Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 72 Romeo
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72 Romeo

ROMEO

—¡Tiren sus armas!

Una docena de pistolas me apuntaron.

Mi mente vaciló. ¿Qué carajos era esto?

Lo que parecían más de cien mujeres vestidas con trajes tradicionales de boda rodeaban a nuestros soldados, su atención fija ahora en Leona y en mí.

Más extraño aún eran los cientos de hombres desplomados a su alrededor, muertos.

Sus cuerpos estaban esparcidos por el suelo y tumbados sobre largas mesas decoradas.

Las mujeres no les prestaban atención.

—¡Suéltala! —exclamó una hermosa mujer de largo cabello castaño. Se comportaba como la líder del grupo, erguida, mientras me apuntaba con su pistola. Si pensó por un segundo que iba a rendirme, que me importaba una mierda mi vida, estaba muy equivocada.

La apunté con mi arma.

—Dame una buena razón. —Mi voz era baja y apagada, la oscuridad se había apoderado por completo de mi alma.

—Si quieres volver a ver a Julieta con vida, soltarás la pistola —demandó.

Me invadió la rabia.

—Demasiado tarde. ¡Julieta está muerta!

Los ojos de Matteo destellaron al encontrarse con mi rostro desconsolado.

—Julieta no está muerta —pronunció con una calma exasperante—. Pero lo estará pronto si no bajas tu arma.

Los latidos de mi corazón resonaron en mis tímpanos.

—Mientes.

Ladeó la cabeza.

—¿Es un riesgo que estás dispuesto a correr?

Demonios.

Mis ojos desorbitados se encontraron con los de Matteo y él asintió. Su pistola yacía en el suelo junto a sus pies. A mi lado, Leona bajó lentamente su arma.

Todo en mí protestaba mientras me agachaba lentamente y colocaba mi pistola en el suelo, pero mantuve en su lugar la que llevaba metida en la cintura a mi espalda.

La mujer bajó ligeramente su pistola.

—Bienvenido, Romeo De Luca. Me alegro de que hayas podido acompañarnos.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Sé mucho más que tu nombre.

—Entonces quizá seas tan amable de decirme el tuyo —siseé, con mi rostro convertido en una máscara de desprecio.

Sonrió, con una expresión profundamente inquietante en su rostro.

—Me llamo Elira. Elira Leka. Soy la nueva Krye de la Mafia Albanesa, y ustedes —señaló alrededor de la habitación—, están todos aquí porque yo lo hice posible.

—¿Qué quieres decir? —La voz de Matteo era fuerte y resonante.

—¿Quién crees que se aseguró de que la llamada que te hizo el Carnicero se realizara a través de un servidor sin codificar para que pudieran encontrar nuestra ubicación?

¿Quién crees que filtró la información sobre esta boda para que tus pequeños informantes pudieran darte la ubicación? Aquí no ha pasado nada por casualidad.

—¿Con qué objetivo? —cuestionó Matteo con cuidado, pero mi paciencia se había agotado.

—¡Dime qué está pasando con Julieta! ¡Demuéstrame que no está muerta! —reviré.

Elira frunció los labios y se acercó a un hombre desplomado sobre una mesa. Le jaló el cabello forzando su cabeza hacia atrás antes de sacar un pequeño frasco de su bolsillo y verterlo en su garganta.

—Este es mi querido esposo. Bujar, ¿me escuchas? —Le dio una bofetada en la mejilla.

El muerto emitió un quejido y se retorció al volver a la vida.

Una esperanza abrumadora se precipitó sobre mí como una ola. Me tambaleé, sintiéndome mareado de repente. ¿Me atrevía a creer que Julieta también estaba viva?

El hombre, Bujar, abrió los ojos lentamente.

—Ahí estás —demostró Elira, girándose hacia mí—.

¿Ves?, vivito y coleando. —Entonces, en un destello metálico, su cuchillo se clavó en el pecho de su marido.

La sangre brotó de la herida. Su débil mano se levantó como para agarrar el cuchillo, aunque se desplomó antes de poder tocarlo—.

Bueno, ya no está vivito y coleando, pero supongo que demostré mi punto.

Nuestros soldados se agitaron, desconcertados por las acciones de la mujer, y Leona arqueó una ceja, parecía impresionada. Me importaba un carajo si esta mujer destripaba a todos los hombres de la sala. Lo único que necesitaba era a mi amor, viva y despierta entre mis brazos.

