74 Romeo
ROMEO
Para cuando entramos al garaje, Julieta estaba mucho más despierta y alerta. No estaba seguro de que eso fuera bueno cuando se aferró a mis brazos y sus uñas se clavaron en mi piel.
La agarré del cuello y le di un ligero apretón.
—¿Qué pasa?
—No, no puedo… —Su respiración se volvió acelerada.
Mierda. Ataque de pánico.
En cuanto nos estacionamos, desabroché el cinturón de seguridad de ambos y la atraje hacia mi regazo.
—Te tengo. Escucha mi voz y respira despacio.
Se acurrucó contra mi pecho, y yo inhalé y exhalé lentamente en un intento de guiarla.
—No me gusta la oscuridad. Me siento atrapada. —Jadeó.
La imagen de ella atada a aquella silla, encerrada en aquella celda, pasó por mi mente. Nuestro garaje subterráneo tenía luz, pero el espacio sin ventanas no era acogedor.
—Agárrate a mí y cierra los ojos, Ángel. Yo te cuidaré.
Ella negó con la cabeza.
—No, no. No puedo volver a ese apartamento. No puedo.
Y entonces me di cuenta. No le había dicho nada del cambio.
—No vamos a volver allí, nena. —Quería quemar todo el edificio, sabiendo lo que Julieta había sufrido allí.
Como los demás residentes no aprobarían un incendio provocado, les había pedido a Sienna y Sofiya que arreglaran una de las unidades vacías para nosotros.
Julieta no necesitaba que le recordaran malos momentos en un lugar que se suponía era seguro.
—Tenemos un apartamento nuevo. Cuando te sientas mejor, puedes comprar los muebles o la decoración que quieras para él. ¿Te parece bien?
Asintió temblorosamente con su mano alrededor de Queenie, que estaba dormida.
—Mi chica valiente. —Besé su frente y mis labios se detuvieron un instante en su piel.
Matteo abrió la puerta del auto y Julieta me rodeó con los brazos y las piernas.
Entramos al ascensor rodeados por Matteo, Leona, Angelo y Dante, un muro de protección para mi chica.
Seguí balbuceando tonterías sobre el nuevo apartamento para distraer a Julieta hasta que sonó la puerta del ascensor.
Nuestra nueva puerta principal ya estaba programada con mi huella digital. Asentí con un gesto de gratitud a mis amigos antes de llevar a Julieta al interior.
El apartamento era un poco más pequeño que el anterior, no obstante, este tenía un balcón con una vista a Central Park que esperaba que Julieta disfrutara.
—Sé que en este momento está un poco vacío.
—En la sala había un sofá y una televisión, y nuestra habitación estaba vacía salvo por la cama—.
Podemos contratar a alguien para que diseñe todo el lugar si te resulta más fácil, pero pensé que te gustaría opinar al respecto.
Podemos convertir una de las habitaciones en una biblioteca para ti.
Sienna ya hizo los planos para los libreros.
Las palabras brotaron de mis labios, impulsadas por mi ansiedad.
Ahora que Julieta estaba consciente, estaba muerto de miedo de que me dijera que todo esto era demasiado, que nuestra relación era demasiado.
La había puesto en peligro. Había fracasado en protegerla.
Ni siquiera la culparía si quisiera abandonar este edificio por completo… abandonarme a mí.
Excepto que no podía hacerlo. No podía dejarla ir, así que tendría que ganarme de nuevo su confianza.
Su amor.
Carajo, ¿y si ella nunca pudiera amarme de nuevo?
Tenía que aceptarlo como una posibilidad. Lo único que importaba en el mundo era mantenerla a salvo y feliz.
—Sería agradable tener una biblioteca —murmuró.
Solté un suspiro nervioso. Menos mal, maldita sea. Quizá había hecho algo bien.
—De verdad necesito ducharme —dijo.
Necesitaba muchas cosas. Cada vez que se despertaba durante el vuelo, yo intentaba que comiera todo lo posible. Aunque el veneno le había dado náuseas, se las arregló para tomar una bebida de proteína sin vomitarla.
—¿Qué tal mejor un baño? —pregunté mientras me dirigía al baño. Dudaba que tuviera fuerzas para mantenerse de pie en la ducha.
Asintió y la senté suavemente en el tocador.
—Pondré a Queenie en nuestra cama, ¿te parece? Leona nos traerá las cosas para gatos que necesitamos.
Julieta soltó a la gatita a regañadientes. La acomodé en nuestra habitación y me apresuré a volver al baño. Mis manos estaban ocupadas preparando la bañera, pero mis ojos estaban pegados a Julieta, en caso de que se desmayara. Estaba tan callada, tan pálida. Me aterraba.
—¿Ángel? —Se estremeció cuando me acerqué para pasar mis dedos por su cabello enredado. Me aparté como si me hubiera quemado. ¿Me tenía miedo?
Me agarró la mano y la acercó a su pecho.
—Perdón —susurró.
—No pidas perdón, Stellina. A mí no. Pero espero que sepas que nunca te lastimaría.
Me apretó la mano con fuerza.
—Lo sé. Lo prometo. Es que… —Se le quebró la voz y se le escapó una lágrima.
—Mierda. —La abracé lentamente y recorrí su espalda de arriba a abajo con mi mano—. Te tengo. Ya estás a salvo.
Muy despacio, sus brazos rígidos se aferraron a mi cintura.
Cuando dejó de llorar, me aparté y sequé sus lágrimas.
—Vamos a meternos.
La desnudé suavemente, besando sus cicatrices y moretones, y la ayudé a entrar a la bañera. Me metí después de ella, colocándonos de modo que su espalda quedara pegada a mi pecho, sin embargo, ella se retorció rápidamente y se dio la vuelta para quedar a horcajadas sobre mí.
Tenía los ojos vidriosos y le temblaba el labio inferior.
—Necesito verte.
—Lo que necesites.
Me eché su gel de baño de fresas en las manos y la lavé con cuidado. Intenté poner todo mi amor y cuidado en mis movimientos. Mientras le masajeaba los hombros, se desplomó sobre mi pecho. Sus ojos se cerraron y lo tomé como la más grande de las victorias.
Le lavé el cabello y peiné suavemente todos los nudos. Las puntas rosas se habían desteñido casi por completo y lo odiaba. Necesitaba recuperar su vivacidad.
Julieta estaba medio dormida cuando la saqué de la bañera, la sequé y le puse una de mis camisetas. La metí bajo las sábanas y le besé la frente.
—Ahora vuelvo.
Se quejó y me agarró la muñeca.
—Solo voy a revisar la seguridad del apartamento. No me llevará más que un par de minutos.
Si bien dejarla era una agonía, no podía arriesgarme a que alguien entrara. Rápidamente revisé las cerraduras de las puertas y ventanas, activé la alarma y me coordiné con los cuatro hombres que estaban colocados frente a la puerta del apartamento y en la escalera de incendios.
Una vez convencido de que todo era seguro, me apresuré a volver con mi ángel.
—Ven aquí. —Extendí mis brazos hacia ella y se aferró a mí con manos desesperadas.
—Gracias —musitó.
Le pasé el pulgar por su mejilla magullada.
—¿Por qué?
—Por ser mi lugar seguro.
Esta vez no pude contener las lágrimas.
—Lo único que quiero en este mundo es que estés a salvo y seas feliz. Te amo tanto.
Sus labios rozaron mi pecho desnudo.
—Yo también te amo. Para siempre.