75 Romeo
ROMEO
—¿Estás diciendo que eran trillizos, maldición?
Era raro ver a Matteo sorprendido. Después de casi quince años como Don, no muchas cosas lo sorprendían, pero trillizos secretos era algo increíble.
Todos estaban reunidos en nuestra sala nueva, donde un surtido de sillas plegables complementaba los asientos.
No entendía por qué teníamos que reunirnos en este instante, cuando Julieta apenas había llegado a casa ayer.
Necesitaba descansar mientras yo la mimaba y abrazaba todo el día, pero en lugar de eso, estaba sentada rígidamente en mi regazo mientras Matteo, Sofiya, Sienna, Angelo y Leona se esparcían por la habitación.
Julieta había dormido toda la noche gracias a los medicamentos que le había dado Aria, pero yo me había quedado completamente despierto. Mi mente no paraba de dar vueltas. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de su cuerpo sin vida me perseguía.
Julieta se inclinó para acariciar a Queenie, que había reclamado su sitio en el respaldo del cojín del sofá. Automáticamente la sujeté con más fuerza.
—¿Te encuentras bien, nena?
Se apoyó sobre mi pecho.
—Sigo bien, igual que hace tres minutos cuando me lo preguntaste.
Me quejé, enterrando mi cara en su cabello.
—Te prometería dejar de preguntar, pero no estoy seguro de tener tanto autocontrol.
—Está bien. —Me besó la mejilla, sus suaves labios dulces y relajantes. —Me estás cuidando muy bien.
Esperaba que fuera verdad. Aria nos llamó hace una hora con los resultados del laboratorio.
La sustancia en el organismo de Julieta no coincidía con ninguna droga o veneno conocidos.
Se estaba recuperando físicamente, aun así, tenía miedo de que el veneno pudiera tener efectos a largo plazo.
Ahora mismo había muchas cosas desconocidas y fuera de mi control, y lo odiaba.
Habíamos terminado de informar acerca de todo lo sucedido desde que secuestraron a Julieta, ella había hablado de su encarcelamiento y nos habíamos contado mutuamente todos los aspectos de nuestra redada en el castillo albanés. Cuanto más escuchaba por lo que había pasado, más se encendía mi ira.
—¿Estás lista para esto? —indagó Matteo, mirando a Julieta detenidamente.
Había organizado esta llamada con Elira Leka para discutir los términos de su alianza, la que querían hacer con mi chica.
Ella asintió ligeramente y Matteo puso la llamada en el altavoz. Elira contestó y pasaron por las formalidades iniciales antes de que Matteo preguntara:
—¿Cuáles son tus planes ahora que eres Krye?
—Nos enfocaremos en reconstruir aquí en casa. Llevamos mucho tiempo siendo gobernados por hombres corruptos, y eso ha causado cicatrices profundas en nuestras comunidades —respondió Elira, con un ligero acento en sus palabras.
—Si ese es tu objetivo, ¿qué quieres de tu alianza con nosotros?
—Nuestra alianza con Julieta —aclaró.
Julieta retorció sus dedos en mi camisa cuando todas las miradas se dirigieron hacia ella.
—¿Pero por qué yo? No sé nada de estas cosas.
—Eres la hija del hombre que debería haber sido Krye. La hija de mi hermana, Hana. Eres una princesa de nacimiento. Si alguna vez decides dejar a los italianos, nuestra alianza te sigue a ti.
—¡No se irá! —espeté mientras la aferraba aún más cerca.
—¿La retendrías en contra de su voluntad?
La oscuridad se apoderó de mí, exigiéndome que protegiera a Julieta. Una suave mano en mi pecho impidió que arremetiera contra ella.
—No me iré a ninguna parte. —Sus labios rozaron los míos. Volteó hacia Matteo—. No quiero que pienses que intento quitarte tu poder.
Sus ojos se suavizaron.
—Por supuesto que no pienso eso. —Se reclinó en su asiento y rodeó a Sofiya con su brazo—. Permitiré que Julieta forme una alianza en nombre de la Mafia Italiana, si ella está de acuerdo.
—Siempre y cuando nadie espere que yo sea una especie de mafiosa ruda —murmuró ella.
—Eres muy ruda —halagué, rozando su oreja con mis labios.
—Me alegra que estemos de acuerdo —declaró Elira.
—Si querías aliarte con nosotros a través de Julieta, ¿por qué la pusiste en peligro como lo hiciste? —lancé, con un tono de amargura.
—Este derrocamiento fue la culminación de tres años de planificación —explicó Elira—. Estábamos esperando el momento oportuno para atacar, y Julieta nos proporcionó la distracción perfecta.
—Ella no es una distracción para que la utilices —rugí. La aversión que sentía por esta mujer avivaba mi ira. Tal vez estaba mal de mi parte echarle tanta culpa, pero había jugado con la vida de Julieta.
—Hicimos lo que era necesario. El Carnicero y su hermano causaron un sinfín de violencia dentro de los clanes y en todo el mundo con su trata de personas. A veces, el sufrimiento momentáneo es necesario para salvar a cientos.
Julieta me apretó el brazo, que era lo único que me impedía enloquecer por completo. Nunca sería aceptable que ella sufriera.
