Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 76 Julieta
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76 Julieta

JULIETA

Alguien estaba gritando.

En cuanto lo pensé, el grito se detuvo. Una respiración entrecortada llenó el aire y me di cuenta de que yo era la fuente del sonido.

Mientras volvía lentamente a mi cuerpo, lo escuché. Romeo.

—Te tengo. Estás a salvo.

Su cuerpo me envolvió y me acarició lentamente la espalda. Me aferré a él, apretando mi cara contra su cuello.

—Lo siento —susurré.

Me sentí fatal por interrumpir su sueño. Las dos lámparas de las mesitas de noche iluminaban la habitación. Romeo se negó a que las apagara, insistiendo en que podía dormir perfectamente bien teniéndolas encendidas. Tal vez era cierto, pero estaba claro que no dormía por mis gritos.

Me agarró con más fuerza.

—No te disculpes. Nunca conmigo.

La intensidad de su tono me hizo un nudo en la garganta.

—Dejaré de disculparme cuando dejes de sentirte culpable por lo ocurrido.

—Julieta…

—No, solo escúchame. No puedes controlarlo todo. A veces, pasan cosas malas. La diferencia es que esta vez, tuve a alguien que me salvó. —Enredé mis dedos en su cabello. Necesitaba otro corte pronto.

—Si lo que te pasó no fue culpa mía, entonces lo que le pasó a Breanna no fue culpa tuya —insistió Romeo—. Tú tampoco puedes controlarlo todo.

Por primera vez desde que me enteré de que Breanna se había quitado la vida, parte de mi vergüenza se aflojó.

Culparme era una forma de mantener la ilusión de que podía haber cambiado la situación cuando no había nada que pudiera haber hecho.

Aunque era una píldora muy trágica que tragar, tal vez era la manera de seguir adelante.

—Intentaré dejar de sentirme culpable si tú también lo haces —sugerí—. Te amo, mi amor. No quiero que cargues con esto.

Sus labios rozaron mi frente.

—Lo intentaré. Te lo prometo.

La calma nos rodeó mientras nos abrazábamos. Incluso con mis pesadillas persistentes, había algo especial en estar despierta con él en medio de la noche.

—¿Quieres contarme el sueño? —Me acarició la nuca y me masajeó suavemente el cuero cabelludo.

—Fue lo mismo. Estar sola atrapada en la oscuridad.

—Nunca más. Jamás. —Frunció el ceño—. Ojalá pudiera acompañarte en tus pesadillas y luchar contra la oscuridad.

Presioné mi sonrisa contra su garganta. ¿Cómo era posible que pudiera ser absorbida por mi trauma y ser feliz al mismo tiempo?

Las pesadillas, los ataques de pánico, la agorafobia y los impulsos de cortarme habían vuelto, sin embargo, no estaba sola para afrontarlos…

y quizás eso significaba que no volvería a ahogarme.

Besé su garganta y bajé hasta su hombro y su clavícula. Olía tan bien, a cuero y sal y a mi gel de baño de fresa.

Me agarró fuertemente por la cadera y me arqueé contra él. Por primera vez desde que llegué a casa, sentí deseo. Quería estar en mi cuerpo. Quería sentir.

Mis manos se arrastraron por su pecho.

Romeo gruñó.

—Dulzura, estás segura…

—Te deseo.

Su mano se desplazó hasta mi trasero y lo apretó. Me dolía el corazón de la emoción. No me había dado cuenta de lo mucho que extrañaba sus caricias, lo mucho que echaba de menos sentirme sexy y deseada.

Metí mi mano en sus bóxers y apreté su longitud. Mi coño se estremeció ante el vacío. Lo necesitaba dentro de mí.

Otro gruñido y me dio la vuelta para que quedara boca arriba.

—Si crees que hay una maldita posibilidad de que no te corras tú primero esta noche, es que no me conoces, preciosa.

—Sus labios chocaron con los míos y envolví sus caderas con mis piernas, atrayéndolo hacia mí.

Ambos gemimos, recorriendo el cuerpo del otro con las manos.

Chispas de placer se dispararon desde mi centro hasta mi estómago.

Romeo me recorrió los costados y las caderas con las manos y, por una vez, no sentí ni un atisbo de ansiedad por la timidez. Al parecer, haber estado a punto de morir había curado mis problemas sobre el aspecto de mi cuerpo.

