central Park empezaban a reverdecer mientras la primavera intentaba llegar a New York.
Queenie saltó a mi regazo y le dio un mordisco a mi bagel antes de que pudiera detenerla.
—¿Si te das cuenta de que en realidad no eres la reina?
Me miró sin arrepentirse y se lamió los labios.
Resoplé. Gobernaba a todo el mundo en sus dominios.
Me quedé afuera después de terminar mi desayuno y practiqué mis técnicas de respiración.
Había empezado a ver a una terapeuta. Teníamos sesiones por videollamada dos veces por semana y Romeo incluso había participado en algunas de ellas.
Me animaba mucho y estaba dispuesto a hacer todo lo posible para apoyarme.
Las primeras semanas tras mi regreso fueron borrosas, pero Romeo, Queenie y nuestros amigos habían sido constantes. Matteo y yo incluso habíamos vuelto a tener otra clase de defensa personal mientras Clementine hacía ruiditos en su moisés.
Cuando llegó la hora de ir al penthouse, me dirigí a la puerta principal con Queenie acurrucada en mis brazos. Había pasado la mayor parte de mi última sesión haciendo terapia de exposición en el ascensor. Queenie se había tomado muy en serio su papel de experta en apoyo emocional.
El corazón me retumbó en el pecho cuando presioné el botón del ascensor.
Ahora podía soportar el corto trayecto sin sufrir un ataque de pánico, aun así, no era fácil.
Sin embargo, no pude evitar sonreír cuando entré en el ascensor y fui recibida por el arte colorido y las notas escritas a mano que todos en el edificio habían escrito para mí.
Estaba rodeada de amor, incluso en medio de mi miedo.
Segundos después, el ascensor sonó y Queenie y yo bajamos. Angelo estaba afuera del penthouse y sonrió al verme.
—Mírate, tomando el ascensor tú sola. —Estaba escribiendo algo en su teléfono y yo entrecerré los ojos.
—¿Estás informando sobre mis movimientos?
Me guiñó un ojo.
—Ya sabes que tu hombre es propenso a hacer dramas si no recibe su informe de Julieta.
Fruncí los labios, pero no pude contener del todo la sonrisa.
Angelo inclinó la cabeza ante Queenie, diciendo:
—Su Majestad. —Antes de abrir la puerta del apartamento—. Diviértete.
Queenie saltó de mis brazos en cuanto cruzamos la puerta y se acercó con aire imperial a Noodle. Su cola lo golpeó en la cara, aunque a él no le importó. Si bien Noodle veía a Queenie como su mejor amiga, yo estaba bastante segura de que ella lo veía como su súbdito real.
—¡Hola! —gritó Sienna—. ¡Estamos aquí adentro!
Me dirigí a la cocina, parpadeando ante la enorme bandeja de charcutería con fruta, queso y postres que había en la isla.
Las chicas me abrazaron y me pusieron una mimosa en la mano.
—Todo está preparado en la sala —informó Sofiya—. Desterramos a todos los chicos excepto a Noodle, y Clementine está con Matteo para que podamos enfocarnos completamente en ti.
Sienna me arrastró a la sala antes de que pudiera balbucear una respuesta sobre cómo estaban haciendo demasiado por mí.
—Esta es nuestra extraordinaria asesora de bodas del día, Charlie —dijo Sienna, presentándome a la mujer que estaba de pie entre dos percheros largos de vestidos blancos.
—Encantada de conocer a nuestra futura novia —saludó Charlie con una sonrisa mientras estrechaba mi mano.
Estaba vestida con jeans y camiseta y el cabello recogido en adorables moños espaciales, pero lo que me tranquilizó al instante fue que era de complexión grande, como yo.
La tensión en mi pecho, la preocupación por ser juzgada por una asesora presuntuosa se desvaneció y fue sustituida por la emoción.
Se suponía que esto debía ser divertido.
Me iba a casar con el hombre de mis sueños y lo haría con un vestido hermoso y elegante.
Charlie no perdió el tiempo seleccionando vestidos para mí y preguntándome qué estilos me gustaban.
Le enseñé algunas fotos que tenía en mi teléfono de vestidos que me habían llamado la atención y luego comenzamos.
Me ayudó a ponerme los vestidos en la habitación de invitados y los modelé en la sala, donde Sienna había colocado un espejo de cuerpo completo.
Todos los vestidos me quedaban bastante bien y solo necesitaban unos pocos arreglos, algo importante ya que la boda sería muy pronto, pero ninguno me parecía el adecuado.
—Tal vez estoy siendo demasiado exigente —expresé, girando frente al espejo. Este vestido era todo lo que pensé que quería: mangas de encaje, ajustado en la parte superior y con una falda voluminosa en la cintura.
—No estás siendo demasiado exigente —afirmó Sofiya con firmeza—. ¡Tienes muchos más que probarte!
—Tiene razón. —Charlie tamborileó sus dedos contra su brazo—.
Tengo uno que sé que te quedará increíble.
—Sacó un vestido del segundo perchero. Tenía mangas largas, un escote pronunciado y pedrería por todas partes.
Era hermoso, pero me di cuenta de que me quedaría mucho más entallado que los que me había estado probando.
—¡Sí! Pruébate ese —animó Sienna, dándome un empujoncito.