—Hablando de las chicas víctimas de la trata —comentó Sofiya, interrumpiendo las palabras mordaces que yo quería decir—, hemos establecido una red de refugios en la ciudad y en el norte del estado, pero creemos que hay más mujeres que no hemos podido encontrar.
—Sabemos dónde están las demás —informó Elira—. Tenemos registros de todas las rutas comerciales que utilizaba el Carnicero y de los compradores con los que trabajaba. Por eso necesitamos permiso para entrar a New York. Las liberaremos y las traeremos a casa.
Quería decirles que no. No las quería a menos de ciento sesenta kilómetros de Julieta, mas no era mi decisión.
Matteo se reclinó, pensativo.
—¿Te parece bien, Julieta?
Ella se sobresaltó, como si estuviera asombrada de que se lo consultara. Me miró de nuevo, con un ligero rastro de pánico en su mirada.
—No lo sé. Lo único que quiero es que todo el mundo esté a salvo.
La abracé con más fuerza.
—Te tengo, dulzura. —Su respiración sonaba rápida y superficial. No debería estar lidiando con ningún estrés en este momento. Ni nunca. Estaba decidido a darle una vida suave y fácil.
—Se les permitirá entrar a nuestro territorio únicamente con el propósito de rescatar a estas mujeres —señaló Matteo—. Y trabajarán en conjunto con mis hombres.
—No trabajamos con hombres —afirmó Elira.
—Digo, es una buena política —murmuró Leona, atrayendo una mirada exasperada de Matteo.
Julieta soltó una carcajada discreta, y yo quería embotellar el sonido.
—No podemos darles rienda suelta en nuestra ciudad —declaró Matteo—. O cooperan con nuestros requisitos, o pueden quedarse en Albania y enviarnos su información para que podamos liberar a las mujeres.
Hubo un largo silencio antes de que Elira respondiera:
—Estamos dispuestas a seguir discutiéndolo.
La tensión en la habitación disminuyó un poco.
Apreté mi cara contra el cabello de Julieta.
¿Necesitaba un bocadillo? Aunque hacía menos de una hora que había desayunado, las ganas de alimentarla no me dejaban razonar.
Había adelgazado durante su cautiverio y odiaba el maldito recordatorio de todo lo que había sufrido.
Saqué un paquete de snacks de fruta del bolsillo y se lo puse en la mano.
Casi sonrió y se metió una gomita en la boca.
—¿Cómo hackeó el Carnicero nuestro sistema de seguridad? —preguntó Sienna, con una arruga de frustración entre los ojos. Sabía que la estaba matando el hecho de haber sido superada por los albaneses.
—No lo hizo el Carnicero —se burló una mujer con acento muy marcado.
—¿Quién eres tú? —inquirió Matteo con tono tajante.
—Soy Arta, la hacker.
Sienna se sentó hacia adelante.
—¿Tú hiciste todo eso? ¿Permitiste que el Carnicero accediera a nuestro edificio? ¿Rastreaste nuestras ubicaciones?
—Hice lo que tenía que hacer.
Matteo se levantó de un salto, con el rostro furioso.
—¡Nos pusiste a todos en peligro! Sienna y Romeo pudieron haber muerto cuando fueron atacados. A Julieta la golpearon y la encerraron en una celda.
—Yo lo pensaría dos veces antes de levantarle la voz a la mujer que les salvó la vida en varias ocasiones. —La voz de Elira era como el hielo.
Matteo se quedó paralizado, y el silencio cubrió la habitación.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Julieta.
—Hubo muchas ocasiones en las que Arta le dio al Carnicero información errónea y falsificó grabaciones de vídeo. Y, por supuesto, les dio la ubicación del Carnicero para que pudieran encontrar a Julieta. Todos ustedes estarían muertos si ella no hubiera estado trabajando con mi grupo de mujeres.
Matteo volvió a sentarse y subió a Sofiya a su regazo. Yo también abracé con más fuerza a Julieta. Sabía que Elira estaba diciendo la verdad, y darme cuenta de lo cerca que había estado de perder a Julieta me llenó de pánico. Me negaba a ser descuidado con su seguridad de nuevo.
—Quiero aprender de ti —pidió Sienna.
—¿Qué? —Matteo y Elira hablaron al mismo tiempo.
—Como parte de nuestra alianza, quiero que Arta me enseñe a ser una mejor hacker.
Matteo apoyó su cabeza en sus manos con un quejido. Sofiya apretó los labios para no sonreír mientras le frotaba el cuello.
Elira y Arta hablaron murmurando en albanés.
—Tu trabajo no es horrible. Te aceptaré como alumna —concretó finalmente Arta en inglés.
—Tendremos que discutir… —Empezó Matteo.
—Gracias. No te decepcionaré —interrumpió Sienna.
Matteo parecía a punto de perder la cabeza.
—Creo que este es un buen lugar para parar por hoy —propuso Sofiya—. Esta semana ha sido demasiado. Todos estamos exhaustos, y la tensión es alta. Vamos a programar una llamada dentro de unos días para pulir los detalles.