—Tengo el antídoto para el veneno que ingirió Julieta, no obstante, solo funcionará durante los próximos… —Elira miró su reloj—. Doce minutos. Después, realmente estará muerta.

Me lancé hacia ella, y decenas de armas me apuntaron de inmediato.

—Vamos, vamos, Romeo, espero que juegues limpio. La vida de Julieta depende de ello.

Gruñí, clavando mis pies en el suelo. Estaba jugando con la vida de Julieta, y pagaría por ello.

—¿Qué quieres de nosotros? —Matteo preguntó.

—Queremos forjar una alianza entre la nueva Mafia Albanesa y la Mafia Italiana. —Matteo empezó a responder, pero Elira lo interrumpió—. Pero nuestra alianza no sería contigo.

Matteo y yo fruncimos el ceño, intercambiando miradas.

—¿Con quién sería? —indagó el Don.

—Con Julieta. Mi sobrina —expresó Elira. Sus ojos verdes se clavaron en los míos. Ojos familiares. Los ojos de Julieta.

—Julieta no es la jefa de la Mafia Italiana —objetó Matteo.

—No. Sin embargo, es con ella con quien estamos dispuestas a aliarnos. No hacemos tratos con hombres.

Mi cuerpo se estremeció con impaciencia llena de pánico.

—Para formar una alianza con Julieta, tiene que estar viva. —Estaba a segundos de abalanzarme sobre Elira y arrancarle el antídoto. No me importaba si todas las mujeres vaciaban todos sus cargadores en mí con tal de que Julieta despertara.

—¿Está de acuerdo, Don Rossi? —La voz firme de Elira estaba impregnada de desprecio.

Observé a mi hermano, rogándole en silencio que aceptara. Lo que Elira proponía era un enorme insulto a la autoridad de Matteo, pero era la única manera de salvar al amor de mi vida. Y por lo que había visto, no queríamos a estas mujeres como enemigas.

—Discutiremos los términos una vez que Julieta se haya recuperado —ordenó.

Elira asintió.

—Excelente.

Sacó otro frasco de su bolsillo. Se lo arrebaté y volví corriendo a ese dormitorio olvidado de la mano de Dios.

«La habitación donde la dejaste. ¿Cómo pudiste hacer eso, bastardo?».

La culpa me atormentaba.

Entré por la puerta, ignorando el cadáver ensangrentado de Spiro mientras corría hacia Julieta. Me sobresalté al ver a una pequeña gatita negra acurrucada sobre su pecho. La gatita soltó un maullido de indignación cuando la aparté, y la ignoré mientras tomaba a Julieta entre mis brazos.

—Stellina, aquí estoy. —Apoyé mis dedos a ambos lados de su mandíbula, apretando lo suficiente como para separar sus labios. Me temblaba la mano mientras destapaba el antídoto y se lo vertía en la boca—. Despierta, Ángel. Necesito que despiertes por mí. Vamos.

Cada segundo que pasaba era una eternidad. Le besé la frente, las mejillas y los labios, rogándole que se despertara con cada beso.

La gatita volvió a arrastrarse sobre el pecho de Julieta, ronroneando ruidosamente.

—No te preocupes —le dije a la gata—. Va a despertar. No se ha ido.

La puerta se abrió detrás de mí y entró gente, mas no levanté la vista. Nada podía apartar mi atención de Julieta.

Sin embargo, sus ojos permanecieron cerrados.

La desesperación empapó cada célula de mi cuerpo.

Era demasiado tarde.

Y entonces lo sentí, el susurro de una caricia en mi brazo. Bajé la mirada a tiempo para ver que la mano de Julieta se movía.

—Julieta, ¿puedes oírme?

Sus párpados se agitaron.

Ahogué una risa llorosa.

—Despierta para mí, Stellina. Déjame ver esos bonitos ojos. —La acuné en mis brazos, apretándola contra mi pecho. Tendría suerte si volvía a dejarla alejarse de mí más de medio metro. Le aparté el cabello del rostro, meciéndola de un lado a otro hasta que por fin abrió los ojos.

—Julieta. —Me atraganté.

Enterré mi cara en el pliegue de su cuello, respirándola. Las lágrimas caían por mi rostro y goteaban sobre su piel.

—Romeo. —Su susurro ronco fue el sonido más hermoso que jamás había escuchado.

Me incorporé y me limpié las mejillas.

—Aquí estoy. Nunca volveré a dejarte.

La gatita se abrió paso por debajo de mi muñeca y se acurrucó en el pecho de Julieta.