Me besó por todo el cuerpo y dedicó varios minutos a chuparme los pezones hasta dejarme empapada, antes de bajar hasta mi centro. Mi coño se apretó con anticipación, desesperado por él.

Empezó despacio, dándome caricias suaves. Su lengua presionaba mi clítoris y sus dedos acariciaban mi entrada hasta que le pedí más.

—¡Por favor! —rogué.

—Mi chica golosa, tan desesperada por mí. —Se apartó lo suficiente para sonreír ante mis mejillas ruborizadas—. Me encanta.

Jadeé cuando por fin presionó su dedo grueso dentro de mí. Su boca volvió a mi coño y solté un sollozo cuando me chupó el clítoris.

—Romeo. Qué bien se siente.

—Me encanta escucharte gritar mi nombre, demonios.

Me arqueé contra su boca, mi cuerpo desesperado por liberarse.

—Estoy a punto. —Me pasé el brazo por la cara con un quejido, el placer era casi abrumador.

Los dedos de Romeo recorrieron mi piel, me acariciaron el pecho y jugaron con mi pezón.

—Te tengo, nena. Déjate llevar.

Su seguridad me llevó al límite. Me lamió a través de las oleadas de placer hasta que se convirtieron en otro orgasmo. La intensidad me robó el aliento hasta que sentí que flotaba fuera de mi cuerpo.

Cuando por fin bajé a tierra, mis extremidades estaban relajadas y pesadas, y Romeo seguía entre mis piernas.

Presionó su rostro contra mi coño, aspirando profundamente.

—Joder, lo eres todo. —Subió lentamente por mi cuerpo. Sentirlo contra mi piel sensible era demasiado y no lo suficiente. Lo rodeé con las piernas y los brazos, necesitando su peso.

Me pasó la nariz por un lado de mi cara.

—Te amo, Ángel. Muchísimo.

Lo abracé con más fuerza.

—Yo también te amo.

Su polla se clavó en mi entrada, esperando a que yo asintiera. Sus ojos no se apartaron de los míos a la par que me penetraba lentamente. Me incliné hacia él mientras me acariciaba el rostro. Se me llenaron los ojos de lágrimas ante su ternura. Las secó cuando se derramaban por mis mejillas.

—¿Estás bien?

Besé su mejilla.

—Más que bien. Por favor. Continúa.

Una sonrisa se dibujó en su rostro, transformándolo completamente. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida y, de alguna manera, era mío.

—Puedo hacerlo.

La sacó casi por completo y volvió a penetrarme, haciendo que me arqueara y gritara. Nos movimos juntos, en sintonía, como si nos conociéramos desde hacía mucho más tiempo, pero así había sido nuestra relación desde el principio. Solté una risita pensando en ello, y él alzó una ceja.

—Preciosa, estoy haciendo lo mejor que puedo, ¿y tú… te ríes?

Arrastré mis dedos por su cabello, raspando mis dedos contra su cuero cabelludo.

—Simplemente estoy feliz y pensando en cómo nunca te has sentido como un extraño, incluso cuando me tenías como rehén en mi tienda.

Se burló.

—No te tenía como rehén.

Mi boca esbozó una sonrisa, y fue su turno de reír.

—Bien. Puede que sí, pero no lo lamento. Te tomaré como rehén cuando quieras.

Me agarró el muslo, levantándolo para que estuviera aún más abierta para él. Me embistió con fuerza, empujándome hacia arriba del colchón.

—Eres tan ridículo. —Jadeé.

—Nah, simplemente estoy completamente obsesionado con mi Julieta.

Mis dedos se clavaron en su piel. Era tan suave, cálido y real. Después de pasar los últimos días entumecida y fuera de mi cuerpo, era un alivio estar de vuelta en él y experimentar placer y seguridad.

Romeo era mi seguridad.

Metió la mano entre nosotros y me frotó el clítoris con el pulgar. No necesité casi nada para correrme de nuevo.

—Carajo, me estás apretando mucho. —Enterró su cara en mi cabello mientras se corría. Su respiración y sus gemidos fueron casi suficientes para volver a correrme.

Deslicé mis dedos por su mandíbula, atrayéndolo hacia mis labios. Cuando por fin salió de mí, apreté mis muslos para evitar gotear sobre las sábanas.