—De acuerdo. —Acepto Elira.
Sonreí mientras jugaba con el cabello de Julieta. Los hombres éramos claramente innecesarios en esta conversación.
—Julieta —llamó Elira, haciéndola brincar. Le acaricié la espalda con la mano—. Lamento cómo te viste envuelta en todo. —Sonaba genuinamente arrepentida, aunque eso no cambiaba lo que yo pensaba de ella—. No es lo que quería. Quizás algún día podamos hablar de tu madre.
Julieta mantuvo su mirada en su regazo, sus dedos fuertemente entrelazados. Los cubrí con mi mano y apreté suavemente.
—Ella te buscará si quiere hablar —declaré.
Matteo se recuperó lo suficiente de su aturdimiento inducido por el estrés como para terminar la llamada. Colgó y nos quedamos mirándonos unos a otros.
—Ya veremos cómo manejar esta alianza en el futuro.
—Las palabras de Matteo a Julieta fueron gentiles—.
Pero lo importante es que sepas que tienes gente de tu lado.
Nosotros estamos de tu lado, obviamente, pero Elira y sus mujeres también lo están.
Si alguna vez estás en peligro, tienes a cientos de personas a quienes recurrir.
—Es una forma muy bonita de verlo —razonó Julieta. Se desplomó contra mi pecho, claramente agotada.
Matteo se levantó, abrazando a su mujer.
—Nos iremos y los dejaremos descansar.
—Avísenos si necesitan algo —comentó Sofiya.
—No le diría que no a un pastel de chocolate —añadí. Era el favorito de Julieta.
Matteo refunfuñó y Sofiya sonrió.
—Hecho.
Todos salieron del apartamento y cerraron la puerta tras de sí.
Julieta respiró profundamente.
—Lo hiciste bien, cariño. Sé que fue demasiado.
No respondió, y yo no la presioné para que hablara. Aprendería a ser paciente por Julieta.
—Es raro saber que tengo una familia —susurró—. O al menos una tía. Es lo que siempre soñé, pero ahora ni siquiera estoy segura de querer conocerla. Todo está envuelto en tanto dolor.
Besé su frente. Sabía un poco lo que era vivir distanciado de la familia a causa del dolor y los traumas del pasado, pero mi situación no era ni siquiera tan mala como la de Julieta—. No tienes que conocerla si no quieres. Es tu elección.
—Sí, es verdad.
Le apreté la mano.
—¿Quieres tomar una siesta?
Negó con la cabeza.
—Estoy cansada, pero también me siento agitada. No creo que pueda dormir en este momento.
—Lo entiendo, Ángel. —Yo sentía lo mismo. Cada músculo de mi cuerpo estaba tenso, como si me estuviera preparando para una pelea—. ¿Quieres jugar Mario Kart?
Sus ojos se iluminaron y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Sí, quiero.
Preparé el juego y me senté a su lado en el sofá. Inmediatamente se arrimó a mí y apoyó su cabeza en mi hombro.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
La miré, confundido.
—¿Yo? Estoy bien.
Tarareó y volvió a sentarse en mi regazo.
—Todo lo que pasó debió de ser horrible para ti.
Por una vez, me quedé sin palabras. Ella era la que había sido secuestrada y drogada. ¿Por qué me estaba preguntando cómo estaba?
Me pasó los dedos por el cabello y se me cerraron los ojos de lo bien que me sentí. Sus labios rozaron mi mejilla.
—Está bien que te resulte difícil. No sé qué haría yo si pensara que habías muerto.
La abracé con más fuerza, apretándola contra mi pecho.
—Fue lo peor que he sentido en mi vida, pensar que nunca volvería a hablar contigo, y sabiendo que fui yo quien te había fallado.
—¿De qué estás hablando? No me fallaste —objetó con fiereza—. Me rescataste.
—Deberías haber estado a salvo aquí. —Los albaneses, o más específicamente, Arta, había aprovechado una debilidad en la red eléctrica de New York City para desactivar los sistemas de alarma de nuestro edificio de apartamentos.
Franco y Sienna ya habían hecho cambios para asegurarse de que nadie pudiera volver a hacerlo, y Matteo contrató a una empresa privada para que auditara nuestra seguridad.
Pero yo seguía nervioso. Había expuesto a Julieta al peligro al introducirla en mi mundo. ¿De qué servía si no podía protegerla?
—Hace tiempo que tuve que aceptar que el mundo nunca es completamente seguro.
Y que algunos riesgos valen la pena. —Tomó mi rostro y me miró fijamente—.
La única razón por la que soy remotamente funcional en este momento es gracias a ti.
Porque cuando desperté de entre los muertos, el rostro que vi fue el tuyo.
—Ángel —pronuncié, con la voz rota por la emoción—. Siempre te encontraré.
Se inclinó y sus labios se encontraron con los míos, dulces y suaves. Agarré su nuca y la incliné hacia atrás para tener un mejor acceso mientras profundizaba el beso.
Me sumergí en la sensación de Julieta, su peso sobre mi regazo, los suaves ruiditos que hacía, la dulzura de su boca. La parte de mí que se hizo añicos cuando supe que había muerto empezó a recuperarse.