Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 73 Romeo
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73 Romeo

ROMEO

Julieta se despertó varias veces mientras íbamos en la camioneta de vuelta al avión. Cada vez que abría los ojos, el alivio me recorría todo el cuerpo. Mas cuando se cerraban, el pánico volvía a invadirme.

Me aferraba a su muñeca, el suave latido de su corazón era lo único que me impedía perder la cabeza.

—Juro que no tenía pulso cuando la encontré. Lo revisé.

—Estoy segura de que lo hiciste —afirmó Leona—. Algunos venenos pueden reducir el ritmo cardíaco de alguien hasta que solo tenga un pulso muy débil. No podías saberlo.

Si bien tenía razón, yo no podía deshacerme de mi culpa por dejar a Julieta sola en esa habitación.

Por haberme rendido tan rápido.

Acaricié suavemente a Queenie, que se negaba rotundamente a separarse de Julieta. Estaba acurrucada en su regazo. Sentí una extraña gratitud hacia la gata por estar con mi chica cuando estaba sola.

Por fin llegamos a la pista de la sección privada del aeropuerto de Tirana. Matteo y Leona salieron primero de la camioneta, y el resto de nuestros hombres se desplegaron para cubrirnos.

—¿Necesitas ayuda con ella? —indagó Matteo.

Negué con la cabeza, pero dejé que Leona llevara a Queenie.

Sujeté a Julieta contra mi pecho para que no se sacudiera mientras subía las escaleras del avión y me dirigía directamente a la habitación del fondo.

Aria ya estaba allí, con su botiquín preparado sobre la mesa auxiliar.

Miró con preocupación a Julieta y señaló la cama.

Dudé un momento, preguntándome si me saldría con la mía dejando a Julieta en mi regazo.

No obstante, necesitaba que la examinaran a fondo, así que de mala gana la acosté en el colchón.

—¿Romeo? —Julieta tenía la voz ronca y agarré una botella de agua.

La levanté con mi brazo alrededor de su espalda.

—Toma, Ángel. Bebe esto.

Lo hizo antes de apartarla.

—¿Dónde estamos?

—En un avión privado. Volvemos a casa. —Se me quebró la voz y volví a abrazarla—. Lo siento mucho, Julieta. Mierda, lo siento muchísimo.

—Me… —Hizo una pausa y sus hermosos ojos verdes se encontraron con los míos, ligeramente desenfocados y vidriosos—. ¿Me entregaste al Carnicero?

Su pregunta susurrada me heló las venas.

—Eso es lo que dijo, que conocías mi conexión con los albaneses y que me estabas usando.

Un horror profundo y lento me invadió como piedras pesadas. En el horrible caos, había olvidado las palabras del Carnicero.

—No. No. Yo nunca… Joder, ¿le creíste, cariño? Nunca te traicionaría. Te amo, Ángel. —Las lágrimas me resbalaban por la cara, mas no me importaba.

Soltó un profundo suspiro y se relajó contra mí.

—No, no le creí.

Me tragué el nudo que tenía en la garganta.

—¿Estás segura? Te juro que nunca trabajaría con…

—Lo sé. Siento haber preguntado. Simplemente necesitaba escucharte decirlo. —Me pasó los dedos por el cabello y me estremecí. Extrañaba eso. Extrañaba todo de ella.

—Fue una agonía sin ti —murmuré—. ¿Entiendes cuánto te amo? No puedo vivir en un mundo sin mi Julieta.

—Mi Romeo. Yo también te amo.

Sus párpados se cerraron y la sacudí ligeramente.

—Mantente despierta para mí, Ángel. —El pánico volvió a invadir mi voz y miré hacia donde estaba Aria, de pie a un lado, en un intento de darnos un poco de privacidad.

Se acercó rápidamente.

—Julieta, ¿puedes oírme?

—Sí.

—Soy la doctora Aria Amato. ¿Está bien si te reviso?

Julieta asintió, todavía con los ojos cerrados. Tomé su mano entre las mías, odiando que parecieran témpanos de hielo. Aún tenía puesto su horrible vestido de novia. ¿Por qué no había pensado en traerle ropa? Tendría que usar la mía hasta que volviéramos.

Aria empezó a sacarle sangre y nos dijo que iba a analizarla para ver qué veneno le habían dado a Julieta.

—Tus signos vitales son estables, pero tienes baja el azúcar, tu presión arterial también, y estás deshidratada. Necesitarás mucho reposo y cuidados durante un par de semanas.

—Los tendrá —confirmé con ferocidad.

Julieta seguía con los ojos cerrados, pero se las arregló para darme una palmadita en la pierna, con una pequeña sonrisa dibujándose en sus labios.

—Vas a ser súper sobreprotector, ¿verdad?

Le rocé la frente con mis labios.

—Ya lo sabes.

Aria le preguntó a Julieta si podía revisar el resto de su cuerpo en busca de otras heridas. Lentamente le quitamos el vestido, cubriéndola con mantas para darle calor y privacidad. Cada moretón y rasguño de su piel me hacía desear volver a matar a los dos Carniceros otra vez.

—Julieta, tengo algunas preguntas que quizá debamos discutir en privado. ¿Qué te parece si Romeo sale por unos…?

—¡No! —replicamos Julieta y yo al mismo tiempo.

Los labios de Aria se retorcieron.

—De acuerdo, entonces. —Se aclaró la garganta—. ¿Alguien te tocó sexualmente?

Respiré entrecortadamente mientras esperaba su respuesta.

—No. Lo intentó, pero lo empujé para que se quitara de encima, y entonces supongo que ambos quedamos inconscientes.

Me recordé a mí mismo que ya había matado a Abazi y que, por desgracia, no podía volver a hacerlo.

Julieta frunció el ceño.

—Espera, ¿todos se despertaron? ¿Qué pasó?

—Podemos hablar de eso cuando te sientas mejor —murmuré.

Ella se esforzó a abrir los ojos.

—No, cuéntamelo ahora.

Suspiré. Merecía saberlo, pero quería protegerla.

—Elira, tu tía, me dio un antídoto para ti. Los otros murieron.

—¿Mi tía?

—Eso fue lo que dijo.

Julieta cerró los ojos y volvió a acurrucarse contra mí.

—Oh.

—¿Es seguro para ella que duerma? —le pregunté a Aria.

—Dormir está bien. Voy a ponerle un suero y vigilaré sus signos vitales.

Agarré un par de mis bóxers y una sudadera de mi pequeña mochila y vestí cuidadosamente a Julieta.

—Estoy segura de que despegaremos pronto —agregó Aria—. Iré a la parte de enfrente para darles un poco de privacidad, pero avísame si algo cambia.

Abrió la puerta de la habitación para encontrar Matteo parado allí con Queenie.

—La gata está alterada —dijo.

Aria sonrió mientras se deslizaba a su lado. Matteo depositó a Queenie en la cama y ella se dirigió hacia donde estaba Julieta, acurrucándose en su pecho.

—¿Está bien? —inquirió Matteo.

—Creo que sí. Me preocupa que el veneno tenga algún tipo de efecto a largo plazo —hablé en voz baja, no quería que Julieta escuchara mis palabras mientras dormía.

Matteo asintió.

—Nos aseguraremos de que reciba los mejores cuidados posibles en cuanto aterricemos. Nos vamos en cinco minutos.

—Gracias —añadí con aspereza—. Por estar aquí, aunque eso significara dejar a Sofiya y Clementine.

—Sabes que haría cualquier cosa por nuestra familia. Eso ahora incluye a Julieta.

Asentí, con un nudo en la garganta. La aceptación de Matteo significaba todo para mí.