Me besó en la nariz.

—Ahora vuelvo.

Volvió con una toallita y me limpió. Mis mejillas se sonrojaron cuando me separó los labios del coño y me miró fijamente.

—¿Qué estás haciendo? —chillé.

Me soltó con una palmada suave.

—Solo quería revisarte. Necesito asegurarme de que mi chica no está demasiado adolorida.

Puse los ojos en blanco cuando volvió a tumbarse en la cama. Nos acostamos de lado, uno frente al otro.

—Tengo algo para ti —dijo.

—¿Sí?

Agarró algo del cajón de la mesita de noche, pero me lo ocultó. Me pasó la mano por el brazo hasta que sentí que algo se deslizaba por mi dedo. Fruncí el ceño y aparté mi mano de la suya.

El corazón me dio un vuelco.

En mi dedo estaba el anillo de compromiso más hermoso que jamás había visto. El diamante central era de corte princesa y estaba rodeado de diamantes colocados en forma de rayos de sol.

Me quedé boquiabierta y miré a Romeo a los ojos.

—Elegí este diseño porque me recordaba a una estrella, y tú eres mi stellina. La luz en mi oscuridad.

Me quedé boquiabierta.

—Umm, ¿no te falta un paso?

—¿Qué paso?

—Oh, no lo sé. ¿Este anillo viene con una pregunta?

—Nop.

—¿Nop? —Volví a mirar el anillo. Me encantaba, pero ¿quizás no era un anillo de compromiso? ¿Me estaba equivocando?

Romeo me agarró la barbilla.

—No tengo ninguna pregunta porque te casarás conmigo, Julieta. Nunca voy a dejarte ir, así que haré todo lo posible para asegurarme de que estés tan atada a mí que nunca puedas desenredar el nudo.

Mis labios se torcieron.

Me quité el anillo del dedo y se lo devolví.

—Arrodíllate y pídemelo como se debe.

Gruñó y me mordió el labio en señal de castigo, no obstante, se levantó de la cama. Sus manos se extendieron por mis muslos, mientras me jalaba hacia el borde del colchón. Se arrodilló ante mí, ofreciéndome el anillo.

—Julieta, ángel mío. Nadie ha amado nunca como yo te amo. Quiero estar contigo para siempre. ¿Quieres casarte conmigo?

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Te amo tanto.

—¿Y? —preguntó impaciente.

Dejé escapar una risita llorosa.

—Sí, claro que me casaré contigo.

—Claro que lo harás. —Sonrió satisfecho y volvió a ponerme el anillo en el dedo.

Brillaba incluso con poca luz.

—Es muy bonito. Gracias.

Romeo me besó la rodilla.

—Lo que sea por ti. —Me subió las manos por las piernas, apretándome ligeramente las cicatrices antes de acercarse a mi centro. Me dedicó una sonrisa salvaje—. Ya que estoy arrodillado aquí, más vale que aproveche mi posición.

—Mmm, más vale.

Chillé cuando me atrajo más. Me dejé caer hacia atrás cuando me abrió las piernas.

Y me mostró lo feliz que estaba con mi respuesta una y otra vez.

Me desperté sintiéndome inesperadamente descansada. Lo primero que hice al abrir los ojos fue ver fijamente mi nuevo anillo.

Una risita grave vibró contra mi espalda.

—¿Debería estar celoso del anillo?

Giré lentamente en la maraña de brazos y piernas de Romeo hasta quedar frente a él.

—No te preocupes, tu cara es mucho más bonita.

Me apretó el trasero con fuerza.

—Malcriada.

Me retorcí contra él. Estaba un poco adolorida por lo de anoche, pero eso no impidió que mi coño se apretara con la desesperación de ser llenado de nuevo.

Romeo me besó.

—Conozco esa mirada. Necesitas que te follen, ¿verdad, nena?

Gemí cuando presionó su pierna firmemente entre las mías. Me apreté contra él, el placer era delicioso, pero no era suficiente.

—Esa es mi chica. Voy a follarte hasta que grites mi nombre. ¿Quieres?

—Sí, por favor.

—Me suplicas de forma tan bonita. Pero antes tenemos que hacer otra cosa.

Mi frente se arrugó en un ceño de disgusto.