Tamborileé mis dedos contra mi brazo, pero tuve que admitir que sentía un poco de curiosidad, así que seguí a Charlie hasta la habitación.
El vestido se sintió diferente desde el momento en que me lo puse. Me dirigí de nuevo hacia Sienna y Sofiya, que jadearon al unísono.
—Julieta, te ves despampanante. —Exhaló Sofiya.
Di vueltas frente al espejo de cuerpo completo.
La pedrería creaba unas líneas preciosas en una silueta por lo demás sencilla, aunque la parte más espectacular del vestido, sin duda, era el escote pronunciado por delante y por detrás.
La parte superior del vestido estaba lo suficientemente estructurada como para que no tuviera que usar sostén y mis pechos siguieran luciendo firmes.
Nunca había mostrado tanto escote, y me sentía muy sexy.
El vestido se ceñía a mis curvas, sin ocultar mis caderas anchas ni mi estómago.
—Es perfecto —comentó Sienna.
—¿No creen que sea poco favorecedor? —Me señalé el torso. Las dos gritaron su desacuerdo, y Charlie también se unió.
—¡Está bien!, ¡está bien! —exclamé, interrumpiendo sus fervientes declaraciones de que era una diosa sexy con los senos más bonitos que habían visto en su vida. Me dolían las mejillas de tanto reír—. Entonces creo que este es el vestido.
Se escucharon chillidos de felicidad y pasamos el resto de la mañana hablando de los planes para la boda mientras bebíamos y comíamos bocadillos.
La mano de Romeo rozó mi espalda mientras me acurrucaba contra su pecho en la cama.
Era casi medianoche y hace media hora que había llegado a casa.
En ese momento, estaba trabajando más para tener todo listo para el día de nuestra boda y la luna de miel que seguiría.
No teníamos planes de viajar, sin embargo, al parecer Romeo tenía planeada una semana entera de actividades para nosotros en el apartamento.
Yo estaba emocionada de tenerlo para mí sola durante una semana.
—Hoy hablamos de la lista de invitados —conté—. Y me preguntaba si habías invitado a tu mamá.
Romeo casi nunca hablaba de su madre. De vez en cuando hablaban por teléfono y yo sabía que vivía en Italia, pero aparte de eso, ella era un misterio.
Su mano se detuvo en mi espalda.
—No estoy seguro.
—Se acerca muy pronto.
Como no respondió, me apoyé en su pecho desnudo.
—No me has hablado mucho de ella. ¿Eras muy unido a tus padres mientras crecías?
Sus dedos jugaron con las puntas de mi cabello.
—Éramos muy unidos cuando era un niño. Mis padres eran increíbles. Tuvieron un matrimonio arreglado, pero mi padre me dijo que se enamoró de ella cuando mamá caminó hacia el altar. Tuve una infancia increíble.
—Me alegro mucho de que la tuvieras —repliqué.
Me rodeó con ambos brazos, abrazándome contra su pecho.
—Ojalá tú también hubieras tenido eso, Ángel.
Tarareé.
—Entonces, ¿qué pasó?
—El padre de Matteo, Aurelio Rossi, era Don.
Aldo, su hermano, tenía hambre de poder y asesinó a Aurelio.
Matteo y Sienna apenas escaparon con vida.
Pasamos los dos años siguientes en guerra, mi familia como muchas otras apoyaban la reclamación de Matteo, pero algunas apoyaban a Aldo.
Atacaron a todos los que apoyaban a Matteo.
Un grupo de los hombres de Aldo irrumpió en casa de mis padres y los mantuvieron como rehenes durante días.
Los torturaron, y al final asesinaron a mi papà. Apenas llegué a ella a tiempo.
Le di un suave beso en la mejilla, deseando poder quitarle el dolor. Estaba segura de que había muchas cosas que no había dicho porque le costaba demasiado hablar o porque quería protegerme de ellas, pero le agradecí que compartiera tanto como lo había hecho.
—Lo siento mucho —consolé—. Es horrible que todos hayan pasado por eso.
Respiró profundamente.
—Mamá se mudó a Italia después de lo que pasó, y las cosas han sido tensas entre nosotros desde entonces.
—¿Alguna vez la visitas?
Se encogió de hombros.
—Estuve en Italia hace un par de años y la vi. Ahora tiene una nueva pareja, una mujer llamada Francesca que conoció después de mudarse allá.
—¿Eso te molesta? ¿Que esté con alguien nuevo, y que sea una mujer?
Negó con la cabeza.
—No, quiero que sea feliz. Conocí a Francesca una vez, pero parecen hacer buena pareja.
—Ella es la única familia que te queda. Tenemos que invitarlas a ambas. —Cuando no respondió, le acaricié la mejilla—. ¿Qué es lo que no me estás contando?
Me dedicó una sonrisa breve.
—Nada. Estoy seguro de que a mi madre le encantará venir. Te adorará.
Aún tenía la sensación de que me ocultaba algo, mas no quería presionarlo. Confiaba en que me lo diría cuando estuviera listo.
—¿Te he dicho lo emocionado que estoy por casarme contigo? —murmuró.
Besé suavemente sus labios.
—Puede que lo hayas mencionado una o dos veces.