—Queenie —musitó—. Estás aquí.

—¿Queenie?

—Me hizo compañía en mi celda.

Todo el color que se había escurrido del mundo desde que me la robaron volvió a inundarlo con una fuerza que me dejó sin aliento.

—¿Cómo te sientes?

—Cansada.

Se me apretó el pecho cuando sus ojos volvieron a cerrarse.

—No cierres los ojos. Sigue mirándome. —Intenté, sin éxito, que el pánico no se reflejara en mi voz.

Los abrió, pero el enorme esfuerzo era evidente.

—Estoy mareada.

—Está bien, Ángel. Está bien. —Mi miedo regresó con toda su fuerza. ¿Y si el antídoto no era lo suficientemente fuerte? ¿Y si no había llegado a ella a tiempo?

—Se pondrá bien —aseguró Elira desde detrás de mí. Mis labios se curvaron formando una mueca. Esta mujer era la responsable de haber lastimado a mi amor. La abracé con más fuerza, ocultándola de la vista de Elira.

—La obligaron a beber —continuó—. Esto nunca formó parte de nuestro plan.

Arrimé a Julieta contra mi pecho, murmurando mientras la levantaba en mis brazos, mientras Queenie mantenía su lugar sobre su pecho.

Matteo permaneció a mi lado cuando me enfrenté a Elira.

—No me importa el trato que hagas con Matteo. Solamente formarás una alianza con Julieta si ella lo desea. Y nunca olvidaré que fuiste tú quien puso en riesgo su seguridad. Quien se mantuvo al margen mientras ella casi se muere.

La mandíbula de Elira se apretó, sin embargo, no discutió.

—Confío en que cuidarás de mi sobrina.

—Mejor que tú —reviré antes de dirigirme a la puerta, donde Leona estaba haciendo guardia.

—¿Necesita algo? —preguntó.

—Nuestra doctora está en el avión —señaló Matteo. Me apretó el hombro—. Iremos primero para despejar el camino por si queda alguien vivo. Dante y Niccolò te cubrirán la espalda.

No nos cruzamos con nadie al salir, pero al pasar por el salón principal, me detuve. El monstruo palpitaba, implacable y exigente. No me dejaría irme sin terminar esto.

—Matteo, toma a Julieta por un momento.

El vacío en mis brazos era una tortura, pero no tardaría mucho.

Los hombres estaban exactamente donde los habíamos dejado.

Las mujeres albanesas estaban sentadas a su alrededor, completamente indiferentes a la masacre.

Pasé por encima de los cuerpos, mirando todas sus caras hasta que encontré al Carnicero.

Estaba tendido en el suelo, con el brazo extendido. Y a su lado estaba…

¿Qué. Carajo?

Miré a las mujeres reunidas.

—¿Son dos?

No estaba seguro de que me entendieran hasta que una de ellas asintió.

—Trillizos.

Me quedé helado.

—¿Hay un tercero?

—Ya está muerto. Hace mucho tiempo.

Mi mente dio vueltas. Bien, esta era la respuesta a cómo es que el Carnicero había estado en New York y Albania al mismo tiempo. Tenía un millón de preguntas más, pero ninguna de ellas me importaba más que volver con Julieta.

Saqué mi cuchillo y lo clavé en el pecho del primer Carnicero.

Lo arrastré hasta su estómago, destripándolo hasta que sus entrañas se derramaron.

Me aparté, observando el desastre sangriento.

No era suficiente. Mis dedos apretaron el cuchillo y le atravesé la polla a través de sus pantalones.

Esperaba que aún no estuviera muerto y pudiera sentirlo todo en su estado inconsciente.

Repetí lo mismo con el gemelo antes de apartarme y admirar mi obra.

La sangre y las vísceras empapaban el suelo.

Sus muertes habían sido demasiado fáciles, demasiado pacíficas.

Se merecían algo mucho peor por el sufrimiento que le habían hecho pasar a Julieta y a todas las mujeres víctimas de la trata.

Respiré con calma. El monstruo no estaba ni cerca de sentirse satisfecho, pero quizás eso estaba bien.

La oscuridad era lo que me permitía oponerme a la injusticia y proteger a los que me importaban, sin embargo, ya no ocupaba un lugar primordial en mi alma.

Esa posición había sido usurpada por mi amor a Julieta.

Ahora mi mundo giraba en torno a ella.

Les di la espalda a los Carniceros y me alejé.

Hacia el amor.

Hacia la vida.

Hacia mi chica.