—¿Otra cosa?

—Sí. Y si eres una chica muy buena, recibirás una recompensa.

Me aferré a él mientras se alejaba, y cuando buscó algo dentro de su mesita de noche, me animé. Tal vez recibiría más regalos. Sin embargo, lo que Romeo sacó del cajón definitivamente no era una joya.

El corazón me dio un vuelco cuando vi la jeringa y la gasa que tenía en la mano.

—Umm, ¿qué es eso?

Nos movió hasta que estuvimos sentados contra la cabecera.

—Esto es lidocaína y esto —sacó otra cosa del cajón—, es un aplicador para un rastreador.

—¿Un rastreador?

Asintió con los ojos apretados.

—Leona me lo consiguió. Los irlandeses desarrollaron un chip GPS lo bastante pequeño como para inyectarlo bajo la piel, y lo bastante potente como para enviar una señal a mi teléfono estés donde estés.

Se me cayó la mandíbula.

—¿Quieres poner eso dentro de mí?

Se pasó los dedos por el cabello.

—Ya hay un rastreador incrustado en tu anillo.

Me quedé estudiando fijamente mi anillo, tratando de averiguar dónde podía esconderse un rastreador. Debía de ser diminuto.

—Si hay uno en mi anillo, ¿por qué necesitas inyectarme otro?

—Porque no voy a correr ningún riesgo, Julieta. Podrías quitarte el anillo o perderlo en algún lugar. Alguien podría llevárselo al otro lado del país mientras te roba en dirección contraria.

Romeo tenía la mandíbula rígida de esa manera obstinada que me decía que no cedería en esto.

Era lo más desquiciado, absurdo y posesivo que podía imaginar…

así que, ¿por qué me gustaba? Había pasado toda mi vida sintiéndome perdida.

Por retorcido que fuera, la idea de que el hombre al que amaba siempre pudiera encontrarme me hacía sentir segura.

Respiré profundamente.

—De acuerdo.

—¿Sí?

Extendí mi brazo.

—Hazlo rápido antes de que me despierte completamente y me dé cuenta de que eres un auténtico psicópata por querer hacer esto.

Romeo no me hizo esperar. La toallita con alcohol se sentía fría sobre mi piel mientras la limpiaba.

—Primero tengo que inyectar la lidocaína.

Cerré los ojos para no tener que ver cómo entraba la aguja. Mi nariz se arrugó al sentir el pinchazo, pero terminó rápidamente.

Una vez que mi brazo estuvo adormecido, Romeo colocó el aplicador contra mi piel.

—¿Estás seguro de que no hay riesgo? —pregunté mirando el dispositivo.

Romeo señaló una pequeña costra en la parte superior de su bíceps.

—Nunca te haría algo si no supiera con certeza que es seguro.

Pasé suavemente el dedo por la zona de su piel.

—¿Tienes un rastreador?

Asintió con la cabeza.

Una lenta sonrisa se dibujó en mi rostro.

—¿Eso significa que puedo rastrearte?

Me agarró la barbilla y se inclinó para besarme.

—Por supuesto. Quiero que puedas cazarme y hacer lo que quieras conmigo.

Mis mejillas se sonrojaron y puse los ojos en blanco.

—Ya deja de coquetear conmigo.

—Jamás. —Apretó el dispositivo contra mi brazo—. Respira profundo, nena.

Cerré los ojos con fuerza y forcé el aire en mis pulmones. El aplicador hizo clic y sentí una presión profunda en el brazo, casi como un moretón.

Después, los labios de Romeo se posaron suavemente sobre los míos.

—Lo hiciste muy bien para mí.

Me atreví a mirar. Romeo había envuelto una gasa alrededor de la pequeña zona de la inyección.

—Dime si comienza a dolerte o molestarte de algún modo.

Me dejé caer de nuevo en el colchón con un suspiro, la adrenalina todavía corriendo a través de mí.

—Algo más me está molestando ahora mismo.

Romeo se apoyó sobre mí, sonriendo.

—¿Quién está coqueteando ahora?

La risa estalló en mi pecho, inesperada y maravillosa. Los ojos de Romeo se abrieron de par en par y sus labios se entreabrieron. Me observaba como si fuera mágica, pero todo era gracias a él. Su amor me transformó por completo.